FÁTIMA: ENCUENTROS CERCANOS... ¿PERO DE QUÉ TIPO?
· Episodio ya legendario en lo que se refiere a apariciones marianas,
las manifestaciones de la Virgen a tres pastorcillos en una villa portuguesa
en 1917 es un hecho aceptado como tal por la Iglesia Católica. Sin embargo,
desde la década de los sesenta investigadores y estudiosos de fenómenos
anómalos han advertido que algunas características de las apariciones
de Fátima son típicas de encuentros cercanos con OVNIs.
De que algo sucedió en Fátima en 1917
no hay duda.
Al escuchar mencionar el nombre de dicha localidad portuguesa todos evocamos
las apariciones de la Santísima Virgen María a tres humildes pastorcillos
y es por eso que hoy ese pueblo es famoso y recibe anualmente a miles de peregrinos
de todo el mundo.
“Y entonces, ¿qué tienen que ver las apariciones de Fátima
con los Objetos Voladores No Identificados?”, se preguntará usted.
Pero lo cierto es que si examinamos las apariciones y las comparamos con algunas
características de avistamientos modernos de OVNIs, las semejanzas son
notables.

NIÑOS DE FÁTIMA
Aquí es preciso aclarar que cuando hablo de
“OVNI” no me refiero a “vehículo extraterrestre”,
que es la acepción con la que la mayoría de la gente relaciona
esa sigla, sino que me refiero a un fenómeno real que parece estar guiado
por algún tipo de inteligencia o forma de conciencia cuyo origen—sea
cual sea éste—aún nos es desconocido.
Tampoco es mi intención pasar a llevar las creencias religiosas de nadie
(yo mismo soy católico practicante). Sólo deseo revisar un episodio
mariano clásico desde un punto de vista original y diferente, que podría
arrojar algunas luces sobre aquello que llamamos “lo divino”.
LA SEÑORA DE FÁTIMA
Tal como nos relata el historiador, investigador y periodista alemán
Michael Hesemann en su libro The Fátima Secret (1), el domingo 13 de
mayo de 1917, temprano, Lúcia dos Santos y sus primos Francisco y Jacinta
Marto fueron a misa, como hacían siempre, tras lo cual partieron a hacer
pastar a sus ovejas, porque a eso se dedicaban a diario.
Lúcia (no “Lucía”, como la mencionan en algunas publicaciones)
tenía diez años, Francisco estaba a punto de cumplir nueve y su
hermana Jacinta tenía sólo siete años. Los tres pertenecían
a familias campesinas, vivían en el pequeño poblado de Aljustrel,
que forma parte de la villa de Fátima, y al igual que gran parte de la
población rural portuguesa de 1917, eran analfabetos y fervientemente
católicos.
Aquel día llevaron a pastar a las ovejas que estaban bajo su cuidado
a un lugar llamado Cova da Íria (literalmente, “la Cueva de Irene”,
antigua santa local), una depresión pastosa de 450 metros de diámetro,
rodeada de montañas y localizada a 3,2 kilómetros de Fátima.
Poco después de haber terminado su colación del mediodía,
los pastorcillos fueron sorprendidos por un súbito relámpago.
A pesar de que estaba despejado, los niños pensaron que el clima podría
cambiar repentinamente, así es que Lúcia pensó que sería
mejor volver al pueblo. Francisco y Jacinta estaban listos para seguirla, pero
apenas voltearon para comenzar su camino de regreso, otro relámpago rasgó
el cielo. Entonces, los niños miraron hacia el lugar de donde había
provenido el rayo y se quedaron sobrecogidos por lo que vieron.
Allí, a apenas un metro y medio de distancia, flotaba sobre una pequeña
encina una “señora” vestida completamente de blanco, “más
resplandeciente que el Sol”, como la describió Lúcia.
Según relataron posteriormente los jóvenes videntes, la Señora
aparentaba unos 18 años, medía alrededor de un metro 20 de estatura
y tenía ojos oscuros. Sus ropas consistían en un largo vestido
blanco y en una capa con capucha que le cubría la cabeza. Sus manos estaban
juntas, como en plegaria, y sostenían un rosario de brillantes cuentas
blancas, terminado en una cruz de plata.
Usaba un largo collar que le llegaba hasta la cintura y del que colgaba un pendiente
redondo.
—“No tengan miedo. No les voy a hacer daño”—les
dijo la aparición, en portugués.
