EN AQUEL TIEMPO HABÍA
GIGANTES SOBRE
Profundamente arraigados en las más remotas tradiciones, los gigantes han transitado por la historia envueltos por el confuso velo que separa fantasía de realidad.
Sin embargo, cabe destacar la opinión vertida
por el Dr. L. Burkhalter cuando siendo delegado de
En Dorset, Inglaterra, cerca de la aldea
de Cerne Abbas, una milenaria figura humana de
Para su realización, los artistas prehistóricos
debieron remover unas 25 toneladas de placas de hierba hasta dejar al descubierto
la capa de piedra caliza. Sin duda una ingeniosa forma de “grabado”, pero
¿obedeciendo qué impulso?, ¿qué mensaje
escondido?
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Por lo que se sabe, “el gigante
de Cerne Abbas” es hasta la fecha un enigma. Y como tal ha dado de hecho lugar
a las más atrevidas especulaciones. Para el arqueólogo Stuart Piggott, por
ejemplo, éste se relaciona con el culto a Hércules que se extendió a Gran
Bretaña durante el siglo II, en la época del emperador Commodus, y se piensa
también que su origen podría estar ligado con un culto local de la fertilidad,
anterior a la invasión romana.
Si bien la idea de tal culto local a la fertilidad puede quedar sugerida por el enorme miembro viril erecto del gigante, será oportuno señalar ahora que, conforme a la evidencia que a continuación veremos, el tema que involucra la representación simbólica de este gigantesco personaje no se agota en modo alguno con eso. En todo caso, la relación “fertilidad-agresividad” plasmada en la obra en cuestión tal vez no sólo encierre el concepto viril primitivo sino que además evoca una situación de amenaza cierta…
Mitos, leyendas y textos sagrados: Los indicios documentales
Si los dioses de las estrellas aparecen invariablemente en el mosaico de las antiguas culturas, los gigantes, como seres vinculados a éstos, no se quedan atrás.
En consecuencia, pretender realizar un análisis
minucioso, partiendo de una enunciación de toda la documentación relativa
a los gigantes, sería por demás excesivo a los fines aquí perseguidos. Alternativamente,
veremos sí varios ejemplos sobradamente ilustrativos que le permitirán al
lector abrir luego su propio juicio. De entre el cúmulo de textos sagrados
de histórica importancia,
“En aquel tiempo había gigantes sobre
De esta simple referencia nos está permitido
extraer “ab initio” dos posibles conclusiones: 1) los gigantes habrían sido
el fruto de la unión carnal de los Elohim con mujeres terrestres, es decir,
el resultado de una marcada incompatibilidad genética entre aquellos tomados
por dioses y las mujeres, hijas de los hombres, y 2) estos gigantes, lejos
de constituir una excepción – como casos aislados -, llegaron a convertirse
en una nueva raza cuya degeneración implicaba consecuencias mediatas de peligrosidad
extrema. Ambos puntos serán desarrollados en breve, pero dejémoslos por ahora
en suspenso.
No obstante, siendo que la misma historia
nos impone su camino, y aunque aún no se lo haya fundamentado aquí, el lector
podrá comprobar seguidamente que tras haber transcurrido un tiempo (que no
es ni más ni menos que aquel “y también después” mencionado en el Génesis)
los gigantes, como raza, eran una incuestionable realidad. En tal sentido,
bastará con remitirnos a los acontecimientos narrados en “Números”, “Deuteronomio”
y “Samuel”. Del primero de dichos libros obtenemos información acerca de la
“exploración de la tierra prometida” que ordenó se llevara a cabo el “Señor”
a Moisés diciendo:
“Envía sujetos principales, uno de cada tribu, a explorar la
tierra de Canaán, la cual tengo que dar a los hijos de Israel” (Números 13,3).
Así pues, los exploradores partieron y a
su regreso…:
“…dieron cuenta de su viaje, diciendo: Llegamos a la tierra
que nos enviaste; la cual realmente mana leche y miel, como se puede ver por
estos frutos.
Pero tiene unos habitantes muy valerosos y ciudades grandes
y fortificadas. Allí hemos visto la raza de Enac”. (Números 13, 28-29).
Según la tradición árabe, Enac era un gigante
de Palestina conocido por los hebreos también con el nombre de Anakim. Se
asegura que este gigantesco individuo, y su pueblo, la raza de Enac, descendía de Ad, nieto de Cam, hijo de Noé. De Ad se decía que su estatura era tal que para
construir su tienda fue necesario el empleo de los árboles más fuertes y altos
de los bosques. Al parecer, por lo que siguió en el informe de los exploradores
no existen indicios que nos obliguen a desestimar las tradiciones árabes.
