Rosario
del Tala, Entre Ríos, Argentina: OVNIs, fenómenos parapsicológicos, seres
sobrenaturales y hasta un telúrico y abandonado centro secreto de experimentos
innominados.
UN PASO
AL MÁS ALLÁ
(Primera
parte)
escribe: Gustavo Fernández
Investigación:
Claudia Sione, Gustavo Fernández y Omar Izaguirre
Antes de comenzar, el autor de este trabajo necesita hacer una aclaración que cree importante. Existe una innegable tendencia en el mundo de lo fenoménicamente extraño a creer que el lugar donde cada uno reside es algo así como el ombligo del Universo. Que, para el caso de eventos presuntamente extraterrestres o parapsicológicos, para qué viajar a la India, el monte Shasta, Tiahuanaco o un prosaico Uritorco si para episodios insólitos tenemos el fondo de nuestra casa. Vayan a discutirle a un mexicano de Cholula la preeminencia energética de su lar, a un habitante de Rennes Le Chateau que la Magdalena caminó por sus viñedos, a un paisano de la “piel de toro” las radiaciones del macizo de Montserrat o los efluvios mortalmente mágicos del pueblo embrujado de Ochate y no digamos, a un carioca que las “Sete Cidades” no serían, por supuesto, el enclave esotérico “mais grande do mundo”, y prepárense en el mejor de los casos para un glacial silencio indiferente y, en el peor, para una avalancha de apasionadas descripciones que dan fe de que sí, que la Excalibur debió ser enterrada en roca de por ahí y si no lo fue, grueso error el de Merlín.
Así que uno, habitante de esta paisajística y frívola ciudad que es Paraná,
capital de la provincia de Entre Ríos, Argentina, sospecha que el hecho de
estar dedicando tanto espacio en los últimos números a casuística local puede
ser interpretado por los lectores del resto del mundo como una patriótica
manifestación de apoteosis del terruño. Así que me curo en salud y digo: ¿Qué
culpa tiene un servidor de que todo esto ocurra a kilómetros de donde
“casualmente” uno (yo) viva? Pero si me detengo a meditar en profundidad,
comienzo a sospechar de que yo, porteño contumaz, no llegué “accidentalmente” a
radicarme en esta localidad dieciocho años atrás. Más allá de los motivos
aparentes que uno crea haber aducido al paso del tiempo, se siente la presencia
como de una gigantesca mano invisible que mueve nuestros destinos como peones
de un ajedrez pancósmico. Si así fuere, aquél saber popular de “pinta tu aldea,
y pintarás el Universo” adquiere entonces radical significado. En honor y
cumplimiento del cual, presentamos esta investigación.
“Los fenómenos específicos nunca son eventos aislados, sino que forman parte de una secuencia más amplia de causa y efecto. Y los que parecen casos especiales y únicos, son también el resultado del mecanismo coordinado de las leyes universales. Si consideramos a un suceso separado de sus interconexiones causales, lo encumbraremos a la categoría mítica de enigma de la naturaleza. Para eliminar los misterios del horizonte de la ciencia y reemplazarlos por la comprensión inteligente, nada mejor que rastrear el más vasto panorama causal de los acontecimientos a primera vista emancipados.”
Ignacio Darnaude Rojas-Marcos
“Dios y el Universo según los Extraterrestres”
(publicado en "Al Filo de la Realidad Nº 162)
[Solicitar por email o Ver en la web]
¿Recuerdan ustedes estas
fotos? Es posible que en medio del fárrago informativo —donde
no dejamos de contribuir con lo nuestro para ocupar intelectual y visualmente
al lector— hayan pasado inadvertidas o momentáneamente olvidadas. Pero no se
alcanzará la comprensión holística de los fenómenos que pasaremos a describir
en una pequeña ciudad del centro de la provincia argentina de Entre Ríos, si no
volvemos a enfocarnos momentáneamente en ellas. Formaron parte de un principio
de hipótesis explicativa paranormal que comenzamos a dibujar en el N° 160
de nuestra revista [Solicitar por email
o Ver en la web] y a ella remitimos si se
desea refrescar oportunidades y circunstancias en que las mismas fueron
obtenidas.

Recordemos, sólo a efectos
ilustrativos, que la primera muestra un rostro claramente humanoide (estuve
tentado de acotar, un “gris”) sobre la pared tiznada de una humilde vivienda
que se incendiara accidentalmente en esa población. Por si se lo preguntan, a
la solitaria propietaria de la misma y algún que otro ocasional huésped (pues
eventualmente suele rentar alguna habitación a pensionados) no les ocurrieron,
ni en esas fechas ni en otras que conozcamos, eventos paranormales de
naturaleza alguna. Pero la presunción de una mancha errática producida por el
fuego debe dejar paso a la inexplicable certeza, si se quiere intuitiva, de que
allí se presenta un rostro y no otra cosa, algo así como nuestra “cara de
Bélmez” provinciana y poco mediática.