—“¿De dónde sois?”—le preguntó
Lúcia.
—“Soy del Cielo”—respondió la Señora.
—“¿Y qué estáis haciendo en este mundo?”—volvió
a preguntar la niña.
—“Estoy aquí para pedir que vengan a este lugar el decimotercer
día de cada mes durante los próximos seis meses, a esta misma
hora. Entonces les diré quién soy y qué quiero. Después
de eso, vendré una vez más, por séptima vez”—fue
la respuesta de la Señora.
A esto siguió un breve diálogo en el que Lúcia preguntó
si ella y sus pequeños primitos irían al cielo, a lo que la Señora
respondió afirmativamente, y también preguntó si la guerra
seguiría durante mucho tiempo más (recordemos que la Primera Guerra
Mundial estaba en curso), a lo que la aparición contestó que “no
podría decírselo ahora, así como tampoco puedo decir qué
es lo que quiero”. Entonces, la entidad preguntó a los pastorcillos
si estaban dispuestos a ofrecerse a Dios y a aceptar los sufrimientos que Él
les enviaría para ayudar a resarcir los pecados del mundo, a lo que Lúcia
respondió afirmativamente, por ella y por sus compañeritos.
Finalmente, la Señora les pidió que rezaran el rosario a todos
los días “para terminar la guerra y traer la paz al mundo”.
Entonces comenzó a elevarse lentamente y se dirigió hacia el este,
tras lo cual desapareció cuando estaba muy lejos.
“Cuando la visión comenzó a desaparecer, (los niños)
escucharon una detonación sorda, ‘como un cohete explotando en
la distancia’ o como una especie de trueno subterráneo que provenía
de la encina... Se quedaron petrificados, mirando en la dirección hacia
donde había ido la Señora. Les tomó algo de tiempo volver
a tomar conciencia del mundo real”, escribe Hesemann (2).
Lúcia fue la única de los tres que había conversado con
la Señora. Jacinta había escuchado el diálogo, pero su
hermano Francisco sólo había visto moverse los labios de la Señora,
sin escuchar nada de lo que ella ni Lúcia decían. Todo el episodio
había durado alrededor de diez minutos.
SEGUNDA Y TERCERA VISITA
Jacinta, la más pequeña de los videntes,
no pudo mantener silencio y relató lo sucedido a su madre. Ella dudó
de la historia de su hija, a pesar de que ésta fue corroborada por Francisco.
Al poco tiempo el rumor comenzó a esparcirse por el pueblo y el 13 de
junio cerca de 50 lugareños acompañaron a los niños a Cova
da Íria a su segundo encuentro con la Señora. Ella apareció
al igual que en la ocasión anterior, flotando sobre la misma encina luego
de que un relámpago señalara su llegada.
En aquella oportunidad, la entidad volvió a pedir a los niños
que rezaran el rosario diariamente y además les pidió que aprendieran
a leer y a escribir. También profetizó la temprana muerte de Francisco
y Jacinta.
Testigos de este encuentro dijeron haber escuchado la voz de Lúcia y
un “murmullo misterioso” como respuesta. María dos Santos
Carreira, una lugareña, describió este sonido “como si escuchara
una voz a la distancia, algo como el zumbido de una abeja”, pero no pudo
distinguir palabras (3).
Así pasó otro mes, durante el cual la historia de las apariciones
se propagó aún más y los pequeños videntes tuvieron
que enfrentar tanto el interés de curiosos como los ataques de escépticos.
El 13 de julio de 1917, los tres niños fueron acompañados por
una concurrencia de alrededor de cuatro mil 500 personas (4). Alguien había
colocado un arco de madera con una cruz en él para marcar el sitio de
las apariciones.
Los pastorcillos llegaron al lugar y comenzaron a rezar el rosario. Al poco
rato Lúcia anunció la llegada de la Señora. Manuel Pedro
Marto, el padre de Francisco y Jacinta, recordó haber visto sólo
una pequeña nubecilla gris sobre la encina, pero al mismo tiempo notó
que “el calor había disminuido y soplaba una suave brisa, algo
inusual en pleno verano” y posteriormente escuchó “un zumbido,
pero no pude distinguir palabras” (5).
Lúcia se quedó mirando en éxtasis a la Señora, en
silencio, a tal punto que Jacinta se impacientó y le dijo “¡Lúcia,
di algo! ¿Que no ves que la Señora está aquí y quiere
hablarte?”. Entonces Lúcia se dirigió a la aparición
con la misma frase con la que comenzaba sus peculiares entrevistas con la entidad:
“¿Qué es lo que vuestra Merced desea de mí?”.
