ANTIGUOS ASTRONAUTAS Y ORNITORRINCOS
► Confrontaciones culturales acaecidas
en el pasado remoto podrían haber quedado registradas en mitos y leyendas, y en
diversas manifestaciones artísticas.
Sin embargo, algo inesperado sucedió a
continuación. De repente, el fiero fulgor que había en aquella miríada de ojos
remitió para convertirse en destellos de curiosa atención; y al momento
siguiente el grupo comenzó a retroceder y detuvo por completo su amenaza.
¿Por
qué no le atacaban?, era por entonces la pregunta del millón que se hacía a sí
mismo el malaventurado piloto. Y desde luego, no fue hasta que lo supo que el
alma le volvió al cuerpo...
¡Los aborígenes le habían tomado
por un dios!
Esto,
puesto de otro modo, significaba en realidad que las gruesas gafas de aviador que Hans Bertram
llevaba le habían salvado la vida a causa de su palmaria similitud con los
ojos de aquellos “Seres Sobrenaturales”
que habían hecho su aparición sobre
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Ahora
bien, aunque pueda considerárselo decididamente emblemático, es oportuno consignar
aquí que el caso de Bertram no es por lo demás excepcional. Muy por el
contrario, existe de hecho un abultado anecdotario de sucesos semejantes que
bien ponen de manifiesto cuál es el comportamiento de las mentes primitivas
cuando su umbral de comprensión es abruptamente superado por circunstancias
ajenas a su entorno habitual.
Estrechamente
vinculado con el problema de las “confrontaciones culturales”, esto
es como se denomina a los encuentros entre una civilización primitiva y otra de
gran desarrollo tecnológico, tales acontecimientos son objeto de estudio para
los etnólogos, quienes han puesto especial atención sobre el particular a
partir de la aparición, a comienzos de la década de 1940, de casos –ya
clásicos- de lo que en la literatura especializada se ha dado en llamar “culto-
cargo”.
Aludiendo a la expresión inglesa “cargo”, utilizada para designar la
mercancía, flete o cargamento de un buque o avión, los “culto- cargo” son una
variedad de creencias nativas aparecidas en el siglo XX a causa de los
contactos personales que tuvieron lugar en varias partes de Micronesia y
Melanesia con la llegada de las tropas americanas de ocupación durante
En
efecto, cuando a comienzos de la década del cuarenta miles de soldados americanos
se establecieron en las bases de operaciones dispuestas en el Pacífico, los primitivos
nativos se quedaron viendo atónitos los aviones que iban y venían portando
vituallas y municiones para la tropa. Conque, recelosos al principio, espiaron a los forasteros y
conjeturaron acerca de todo aquello, sacando luego conclusiones que, por supuesto, se ajustaron
a los acotados límites que tenían sus mentes estancadas en el neolítico: ¿Quiénes sino los dioses podrían dominar
tales portentos?
Así
pues, a contar de entonces, los nativos se tardaron lo que una exhalación para
entregarse de lleno a nuevos rituales, procurando con ello congraciarse con los
“dioses” recién llegados, quienes,
provenientes del “celestial reino de la
abundancia”, repartían a manos llenas la fabulosa riqueza que constituían,
por ejemplo, las latas de conserva, las gafas de sol y las linternas...
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De
manera que primero pintaron sus cuerpos intentando vestirse como los soldados; se apiñaron en correrías de entrenamiento cargando enormes fusiles hechos de bambú; luego construyeron “cajas parlantes” con madera y latas, y colocaron antenas de bambú sobre sus chozas –copiando
las estaciones radiotransmisoras -; y por último hicieron pistas de aterrizaje alisando el suelo,
y con lodo, paja y lianas ¡se fabricaron
sus propios aviones!
Pero, obvio es que el tan ansiado cargo, tras la partida de los soldados,
nunca volvió. No obstante, la tradición y la enseñanza de los ritos, logró
perpetuar la esperanza de un futuro regreso... y, en consecuencia, originó en
estos lugares nuevas religiones...
¿Hoy al igual que ayer?
Probablemente,
muchas personas pueden optar por minimizar el valor religioso de tales cultos
contemporáneos en el convencimiento de que sólo se trata de casos aislados de salvajismo que, más pronto que tarde,
desaparecerán del todo cuando los aborígenes se civilicen. Sin embargo, ese
parecer en nada contribuye al análisis de la cuestión de fondo. Así pues,
diremos a continuación con las palabras de eminente historiador de las
religiones, Mircea Eliade, (“Mito y realidad”) que: “sería difícil interpretar toda una serie de actuaciones insólitas sin
recurrir a su justificación mítica”. Con lo cual, se impone naturalmente
encontrar una aceptable definición del mito.