En efecto, ante el arremetedor impulso de conquista nacido en Moisés los exploradores
manifestaron:
“La tierra que recorrido se traga a sus habitantes; el pueblo
que hemos visto es de una estatura agigantada.
Allí vimos unos hombres descomunales, hijos de Enac, de raza
gigantesca, en cuya comparación nosotros parecíamos langostas.” (Números 13, 33-34)
Asimismo, en el “Deuteronomio”, pasajes
no menos significativos confirman la presencia de gigantes como raza notablemente
diferenciada. Tal confirmación apunta, y va la aclaración dirigida al lector
no informado sobre las escrituras del Antiguo Testamento, a rescatar el valor
histórico de este libro, el Deuteronomio, donde Moisés reitera en el primer
discurso, que abarca justamente la “Sección Histórica”, todo cuanto tuvo lugar
durante la búsqueda de la “Tierra Prometida”.
Así, jugando limpio con el pasado, deberemos
comprometer nuestra actitud en un sentido o en otro. Es decir, o tenemos por
cierto que contamos con un libro que está reflejando en sus páginas la historia
de un pueblo o concluimos que todo es un fraude. Los términos medios sales
sobrando…
A título informativo, simplemente, diremos
que es oportuno tener en cuenta que en el resumen introductorio al Deuteronomio
de la “Sagrada Biblia” de
En tal sentido, a la siguiente descripción,
en cierto modo detallada, del rey Og, incluida en
el relato de lo acontecido cuando se produjo el reparto de Transjordania,
¿no cabría tildarla de referencia histórica? Leemos:
“Y tomamos todas las ciudades de la llanura, y la tierra toda
de Galaad y de Basán hasta Selca y Edrai, ciudades del reino de Og, en Basán.
Es de saber que Og, rey de Basán, era el único que había quedado
de la casta de los gigantes. Se muestra su lecho de hierro en Rabbat, ciudad
de los hijos de Ammón, el cual tiene nueve codos de largo y cuatro de ancho, según la medida del codo ordinario
de un hombre.” (Deuteronomio 3, 10-11).
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Atendiendo a la necesidad de evitar
inútiles exageraciones, y en virtud a la aclaración que indica el tomar en
consideración la medida del codo ordinario de un hombre, es prudente limitar
el cálculo a la medida aproximada de
“Todo el país de Basán es llamado tierra de los gigantes” (Deuteronomio 3,13)
Al parecer, otros, mucho antes, ya tenían
la misma opinión.
En el primer libro de Samuel hallamos otras
descripciones de pesos y medidas cuya minuciosidad tiene por objeto identificar
a otro gigante bíblico…seguramente no el más robusto, pero sí el más famoso:
Goliat. Leemos:
“Un hombre de las tropas de choque salió del campamento de
los filisteos; se llamaba Goliat, de Gat, cuya estatura era de seis codos
y un palmo” (Samuel
17,4).
No cabe duda de que el temor reinante entre
los israelitas al ver al guerrero filisteo no era en modo alguno gratuito.
Siempre sujetándonos a los más modestos cálculos (es decir considerando un
codo de 0,444 y un palmo de 0,222), el buen Goliat medía, en números redondos,
unos
Asimismo, su fortaleza física no era menos
considerable…
“Traía sobre su cabeza un morrión de bronce, e iba vestido
de una coraza escamada, del mismo metal, que pesaba cinco mil siclos”. (I
Samuel 17,5).
“El astil de su lanza era grueso como el enjullo de un telar,
y el hierro de la misma pesaba seiscientos siclos…” (I Samuel 17,7).
Según una equivalencia promedio, un siclo
es igual a
Como quiera que
Así, en la mitología grecorromana se nos
relatan sobradas experiencias que incluyen a titánicos protagonistas como
Polifemo, aquel famoso carcelero que mantuvo prisionero a Ulises y sus doce
compañeros en una cueva, tal y como nos lo contó Homero en su Odisea, u otros
como Titio, Orión, Gerión, Euritión, etc.
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En Egipto, Tifón, hermano
de Osiris, es recordado como un gigante.
Sobre la mitología germana, no podemos dejar
de mencionar, por ejemplo, los conocidos episodios ocurridos entre el gigante
Thrym y el dios Thor, cuando el primero se apodera del martillo Mjolnir, o
Mimir, el gigante consejero de la máxima divinidad Odín.
En la bella epopeya sumeria de Gilgamesh,
concretamente en la primera tabla, se nos presenta el héroe como un semidiós
de cinco brazas de alto y nueve palmos de ancho, es decir, unos cinco metros
y medio por dos metros.
La leyenda de Melu en Oceanía o la de Litaclane
entre las tribus de África sudoriental, u Ocun adorado en África central como
introductor del hierro entre los hombres, no escapan a la regla general.