La fotografía que se exhibe fue tomada por personal policial como parte de la
investigación de oficio que se hiciera sobre ese episodio. Y el fotógrafo en
cuestión fue nuestro colaborador, Omar Izaguirre, miembro
de la Policía de la Provincia de Entre Ríos. Hasta aquí, nada particular;
apenas una “fotografía paranormal” más. Pero se suman un par de facetas más que
interesantes. Por un lado, poco tiempo después de obtenida esta placa y en la
propia vivienda de Omar —que comparte con su esposa y dos hijos— comenzó a
materializarse, en la puerta de madera de acceso a uno de los dormitorios, la
figura que aparece en la fotografía Nº 2. Lavada y vuelta a barnizar dicha
abertura, la imagen surge espontánea y rápidamente una y otra vez. Y que otra
“fotografía paranormal” aparezca en el domicilio de un funcionario policial a
pocos días de obtener el otro registro (y, debemos precisar, a no más de
doscientos metros en línea recta desde una casa a la otra) quizás no sería asaz
extraño si no se sumara un tercer factor apasionante: Omar, junto a otros
policías, protagonizó un período de “tiempo perdido” hace unos años
persiguiendo, en misión oficial, a un OVNI en las afueras de Rosario del Tala.
Esto, que quizás en otras latitudes habría merecido espacios preponderantes en la prensa y disparado todo un movimiento de interés mediático, pasó en nuestro país poco menos que inadvertido, en una geografía donde, debemos puntualizar, no son extrañas las abducciones y desapariciones, a veces permanentes, a veces masivas (ver, por ejemplo, el artículo sobre la desaparición de toda una familia en “Al Filo de la Realidad” Nº 137 [Solicitar por email]). Por otro lado y ya en esta provincia se habían producido, antes y después, casos muy similares (tanto por involucrar personal policial como por ocurrir en caminos aledaños y rutas provinciales durante la persecución de OVNIs). Pero no nos detendremos en exceso en este episodio en particular, en parte por pesar sobre Izaguirre y sus compañeros expresas directivas de la superioridad de no dar detalles sobre el particular, en parte porque nuestro propio colaborador siente un inexplicable temor cuando revive esas circunstancias, al punto de temer lo que una eventual sesión hipnótica podría revelarle sobre el particular. Pero recordemos que ya en nuestra serie “Mutilaciones de Ganado: El Informa Total”, y describiendo la casuística de julio de 2002, publicábamos lo siguiente:
“Pero el caso más extraordinario se produjo con los policías de dos patrulleros en el puesto caminero del cruce de las rutas 39 y 6. Los policías, según una descripción del Diario Uno de Paraná, vieron cómo una luz potente estaba evolucionando en el cielo nocturno el lunes 1º de julio pasado. Se acercaba a los patrulleros, y en un momento comenzó a producir "chispas como la de un flash de fotógrafo", espectáculo colorido y de destellos "admirables".
“En un momento dado, la
luz empezó a retirarse y los vehículos dejaron de funcionar, los motores no
respondían, las luces estaban apagadas. Luego de media hora, cuando la extraña
luminosidad había desaparecido, la sirena se encendió
"intempestivamente" y luego los motores volvieron a responder a la
llave de encendido. Los cinco ocupantes de ambos automóviles Renault 19, uno de
la localidad de Rosario del Tala y otro de la comisaría de Gobernador Solá no
hallaron explicaciones posibles a lo que vieron. En algún momento, la luz se
había acercado mucho a los vehículos y los uniformados atinaron a llevarse la
mano a las armas reglamentarias, pero parece que la luz extraña no se inmutó
porque siguió volando junto a los patrulleros que la seguían y se retiró cuando
quiso, después de los flashes fotográficos.”
Lo que no supimos en ese momento, lo que no se publicó
en ningún medio, es que de la dotación policial de Tala (como, abreviadamente,
llamaremos al lugar de ahora en más) no se había comisionado un automóvil, sino
dos. Dos horas más tarde, de este segundo no se tenían noticias, mientras los
móviles desperdigados por la región tratando infructuosa y desesperadamente de
contactarlos. En uno de esos móviles de apoyo estaba Omar Izaguirre, quien de
pronto escucha junto a su compañero cómo por el radio se notificaba la
aparición de los “momentáneamente desaparecidos” a unas decenas de kilómetros
de distancia. Hacia allí convergen entonces numerosos efectivos, nuestro
corresponsal entre ellos, para encontrar dos policías sorprendidos por
semejante despliegue ya que, luego de observar al OVNI que por un momento
parecía dirigirse en su dirección, habían sido encandilados por un “flash” y
perdido la conciencia por lo que estimaban “unos segundos”... pero que en la
realidad resultaron algo más de dos horas.
Todos estos hechos quizás bastarían para dotar a ese lugar geográfico de un
alto índice de extrañeza, pero las cosas no terminan allí. Ya en 1955 las
apariciones eran bastante comunes, tal como lo informa la página web “Gaceta
Ovni” ( www.gacetaovni.com ) en esta
crónica:
“Hacia 1955,
el pueblo de Rosario del Tala, ubicado en la región central de la Provincia de
Entre Ríos (Argentina) no ocupaba más que unas cinco cuadras de extensión.
"Era un pueblo muy chico —recuerda uno de sus pobladores— y muy tranquilo.
No teníamos comodidades de ninguna clase y llevábamos una vida muy
humilde".
Tranquilino
López, contaba con unos 40 años por aquel entonces, y vivía algo apartado del
pequeño poblado, en el ángulo de una estancia donde habitaba de
"prestado", en un ranchito muy precario construido de adobe, con
apenas dos habitaciones y un cuarto contiguo que utilizaban de cocina.
En ese
cuartucho había un pequeño círculo de ladrillos para poner leña y apoyar la
olla donde preparaban sus alimentos, y la mujer de Tranquilino pasaba horas
allí, cocinando para sus cinco hijos.
La vivienda
no tenía ni luz ni agua potable; dedicados a cuidar del ganado del dueño del
campo practicaban el trueque con sus vecinos para intercambiarse trabajos por
mercaderías, o por techo, como en este caso.
Alrededor de
la zona abundaban los pantanos, y cerca de la casa había un lago y un riacho
que desaguaba en el río Gualeguay, curso trazado naturalmente entre escabrosas
playas de barrancos, a veces tan altos como 7 metros respecto del agua.
Como es de
esperarse llevaban una vida muy tranquila, salvo por algunas noches en que
algo, para muchos increíble, se presentaba a menudo.
LA LUZ MALA
La gente
suele hacer referencias como esta, periódicas apariciones de fenómenos
luminosos que se pasean por los campos sin solución de continuidad. Pero para
1955, en Rosario del Tala, y en especial cerca de la casa de Tranquilino López,
solía presentarse muy frecuentemente una y varias luces rondando las
inmediaciones cuyos colores variaban del verde al azul, regularmente y con más
asiduidad en el primer tono "casi como un verde fosforescente".
Estas masas
globulares muy luminosas, corrientemente tenían un tamaño aproximado de entre
40 a 50 centímetros de diámetro, con una luminiscencia semejante a un cuerpo
gaseoso, ligeramente envuelto por un aro nebular muy difuminado, en cuyo borde
exterior se percibía una suerte de vapor "como el que larga el asfalto
cuando lo calienta el sol del verano".
Su manera de
moverse era también peculiar. Casi siempre andaba a no más de un metro del
suelo, pero con una característica invariable: daba saltos, "como si
anduviera sobre un resorte que no tocaba el piso".
Era la
creencia popular que a esas luces había que dejarlas tranquilas. Se insistía en
que en varias oportunidades unos arriesgados campesinos las habían molestado y
que ellas, como respuesta se acercaron tanto a los hombres que hasta los arrojó
de sus caballos.
Como sea, los
pobladores guardaban un gran respeto por la luz y cada vez que aparecía, sólo
se limitaban a contemplarla, con una creciente inquietud, hasta que finalmente
se retiraba.
EN LA CASA DE TRAQUILINO
Según se
comentaba, las luces aparecían en cantidades cuando se avecinaba una tormenta,
aunque podían ser vistas en cualquier clima y época del año. Y es bueno anotar
que algunos analistas relacionan la aparición de luces justamente por actividad
electromagnética en la atmósfera o por la existencia de pantanos, ambas cosas
coincidentes en Rosario del Tala.
Pero en abril
de 1955, durante un clima aun caluroso con noches benignas, algo extraño
comenzó a ocurrir.
Cierta noche
una nueva luz verdosa apareció muy cerca de la casa de la familia López,
inquietando a sus integrantes que se refugiaron dentro. Fueron varias, una tras
otra que la luz verdosa rodeaba la vivienda de Tranquilino, saltando de aquí
para allá y sembrando temor en los más pequeños.
Como la
aparición de la luz se había hecho insistente, Tranquilino, también asustado se
cansó de esconderse y decidió enfrentarla.
Era una noche
de luna muy clara, la mujer estaba terminando la cena en la olla de hierro, y
sus hijos aguardaban reunirse en la mesa, esperando afuera y tomando el fresco
cuando la luz apareció, puntualmente a las 22, como lo venía haciendo noches
anteriores, pero esta vez aún más cerca, tanto que pasó a menos de un metro de
las paredes de la casa obligando a una nueva huida.
Las puertas
se cerraron tras la familia, ahora entregada a la espera de que la luz se
retirara, como cada noche de la última semana. Pero Tranquilino, sintiéndose
invadido, resuelto y con coraje, blandió su facón y pretendió perseguirla, y
"como si se diera cuenta" entró la luz rápidamente a la cocina y
literalmente arrojó al suelo de tierra la olla con toda la comida.
Con su facón
en alto, el hombre rodeó la casa corriendo a la evasiva luz, notando claramente
que ésta se burlaba de su amenaza, saltando, esquivándolo, mostrando una
agilidad y dominio de la situación que desbordaba a Tranquilino.
El hombre
pretendió acercarse una vez más, pero la luz se corrió, manteniendo cierta
distancia entre ambos, y lentamente, con dirección norte, el fenómeno se fue
alejando. Tranquilino fue detrás.
Sus hijos
vieron cómo el padre seguía los pasos de la esfera luminosa, gritándole
insultos y amenazándola envalentonado. Y se perdió de vista.
CAMINO IMPOSIBLE
Intentando
sin éxito darle alcance, el hombre se dio cuenta de que algo no andaba bien.
Adentrándose en la oscuridad quiso detener su loca carrera pero no pudo, como
si una extraña fuerza le impidiera hacerlo.
No sobreviven
con claridad los hechos de la persecución pero Tranquilino relató
insistentemente aquella inusitada experiencia.
Sin saber
cómo, marchaba por los campos, sorteando obstáculos imposibles, convencido de
que un influjo maléfico le conducía tras la luz que a su paso marchaba por
delante, saltando, pegando brincos sobre una base invisible.
Repentinamente se detuvo, y con ello la luz desapareció.
Al paso de
las horas, en la casa la intranquilidad fue creciendo hasta que los hijos
mayores, a eso de las cinco de la mañana cuando alboreaba el nuevo día,
decidieron salir en su búsqueda, a caballo.
Marcharon
hacia el norte, y mientras el sol despuntaba en el cielo peinaron una amplia
zona, saltando arroyos, el río y bordeando algunos pantanos hasta que muy
entrada la mañana lo encontraron, sentado sobre el pasto, a más de cinco leguas
de su casa.
Sólo un par
de días después los integrantes de la familia López cayeron en cuentas del
insólito suceso.
El hombre, en
medio de la noche, y recorriendo una larguísima distancia, había sorteado alambrados,
arroyos, un río de casi 40 metros de ancho bordeado por barrancos insalvables,
sin ninguna explicación de cómo lo había logrado.
En sus largas
sobremesas, durante los años que siguieron, el Sr. López adjudicó el hecho a
que una fuerza invisible lo había llevado, tal y como uno lleva caminando
cualquier cosa entre las manos.
Desde aquella
noche la luz no volvió al hogar de Tranquilino aunque siguieron apareciendo
frecuentemente por la zona, siendo motoras de otras experiencias alucinantes
que iremos tratando más adelante.
Lo que nos interesa particularmente de este caso es la relación existente entre el exiguo tamaño de la esfera luminosa y su comportamiento inteligente. Fuera del hecho de que la misma esfera, a relativa distancia sería interpretada como “un OVNI más”, y dejando de lado la teoría explicativa de las “caneplas”, esas hipotéticas sondas vigilantes extraterrestres cuya naturaleza y función nos es “conocida” más por declaraciones de contactados que como resultado de conclusiones investigativas, es imposible no pensar más bien en seres inteligentes que son las propias masas lumínicas. Hasta su propio comportamiento, un poco infantil, chusco, burlón, travieso y poco funcional a una hipotética prospección científica extraterrestre, las hermana aún más con la literatura élfica de todas las épocas y continentes. La “teleportación” de Tranquilino no es ajena quizás al “viaje al país de las hadas” de tanto folklore y, otra vez, es necesario mudar nuestro paradigma dominante. Alguna vez lo expusimos claramente así: si una “luz” tiene comportamiento inteligente y como telón de fondo el cielo, y no es lógicamente asimilable a ninguna explicación humana, resulta ser, para la mayoría de los ovnílogos, un OVNI (que resuena, en la mentalidad de muchos, como sinónimo de “nave extraterrestre”). Pero trasladen la misma luz a los alrededores de la actividad humana, sigan constatando su comportamiento quizás inteligente y su naturaleza no “natural” y como entonces tendremos que sospechar duendes y elementales, el academicismo instituido de la Ovnilogía “seria” frunce el ceño y desecha el caso. Por ejemplo, eliminen las personas de fondo y ubiquen esta imagen sobre el cielo de una ciudad, y tendrán un OVNI:

O tomen el objeto que a plena luz del día aparece en
esta placa:
![]()

... Si se quiere, un típico
“platillo”... sólo que no tiene más de treinta centímetros de diámetro.
Aclaración necesaria para tontos: si publicamos esta fotografía —tomada en
Ecuador, en julio de 2003, por un colaborador de esta revista— en concurso con
la exposición de estos hechos es porque estamos convencidos, luego de los
análisis pertinentes, de su autenticidad. A nuestro parecer no es un fraude, ni
pasó un insecto, un pajarito frente a la cámara o alguien arrojó un papel
estrujado. Dicho esto, continuemos.

De forma tal que en la
casuística ovnilógica en general y la de Tala en particular, no debemos pensar
tanto en “naves extraterrestres” como quizás en “entidades no físicas”. Pero
que, como iremos viendo, se multiplican en sus manifestaciones en este lugar,
en consonancia con otras características particularmente significativas de la
zona que iremos develando y que sustentan nuestra convicción de que Tala
es “zona de ventana” o, para decirlo más de acuerdo al lenguaje dominante, un
portal dimensional. No lejano, por otra parte, de uno ya investigado en esta
revista: Pronunciamiento (ver el episodio de la vaca mutilada que
sobrevivió a la agresión [video: ver online en YouTube y
también disponible para descargar
en distinta calidad]) y en plena coincidencia con el caso Colonia Elía
estudiado por este mismo equipo (donde, recordarán ustedes, Claudia Sione tomó,
sin saberlo, la imagen de un ser reptiloide). Como el testimonio tiene la
importancia que amerita, y Colonia Elía se encuentra muy próxima a Tala (que
pertenezcan a distintos departamentos provinciales es una nimiedad que
realmente no creo tengan en cuenta esas inteligencias, provengan de donde
provinieren) volveremos a reproducir ese trabajo.
CASO
COLONIA ELÍA: NUEVAS EVIDENCIAS DE UN PORTAL DIMENSIONAL
Investigación en el terreno:
Claudia
Sione, Daniel Padilla y Omar Izaguirre
El episodio es asaz conocido, cuanto menos por la Red: una familia de Colonia
Elía, provincia de Entre Ríos (Arg), denunció que a partir del 10 de septiembre
de 2003 un extraño ser (al que la prensa, como siempre superficial y
oportunista, no hesitó en bautizar como “lobizón”) venía asolando su chacra,
con apariciones reiteradas donde, entre trampas tendidas que no daban
resultado, irrupciones casi lovecraftianas en la morada, donde el ser
permanecía acurrucado sobre un “freezer” tenuamente iluminado por la luz de la
Luna, disparos que ¿dan? en el blanco con indiferencia y todo este pandemonio
por el paupérrimo resultado de once pollos aparentemente eviscerados en
monástico refrigerio de la entidad, conformaban un bizarro cuadro sobre el cual
uno —yo, por ejemplo— podría ceder fácilmente a la tentación de clasificar,
cuanto menos, como “dudoso”. Pero como el prejuzgar escépticamente es tan
erróneo como la credulidad ingenua, hacia allí se acercó oportunamente, cual
adelantado, nuestro amigo Daniel Padilla, quien constató,
sorpresivamente, el alto “índice de extrañeza” que presentaba el fenómeno.
Recabó información, facilitó a los protagonistas el material y la técnica para
saber “levantar” huellas eventuales y, a los pocos días, nos comunicó sus
apreciaciones en primera instancia.
Sabedores de la experiencia de campo de Daniel, su primer informe positivo nos
alentó a profundizar la investigación. De forma tal que el 30 de octubre partió
hacia la ciudad de Colón —campamento base, por llamarlo de alguna manera— mi
esposa Claudia, sumándose luego otro amigo, Omar
Izaguirre.
Ese mismo día el grupo se apersonó en Colonia Elía, departamento de Concepción
del Uruguay. La finca de los Restaino —tal el apellido de los testigos— se
encuentra en las afueras del exiguo poblado, a unos mil quinientos metros del
cementerio local. Allí tuvieron oportunidad de conversar con los dueños de
casa, especialmente con la señora María del Carmen Merello y su hijo y
principal y reiterado testigo, Matías Restaino, de 17 años. La sencillez y
parquedad de la gente de campo, que puede suponer un inicial impedimento para
profundizar en la obtención de testimonios, se superó rápidamente, en base a la
cierta amistad que Daniel había sabido generar en sus anteriores visitas[1][1] y también por un recurso
imbatible que Claudia sabe esgrimir en reunión con la gente sencilla: proponer
la infaltable “mateada”.
Bien, hagamos un racconto de los
hechos. Todo comenzó, como dijéramos, a partir de la noche del 10 de
septiembre. Los Restaino comenzaron a observar que algunas mañanas sus pollos
—sólo los pollos, lo que es interesante considerando que cuentan con una gran
variedad de animales de granja, cualquiera de ellos mucho más sustancioso a la
hora de resultar el bocado de este “animal”, si es que se trata de un “animal”
y no de un ser con cierta inteligencia que genera sus acciones, más que como un
fin en sí mismas, como signos o símbolo de otra cosa— aparecían destripados,
con sus vísceras despojadas. En esos primeros tiempos parecía que el animal de
presa —pues eso se suponía— sólo se interesaba por esa parte anatómica. Lo
cierto es que esta curiosa dieta lo hubiera expuesto a soberanos peligros; en
varias oportunidades, el batifondo generado por su irrupción hacía que los
varones Restaino salieran a ver qué pasaba —y, de hecho, terminar drásticamente
con la criatura— para darse de narices con “eso”.
“Eso” era descrito como un ser bípedo —que, no obstante, al huir en ciertos
tramos tendía a hacerlo “como en cuatro patas”— de aproximadamente un metro
ochenta de estatura. Cuello muy corto o directamente inexistente, ojos rojizos,
cubierto de una hirsuta pelambre de color blanco amarillento con manchas marrones
en el lomo o espalda. Aún hoy y extrañamente, los Restaino —por lo menos la
mujer, que fue quien más se explayó— creen que se trata de un “aguará-guazú”. Y
digo extrañamente porque uno se pregunta cómo sobrevive a cualquier reflexión
la imagen de un bípedo de 1,80 metros que, además, “gruñe como un tigre”[1][2].
Este ser tiene, de felino si cabe, sus orejas cortas pero marcadamente
puntiagudas. Papá Restaino (Oscar) agrega colmillos que los otros testigos no
manifiestan y sí, evidentemente, garras. Por si quedaban dudas, el ser dejó su
“autógrafo” en la forma de tres surcos profundos y paralelos, en uno de los
árboles cercanos al gallinero.

