EZEQUIEL REVISITADO: RUEDA MULTIDIRECCIONAL
CÉSAR REYES
Argentina
► La expresión “como una rueda que está dentro de otra
rueda”, por la función técnica que describe, es un indicio vehemente para
sostener que el profeta Ezequiel pudo haber visto hace milenios una nave
espacial
Si la Tierra hubo
recibido en efecto la visita de astronautas extraterrestres hace milenios, el
relato pormenorizado del profeta
Ezequiel - en el Antiguo Testamento – bien podría ser una de las pruebas testimoniales
más reveladoras de las que se conocen. Leemos:
Ezequiel 1:
1.
En el año trigésimo, en el mes cuarto, a
cinco del mes, sucedió que estando yo en medio de los cautivos junto al río
Kebar, se abrieron los cielos, y
tuve visiones divinas.
4. Y miré,
y he aquí que venía del norte un
torbellino de viento, y una gran
nube, y una masa de fuego, y un
resplandor alrededor de ella; y en su
centro, esto es, en medio del fuego, una imagen como de
bronce.
5.
Y en medio
de aquel fuego se veía una semejanza de cuatro seres vivientes: la
apariencia de los cuales era la siguiente: había en ellos algo que se parecía
al hombre.
6.
Cada uno tenía cuatro caras, y cuatro
alas.
7.
Sus
pies eran derechos, y la planta de sus pies, como la planta
del pie de un becerro, y resplandecían
como bronce bruñido.
8.
Debajo de sus alas tenían manos de hombre;
y tenían caras y alas por los cuatro lados.
9.
Y juntábanse las alas del uno con las del
otro. No se volvían cuando andaban, sino que cada uno caminaba según la
dirección de su rostro.
10.
Por lo que hace a su rostro, los cuatro lo
tenían de hombre, y los cuatro tenían cara de león a su lado derecho; al lado
izquierdo tenían los cuatro cara de buey; y en la parte de arriba tenían los
cuatro cara de águila.
11.
Sus alas extendíanse hacia lo alto;
tocábanse dos alas de cada uno con las del otro, y con otras dos cubrían sus
cuerpos.
12.
Y andaba cada uno de ellos según la
dirección de su rostro; a donde los llevaba el ímpetu del espíritu, allá iban;
ni se volvían para caminar.
13.
Y entre estos seres vivientes había como ascuas de ardiente fuego y como
hachas encendidas que se movían de acá para allá entre ellos.
14.
Y entre estas criaturas vivientes resplandecía el fuego, del que salían relámpagos. Y los seres
vivientes iban y venían como el rayo.
15.
Y mientras estaba yo mirando los seres
vivientes, apareció una rueda sobre la
tierra, junto a ellos, junto a los cuatro.
16.
Y las
ruedas y la materia de ellas era a la vista como crisólito, y las cuatro eran
semejantes, y su forma y estructura eran
como de una rueda que está dentro de otra rueda.
17.
Caminaban
constantemente por sus cuatro lados, y no se volvían cuando andaban.
18.
Asimismo las ruedas tenían tal
circunferencia y altura que causaba espanto el verlas; y toda la circunferencia
de todas cuatro estaba llena de ojos por
todas partes.
19.
Y caminando los seres vivientes, andaban
igualmente también las ruedas junto a ellos; y cuando aquellos seres se levantaban de la tierra, se levantaban también
del mismo modo las ruedas con ellos.
20.
A cualquier parte donde iba el espíritu,
allá se dirigían también en pos de él
las ruedas; porque había en las ruedas espíritu de vida.
21.
Cuando aquellos seres andaban, andaban las
ruedas; parábanse, si ellos se paraban; y
levantándose ellos de la tierra, se levantaban también las ruedas en pos de
ellos; porque había en las ruedas espíritu de vida.
22.
Y
sobre las cabezas de los vivientes había una semejanza de firmamento que
parecía a la vista un cristal estupendo; el cual estaba extendido arriba por
encima de sus cabezas.
23.