También el incansable Herodoto nos habla
de gigantes en sus “Historias” al mencionar el hallazgo, en Tegea, una antigua
ciudad de
Purusa es el nombre del “gigante primario, el varón cósmico de cuyo
sacrificio ritual surgió el mundo”, según lo describe un himno del Rig-Veda.
P’an Ku es recordado en China no sólo como
el “gran creador” sino también como
un gigante. Asimismo en Japón, colosos como Soki o los guardianes de las puertas
celestiales, conocidos como Nyo, han sido representados en numerosos templos.
En Europa septentrional es conocida la leyenda
del gigante Ogro y su poca agradable costumbre de alimentarse con carne humana.
La historia de los pueblos americanos no
es ajena a la cuestión y recoge datos de su existencia. Tal es el caso de
los aztecas, quienes en el llamado “Segundo Periodo del Mundo” relatan:
“En aquella época vivían gigantes. Los antiguos hablaban de
su pasado…Tezcatlipoca se convirtió gracias a su divinidad en Sol, y todos
los demás dioses crearon a los gigantes, que eran hombres de gran altura y
fuerza, que podían arrancar a los árboles de cuajo”.
A su vez, el Popol-Vuh, libro sagrado de
los mayas-quichés, nos dice que en los tres periodos, entre los diluvios,
hubo gigantes. Asimismo, en el “Manuscrito mexicano de Pedro de los Ríos”
leemos:
“Antes del diluvio, que se produjo 4.008 años después de la
creación del mundo, la tierra de Anahuac estaba habitada por los tzocuillixecos,
seres gigantescos, uno de los cuales tenía por nombre Xelua…”
Por su parte, el cronista Bernal Díaz del
Castillo, integrante de la nefasta incursión de Hernán Cortés, fue informado
por los sabios indígenas que en otro tiempo habían existido hombres de elevada
estatura y muy malvados, que fueron muertos en gran número. Como prueba, se
dice, entregaron a Cortés un fémur que igualaba en altura a un hombre de talla
normal, el cual el conquistador envió a su rey.
Ciertamente, referencias histórico-mitológicas
como éstas abundan hasta lo increíble en todos los rincones del mundo y requerirían
volúmenes su completa mención. No obstante, llegado este punto, dedicaremos
aún nuestra atención a un valioso documento histórico que nos acerca la visión
de gigantes a tiempos menos remotos.
“Notizie del Mondo Nuovo con le figure de
paesi scoperti descritte de Antonio Pigafetta, vicentino, Cavagliero di Rodi”
es el título original de la obra de aquel joven secretario de Hernando de
Magallanes donde quedaron relatados interesantes testimonios, de primera mano,
acerca de gigantes vivos. Cabe acotar que la cita que a continuación se transcribe,
según la traducción del reconocido filólogo chileno José Toribio Medina, es
la resultante del testimonio directo de Pigafetta como tripulante de la nave
almirante de Magallanes, al tocar puerto en la actual República Argentina
exactamente a los 49 grados y 30 minutos de latitud Sur.
“Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno
de los habitantes del país (alrededor del 20 de abril). Un día en que menos
lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en
la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena
sobre la cabeza.
El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden
de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz; lo
que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir
a una pequeña isla que había abordado el comandante. Yo también con varios
otros me hallaba allí.
Al vernos manifestó mucha admiración y levantando un dedo hacia lo alto quería sin duda significar que él pensaba
que habíamos descendido del cielo.
Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos
a la cintura…”
Resulta conveniente aquí dejar constancia
de que el joven autor italiano, lejos de ser afecto a las exageraciones, era
sí un atento observador que sabía hacer gala de un minucioso poder de descripción,
evidenciado no sólo cuando informa acerca de la vestimenta y utensilios que
portaba el gigante sino cuando detalla el aspecto de la piel de guanaco que
colgaba de sus hombros, un animal del todo desconocido por los europeos:
“Su vestido, o mejor dicho, su capa, era de pieles cosidas
entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo
después. Este animal tenía la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello,
las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita.”
En tal sentido, debemos otorgar validez
también a las otras descripciones de Pigafetta que nos hablan de la enorme
fortaleza física de estos titanes que luego pasaron a la historia con el nombre
de Patagones. Leemos al respecto:
“El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre
otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante que no
tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por primera vez veía su
figura, retrocedió tan espantado que arrojó por tierra a cuatro de los nuestros
que se hallaban detrás de él.”
Pero más significativos resultarán estos
otros fragmentos:
“Seis días después, algunos de nuestros marineros vieron otro
gigante…
Este hombre era más grande y mejor conformado que los otros,
poseía maneras más suaves y danzaba y saltaba tan alto y con tanta fuerza
que sus pies se enterraban varias pulgadas en la arena.”