La Señora volvió a solicitarles que acudieran el día 13
de cada mes y que continuaran rezando el rosario para traer paz al mundo y el
fin de la guerra. Lúcia recordó que algunos peregrinos le habían
pedido que rogara a la Madre de Dios por ayuda y cura.
“Me gustaría pedirle que nos diga quién es Usted y que realice
un milagro para que todos crean que Usted se nos aparece”, le dijo la
niña.
“Sigan viniendo todos los meses. En octubre les diré quién
soy y qué quiero y también realizaré un milagro, de modo
que todos quienes lo vean, crean”, contestó la Señora.
Después de prometer el milagro para octubre, a los niños (por
lo que parece, sólo a Lúcia y Jacinta) les fueron revelados los
que llegaron a ser conocidos como los Tres Secretos de Fátima. Este es
un tema que por sí solo daría para escribir un extenso artículo,
así que no me referiré a él en detalle. Sólo diré
que el Primer Secreto fue una visión del infierno y el Segundo, la revelación
de que la guerra terminaría, pero que “si la gente no deja de ofender
a Dios, otra guerra más terrible aún comenzará durante
el reinado de (el Papa) Pío XI” y que para impedir que eso sucediera,
Ella vendría a solicitar la consagración de Rusia a su Inmaculado
Corazón, porque, de otro modo, “Rusia propagará sus errores
por el mundo, comenzando guerras y persiguiendo a la Iglesia” (6).
El Tercer Secreto de Fátima estuvo envuelto en el misterio durante décadas
porque fue una de las informaciones más celosamente guardadas por el
Vaticano. Muchas leyendas alarmistas circularon en torno a él, pero finalmente
la Santa Sede entregó una versión en 2000, que hablaba del asesinato
de un “obispo vestido de blanco” y de otros dignatarios de la Iglesia.
Lúcia y los miembros del clero con los que compartió el Secreto
creían que el “obispo vestido de blanco” era el Papa, y Juan
Pablo II está convencido de que la Virgen de Fátima le salvó
la vida durante el atentado que sufrió el miércoles 13 de mayo
de 1981 (cuando se cumplían exactamente 64 años desde la primera
aparición de la Señora) en la Plaza de San Pedro, en Roma, y que
de ese modo cambió su destino.
Pero volviendo a los eventos del 13 de julio de 1917, después de confiar
las tres profecías, la Señora se retiró. En ese momento
“escuchamos un fuerte trueno y el pequeño arco de madera, del que
colgaban dos linternas, tembló como si se hubiera producido un terremoto.
Lúcia, que aún estaba de rodillas, brincó rápidamente,
apuntó hacia el cielo y gritó ‘¡Allá va! ¡Allá
va!’”, relató posteriormente Manuel Pedro Marto (7).
EL SECUESTRO DE LOS VIDENTES
Los incidentes en Cova da Íria comenzaron a
ser publicados en los periódicos de Portugal, llamando la atención
de más fieles y curiosos, pero también de más escépticos.
Uno de los principales enemigos de las apariciones fue Arturo d’Oliveira
Santos, masón, editor de un periódico republicano local y alcalde
de Vila Nova da Ourém, a cuyo distrito pertenece Fátima.
Tres días antes de la cuarta aparición, Santos se reunió
con los padres de los videntes y con Lúcia, sin conseguir que la niña
le revelara el Tercer Secreto. El 13 de agosto en la mañana acudió
al lugar de las apariciones—donde se habían congregado unas 18
mil personas (8) —y, tras engañar a los niños, los llevó
a Ourém. Fue por eso que los pequeños faltaron a su cita de agosto.
Mientras los pastorcillos estaban en Ourém, en Cova da Íria un
trueno, seguido por un relámpago, marcó la llegada de la Señora.
Los que estaban más cerca de la encina de las apariciones se retiraron
un poco, asustados, y algunos testigos dijeron haber visto una pequeña
nube, muy blanca y delicada, que se posó sobre el árbol por un
momento, para después elevarse y desaparecer.
“Cuando miramos alrededor, todos vimos lo mismo, que volvió a suceder
durante los meses venideros. Nuestros rostros reflejaban los colores del arcoiris:
rosa, rojo y azul. Los árboles parecían tener brotes en vez de
hojas, como si cada hoja se hubiera transformado en una flor. La tierra brilló
con todos los colores, al igual que las nubes...”, escribió posteriormente
María Carreira (9).