En rigor, la tarea no resulta para nada
sencilla habida cuenta de la extrema complejidad del mito en tanto, como
realidad cultural, puede ser objeto de juicios diversos. Pero, como fuere, nos
remitiremos de nuevo al citado Eliade (ídem), quien dice: “el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha
tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los “comienzos”.
Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres
Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia...”. Y subraya más
adelante: “el mito se considera como una
historia sagrada y, por tanto, una “historia verdadera”, puesto que se refiere
siempre a realidades”.
Precisando,
concluimos entonces que, en el sentido recién expresado, las conductas rituales
referidas al cargo, e incluso la
misma deidificación de los soldados, y en buena parte de lo que le tocó en
suerte al piloto Hans Bertram, se evidencia la “sustancia mítica” de aquello que es sagrado-porque es verdadero-porque es real, que sólo comprenderemos
como un hecho de cultura si lo observamos desde la perspectiva
histórico-religiosa que le es propia.
Ahora bien, siendo estas observaciones
suficientes, lo que importa remarcar a continuación es qué tanto podemos
inferir acerca del comportamiento de las sociedades que nos precedieron hace
milenios; echando seguidamente una mirada retrospectiva hacia los albores de la
humanidad, cuando nuestros prístinos
antecesores abandonaron por fin su aburrida dieta de bananas y se pusieron a
atisbar un nuevo horizonte, descubriendo a poco las siluetas de los dioses recostadas
contra el inefable cielo tachonado de estrellas.
Al respecto se ha planteado a menudo, y grosso
modo, que la verdadera identidad de esos dioses hay que buscarla en los
fenómenos naturales mal interpretados. Sin embargo, lo cierto es que el
problema es bastante más complicado que eso. Y tanto es así que de hecho es el
admirado prehistoriador francés Andre Leroi-Gourhan (“Iconografía e
interpretación”) quien sostiene que:”Sea
lo que fuere, lo que muy frecuentemente se ha dicho sobre el simbolismo
religioso, existe, indudablemente, otro móvil cuya complejidad está bien
probada en todas las sociedades más recientes, por poco que se las conozca en
profundidad: es el simbolismo social” (respecto del cual el autor hace
mención sobre sus diferentes formas, entre las que incluye la “conmemoración de un acontecimiento-hito”),
para culminar sentenciando que: “es
difícil saber en el arte paleolítico, al igual que en el pos-glaciar, si las
figuras de “hechiceros” o de “deidades” no pretenden perpetuar la imagen de un
devoto señalado, dado que la exaltación
de los grandes viene a resolverse corrientemente con su deidificación, es
decir, sublimándolos a deidad”.
Con
esto, tal como se entiende, lo que Leroi-Gourhan nos pone en claro es que, por
lo menos en el campo de las artes históricas, el testimonio iconográfico en su
totalidad puede muy bien admitir la presencia de dioses de carne y hueso sin hacerle ascos.
Pero
aun así, y más allá de eso, nada parece explicar del todo el porqué de ciertas
rarezas estéticas que se ven por doquier simbolizando la inequívoca entidad
sobrenatural de algunos personajes.
De ninguna manera simple sin duda, tal
interrogante parece requerir en alguna medida la necesidad de edificar por sí
mismo sus propias fuentes de conocimiento. Lo que, en definitiva, nos acerca al
método que emplea la etnografía frente a los hechos que ésta describe, como bien señala el
reputado Marcel Griaule (“El método de la etnografía”) cuando dice: “El
etnógrafo, cuando escruta una sociedad sin escritura, no dispone más que de un
pasado restringido, el que conserva la memoria de los hombres y que, muy
pronto, penetra en el tiempo mítico” – y añade que, no obstante - “En casos privilegiados, pero de vastas
consecuencias, detectará pruebas tan convincentes como las pruebas escritas”.
Por
lo tanto, si lo que se desprende de todo esto es que aquellas aludidas rarezas
estéticas podrían, eventualmente, estar revelando, del modo más fidedigno,
atributos propios – pero incomprendidos - de seres cuya verdadera existencia es
evocada a través de los mitos – en tanto éstos hagan referencia a esa realidad -,
nos preguntamos si acaso la posibilidad que anida en la provocativa idea de que
los dioses del mundo antiguo podrían ser visitantes
extraterrestres
vendría a convertirse en una hipótesis preliminar lo suficientemente plausible
como para comenzar una investigación seria.
Hipótesis y reunión de hechos
adicionales.