No obstante, quizá la demostración más acabada
de la fuerza de estos descomunales nativos tuvo lugar cuando Magallanes ordenó
capturar a dos de los más jóvenes exponentes de esta raza para ser llevados
a Europa, para asombro de los aristócratas. Escribió Pigafetta:
“Quiso el capitán retener a los dos más jóvenes y mejor formados
para llevarlos con nosotros durante el viaje a España; pero
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Por cierto que este capítulo de la historia
de la conquista del Nuevo Mundo no terminó de manera muy distinta que otros.
Los Patagones consiguieron huir bajo el fuego de los españoles mientras que
los dos jóvenes gigantes capturados perecieron en alta mar antes de que la
nave atravesara el Ecuador.
Ahora bien, si de hecho Pigafetta tuvo su
“primicia” al narrar sobre la existencia de estos titanes sudamericanos, en
modo alguno conservó la “exclusiva”. Ya que, en efecto, algunos años más tarde
un desconocido compañero de viaje del Capitán Byron, del buque inglés “Delfín”,
escribía en su libro titulado “Viaje alrededor del mundo” con referencia a
los Patagones:
“Su estatura media nos pareció ser de diez pies y aun mayor
en muchos casos. No empleamos ninguna medida para comprobarlo, pero tenemos
motivos para creer que más bien disminuimos que exageramos la talla.”
Es decir, que tales nativos contemplaban
el mundo desde los
Ya en 1578 se suma el testimonio del famoso
Sir Francis Drake y luego el de otros conocidos viajeros como Pedro Sarmiento.
Por el recordado Peter Kolosimo (“No es
Terrestre”) nos enteramos que “a comienzos
de 1700, los gigantes habían desaparecido de la costa, pero las autoridades
españolas de Valdivia, Chile, hablaron repetidamente, en 1712, de una tribu
de seres de casi
Dado que nada nos obliga a seguir una cronología
que siga cada uno de los blancos en los que se clava la “flecha del tiempo”,
y siendo que de los Patagones estábamos hablando, bien podemos con ellos.
Y enterarnos que, en 1962, en
No obstante, como consta en los mitos y
leyendas, la talla de estos seres es bastante variada, ignoramos por qué,
y lo mismo se evidencia en los restos descubiertos hasta el presente. Veamos.
►
En el Sudeste de China, el paleontólogo Dr. Pei Wen Chung desenterró restos,
en buen estado de conservación, pertenecientes a un hombre cuya estatura se
aproxima a los tres metros y medio.
►
Frágiles y ennegrecidos huesos humanos, incluyendo el cráneo, salieron a la
luz en Gargayán, Filipinas. Su dueño había alcanzado los cinco metros y medio
de altura.
►
En Túnez, exactamente en Chenini, se encontró un cementerio de gigantes cuyos
esqueletos medían algo más de tres metros.
►
Cerca de la ciudad de Bathurst en Australia, el director del Mount York Natural
History Museum, Dr. Rex Gilroy, descubrió huellas gigantes de 60 x
►
Por su parte, enormes picos con un peso aproximado de cuatro kilos se hallaron
en Siria, en las cercanías de Safita, como así también en Ain Fritisa, Marruecos.
►
En Norteamérica, significativos descubrimientos merecen atención. Durante
unos trabajos de excavación realizados en la localidad californiana de Lampock
Ranch algunos soldados extrajeron, en 1833, un esqueleto de
►
En Nevada, en las colinas de Spring Valley, cerca de Eureka, durante 1887,
buscadores de metales preciosos desenterraron una pierna humana seccionada
a la altura de la rodilla con una medida de
► En
Glen Rose, Texas, en el lecho del río Paluxy, el
Dr. C.N. Dougherty descubrió enormes pisadas humanas de
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¿Pies de seis dedos? Pues sí, semejantes
a los descritos en
“La cuarta guerra fue en Get, donde se presentó un hombre de
estatura descomunal, que tenía seis dedos en cada mano y en cada pie, esto
es, veinticuatro dedos, y era de la raza de Arafa.”
Y es también Kolosimo, en su obra citada, quien nos recuerda que:
“en Crittenden, Arizona, una brigada
de obreros descubrió, en 1891, excavando cimientos de un edificio, un sarcófago
que contenía un ser humano de tres metros de estatura y con seis dedos en
los pies.”
En términos médicos, el gigantismo es una forma anormal de crecimiento caracterizada, obviamente, por una excesiva altura.
Esta enfermedad es motivada por una sobreproducción
de hormonas segregadas por las células eosinófilas del lóbulo anterior de
la hipófisis.