Según el autor franco-estadounidense Jacques Vallée, astrónomo,
doctor en ciencias de la computación y uno de los ufólogos (de
UFO, la sigla inglesa para OVNI) más lúcidos, influyentes y respetados,
durante una investigación canónica sobre los hechos del 13 de
agosto de 1917, Manuel Pedro Marto declaró bajo juramento haber visto
claramente un “globo luminoso girando por las nubes”. “Los
testigos también presenciaron la ‘caída de flores’,
el famoso fenómeno de los ‘cabellos de ángel’ tantas
veces reportado luego del paso de un OVNI e interpretado a veces como un efecto
de ionización”, agrega Vallée (10).
Mientras tanto, los videntes aún se encontraban secuestrados en Ourém.
Cuando se dio cuenta de que los pequeños no le confiarían su secreto,
Santos los llevó de vuelta a Fátima el 15 de agosto. Cuatro días
después, mientras hacían pastar a sus ovejas en un campo conocido
como “Valinhos” (“Vallecitos”), cerca de Aljustrel,
a eso de las cuatro de la tarde, la entidad se les presentó de nuevo,
reiterando que no dejaran de rezar el rosario y confirmando que un “gran
milagro” tendría lugar durante su última aparición.
Según se supo después, al mismo tiempo que los niños tenían
su cuarto encuentro con la Señora en Valinhos, en Aljustrel se registró
un fenómeno atmosférico peculiar, muy parecido a lo visto en Cova
da Íria el 13 de agosto. Algunos testigos—entre los que se encontraban
Theresa dos Santos, hermana de Lúcia, y su marido—aseguraron que
la temperatura disminuyó notablemente y que el Sol se tornó de
varios colores, reflejando esos espectros en objetos cercanos y en las ropas
de quienes presenciaron el fenómeno.
EL ENCUENTRO DE SEPTIEMBRE
La aparición del 13 de septiembre de 1917 fue
una de las más memorables.
Alrededor de 30 mil personas (11) coparon los caminos rurales que llevaban a
Fátima para asistir ese día a Cova da Íria. Entre ellos
se encontraban dos sacerdotes que habían acudido con una gran cuota de
escepticismo para comprobar de primera mano qué estaba sucediendo en
el lugar. Hesemann identifica a uno de ellos como “un alto dignatario
de la Iglesia, monseñor Joao Wuaresma” (12).
Hacia el mediodía reinaba un silencio que sólo era interrumpido
por los murmullos de oraciones. Pero repentinamente se alzaron voces de gozo
y alabanzas hacia la Santísima Virgen, mientras muchos apuntaban hacia
cierto punto del cielo despejado, sin ninguna nube.
“De pronto, para mi gran sorpresa, vi claramente una esfera brillante
desplazándose majestuosamente por los cielos, moviéndose de este
a oeste. Mi amigo (el sacerdote que lo acompañaba) también tuvo
la buena fortuna de ver esta maravillosa e inesperada aparición. Repentinamente,
la esfera desapareció y sólo quedó una luz muy inusual”,
Hesemann cita diciendo a “monseñor Wuaresma”.
Posteriormente, el testigo advirtió que una niña que estaba cerca
de él aún veía la esfera y dijo que estaba descendiendo.
Durante el encuentro, los pastorcillos volvieron a ver a la Señora en
el centro del globo de luz, quien les reiteró que continuaran rezando
el rosario, dijo que Dios estaba complacido con sus sacrificios y, ante una
nueva petición de Lúcia para que curara a los enfermos, aseguró
que sanaría sólo a algunos. Antes de retirarse, volvió
a anunciar un milagro para octubre y después, de acuerdo al relato de
monseñor Wuaresma citado por Hesemann, otro menor apuntó al cielo,
gritando que la esfera se estaba retirando.
“Los niños habían visto a la misma Madre de Dios, mientras
que a nosotros sólo se nos permitió ver el vehículo que
la trajo del cielo”, agrega el prelado (13).
Tanto Vallée como Hesemann consignan que muchos de los presentes fueron
testigos de la caída de “pétalos de rosa”, que desaparecían
apenas llegaban al suelo.