Y debajo del firmamento, las alas de ellos
extendidas, tocando el ala del uno a la del otro, y cada cual cubría su cuerpo
con otras dos.
24.
Y
oía yo el ruido de las alas como ruido de muchas aguas, como trueno del excelso
Dios; así que caminaban, el ruido era semejante al de un gran gentío, o como el ruido de un ejército, y así que paraban,
plegaban sus alas.
25.
Porque salía una voz de sobre el firmamento que estaba encima de sus cabezas,
cuando ellos se paraban y plegaban sus alas.
26.
Y
había sobre el firmamento que estaba encima de sus cabezas como un trono de
piedra de zafiro, y sobre aquella especie de trono había la figura como de un
personaje.
27.
Y yo vi como una especie de bronce resplandeciente de fuego dentro de él; y
alrededor de su cintura hasta arriba, y desde la cintura abajo vi como un fuego que resplandecía alrededor.
28.
Cual aparece el arco iris cuando se halla en una nube en día lluvioso, tal era el aspecto del resplandor que se
veía alrededor.
Una “mirada tecnológica”
Como
bien sabemos, fue Erich von Däniken el primero en proponer - en su libro Chariots of the Gods? - la idea de echarle
una “mirada tecnológica” al relato del profeta bíblico, y considerar así la
posibilidad de estar ante la descripción de una nave espacial de algún tipo.
Y también sabemos que fueron muchos conspicuos miembros de la comunidad científica
los que se ocuparon muy pronto de ridiculizar esa idea en un tono parecido
al empleado por la Academia de Ciencias de Francia cuando, hace unos 200 años,
publicó una amonestadora declaración en la que afirmaba: “En nuestra era ilustrada, existe todavía gente
tan supersticiosa que cree que las piedras pueden caer del cielo.” Las
mismas “piedras” que hoy conocemos como meteoritos…dicho sea de paso.
Entre
esas voces críticas se escuchó bien alto y claro la de Donald H. Menzel, un muy respetado astrónomo de la Universidad
de Harvard, quien dio su propia interpretación de lo acontecido basándose
en un complejo fenómeno meteorológico conocido como parahelio (formado por la luz solar que se refracta a través de los
cristales de hielo de las nubes), cosa que a su juicio habría hecho del profeta
la perfecta víctima de una ilusión óptica. Cuestión ésta de la que nos ocuparemos
más adelante.
La interpretación técnica de un
ingeniero de la NASA
Al
igual que varios de sus colegas, también el ingeniero aeronáutico Joseph Blumrich
se había echado a reír cuando escuchó hablar acerca de la posibilidad de que
Ezequiel hubiese descrito una nave espacial.
Habiendo
participado en la construcción del Saturno V – el cohete que llevó a los astronautas
a la Luna – y dueño de una medalla al mérito por servicios especiales concedida
por la NASA, Blumrich tenía ganada ya la autoridad suficiente para analizar
el tema a fondo. Y lo primero que se le ocurrió, claro, fue que nada de lo
que von Däniken decía en su libro resistiría el menor examen. ¡Cómo podría!
¡La sola idea era absurda!...
Pero
finalmente los indicios sumados, o más bien la estricta objetividad científica
que Blumrich puso de manifiesto para animarse a interpretarlos de otro modo,
operaron un cambio radical en su opinión inicial, permitiéndole reconocer
más temprano que tarde el prejuicio que había motivado su primera risa. Y
fue así que este experimentado ingeniero de la NASA acabó encarando una exhaustiva
investigación del testimonio de primera mano que aparece en el milenario texto
bíblico, que volcó luego - con gran cantidad de detalles técnicos y diagramas
incluidos - en su libro The Spaceships
of Ezequiel, donde los supuestos “delirios místicos” de un hombre cabal
y detallista como Ezequiel (así reconocido al menos por los teólogos) fueron
traducidos por fin al lenguaje tecnológico de nuestros días, dando por resultado
la descripción técnica de una nave espacial con
un cuerpo cónico, un conjunto de cuatro trenes de aterrizaje con paletas de
helicóptero y ruedas y un prolongado etcétera de mecanismos complicados.