La hipófisis o pituitaria es una pequeña
glándula, del tamaño de una arveja, situada en una pequeña depresión de la
base del cráneo, debajo del hipotálamo. Se trata de una glándula doble cuyo
lóbulo anterior se forma en el embrión partiendo de una protuberancia del
techo de la boca mientras que el lóbulo posterior lo hace del piso del cerebro.
Una vez desarrollados ambos lóbulos, el anterior pierde su conexión con la
boca, no así el posterior que coserva la suya con el cerebro. Dados los fines
perseguidos aquí, y teniendo en cuenta las funciones perfectamente diferenciadas
de ambos lóbulos, centraremos nuestro interés exclusivamente en el lóbulo
anterior. En éste se pueden distinguir fácilmente una cantidad de diferentes
tipos celulares, cada uno de los cuales produce una hormona distinta. Precisamente,
la primera hormona de esta glándula (la hipófisis), descubierta en 1944, fue
la “hormona del crecimiento”. Ésta controla el crecimiento general y muy especialmente
el de los huesos largos, por lo tanto una hipersecreción durante el periodo
de crecimiento culmina inevitablemente en un individuo gigante.
Ahora bien, actualmente se sabe que la influencia
hereditaria es clara en el gigantismo, como que son frecuentes en los familiares
del enfermo las afecciones de las glándulas endócrinas. Es para tener en cuenta,
también, que el gigantismo es mucho más común en los hombres que en las mujeres.
Ciertamente, no haremos aquí un análisis
profundo del tema por cuanto de las distintas clasificaciones médicas, esto
es, gigantismo armónico, eunocoide y acromegálico, sólo reviste interés práctico
para nosotros el primero. El gigante armónico tiene proporcionalidad en sus
medidas, una mentalidad corriente y un desarrollo sexual de tipo medio, en
definitiva, concuerda en un todo con aquellos mitológicos seres cuyas huellas
nos hallamos rastreando.
En cualquier caso, los afectados por esta
enfermedad, por lo común, casi no superan la barrera de los
Hemos repasado someramente algunos conceptos
médicos sobre la enfermedad, y dijimos que el gigantismo es mucho más común
en los hombres que en las mujeres, siendo además muy clara la influencia hereditaria.
De este modo, resulta en extremo interesante observar que ambos relevantes
aspectos del tema coinciden enteramente con lo relatado por los cronistas
de la más remota antigüedad. Entre ellos: Henoch.
Este patriarca antediluviano, muy importante dentro de la tradición
judía, es mencionado en la lista bíblica como hijo de Yéred y padre de Matusalén.
Sobre él se ha escrito en el Génesis (5,21):
“Henoch tenía sesenta y cinco años cuando engendró a Matusalén.
Henoch anduvo con Dios, vivió después de engendrar a Matusalén trescientos
años, y engendró hijos e hijas. El total de los días de Henoch fue de trescientos
sesenta y cinco años. Henoch anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se
lo llevó.”
Es importante que prestemos atención a las
últimas palabras: “desapareció porque
Dios se lo llevó”. De hecho, cuando en
“Y llegó después que su nombre (de Henoch) fue elevado, en
vida, cerca de este Hijo del Hombre y cerca del Señor de los Espíritus, lejos
de los que habitan sobre el árido, y fue elevado sobre el carro del viento,
y el nombre (de Henoch) desapareció de entre ellos (de los que habitan sobre
el árido). Desde ese día ya no fui contado más entre ellos. Y allí vi a los
primeros padres y a los santos que desde la eternidad residen en ese lugar.”
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Ahora bien, considerando que en la respetable
opinión de algunos esto no alcanzara para interpretar la presencia de astronautas
exóticos y, desde luego, naves espaciales, sugerimos una atenta lectura de
algunos pasajes del capítulo 14 del mismo libro:
“…y una nube me llamó; y el curso de las estrellas y de los
rayos me hicieron apresurar y me desearon; y los vientos, en la visión, me
hicieron volar (y me hicieron apresurar), me llevaron a lo alto (y me hicieron
entrar en los cielos). Entré hasta que hube (llegado) cerca de un muro construido
por piedras de granizo; lenguas de fuego lo rodeaban y ellas comenzaron a
asustarme.
Entré en las lenguas de fuego y me acerqué a una gran casa,
construida con piedras de granizo; los muros de esta casa eran como un mosaico
de piedra de granizo, y su suelo era de granizo.