LA DANZA DEL SOL
La mañana del 13 de octubre de 1917 no parecía
muy promisoria. Pero a pesar de la llovizna y de las negras nubes que cubrían
el firmamento, entre 50 mil y 70 mil peregrinos llegaron a Fátima para
presenciar el milagro que había prometido la Señora.
A duras penas, un grupo de creyentes locales abrió paso para que los
niños llegaran hasta la encina de las apariciones. En muchos había
aumentado la incredulidad porque ya era pasado el mediodía y aún
no sucedía nada, cuando Lúcia aseguró que había
visto el relámpago y que la Señora venía.
Ante la maravillosa visión, los tres niños se arrodillaron y Lúcia
preguntó por última vez a la aparición: “¿Qué
es lo que vuestra Merced desea de mí?”. La entidad dijo que quería
que en el lugar se construyera una capilla en su honor, tras lo cual se identificó
como “la Señora del Rosario”. A continuación volvió
a pedir a los pastorcillos que siguieran rezando el rosario todos los días
y agregó que la guerra terminaría y que los soldados volverían
pronto a sus casas.
Poco después, la aparición se elevó lentamente y se perdió
en dirección al Sol. Y fue entonces cuando ocurrió el fenómeno
más recordado de los eventos de Fátima: la “danza del Sol”,
término acuñado por el sacerdote Joseph Pelletier, autor, precisamente,
del libro El Sol Danzó en Fátima—uno de los textos más
completos sobre los hechos acaecidos en Cova da Íria—, en el que
se basaron Vallée y Hesemann (aunque éste último no menciona
sus fuentes).
Sacerdotes, laicos, analfabetos, hombres de ciencia, creyentes y escépticos
vieron y describieron al Sol abriéndose paso entre las nubes, realizando
fantásticas evoluciones, cambiando de color y asustando a los peregrinos.
La mayoría de los textos sobre el milagro de Fátima incluyen el
testimonio “autorizado” de un científico, el profesor Almeida
Garrett, catedrático de la Universidad de Coimbra.
Según el testimonio del doctor Almeida Garrett, poco después de
las 13:30 horas escuchó “gritos provenientes de miles de personas”
y vio que “la muchedumbre se había retirado de la encina y ahora
todos miraban en dirección opuesta, hacia el cielo”.
“El Sol, que había estado escondido detrás de las oscuras
nubes, salió y brilló. Miré en la misma dirección
y vi al Sol, claramente definido y radiante, pero no me hirió los ojos.
No estoy de acuerdo con la descripción, que escuché bastante en
Fátima, de que el Sol parecía un disco de color plateado oscuro.
Su color era más intenso, más claro y más brillante. No
se parecía para nada a la Luna en una noche clara. No era esférico
como la Luna y no tenía el mismo color. Parecía una rueda resplandeciente
hecha de madreperla. Tuve la impresión de que se trataba de un ser vivo”,
relata.
“Descripciones de ‘opaco’, ‘difuso’ o ‘velado’
no se aplican a este disco. (El fenómeno) irradiaba luz y calor y tenía
contornos claramente definidos... El Sol no se quedó en su lugar, sino
que comenzó a dar vueltas a gran velocidad. De pronto, gritos de terror
se elevaron desde la multitud. Parecía como si el Sol, girando de forma
salvaje, se hubiera desprendido del cielo y se dirigiera hacia la tierra, como
si nos fuera a abrasar con su fuego. Esos fueron momentos terroríficos.
Durante este fenómeno solar, los colores de la atmósfera fueron
cambiando”, agrega el doctor Almeida Garrett, tras lo cual describe cómo
los objetos y personas a su alrededor adquirían tonalidades rojizas,
púrpuras, azules y amarillas, antes de que las cosas volvieran a la normalidad
(14).
Miles de personas gritaron y lloraron y otros se arrodillaron, confesando sus
pecados a viva voz. Muchos no creyentes se convirtieron. Al cabo de alrededor
de diez minutos todo había terminado. Aún incrédulos ante
lo que habían visto, cientos de personas notaron que el suelo y sus ropas,
hasta hacía sólo un momento empapados por la lluvia, ahora estaban
secos.
De esa forma, la Señora cumplió con el milagro que había
prometido. También se cumplieron sus otras profecías. La Primera
Guerra Mundial terminó al año siguiente, pero otra peor comenzó
en 1939, el mismo año en que murió el Papa Pío XI.