Menzel y el parahelio
Pero
no todo el mundo puede, como Blumrich hizo,
darse cuenta de que entre los “caballos
de hierro” de los indios americanos (que no eran otra cosa que simples
locomotoras) y esa “semejanza de la
gloria de Dios” de la que hablaba el profeta no hay, en substancia, mucha
diferencia…más allá de la avanzada tecnología entre una y otra, claro está.
Y tal vez sea así porque eso requiere una honestidad y libertad intelectual
poco común. Una auténtica investigación objetiva implica, entre otras cosas,
comprender que, como bien señaló el mismo Blumrich, “tener una opinión propia es tanto nuestro derecho como nuestro deber”,
y que “cuando (esa opinión) no concuerda con el resultado de la investigación,
es un deber intelectual rectificarla”.
Claro
que esa misma honestidad intelectual nos obliga de igual manera a nosotros
a tomar en consideración, muy seriamente, otras opiniones como,
por ejemplo, la de Donald
H. Menzel, la cual es de punta a punta decididamente contraria a una manifestación
de tecnología extraterrestre en todo cuanto nos describe el profeta Ezequiel.
Según este prestigioso astrónomo sostiene, un poco de imaginación y un bien alimentado
espíritu religioso, combinado con un parahelio
completo, que consiste en anillos concéntricos que rodean al Sol, los
cuales son atravesados por rayos horizontales y verticales que pueden incluir
arcos de luz invertidos sobre el anillo externo formando un “arco iris refulgente”,
sería más que suficiente para explicar “naturalmente” lo que vio Ezequiel.
Pero nuestro entendimiento y aceptación de
la irreprochable lógica científica de ir desde lo sencillo a lo complejo en
toda búsqueda de explicación para un hecho problemático, como es sin duda
el que aquí nos ocupa, no nos impide notar lo llamativo que resulta saber
que, además de no haber tomado en consideración que el profeta hubo relatado
en rigor no uno sino cuatro encuentros semejantes en el transcurso de veinte
años, la interpretación de lo acontecido
en la que Menzel se basa cae en el mismo error conceptual que la mayoría tiene en mente sobre lo que en realidad avistó
Ezequiel. Y lo que esto implica es muy sencillo: como muchos otros, Menzel
partió para su interpretación del supuesto hecho de que el profeta vio “halos”,
“círculos de luz” o cosas parecidas a “ruedas” en el cielo, lo cual es
del todo incorrecto si nos atenemos
a lo que dice el texto. De ahí pues que la opinión del parahelio dada por
el astrónomo no es atingente al hecho que pretende explicar y en consecuencia
es no válida.

Ruedas… “sobre la tierra”
Leamos de nuevo
en Ezequiel 1 lo que pone el profeta:
Permítaseme aquí
insistir con esto: Ezequiel no vio
“anillos concéntricos”, “halos” ni nada por el estilo en el cielo, que es donde se produce cualquier parahelio, sino que,
como claramente dice en el texto, mientras
él miraba a los “seres vivientes”…”apareció una rueda sobre la tierra…” y “cuando aquellos seres se
levantaban de la tierra, se
levantaban también del mismo modo las ruedas con ellos”.