Su techo era como el camino de las estrellas y (como) rayos;
en medio (había) querubines de fuego, y su cielo era de agua…
Y miré, y vi en esta casa un trono elevado cuyo aspecto era
el del cristal y cuyo contorno era como el Sol brillante, y una voz de querubines
(se hacía oír)…
La gran Gloria tenía sede en el trono, y su vestido era más
brillante que el Sol y más blanco que toda la nieve…
Un fuego ardiente le rodeaba y un gran fuego se levantaba ante
él; ninguno de los que le rodeaban se acercaba a él; miríadas y miríadas (de
ángeles) estaban de pie ante él, pero él no pedía consejo…”
Así como elogiamos antes el ojo detallista
del cronista Pigafetta para describir el aspecto del guanaco, animal del todo
desconocido para los europeos de entonces, no podemos dejar de hacer lo mismo
con Henoch. Pero, hay que decirlo, Pigafetta corría después de todo con alguna
ventaja con la que el anciano patriarca antediluviano no podía contar. En
los tiempos de Pigafetta cualquiera en el Viejo Mundo podía entender a qué
se refería, comparativamente, al decir que el guanaco tenía la cabeza y las
orejas de mula, o el cuerpo de camello. Pero cómo hacer para describir un
portento tecnológico sobre cuya existencia nadie tiene la menor idea.
Es sabido por todos que los indios de Norteamérica
llamaban “caballo de hierro” a la locomotora. Y eso era así simplemente porque
en su vocabulario no había una palabra para significar esa tecnología desconocida.
Dicho sea de paso, es curioso que todo el mundo dé por sentada, sin cuestionar
nada, la relación “caballo de hierro”-locomotora, pero no se detengan a aplicar
el mismo criterio para el llamado “pájaro de trueno” (o “de fuego”), ni para
preguntarse a qué se referían los Mayas o Aztecas de México con “serpiente
emplumada”. Seamos honestos, “haga doble clic con el ratón” sonaría a un oscuro
ritual de brujería, sin sentido, para cualquiera ajeno a la jerga del mundo
de la computación. Conque, Henoch, por lo visto, se las arregló muy bien con,
por ejemplo, “su techo era como el camino
de las estrellas”.
En consecuencia, si Henoch tuvo en efecto
contacto personal con los astronautas de otro mundo que habrían visitado
Así, en el capítulo sexto del “Libro de
Henoch”, bajo el título “Unión de los ángeles con las hijas de los hombres”,
leemos:
“Así, pues, cuando los hijos de los hombres se hubieron multiplicado,
y les nacieron en esos días hijas hermosas y bonitas; y los ángeles, hijos
de los cielos, las vieron, y las desearon, y se dijeron entre ellos: Vamos,
escojamos mujeres entre los hijos de los hombres y engendremos hijos.”
Y agrega en el capítulo siguiente (“Nacimiento
y fechorías de los gigantes”):
“Estos y todos los otros con ellos, tomaron mujeres; cada uno
escogió una, y comenzaron a ir hacia ellas y a tener comercio con ellas y
les enseñaron los encantos y encantamientos, y les enseñaron el arte de cortar
las raíces y (la ciencia) de los árboles. Así, pues, éstas concibieron y pusieron
en el mundo grandes gigantes cuya altura era de tres mil codos.
Ellos devoraron todo el fruto del trabajo de los hombres, hasta
que estos no pudieron alimentarlos más. Entonces los gigantes se volvieron
contra los hombres para devorarlos…”
Cabe acotar a esta altura que, significativamente,
la narración de Henoch es por completo coincidente con la que hace al respecto
“Habiendo, pues, comenzado los hombres a multiplicarse sobre
la tierra, y procreando hijas. Viendo los hijos de Dios la hermosura de las
hijas de los hombres, tomaron de entre todas ellas por mujeres las que más
les agradaron.
Dijo entonces Dios: No permanecerá mi espíritu en el hombre
para siempre, porque es carnal; y sus días serán ciento y veinte años.
En aquel tiempo había gigantes sobre la tierra (y también después),
cuando los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y ellas
concibieron; estos fueron los héroes del tiempo antiguo, jayanes de nombradía…”
Como quiera que este relato, atribuido a
Moisés como autor del Pentateuco, bien puede haber
encontrado su fuente en los escritos más antiguos de Henoch, nada invalida
la autenticidad de los mismos como crónicas de los tiempos remotos donde el
mito derivó de la “historia verdadera”, al decir de Mircea Elíade.
En cualquier caso, lo hemos visto, el “mito
del gigante” ha hallado sustento fáctico no sólo en los registros históricos
sino además en no pocos descubrimientos arqueológicos, de modo tal que mal
podemos ignorar aquello que nos aporte pistas conducentes para llegar a los
orígenes remotos de estos seres, incluso cuando tales pistas deban mirarse
bajo la lupa de la, para muchos incómoda, hipótesis de los antiguos astronautas.
¿Incompatibilidad genética?