![]()
Árbol donde el animal imprimió sus garras. Los
Restaino manifiestan
que personal policial se llevó seguramente para análisis una
“garra” —una uña, no el miembro entero— que
habría quedado incrustada en él.
![]()

El gallinero sistemáticamente atacado por el
ser. La lona cubre un área
derribada por el intruso quien, extrañamente, no incursionó en otro
gran galpón de aves ubicado al otro lado de la casa.
Una
noche, Matías se lo encontró, frente a frente, a una distancia quizás no
superior a los tres metros. El ser simplemente le miró fijo, gruñó hostilmente
y se dio a la fuga, internándose en el tupido monte de vegetación achaparrada y
plagado de alimañas que crece a los fondos de la vivienda. El mismo fondo donde
nuestros investigadores obtendrían después una extraña instantánea. Pero no nos
adelantemos a los acontecimientos.
Volvamos a los episodios. Otra noche —cuya fecha no precisan— Matías ingresó a
la vivienda y vio al animal agazapado sobre un “freezer”. Saltó y escapó por
una ventana. Otra noche, el mismo se dirigía ya a descansar luego de una ronda
—que realizó con su carabina— cuando, al entrar en su dormitorio allí estaba el
“bicho” (como lo llama la familia). Instintivamente, Matías levantó el arma y
disparó, pero no una, sino dos, tres, cuatro veces, mientras el ser se lanzaba
a través de la habitación en dirección a la ventana y saltaba al exterior. Está
seguro de haberle impactado. Pero el ser no parece haber acusado recibo.
Y
tenía (o tiene, quién sabe) un comportamiento inteligente. En una oportunidad,
deja un pollo, despanzurrado, sobre un automóvil. En otra ocasión, lo descubren
—imagino que con el susto subsiguiente— espiándolos desde el exterior de una
ventana, curioso. Suponen incluso que en algún momento se ocultó en el interior
de un lavarropas abandonado en el exterior de la casa, que usan como “botinero”
de calzado en desuso, pues una mañana encontraron sin explicación posible todo
el contenido de este electrodoméstico desparramado.

Bosquejo del lugar de los hechos. Se observa a la derecha el gallinero
atacado por el ser, el árbol donde dejó su impronta, el corral de los puercos
donde se internaron nuestros investigadores y experimentaron los curiosos
efectos que describiremos después y el lugar donde estaría la entidad —cerca de
la desvencijada carrocería de un auto abandonado— que aparecería en la
fotografía.
En este punto es interesante señalar uno de los tres
asuntos que despertaron una reacción de alerta de nuestros investigadores pero
que, sopesando todo el conjunto de la información, explican matices humanos
—inevitables— presentes en este caso. Los Restaino dicen que el ser presentaba
garras, concretamente en los miembros superiores, y apuntan que desde sus
primeras apariciones habían aparecido huellas en el lugar. Empero, luego de que
Daniel les facilitara material y les enseñara a tomar moldes en yeso de las
huellas, presentaron al equipo, en esta visita, una inopinada “colección” de huellas
demasiado humanas. Manos y pies. Otros investigadores que en sus páginas Web
las muestran —sin mencionar siquiera cómo una gente de campo de escasísima
ilustración y ninguna experiencia de trabajo investigativo era capaz de tomar
tan correctamente moldes de huellas, y eso porque les hubiera obligado a darle
el crédito a Daniel Padilla, crédito al mérito de otros que, como sabemos, en
la Ovnilogía de aquí y de todas partes se mezquina más que a la madre— no
repararon en esta evidente contradicción. Y aquí, antes de avanzar con el
relato (y no para denostarlo sino, por el contrario, para presentar sus pro y sus contras o, en el mejor de los casos,
comprender el marco de naturalidad que lo rodea) debemos señalar otros detalles
que nos menciona Claudia:
- Si
bien en un principio los Restaino se muestran desconfiados ante los
desconocidos —e incluso se menciona que estaban más que molestos por la
repercusión periodística— han comenzado a guardar en carpeta todo recorte
periodístico que habla de su experiencia, carpeta que muestran con orgullo a
todo visitante.
- Más
aún: han abierto un “libro de visitas” donde piden a todos los recién llegados
que estampen su rúbrica.
- Las huellas dejan de ser “de garras” y pasan a ser de manos y pies
absolutamente humanos, casi, diríamos, del porte de uno de los chicos Restaino.
- Una muestra de pelo, presuntamente del animal —y que está en vías de
análisis, de todas formas— tiene exactamente la apariencia y color del pelo de
uno de los grandes perros de la familia (más exactamente de la cola). Es como
si de pronto esta familia, sorprendida y tal vez halagada por ser objeto de
atención por parte de tanta gente muchas veces llegadas de lejanos lugares, se
viera impelida a preparar alguna clase de “souvenires” a los investigadores
visitantes, como si de realimentar el mito se tratara.
¿Esto significa que fabulan?.
A todas luces el hecho es real. Entonces,
si es como sospechamos, ¿por qué lo hacen?. Porque son
humanos, con las grandezas y miserias que todos —ustedes y yo— tenemos. Porque
de pronto, estos son la versión mclujaniana y tercermundista de sus “quince
minutos de fama”. La oportunidad, quizás única e irrepetible, de sentirse
trascender de la chatura y mediocridad de todos los días, de la rutina de una
vida doblada sobre la faena del campo, de tener una historia que contar y donde
ser el eje central de la misma.