Otros detalles significativos
Si bien los primeros estudios sobre
este fenómeno atmosférico - el parahelio, o “falso sol” como también se lo
llama - fueron llevados a cabo por los investigadores alemanes J. M. Pernter y F. M. Exner a comienzos del siglo XX, el mismo es
desconocido aún hoy por
la mayoría de las personas (de hecho, según el mismo Dr. Donald Menzel pudo
averiguar, sólo uno de cada cinco pilotos comerciales y militares sabe de
qué se trata un parahelio). Y por supuesto, en un muy alegre dos más dos –
según Menzel - , eso nada más convertiría a Ezequiel en “presa fácil” de este
magnífico espectáculo del cielo que tiene lugar en las puestas o salidas del
sol invernal, especialmente en los muy fríos amaneceres; un fenómeno que es
por demás habitual en la Antártida y el Ártico tal y como se ve en esta ilustrativa
foto tomada por meteorólogos que integran la dotación de la Base Antártica
Belgrano II de Argentina:
Sin
embargo, curiosamente, fue el mismo Ezequiel el que primero hizo referencia
a un fenómeno atmosférico para describir lo mejor que pudo aquello que vio
al señalar: “Cual aparece el arco iris
cuando se halla en una nube en día lluvioso, tal era el aspecto del resplandor
que se veía alrededor.” (Ez 1,28) Lo cual bien puede entenderse como un
intento racional (analítico) por parte del profeta que buscaba explicar de
algún modo lo que tenía frente a sus ojos repasando en su cabeza, de conformidad
con su mejor saber y entender, las muchas manifestaciones de la Naturaleza
que se daban en el cielo. Y aunque, por supuesto, sea lícito suponer que un
parahelio le sería desconocido, no parece admisible endilgarle ignorancia
supina para distinguir lo que está “arriba” (en el cielo) de lo que está “abajo”
(en el suelo) Y las ruedas, sea dicho una vez más, aparecieron ¡“sobre la tierra”!
Pero
hay además un detalle para nada menor y que hace sin duda una gran diferencia:
si bien la presencia de cristales de hielo en las nubes puede dar lugar a
la aparición del halo (o halos) que según Menzel habría visto Ezequiel, es sabido también que no todas la nubes con cristales de hielo producen halos. Y la razón
es sólo una: más allá del tamaño y forma de tales cristales de hielo, estos
deben tener una orientación definida y en consecuencia una cierta transparencia de la nube, para lo cual
es indispensable la ausencia de turbulencia
atmosférica.
Leamos
ahora de nuevo a Ezequiel, sólo para refrescarnos la memoria:
“Y miré, y he aquí que venía del norte un torbellino de viento, y una gran nube, y una masa de
fuego, y un resplandor alrededor de ella; y en su centro, esto es, en medio del fuego, una imagen como de
bronce.” (Ezequiel 1,4)
Por
consiguiente, la pregunta obligada es sencilla: ¿Acaso esa descripción del
torbellino de viento que venía del norte,
o bien la gran nube fulgente, da
la impresión de la necesaria ausencia
de turbulencia atmosférica para la formación del parahelio en la que se
basa la hipótesis de Donald Menzel?
En
realidad lo que tal relato parece evocar es más bien una especie de nave,
digamos una cápsula espacial o algo parecido, aproximándose y descendiendo
lentamente, envuelta por una turbulenta nube de vapores y polvo…Nada que sea
extraño a nuestro entendimiento desde el 20 de julio de 1969, cuando el Hombre
llegó a la Luna. (¡El “águila” ha aterrizado!)
Por
lo demás, y siendo como ya se ha dicho que las
“ruedas” aparecieron en el suelo y no el cielo, no debemos pasar por alto,
tampoco, que Ezequiel da cuenta, también, de significativos sonidos, voces,
y presencias y contactos físico de y con diversos personajes…
He aquí algunos
pasajes elegidos al azar:
·
“Y
oía yo el ruido de las alas como ruido de muchas aguas, como trueno del excelso
Dios; así que caminaban, el ruido era semejante al de un gran gentío, o como el ruido de un ejército, y
así que paraban, plegaban sus alas.” – Ez 1, 24.
·
“Y había
sobre el firmamento que estaba encima de sus cabezas como un trono de piedra de
zafiro, y sobre aquella especie de trono había
la figura como de un personaje.”
- Ez 1,26.