En
este sentido debe admitirse que, como muy bien nos lo explica Irving Copi (“Introducción
a la lógica”): “Toda investigación seria
comienza con algún hecho o grupo de hechos cuyo carácter problemático atrae la
atención del detective o del científico y con los cuales se inicia todo el
proceso de búsqueda. Habitualmente, los datos iniciales que constituyen el problema
son demasiado escasos como para sugerir por sí mismos una explicación
totalmente satisfactoria, pero pueden sugerir –al investigador competente –
alguna hipótesis preliminar que lo conduzca a la búsqueda de hechos
adicionales. Se espera que estos hechos adicionales sean pistas importantes
para la solución final. El investigador inexperto o chapucero – continúa
Copi – ignorará a todos, excepto a los
más obvios de ellos; en cambio –concluye-;
el trabajador cuidadoso tratará de ser completo en su examen de los hechos
adicionales a los que lo ha conducido su hipótesis preliminar”.
Claro
que a veces no es tan fácil, como a lo mejor cabría suponer, hacer una descripción
de los acontecimientos pasados que resulte satisfactoria desde cualquier punto
de vista. Y por consiguiente, nuestro mejor esfuerzo estará en sortear, entre
otras dificultades, la intrusión de factores subjetivos, que se encuentran
tanto en la esencia misma de todo pensamiento dogmático como en la actitud de
inercia frente a lo que es universalmente aceptado por
No
obstante, en cualquier caso se estará de acuerdo con Gastón Bachelard (“El
racionalismo aplicado”) cuando dice: “El
empirismo comienza con el registro de los hechos evidentes, la ciencia denuncia
esa evidencia para descubrir las leyes ocultas. No hay ciencia más que de lo
que está oculto”.
Conque,
¿qué hay oculto tras los hechos evidentes? ¿Qué, para que sea de algún modo
convincente la hipótesis de que los dioses de antaño serían visitantes
extraterrestres?
¿Podemos
hablar de antiguos astronautas como
hipótesis preliminar?
¿Ornitorrincos?
Al respecto, dicen a menudo los más
conspicuos escépticos que todo se trata de pura charlatanería. Que por muy
provocativa que sea, la hipótesis de que nuestro planeta fue visitado por
extraterrestres en alguna época muy remota no es en absoluto verosímil. Y con
eso afirman, además, que nada del testimonio iconográfico que abunda en el
campo de las artes históricas tiene otro valor probatorio que el de las pruebas
psicológicas proyectivas; es decir: que cada quien puede ver en una imagen lo
que desee...
Así
pues, como sostuvo alguna vez Carl Sagan (“La conexión cósmica”) a modo de
explicación alternativa: “La
representación de seres con cabezas grandes y alargadas, que se parecen a
cascos espaciales, podrían muy bien ser versiones artísticas de unas máscaras
ceremoniales que cubren la cabeza normal o expresiones de una excesiva hidrocefalia”.
Ilustrativa
y meritoria, si se quiere, esta opinión está, no obstante, bien lejos de lo
incontestable. Incluso admitiendo sin reservas que “la palabra “imagen” no designa más que una entidad figurativa capaz de
tolerar los más variados contenidos ideológicos”, como sentenció Andre Leroi-Gourhan
(“Iconografía e interpretación”). Porque, siguiendo de nuevo al reconocido
prehistoriador (ídem), “en la base,
el arte no aporta al prehistoriador otra cosa que la certidumbre de una actividad
simbólica y, esto, sólo a través de una reconstitución del contexto
en el que es posible hablar, pongamos por
caso, de mitos o ritos”, (con lo cual)...”el
testimonio en bruto es normalmente ambiguo y su significación
evidente es, por lo general, de un grado tal
que no ofrece más que un aprovechamiento
intelectual limitado (y)... no aporta
precisión alguna real en un mundo iconográfico...” Mundo en que, por lo
demás, como señala también Leroi-Gourhan
(“Los hombres prehistóricos y la religión”), “las figuras paleolíticas son, esencialmente, representaciones de...
(animales y símbolos genitales aparte) seres humanos relativamente raros”.
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Así
las cosas, podría inferirse entonces que rechazar sin más ni más una interpretación,
acusando al autor de haber emitido una idea vana, por mero desacuerdo ideológico,
supondría la anuencia para que, del mismo modo, aquel que no simpatiza con,
digamos por caso, los ornitorrincos,
concluya apresuradamente: “La representación de seres con
cabezas casi redondas y mandíbulas ensanchadas
y cubiertas con una lámina córnea, que se asemeja al pico de un pato,
pies palmeados y cuerpo y cola cubiertos de pelo gris muy fino, podrían muy
bien ser versiones artísticas de un disfraz de Noche de Brujas que vestía
el Pato Lucas para asustar a Elmer El Gruñón”.
Absurdo,
por supuesto.
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