Esta es la última foto tomada antes de que la cámara se
descompusiera
y de donde un análisis detallado surge la observación de la entidad.
Tal como señaláramos, el 30 de
octubre nuestra gente se apersonó en el lugar. Lo de siempre: fotos,
entrevistas por separado y en conjunto a los testigos, relevamiento del lugar,
bocetos, apuntes, opiniones intercambiadas, recolección de muestras. En un
determinado momento, mientras Daniel sigue enfrascado en una conversación con
Gabriel, el hermano de Matías, Claudia y Omar se dirigen hacia los fondos de la
chacra, cruzando con cuidado el alambrado electrificado —“boyerito”, les
decimos aquí— que limita el lugar. En ese momento, Claudia, que sostenía en su
mano la cámara digital[1][3],
escucha un ruido característico: la cámara se había disparado sola. Esto
sabemos podría ser accidental —los disparadores de estas cámaras son por demás
sensibles— si no fuera por un “pequeño” detalle: como era la primera vez que
Claudia operaba una de estas cámaras, tomaba la exagerada precaución de apagarla
completamente y obturar el objetivo manualmente entre foto y foto. Así que
no sólo se trataba de dispararse sola; necesaria y previamente, tenía que
desplegarse la tapa y encenderse. El ruido que llamó su atención fue, más
exactamente, el desplegarse automático del zoom.
“Un
accidente o metí la pata”, pensó mi pelirroja mujer. Expresando apenas su
desconcierto a Omar, miró con detenimiento el aparato y descubrió que había
vuelto a apagarse y cubrirse, solo. Pero como la tecnología no es,
precisamente, uno de los fuertes de Claudia, esto no le llamó mayormente la
atención en ese momento (sí después, conversando con sus compañeros de grupo
sobre los hechos). Sí lo hizo, en cambio, que comenzara a sentirse
progresivamente descompuesta: una opresión en la nuca, náuseas, dolor de cabeza[1][4], un palpitar sugestivo del
abdomen. Todo lo cual habría carecido de importancia si no hubiera advenido esa
sensación de malestar, cuando Omar, abruptamente, le dijo que era él quien
se sentía mal. Ambos decidieron entonces regresar con Daniel, a quien en ese
momento nada le contaron de sus vivencias. Pero, extrañamente, la cámara no
volvería a funcionar. Ni siquiera se encendía, lo cual le
dio la oportunidad a Daniel y Omar de hacerle chanzas a Claudia sobre el hecho
de que habría roto la máquina, lo que comenzó a desesperarla.
Pero fue casi al final de la
jornada, cuando ya se aprestaban a retirarse, cuando Daniel decidió, solo,
aventurarse hacia los fondos de la finca. Allí, donde estaba la porqueriza.
Allí, hacia donde desaparecía el ser. Allí, donde se había disparado
involuntariamente la cámara fotográfica. Y de allí Daniel también regresó
descompuesto.
Todo esto lo conversaban en el
automóvil ya de regreso a la ciudad de Colón, cuando Claudia, nerviosa por la
posibilidad de que la cámara se hubiese descompuesto culpa de ella —ante
comentarios en tono de broma que, aprovechándose de su desconocimiento de
electrónica, le hacían los otros dos— decide tratar de tomar una imagen del
espléndido atardecer que caía sobre el campo. Entonces, al encender la máquina,
una extraña indicación en el visor le llama la atención: indicaba “Card Full”,
es decir, memoria completa —cuando sólo había tirado siete fotos de un total
estimado de unas 30 que tendría que haber podido capturar— y los muchachos, al revisarla, la
tranquilizan diciéndole que se había quedado sin pilas (por lo visto, ellos
tampoco supieron interpretar correctamente el mensaje en el display). Apenas
habían tomado siete fotografías, la última, precisa y “casualmente” la que
se había disparado sola. No le dieron a esto mayor importancia hasta que la
cámara volvió a mis manos: yo mismo le había puesto excelentes baterías nuevas
el día anterior a la investigación y, cuando la enciendo en casa, descubro que funcionaba
perfectamente con su memoria disponible, al punto tal que tomo algunas
imágenes de nuestros hijos sin ningún problema[1][5].
“Quique” Marzo, nuestro inefable
Administrador, rápidamente me pasa copias de las fotos que comienzo a analizar.
Y en una de ellas —sí, ya saben en cuál— un extraño objeto azulado me llama la
atención. Con los cuidados del caso, la amplío, y entonces aparece esto otro,
que abre una dimensión paralela[1][6] a la historia como la
contaron otros investigadores, abonando mi hipótesis de que muchos puntos del
planeta (y la costa del río Uruguay en particular) fungen como “ventanas” o
“portales” hacia órdenes distintos de Realidad, mundos o dimensiones paralelas.
En la foto, casi mirando a los
investigadores, invisible —o inadvertido— a ojo desnudo pero evidente en la
fotografía, semioculto por la maleza, aparece un ser de cabeza claramente
reptiloide, con su largo y prominente hocico, ojos, el trazo de la boca
insinuado y una “cresta” en la parte superior y central del cráneo. Aquí lo
reproducimos.

Ampliación del rostro de la entidad
¿Qué
podemos decir ante esta pieza de evidencia?. Los
escépticos de siempre hablarán de juegos de luces y sombras, proyecciones del
inconsciente, ilusión de los sentidos. Pero, oh los escépticos... Nada azul
existe en la vegetación de esa zona, el rostro es claramente discernible —y
personalmente intuyo hasta un cuerpo completo y de pie en la figura anterior— y
en cuanto a la naturaleza del ser, nuestra presunción es que en ese lugar, vaya
a saberse si por un período de tiempo determinado o no, por encima del
pretendido “aguará guazú en dos patas” de los Restaino y el “lobizón” de la
irredenta prensa vernácula, una extraña geometría del tiempo y el espacio abre
accesos hacia y desde otros planos de existencia. Ambos seres —el peludo
fagocitador de tripas avícolas y el sospechado reptil humanoide— bien pueden
ser materializaciones de entidades que desde uno o más de esos planos paralelos
a nuestro coexistir irrumpen con fines extraños pero inteligentes[1][7].
Y
sobre cómo, para este segundo caso, aparece ante el objetivo lo que no se ve a
simple vista, es necesario recurrir —otra vez— a nuestro ensayo “La fotografía
psíquica entre la Parapsicología y los OVNIs”[1][8]
[1]
Algunos
investigadores mostraron a los Restaino imágenes de archivo de entidades
—asociadas o no a OVNIs— manifestadas en otras partes del mundo, y los testigos
buscaron similitudes, debiendo para ello forzar sus propias descripciones.
Presentamos aquí el primero —y hasta ahora único— “retrato robot” hecho en el momento
y el lugar por Claudia Sione bajo la mirada aprobatoria y la descripción verbal
de la familia.
Una reflexión final. En estos
meses uno de los temas de trabajo versa, precisamente, sobre las fotografías
paranormales. Hemos progresado mucho en nuestros debates, no sólo en el aporte
de material exclusivo hecho llegar por colaboradores espontáneos sino en la
discusión para dilucidar la gran pregunta: ¿cuándo algo exótico que aparece en
una fotografía es “paranormal” —en el más estricto sentido etimológico de la
palabra— y cuándo es una simple confusión? ¿Cualquier mancha extraña en una
toma es una “energía desconocida”? Evidentemente, no. ¿Cualquier línea sinuosa
con dos sombras oscuras es un rostro? Claro que no. ¿Entonces? Si acuden a los
artículos de mi autoría referenciados al final de este trabajo, encontrarán que
muchos documentos son incontrastables: no
hay manera de interpretar de otra forma lo que allí se ve. Pero la
experiencia de Claudia, Omar y Daniel aporta otro tratamiento del tema: más
allá del evidente “rostro” que exhibimos, simultáneamente —en tiempo y lugar— ocurren extraños fenómenos que no
son asociados sino hasta tiempo después (hablo de los síntomas físicos
que además fueron independientes en los tres ya que tardíamente se participan
de sus sensaciones, y en el antinatural, antielectrónico y antimecánico
comportamiento de la cámara). Concluyo que, entonces, estamos ante la fuerte
presunción de tener en nuestras manos una fotografía decididamente paranormal
cuando, junto a la evidencia en sí, en ese lugar y momento concurren otros
episodios ajenos pero insólitos, siendo más certeramente paranormal cuanto más
significativo sea el número de estos episodios.
Todo esto nos brinda, en lo
particular, la expectativa de que en Colonia Elía u otros parajes cercanos
—como los casos ocurridos en Pronunciamiento, no muy distante de allí y que
oportunamente reflejáramos en AFR— pronto estaremos en presencia de otros casos
que reportaremos a ustedes. Y en lo general, que lentamente podemos ir
organizando, si bien no una hipótesis en términos académicos, cuanto menos una
línea de acción verificable operativamente en el terreno.
Las huellas de la
discordia. Obtenidas por los Restaino con material y enseñanzas de Daniel
Padilla, son reproducidas por otros investigadores sin señalar este detalle ni,
como ya apuntáramos, la evidente contradicción entre la asignación de “garras”
superiores y el aspecto evidentemente humano de éstas. Con respecto a los
inferiores, Matías no los describió específicamente, debido a que, según sus
propias palabras, “no los vio porque estaban cubiertos de pelos”. Entonces, si
estos vaciados de las huellas fueran coincidentes con esta observación, se
advertirían señales de improntas pilosas que, de hecho, no aparecen. Aún más:
los Restaino observan el retrato robot mostrado más arriba y quedan conformes;
en dicho dibujo Claudia le dio pies humanoides que no objetaron.