·
“Esta visión era una semejanza de la gloria
de Dios. Cuando la vi, postréme sobre mi rostro, y oí la voz de uno que me hablaba, y me dijo…” – Ez 2,1
·
“Y
miré, y he aquí una mano extendida hacia
mí, la cual tenía un libro arrollado, y lo abrió delante de mí…” – Ez 2, 9
En resumen: se ha dicho de Ezequiel que fue
seguramente el más lógico y razonador de todos los profetas, sin un corazón
emotivo como el de Jeremías y alejado de un poeta al estilo de Isaías. Y eso
se refleja en la cruda claridad de su obra. Su testimonio ha requerido no
sólo la extraordinaria capacidad para sobreponerse a la sorpresa de un encuentro
impensado - tan inesperado como inimaginable - sino además un poder descriptivo
inusual como para lograr transmitir la “imagen” de algo nunca antes visto
por él y para lo cual, por consiguiente, no pudo encontrar mejores palabras
en el vocabulario de su época. En este marco, pensar pues que su atestación
del encuentro con un portento tecnológico
de otro mundo debería ser, para nosotros ahora, tan inequívoco como el informe
de un experimentado ingeniero de la NASA es
un despropósito tan grande como suponer que un hombre cultivado como él no
pudiera hablar de una simple rueda sin sonar como un loco de atar…poniendo
“una rueda dentro de otra rueda” y agregando
que éstas “estaban llenas de ojos por
todas partes”…

“Como una rueda que está
dentro de otra rueda… llena de
ojos por todas partes.”
Por el contrario, lo más probable es que precisamente porque Ezequiel conocía a la perfección lo que era una rueda y cómo funcionaba ésta en la práctica, le llamó tanto la atención las grandes diferencias que había visto en las del “carro celestial”. Y para que no quedaran dudas, él insistió en mencionarlas en varias ocasiones.
Desde luego, no abusaremos aquí de citas innecesarias que el lector puede bien consultar en el libro original del profeta; de modo que lo que sigue es sólo a guisa de ejemplo:
Ezequiel 1, 16-19:
Ezequiel 10,
9-13:
En
buena medida, la correcta interpretación del diseño y función de estas extrañas
ruedas no ha sido algo sencillo de entender para la mayoría de los lectores.
Y tampoco para algunos autores, hay que decirlo. Sin embargo, tan pronto la
explicación es comprendida se tiene una justa idea de un mecanismo que no
es demasiado complicado ni alejado por completo de lo que nuestra tecnología
actual puede concebir, como veremos más adelante.
Pero,
dejemos que sea ahora el ingeniero Joseph Blumrich (Ezequiel
vio una nave extraterrestre. Editorial ATE, 1979, España) quien nos hable
al respecto:
“Las ruedas permiten un movimiento rodante en todas
direcciones, sin que por ello necesiten virar. Esta complicada condición será
realizable de la manera más sorprendentemente sencilla.”
“Representémonos la llanta de un neumático de automóvil
(ver abajo figura A
sobre esquema de movimiento multidireccional).
Va rodando de la manera conocida, en
dirección de la flecha 1. Pero cuando la giramos sobre sí misma (como se muestra
por la flecha 2), entonces ha de moverse a lo largo de la flecha 3, en ángulo
recto a su dirección acostumbrada. Mediante una apropiada combinación en ambas
direcciones de rotación, la cámara rodará a lo largo de cualquier dirección
deseada. Con ello está solucionado en principio el problema. En la figura
(B) se muestra el más sencillo diseño
resultante de la aplicación de este principio. Vemos el “neumático” dividido
en un número de segmentos en forma de toneletes conectados por radios al cubo
de la rueda. Las dos direcciones de rodaje resultan, por una parte por la
rotación de la rueda en torno a su cubo, y por la otra por la rotación de
los segmentos en torno a sus propios ejes.”