Tan solo como hipótesis de trabajo, si nos
aventuráramos a especular sobre la posibilidad de una manipulación genética
llevada a cabo por extraterrestres en los albores de la humanidad, como sostienen
Zecharia Sitchin o Erich von Däniken, basaríamos tal presunción en indicios
aportados por: 1) leyendas y mitos, de casi todas las culturas, que señalan
la creación del hombre como el producto directo de la intervención de los
dioses (supuestamente antiguos astronautas), 2) la viabilidad de la manipulación
genética, demostrada por los más recientes experimentos científicos y 3) la
insatisfactoria respuesta brindada por la teoría de
Ahora bien, si esta hipotética manipulación
genética llevada a cabo por antiguos astronautas le merece al lector el suficiente
crédito como para ampararla por lo menos bajo el beneficio de la duda, la
problemática en torno a los orígenes del gigantismo puede, en consecuencia,
vislumbrarse partiendo de dicho criterio. Y esto es así, ya que al estar de
las crónicas bíblicas y muy especialmente de las detalladas descripciones
del apócrifo Libro de Henoch, nuestra construcción teórica conserva una línea
ininterrumpida que se ve abonada a la vez por nuestros actuales conocimientos
sobre el gigantismo como enfermedad.
En tal sentido, partiendo del supuesto de
que del intercambio genético entre diferentes especies, en virtud del contacto
carnal, hubiera surgido a posteriori algún tipo de “lastre” en los nuevos
“híbridos” (seres humanos), en razón de una realimentación negativa de genes
dada por esa relación dinámica del genotipo con el ambiente, quizá hayan podido
surgir entonces incompatibilidades. Por supuesto que al suponer la existencia
de relaciones sexuales eficientes entre las mujeres “hijas de los hombres”
y “los dioses” la cuestión nos permite aceptar la similitud de cromosomas,
pero el problema no se plantea por esta vía sino por otra claramente expresada
por Paul Ramsey en “El Hombre Programado”, cuando nos habla de las futuras
posibilidades de las propuestas de control genético, y dice: “La primera es un ataque directo al gen mutado perjudicial, mediante la
llamada “cirugía genética”, “micro cirugía” o “mano cirugía”, o mediante la
introducción de algún producto químico antimutágeno que haga retromutar al
gen o lo elimine en cuanto causa de efectos genéticos. Este puede ser el medio
empleado algún día en el futuro, próximo o lejano, dentro de un programa de
eugenesia “negativa” o “preventiva”. Puesto que ha de reemplazarse un gen
“malo” por otro “bueno”, este método podría emplearse también para inducir
o dirigir un programa de eugenesia “progresiva” o mejora genética “positiva.
El segundo tipo de medios disponibles – continúa Ramsey – se basa en centrar la atención en el “fenotipo” y no en el “genotipo”:
control de natalidad eugenésicamente dirigido, “selección parental”, “selección
de semen” o “selección empírica” crasa para determinados rasgos. Los medios
existentes para conseguir esto podrían ser aplicados lo mismo en un programa
de “reproducción conservadora” de rasgos deseables (eugenesia “progresiva”
o “positiva”). Tales medios serían la práctica del control de la concepción
por aquellas personas a quienes así se les aconsejara en las clínicas genéticas…”
Según lo dicho por Ramsey, y suponiendo
que una vez culminado el “experimento genético” los científicos extraterrestres
hubiesen detectado cierto defecto en la dotación hereditaria de los “híbridos”
(seres humanos), lo más económico, a los fines prácticos, hubiese sido optar
por la alternativa de un “programa de reproducción conservadora”, ya que si
dicha incompatibilidad, que además originaba defectos genéticos transmitidos
como “dominantes”, se planteaba únicamente como el producto de la unión entre
extraterrestres y mujeres humanas, lo más sencillo y efectivo era evitar dicha
unión. Sin embargo, como vimos recientemente, la prohibición no fue acatada
y aconteció que (Libro de Henoch, cap. XV v.9):
“Los espíritus malos han salido de su carne (de los gigantes),
porque ellos han sido hechos por los hombres (y), de los santos guardianes
(proviene) su origen y su primer fundamento. Serán los espíritus malos sobre
la tierra; ellos serán llamados espíritus malos.”
¿Espíritus malos? ¿Y si traducimos esto
como “genes malos”?