De todas estas investigaciones podemos ir rescatando algunos elementos de
juicio interesantes. Por ejemplo, mientras que lo que tomamos (o llamamos)
OVNIs tanto pueden ser visibles a simple vista como no (y aparecer recién al
revisarse la fotografía) en estos casos de “fotografías paranormales” nunca
se ve a simple vista el objeto o ente de extrañeza: sólo se toma conciencia
de que estuvo allí cuando, paradójicamente, ya no es el testigo quien está
allí. Arriesgo una explicación: es una evidencia de una inteligencia detrás de
la mecánica de producción del fenómeno, que quizás quiere evitarnos el “estrés”
(el tremendo julepe[1][9], bah) de
encontrarnos desprevenidamente cara a cara con él. Una segunda conclusión: la
fotografía paranormal es un “emergente”, “estímulo-señal” o advertencia de que
la o las personas intervinientes están en el epicentro de una “zona caliente” o
son —o serán— protagonistas de otros eventos paranormales. Estas fotos nunca
vienen solas. Y si creen que esta afirmación es una abierta contradicción
al comentario hecho al comienzo de este artículo cuando decíamos que la fotografía
del rostro humanoide en esa casita de Tala no iba relacionado con ningún
episodio extraño vivido por la propietaria u otros inquilinos, pues lamento
decepcionarlos, pero no hay tal contradicción: quien tomó la fotografía fue
nuestro colaborador (que ya se las ha visto negras en más de una oportunidad,
por lo que ustedes conocen a esta altura); no la dueña del lugar. Y si
extendemos nuestro comentario, podemos sostener fundamentados en la
experiencia que no habrá ni un solo fotógrafo o fotógrafa de placas “extrañas”
que no haya vivido, esté viviendo o le sucedan en tiempo más o menos inmediato,
otros episodios paranormales que sin duda darán un sesgo a sus vidas,
cuando menos, en lo que a paradigmas se refiere.
Otros episodios


El 24 de enero de 2005, a las 23 horas, un sargento y tres policías que estaban
destacados en el Puesto Caminero 639 (sobre la Ruta Provincial 39) observaron
una luz “como una nube blanca brillante”, a la que describieron como un círculo
con un orificio oscuro en el centro, de tamaño similar a la Luna Llena. En
silencio pasó sobre sus cabezas, disminuyendo de tamaño. Es interesante señalar
que uno de los uniformados implicados, entrevistado por nuestro equipo, comentó
que las apariciones de OVNIs sobre ese puesto eran “muy comunes”, recordando
ésa en particular, y que en todos los casos las mismas son precedidas por “un
estruendo” donde luego “la luz aparece de golpe”. Imposible no pensar en que el
“estruendo” es consecuencia tal vez de la apertura de algo así como un
“portal”, concomitante con la característica visual de una “luz” (ovni)
surgiendo repentinamente de la nada.
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El cruce de apariciones OVNIs reiteradas

Puesto Caminero 639
La ruta vista desde
el puesto, hacia donde se alejaban los objetos que allí aparecían
Observen ustedes la siguiente ilustración. Coincide en un todo con lo
manifestado por los policías a nuestros investigadores. Empero, este dibujo no
fue hecho por ninguno de ellos, sino por el señor Daniel Medina también en la
provincia de Entre Ríos, cuyas observaciones de objetos no identificados —y, en
uno de los casos, sus tripulantes— describiéramos en AFR Nº 129 [Solicitar por
email].


Dibujos hechos por
los propios policías de "la luz con el agujero en el centro".
Compárese con la
descripción de Daniel Medina.
En fecha imprecisa del año 1997, cierto día alrededor de las 20 ó 21
horas, desde ese mismo puesto policial se escuchó una explosión, observándose
en la penumbra del cielo una estela “como la que deja un avión a chorro”. La misma
adoptó la forma de una media luna y se dirigió al poblado de Maciá, para
detenerse luego e invertir su marcha esta vez hacia la vertical de una próxima
estación de servicio. Desde la localidad de Sauce Norte, otros efectivos
policiales lo seguían con prismáticos, y los mismos manifestaron que
“presentaba luces”. Finalmente se perdió hacia, precisamente, Rosario del Tala.
Empero, su seguimiento no terminó allí. Otros testigos vieron cómo “dos luces
chicas amarillas entraban en la media luna” y testificaron su recorrido sobre
los pueblos de Basavilbaso, Concepción del Uruguay e, incluso, en la vecina
República Oriental del Uruguay. Es de destacar que cuando pasó por la vertical
del Puesto Caminero de referencia, se encendieron espontáneamente las luces del
móvil, antes que el objeto desapareciera.
OVNIs sobre el
cuartel
En las afueras de Tala tiene su
asiento una agrupación importante del Ejército Argentino: el Grupo de
Artillería de la Brigada II. Cuenta con amplias instalaciones que cubren centenares
de hectáreas, campo de polo para oficiales y otras lindezas. Pues bien, durante
julio y agosto de 2005, objetos no identificados, a partir de las 21 horas de
cada día (tal como informa este escueto artículo, aparecido en el diario local
y única referencia periodística aceptada) evolucionaban sobre el lugar
asentándose en sus suelos con frecuencia.
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Por descontado: las autoridades se niegan a facilitar toda información sobre
este suceso. Es interesante señalar, especialmente para los investigadores de
otros países, que salvo órdenes expresas
del Estado Mayor, el responsable de cada unidad militar suele discernir a su
arbitrio si se comenta el hipotético episodio ocurrido en su jurisdicción así
como si se permite el ingreso de analistas civiles. Contamos con casos donde no
solamente no ha habido obstrucción de los responsables militares sino, incluso,
abierto apoyo en vías de saber más sobre la naturaleza de lo ocurrido. Asimismo
y como en este caso, el silencio es la única respuesta oficial, quizás por lo
embarazoso de tener que aceptar que la seguridad propia es tan reiteradamente
(y fácilmente) vulnerada por ingenios de procedencia desconocida.
Fue subrepticiamente, entonces, como se pudieron recorrer algunas
instalaciones, con expresa prohibición de tomar fotografías. Fue desde el
vehículo de Omar que, clandestinamente, pudimos recabar las imágenes de los
lugares de los sucesos, si bien nos fue imposible en consecuencia recabar más
información que esa escuetamente resumida en el periódico.