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Figura
A |
Figura
B |
¿Pero
dónde encajan en esta descripción los reiteradamente mencionados “ojos” que según Ezequiel tenían por todas partes las ruedas? Blumrich
también nos lo explica:
“En la figura (B) se muestran
los segmentos en forma de toneletes, como teniendo una superficie lisa, lo
que daría por resultado un mínimo de fricción entre rueda y suelo. Para aumentar
la fricción, o la resistencia al deslizamiento, la superficie necesita un
perfilado. Sin embargo, la resistencia al deslizamiento es necesaria en dos
direcciones: en el plano de la rueda y perpendicular al plano. Los perfilados
de superficie, como los empleados en los tractores pesados o en las auto-orugas
no serían servibles, puesto que ellos sólo transmiten la fuerza propulsora
en el plano de la rueda. La solución más sencilla y efectiva al par, son cortas
piezas troncoides, a manera de las “apisonadoras”, nombre con que se las conoce
desde la construcción de carreteras, y repartidas sobre la superficie de los
segmentos de la rueda.” (…)
“Las cortas protuberancias troncoides deben ser algo
cónicas, como semi-retirados ojos de caracol. Para facilitar la penetración
en el suelo, pueden ser huecas, en cuyo caso tendrían oscuras aberturas en
sus extremos libres. Contempladas a cierta distancia, esas oscuras aberturas
podrían ser justificadamente comparadas a “ojos”.”
Rueda multidireccional - Patente
de invención N° 3.789.947
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Vemos
pues que la “rueda multidireccional de Ezequiel” cuenta con una mecánica básicamente
sencilla de entender aun por el profano en cuestiones técnicas, y que no sólo
es realizable sino que ha resultado lo suficientemente funcional y novedosa
como para que el Registro de Patentes de los Estados Unidos aceptara definitivamente
su invención, otorgándole (en 1974) al ingeniero J. F. Blumrich su aprobación
bajo el número de registro 3.789.947. Lo que convierte a éste en ¡el primer invento industrial inspirado en
los dichos de un hombre que vivió hace unos dos mil seiscientos años!
¡Bien por
Ezequiel! ¡Bien por Blumrich!
¿La “rueda de Ezequiel” en un
antiguo dibujo chino?
De igual manera que a menudo encontramos en los
más antiguos mitos y leyendas de los cinco continentes referencias que parecen
apuntar a la pretérita existencia de portentos tecnológicos vinculados a la
presencia de dioses y/o seres sobrenaturales,
la larga memoria de China recuerda muy bien a héroes que surcaban
las nubes montados en “dragones celestiales” o en fabulosos “pájaros del cielo” , o, más precisamente
hablando, sobre “carros voladores”
como por ejemplo cuentan los cronistas del pasado acerca del legendario pueblo
Chi-Kung: ”Los Chi-Kung
son un pueblo ingenioso. Saben muchas cosas que les son desconocidas a otros
pueblos. En grandes carros viajan surcando los aires. Cuando gobernaba el
mundo el emperador T ‘ang, un viento del oeste llevó a los carros voladores
a Yuchow, donde aterrizaron. T ‘ang desmontó los carros, ocultándolos en almacenes,
pues el pueblo creía demasiado fácilmente en cosas sobrenaturales, y el emperador
no quiso inquietar a sus súbditos. Los visitantes se quedaron diez años, volvieron
luego a montar sus carros, los cargaron con los regalos de honor del emperador,
y se fueron volando con un fuerte viento del este...”