Al desarrollar el tema del gigantismo como
enfermedad se mencionó que la misma era provocada por una sobreproducción
de hormonas segregadas por la hipófisis, haciendo hincapié, primero, en la
clara influencia hereditaria y, segundo, en que el gigantismo es mucho más
común en el hombre que en la mujer. Hasta aquí, esa influencia hereditaria
parece estar suficientemente confirmada en los escritos antiguos que hemos
revisado. No obstante, antes de proseguir, resultará apropiado hacer aquí
un paréntesis para citar, en apoyo del segundo punto, la descripción contenida
en la epopeya etíope Kebra Negest (vol.23, secc.1):
“Pero aquellas hijas de Caín con las que habían cohabitado
los ángeles, quedaron encinta pero no pudieron parir y murieron. Y de los
engendrados en sus cuerpos algunos murieron, pero otros nacieron; perforando
el cuerpo de sus madres nacieron por el ombligo. Cuando crecieron y se hicieron
mayores, fueron gigantes.”
Si nos permitimos tomar esta cita como “el
botón de la muestra” lograremos ir comprendiendo en su total importancia el
problema planteado por esta aludida incompatibilidad genética. Por un lado,
todos los registro hablan de hombres gigantescos y nunca de mujeres; por el
otro, se nos dice que a causa de tal defecto genético hereditario nacían varones
gigantes que aparte el hecho de guerrear contra los hombres normales provocaban
también la muerte de las mujeres normales al darles a luz; de modo que ¿no
se hubiera cerrado tarde o temprano el círculo con la extinción de la especie
humana?
A la luz de los documentos más antiguos, donde incluimos los mitos de transmisión oral, dramáticas narraciones ponen de manifiesto la férrea actitud adoptada por “los dioses” ante el peligro inminente que estos gigantes representaban. Así, según Henoch cuenta en su obra (cap. X ver. 9):
“…el Señor dijo a Gabriel: Vé hacia los bastardos y réprobos
y hacia los hijos de las cortesanas, y haz desaparecer (los hijos de las cortesanas)
y los hijos de los guardianes de entre los hombres; cázalos y reenvíalos;
ellos se destruirán los unos a los otros por la muerte violenta, pues no habrá
para ellos muchos días.”
Y acotemos que, no casualmente por cierto,
el presunto astronauta Gabriel es identificado en el cap. XX del mismo libro
como “uno de los santos ángeles, encargado
del paraíso, de los dragones y de los querubines…”. De hecho, tanto los
“dragones” como las “serpientes voladoras” son protagonistas de significativos
relatos arcaicos que dan cuenta de su extraña naturaleza celestial vinculada
a “los dioses”, donde algunas descripciones comparativas entre estos supuestos
“inimaginables reptiles” y portentos tecnológicos no han pasado desapercibidas
(ver “La era de las serpientes cósmicas” en esta misma
publicación),
del mismo modo que no dejan de llamarnos la atención ciertas coincidencias
con las narraciones aztecas que nos hablan de ataques provenientes del cielo:
“Gigantes hambrientos erraban por las penumbras. Tan pronto
los hombres se topaban con ellos se producían luchas desesperadas. Pero los
“Jaguares del Cielo” devoraron a los gigantes; se lanzaban desde las tinieblas
del cielo y los aniquilaron.”
En definitiva, lo que al parecer se desprende
de los textos analizados es que “los dioses” finalmente acabaron pagando un
alto costo ético, directamente proporcional al peligro que generaban los defectos
genéticos derivados de la manipulación…
Ramsey escribió en “El Hombre Programado”
que: “puede aceptarse que en el caso
de defectos genéticos serios transmitidos como “dominantes”, podría impedirse
que en el futuro nacieran individuos con esos defectos, o disminuir su incidencia,
a un costo relativamente pequeño por el número de portadores y afectados que
serían declarados genéticamente muertos. Pero en el caso de enfermedades genéticas
serias transmitidas como “recesivas” no se conseguiría una reducción significativa
de su incidencia en la población, a menos que se decretase la muerte genética
de un enorme número de gente”. Claro que lo que Ramsey está aquí sugiriendo
no es una matanza genocida, sino que se refiere a implementar una eugenesia
preventiva forzando el acervo genético estableciendo un control selectivo
de los autorizados a reproducirse. Lógicamente, esta cuestión está firmemente
emparentada con ciertos preceptos morales que no podemos soslayar. Tal es
así que las mismas palabras recién reproducidas fueron pronunciadas por Ramsey,
inicialmente, durante una conferencia sobre “Ética en la medicina y la teología”
patrocinada por
No obstante, sí debemos tener en cuenta
que las condiciones imperantes en el remoto pasado al cual nos remite nuestra
hipótesis mal hubieran permitido la aplicación de preceptos éticos y morales,
y mucho menos “agredirlos levemente” por medio de la eugenesia preventiva
traducida en el control de reproducción. ¿Por qué? Básicamente, porque aunque
los “ángeles-astronautas sublevados” hubiesen depuesto su actitud, la raza
de los gigantes seguramente no vería con buenos ojos que su futuro evolutivo
se viera imposibilitado mediante control alguno.
© César
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