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¿Un “Área 51”
centenaria?
En mi investigación sobre los eventos de la ciudad santafecina de Carcarañá
(publicada en AFR Nº 5 y 7 bajo el título “El mundo subterráneo y el visitante
de Marte” [Solicitar AFR Nº 5 por email,
Solicitar AFR Nº 7 por email]) dije
que tenía entonces la sospecha de que cuando enigmas de distinto cuño,
terrestre o no, se reúnen en un mismo lugar, algo pasa. Y cito: “...Los
hechos están allí. Es posible que el “meteorito” no haya existido (ya hablaré
de eso). Los túneles respiran un aire sospechosamente delictivo. Los OVNIs
andan por los cielos y seguramente les importará un bledo las puntas de flechas
o las osamentas antediluvianas sepultadas en los campos sobre los que se
pasean... pero todo está, precisamente, ahí.
A lo largo de un siglo, todos estos misterios tienen un foco existencial de
pocos kilómetros cuadrados...”. A esta altura de los hechos ya no existe la
sospecha. Fue reemplazada por la certeza.
Es como si la energía de ciertos lugares atrajera a humanos y no humanos por
igual, concitara similares intereses o vibraciones, o unos fueran consecuencia
de otros. Pero daré un paso quizás hacia el vacío. Consecuente con la larga
investigación con que desde hace años les vengo aburriendo sobre los Illuminati
y sus vinculaciones, ora con lo esotérico, ora con lo no humano (o meramente
extraterrestre) sospecho que ciertos grupos de poder de orden mundial vienen
aprovechando desde la noche de los tiempos (y de manera evidente en la historia
de estos últimos siglos) el conocimiento de que ciertos lugares son “puertas
idóneas” para el contacto con algún “Más Allá” que entreveo, quizás como parte
de su simbiótico acuerdo. Vamos a hablar del que puede ser uno de esos lugares,
y va de suyo que, aquí, Claudia y Omar sólo aportan su investigación en el
terreno. La responsabilidad de las especulaciones es mía, exclusivamente.
Y
sería sencillo suponer, como quizás harán algunos ahora, que este centro
secreto —pero no clandestino— de experimentación genética puede tener
explicaciones sencillas. En épocas en que Argentina era como una finca más del
Imperio Británico, nuestro país podía ser el lugar ideal para realizar
experimentos agrícolas en suelos fértiles al extremo, casi a costos cero. O
experimentos de otra índole, con una autoridad siempre corrupta y proclive a la
genuflexión con los europeos primero y los yankees después. Pero no.
Propongo esto: que una sociedad secreta y omnipresente en el gobierno mundial,
los Illuminati, sabe de la existencia de esos “portales” y de alguna forma los
emplean o ha empleado conforme a sus fines. Que no es ajeno a ello que en los
mismos se centren, como en este caso, áreas de extraños experimentos que
parecen no haber existido nunca... pero allí están. Ya conocen lo que vengo
hilando en mi serial “Guardianes de la Luz, Barones de las
Tinieblas” (N. del E.: para solicitar la serie completa por e-mail,
ver enlaces al final). Una especie no humana, superior intelectualmente,
proveniente de un universo paralelo, inmaterial, energética, necesita, como
toda vida, alimentarse para sobrevivir. Y una especie así no degustaría
hamburguesas, sino energía. Emociones. Sentimientos. Dolor. Físico y psíquico.
Las “exploraciones médicas” de los “alienígenas” no parecen tener fines
científicos, ni siquiera útiles. Sus instrumentos son arcaicos. Sus técnicas de
intrusión, dolorosas, atemorizantes. Nos preguntamos cuál es el fin de tanto
sufrimiento, sin sospechar que, tal vez, el sufrimiento es el fin. En esos planos, afortunadamente para
nosotros, también están los otros, porque toda sombra ocurre pues en algún
lugar donde hay una luz que la produce. Los Guardianes. Pero no es éste el
lugar de extendernos sobre ellos.
Lo acepto: esto parece una locura. Pero cuando se viene construyendo
pacientemente un muro, año tras año, con miles de pequeños e inadvertidos
ladrillos que uno va recogiendo por el camino, se observan espacios donde ya se
calcula el tamaño y forma del ladrillo que allí ha de caber. Si ustedes están
alguna vez de pie en la inmensidad del campo, en el medio de la nada, entre los
restos de laboratorios que no deben existir, donde aterrizan OVNIs con cierta
frecuencia, entre edificaciones de unos cien años aptas para maquinarias
desconocidas y gigantescas que nadie sabe cuáles fueron ni dónde están, y a la
vista de unos ominosos grilletes usados para sabe Dios qué fines, no lejos de
donde aparecen seres sobrenaturales, la gente padece de formas obsesivas y
cotidianas de paranormalidad, los vacunos son sistemáticamente descuartizados
por agentes desconocidos, se encuentran esqueletos de animales imposibles...
¿qué pensarían?
Esta es la granja “La Experimental”. Hagámosla breve: pese a lo que indica el
cartel de la entrada, allí no se realizan emprendimientos vinculados a la
agricultura, ganadería ni nada que se le parezca. Hay “potreros” (terrenos)
trabajados, pero parece más en función del sustento de unos pocos que de una
explotación comercial. Salvo la vivienda que ocupa un cuidador y su familia, el
resto de las edificaciones —que sólo pudieron observarse y fotografiarse desde
cierta distancia, a excepción de un “baño” al que ya nos referiremos— están
conservados vacíos pero en aceptable buen estado. Ocupa quizás unas mil
hectáreas y si bien hoy en día está desmalezada, supo ser monte cerrado en el
pasado, un pasado de no más de cien años, donde
los “doctores” (así denominaba la gente del lugar a los extranjeros dueños
del establecimiento) llegaban por avión (estamos hablando de aviones, pistas de
aterrizaje y hangares circa 1920, lo que era toda una avanzada tecnológica).
Puntualicemos: nadie sabe quiénes eran: se dice “ingleses” como se dice
“alemanes”. Tanto pudieron ser norteamericanos o polacos o habitantes del
planeta Ummo.