Claro
que estos sorprendentes relatos, y sus reiteradas variantes, se hacen todavía
más significativos a medida que nos retrotraemos hasta los albores de esta
rica civilización y nos enteramos que,
de acuerdo con el manuscrito Tchi
, China fue gobernada durante 18.000 años por una raza de soberanos divinos que, conocidos como los “Hijos del Cielo” (título que luego ostentaron los emperadores por
considerárseles descendientes directos de éstos), habrían llegado a la Tierra
para fundar el Imperio. Asimismo, se dice que por entonces los ascensos y
descensos entre el Cielo y la Tierra eran cosa de todos los días; al punto
que, en el Shu-Chian, o Libro de los Testimonios, se hace mención
de que la tierra parecía abrirse
y que todo se desmoronaba cada vez
que el emperador ascendía. Eso duró
hasta que, como se revela en el texto Shoo-King, un rey de la divina dinastía llamado
Chang-Ty “observó que su gente había
perdido los principios de la virtud;
por tanto ordenó (...) cortar toda comunicación entre Cielo y Tierra. Desde
entonces no hubo ascensos ni descensos”. Lo cual nos hace evocar las disputas
entre los Elohim del Antiguo Testamento
y por consiguiente nos lleva a señalar, en un todo de acuerdo con W. Raymond
Drake (Dioses y Hombres del Espacio,
Ediciones Roca, México, 1979), que evidentemente:”Hay marcados paralelismos entre las creencias
religiosas y mitológicas de los chinos y las registradas en las escrituras
hebreas…” Y ello, decididamente, llama la atención más allá de la mera
casualidad si tenemos en cuenta que, como bien agrega Drake: “Los “Depositarios chinos”, un trabajo de inmensa
sabiduría, hace mención de una era de virtud y felicidad: un jardín con un
árbol dador de manzanas de la inmortalidad, custodiado por una serpiente alada
(un dragón). Prosigue: la caída del hombre, el comienzo del deseo y la guerra…
una gran inundación, dioses-hombres nacidos de vírgenes, mesianismo, veneración
de una virgen-madre, trinidades, monaquismo…, predicación, oradores, caos
primigenio, paraíso….”
En
este contexto pues, no parece descabellado hacer un juicio comparativo entre
los datos aportados por Ezequiel acerca de la estructura de la rueda por él
vista y una muy antigua ilustración china del 1.700 a.C. que representa el
“carro volador” del pueblo Chi-Kung, antes mencionado.
Vale
aclarar que esta hipótesis de trabajo presentada ahora por mí, es decir, asociar
la “rueda de Ezequiel” con la “rueda del carro celestial de los Chi-Kung”,
se basa en una llamativa coincidencia de aspecto que bien podría estar relacionada
con la función multidireccional del invento patentado por el ingeniero J.
F. Blumrich. Ello significa que puede ser no concluyente, pero sí válida al
mismo tiempo. Examinemos por lo tanto, en detalle, las imágenes que siguen:
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Imagen A |
Imagen B |
La figura
A muestra el ingenio patentado por Blumrich, con los segmentos de la rueda
en forma de toneletes (el porqué de tales segmentos fue explicado arriba).
La figura B muestra similares segmentos,
además de ciertas “protuberancias”
parecidas a las “cortas piezas troncoides” que Blumrich menciona como
necesarias para lograr la resistencia al deslizamiento en dos direcciones
y que “podrían ser justificadamente
comparadas – por Ezequiel - a “ojos”.”
¿Casualidad?
Quizá… ¿Coincidencia? ¡A la vista está…!
A veces caen “piedras del cielo”…
y se le meten a uno en el zapato
Desde
luego, lo dicho hasta aquí no es ninguna prueba definitiva de un paleocontacto
con visitantes exóticos. En todo caso, diremos que lo que se plantea, sí,
es una duda muy razonable. Pero más
allá de eso y de las muchas veces infundadas negativas de los acérrimos críticos
de la hipótesis del antiguo astronauta (que no quieren ver, ni escuchar ni
hablar al respecto… ¡nunca!), nadie intelectualmente honesto puede soslayar
ni por un momento la importancia de estar frente a un problema de considerable
atención como es el de las “fuentes de inspiración”. Y no estaría de más si
alguno quisiera admitir de paso que ese problema y la hipótesis de las paleovisitas
van a veces de la mano…
Las
declaraciones admonitorias, con apelación a la autoridad, son en ocasiones
(las más de la veces) simples falacias…sino pura cháchara. De hecho, hemos comprobado con el tiempo que,
en efecto, y contrariamente a lo que decían hace 200 años los eruditos de
la Academia de Ciencias de Francia, sí “caen piedras del cielo”. Pero es lamentable
que hoy en día otros eruditos sigan caminando en fila india dentro del claustro
académico, intentando disimular sus tropiezos al andar, cuando estas otras
“piedras que supuestamente no existen” se les meten encima en el zapato… ¡ay!
EL
AUTOR estudió abogacía en
© César Reyes – Todos los derechos reservados.