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Puntualicemos más aún: el cuidador —parco como el que más, con un exagerado
machete en su diestra que no soltó en ningún momento de la visita— dijo que su
propietaria es una dama de la ciudad de Santa Fe que la tenía “para descansar
los fines de semana”. A mi modo de ver, poco creíble: enorme, desprovista de
todo atractivo, sin siquiera piscina, seguramente onerosa impositivamente, un
“elefante blanco” del cual cualquier pudiente trataría de desprenderse a cambio
de un lugar de solaz más “chic”. Claro, dirán ustedes, será buena idea
contactar a la dueña y hacerle algunas preguntas. Imposible: en Catastro, en
Rentas de la provincia, “La Experimental” no existe, no existió nunca.
En el mundo civilizado, esto desataría un escándalo y una investigación
oficial. Descuiden: esto es Argentina.
Lo que aquí cuenta es lo que hay. Construcciones y más construcciones con fines
imprecisos. Se dice que en el pasado se hacían “experimentos secretos con
semillas”; esto era lo que los “doctores” decían a la peonada. Prácticamente no
había caminos, de modo que el personal vivía en ciertas barracas y tenía
prohibido bajo penas gravísimas acceder a determinadas instalaciones.
En lo que se llama el “hangar”,
demasiado enorme para las aeronaves de la época, debe haber estado (y en esto
son concordantes los recuerdos del vulgo) instalada gigantesca maquinaria. Pero
las maquinarias, sobre todo si son “gigantescas”, se emplean para producir
determinados artículos, o para generar energía —electricidad, o lo que fuere—
pero, ¿para experimentos con semillas?. Laboratorios,
parcelas, sí, pero, ¿grandes maquinarias?
Grandes maquinarias que, según relatara la esposa del cuidador, “está enterrada
en algún lugar del campo, por ahí atrás”. Sí, por ese “ahí atrás” donde el
anterior cuidador (hoy desaparecido) dijo haber visto una noche aterrizar un
OVNI y otras, ser sobrevolado por extrañas luces silenciosas que iluminaban
“a giorno” todo el lugar. ¿Qué es atraído por qué?.
¿Experimentos con semillas?
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Apenas se pudo curiosear en lo que los cuidadores llaman un “baño”. Aquí lo
mostramos. Extrañamente, el suelo del mismo está como levantado y se ha
cubierto de una carpeta de cemento armado. En la misma, de manera torpe, quizás
con un palillo o un dedo, alguien escribió una fecha: 1929. No termino
de comprender por qué para algún albañil habría sido de algún interés dejar
constancia de cuándo se realizó algo tan anodino como el contrapiso nuevo de un
baño. Por lo menos, presta alguna utilidad: como ya no quedan contemporáneos a
los primeros tiempos de “La Experimental” y dado que, paradójicamente, nadie,
ni historiadores locales, han realizado crónica alguna sobre la misma, esa
fecha permite confirmar en principio que, cuando menos para entonces, el lugar
existía y si se hicieron refacciones (como esa carpeta de material) sería sin
duda algo anterior. Quizás podamos remontarla hasta principios de siglo XX.
Y
los grilletes. Están ahí, casi a las puertas de una de las edificaciones
“prohibidas”, tan antiguos como ésta misma. Quizás las víctimas no eran
humanas, sólo vacunos. Pero engrillados, allí, cerca de los laboratorios,
engrillados en serie, uno al lado del otro... ¿Experimentos con semillas?
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A la sombra de nuevos enigmas
A
algunos kilómetros, sobre la ruta 39, existe un restaurante (“comedor”, se les
acostumbra llamar en el interior de nuestro país) a cuyo propietario
entrevistamos. Debemos, por expreso pedido, reservar su nombre y ubicación
exacta, cuando menos por ahora. Digamos que pocos días después de los sucesos
del cuartel militar, una noche entre las 21 y las 23 horas, una “luz”
proveniente del horizonte vino a detenerse sobre los árboles de la fotografía,
en el campo propiedad del titular del citado comedor, quien no se encontraba a
la sazón, estando a cargo un peón de campo. Éste observó cómo la “luz”, luego
de detenerse, comenzó a elevarse, reduciendo su tamaño hasta desaparecer, no
pudiéndose mirar directamente por la intensidad lumínica. Pero antes de
desvanecerse, ocurrieron unos hechos apasionantes. La “luz” despedía “como
papelitos encendidos” que, pese a haber mucho viento, literalmente llovieron
sobre dos de los árboles que comenzaron a “humear de adentro hacia fuera”,
hasta carbonizarse completamente. El peón quiso aproximarse pero los cuatro
perros del lugar, habitualmente obedientes, se alteraron en su desesperación de
impedírselo, cruzándose una y otra vez en su canino para obstaculizar su
avance, en su afán de que el testigo no se acercara. Desistió de hacerlo, y sin
duda fue por su bien: al otro día al pie de esos árboles aparecieron muertos
dos gatos con extrañas quemaduras y abundantes hemorragias espontáneas por sus
orificios naturales, así como una oveja que abortara espontáneamente su cría.
El proceso de “quemarse de adentro hacia fuera” no puede menos que hacernos
pensar en radiación de microondas; lo que no sería ajeno a una larga casuística
bien documentada. Paralelamente, el aborto de la oveja y las hemorragias de los
felinos remite a las desagradables consecuencias de una exposición radiactiva.
Incidentalmente, cabe relatar que en el desvío que las líneas de tensión
eléctrica presentan en la entrada de la finca (la derivación que transporta a
la misma la electricidad distribuida por la línea general) se encontró, al otro
día, que la línea de electricidad se encontraba “pelada” en tres sectores (de
unos treinta centímetros cada uno, distantes entre sí un espacio similar)
siendo la opinión del dueño del lugar que “los ovnis se prenden de allí
para tomar energía”.
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Bien. Si la totalidad de los fenómenos que ocurren en Tala finalizaran aquí,
pues estaríamos “simplemente” ante otra “zona caliente” de apariciones OVNI y
poco más. Empero y como hemos ido descubriendo en sucesivas visitas, el tema es
mucho más complejo aún. Permítanme resumirlo en estas líneas:
Además de las apariciones OVNI y esa extraña planta experimental, Tala tiene un
altísimo índice de fenomenología paranormal en su población. Aún más y como
veremos enseguida, muchos de estos fenómenos no tienen registros con
anterioridad, cuando menos en nuestras latitudes. Y, por si fuera poco, hasta
donde Claudia Sione ha realizado los estudios de fotografías Kirlian del caso,
el número de personas con “potencialidad parapsicológica” —algo que ya es
fácilmente discernible, por tipificable, a través de la electrofotografía— en
esa ciudad es, también, mucho más elevado que en cualquier otra localidad.
Ahora bien y con todo respeto: decir “mayor potencialidad parapsicológica” en
la población promedio no es sinónimo de “mayor espiritualidad” ni “mayor
intelectualidad” pues, simultáneamente, puede apreciarse lo que llamaríamos no
solamente una marcada “pauperización cultural” aun en segmentos de la población
local que se supone calificados, sino —sin querer pecar de moralistas— una,
digamos “elasticidad moral” (para no hablar de liberalidad casi libertina)
atípica en los generalmente mojigatos pueblos del interior.
Pero comencemos a poner orden en las evidencias para que ese orden sea sensible
a las ideas. Presentamos a continuación una fotografía “de época” (como acostumbraba
a llamarse) de un estudio fotográfico local ya desaparecido. La placa es de
mediados de los años ’30 e inopinadamente el niño que aparece en razón de su
primera comunión es acompañado en la imagen por una figura que, a la izquierda
(en el original es crudamente más distinguible) puede reconocerse —al decir de
quienes la han visto— como Jesús. Y aquí no podemos menos que asociarla con
aquella imagen que aparece en la puerta del dormitorio de la casa de Omar
Izaguirre.
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Pero...
Pero permítanme aquí hacer una salvedad. Precisamente porque es inevitable esa
asociación, necesito preguntarles una cosa. ¿Cómo pueden ustedes estar seguros
de que en estos casos se trata, efectivamente de Jesucristo? Convengamos en que
la espontánea “identificación” como tal es un “reflejo cultural”: responde al
estereotipo crístico. Pero, ¿es ello suficiente? Obviamente no. Por lo tanto,
debemos suspender todo juicio interpretativo, toda vez que como tampoco existe
un “mensaje” asociado a estas apariciones (ni un sensible efecto en el entorno)
los criterios —que podemos no compartir, pero debemos atender— habitualmente
empleados por los teólogos para validar una aparición no son aplicables. Aún
más; podemos sensiblemente o bien contemplar un fenómeno de fantasmogénesis,
teleplastías y psicofotografías provocados inconscientemente por los humanos
del lugar, o bien una inteligencia exterior y ajena se vale de esa “mise en
scène” para llamar la atención y dejar su impronta.
Continuará....
[1] Lo que significó —dicho por la misma señora de Restaino— que otros
investigadores “invocaran” su relación con Padilla para tratar de acceder al
lugar.
[2]
Es Matías quien hace esta analogía. Aclara que nunca ha visto directamente uno
excepto por televisión, pero que le resulta muy semejante tanto por altitud de
tono como por reverberación.
[3] Características Técnicas:
Marca: Fujifilm.
Modelo: FinePix A205.
Número de pixeles: 2,0 Millones de pixeles.
CCD: CCD de 1/2,7 de pulgada ;
2,11 millones de pixeles totales.
Enfoque: Auto foco: Normal: de 80 cm
a infinito; Macro: de 10 a 100 cm aprox.
Objetivo: Objetivo zoom Fujinon de 3X, F3 a F4,8 (equivalente a f=36-108mm en una cámara de 35 mm).
Flash: Automático, de 3,5 m máximo.
Formatos de archivo: Fotografía: JPEG (Exif ver.
2.2).
Fuente de Alimentación: 2 pilas alcalinas
AA/Ni-MH.
[4]
Extrañamente, los síntomas no cesaron allí. A su regreso y durante varios días
experimentó ascensos bruscos de temperatura y una extraña deshidratación
evidente en labios resecos, síntomas que desaparecieron tan espontáneamente
como se presentaron.
[5] Está de más
decirlo: si las pilas se descargan, simplemente se descargan. No se reponen por
unas horas de descanso...
[6] Sepan disculpar:
no pude evitar la tentación de hacer este juego de palabras.
[7] El “bicho peludo” de los testimonios, quizás de unos ochenta o noventa
kilogramos de peso y altura respetable de ser humano, evidentemente no puede
alimentarse sólo con unas escasas vísceras de pollo, habida cuenta además de
que el menú de la zona propone variedad de vituallas. ¿Será su conducta sólo un
metalenguaje?. El ente de la fotografía, además de
estar en expectativa observación, ¿puede haber sido responsable del accionar en
“ese” lugar y “ese” momento de la cámara, de manera que nuestra gente se
llevara esta postrer evidencia?.
[8]
Publicado en “Al Filo de la Realidad” N° 9.
[9] Argentinismo por “miedo”, “terror”.