Pero las profecías también se cumplieron para los pequeños
videntes. Entre octubre y diciembre de 1918, Francisco y Jacinta contrajeron
la influenza española. El 4 de abril de 1919, Francisco falleció
a la edad de diez años, como consecuencia de una neumonía severa.
Jacinta murió el 20 de febrero de 1920, sin haber alcanzado a cumplir
los diez años. El 12 de septiembre de 1934 los restos de Francisco y
Jacinta fueron enterrados juntos. Se dice que cuando exhumaron el cuerpo de
Jacinta para realizar esta operación, se comprobó que éste
se encontraba incorrupto. Ambos niños fueron beatificados por el Papa
Juan Pablo II en 2000.
Lúcia eligió la vida contemplativa. El 17 de junio de 1921 entró
al Colegio de la Orden de Santa Dorotea, congregación en la que fue aceptada
el 24 de octubre de 1925. El 13 de mayo de 1948 se unió a la Orden de
las Monjas Carmelitas y vivió enclaustrada en un convento de Coimbra,
al norte de Portugal, la mayor parte de su vida. En ocasiones recibió
a altos dignatarios de la Iglesia y en dos o tres oportunidades salió
del claustro para reunirse con el Papa durante visitas que distintos Pontífices
han realizado al santuario de Fátima.
La hermana María Lúcia del Inmaculado Corazón, que fue
el nombre que adoptó al entrar en la Orden de las Monjas Carmelitas,
falleció el domingo 13 de febrero de 2005, a los 97 años.
FÁTIMA BAJO LA LUPA UFOLÓGICA
Para los primeros ufólogos, los cincuenta y
los sesenta fueron décadas movidas, pues durante aquellos años
estuvieron muy atareados reuniendo antecedentes sobre avistamientos de objetos
volantes de origen desconocido—y los esporádicos informes sobre
aterrizajes de los mismos—que estaban haciendo de las suyas, al parecer
principalmente en Europa, Norteamérica y Sudamérica.
Pero las apariciones de Fátima los inquietaban. Había algo sospechosamente
familiar en los testimonios más detallados de los testigos de 1917. De
ese modo, a fines de los sesenta el escritor Paul Misraki enunció la
posibilidad de que la “danza del Sol” de Fátima hubiera sido
obra de un “platillo volante”.
La idea no parece tan descabellada si se toma en cuenta la siguiente declaración
emitida por la Iglesia en octubre de 1930, luego de 13 años de laboriosa
investigación sobre lo acontecido en Fátima.
“El fenómeno solar del 13 de octubre de 1917, descrito en la prensa
de la época, fue maravilloso y causó una gran impresión
en aquellos que tuvieron la felicidad de presenciarlo... Este fenómeno,
que no fue registrado por ningún observatorio astronómico y que
por lo tanto no fue natural, fue visto por personas de todas las categorías
y clases sociales, creyentes y no creyentes, periodistas de los principales
periódicos portugueses e incluso por personas a algunas millas de distancia.
Hechos que descartan cualquier explicación basada en una ilusión
colectiva” (15).
Es decir, la “danza del Sol” fue un fenómeno local, observado
sólo desde Cova da Íria y los pueblos aledaños. Aquel día
el Astro Rey no se movió desde su lugar en el espacio.
A fines de los setenta, la doctora Fina d’Armada y el historiador Joaquim
Fernandes, investigadores portugueses, comenzaron a indagar sobre el asunto
y volcaron sus conclusiones en un libro que titularon Intervençao Extraterrestre
em Fátima, tomando partido por una interpretación “extraterrestre”
para explicar los eventos de Cova da Íria.
El desaparecido escritor catalán Antonio Ribera y Jordá, considerado
el “padre” de la ufología iberoamericana, comenta en su libro
Encuentros con Humanoides que el principal aporte de Fina d’Armada al
estudio de las apariciones de Fátima es que ella investigó “de
primera mano” y tuvo acceso a los “archivos Formigao”, dejados
por el canónigo doctor Manuel Formigao, uno de los pocos que logró
ganarse la confianza de los videntes y que el 27 de septiembre de 1917 los interrogó
latamente sobre sus visiones.
A partir de esa fuente, Fina d’Armada construyó un “retrato-robot”
de la entidad, que no se parece mucho a la imagen “oficial” de Nuestra
Señora de Fátima, la cual, según Ribera, “es obra
del imaginero J. Thedim, quien se inspiró en una imagen de Nossa Senhora
da Lapa y no en las descripciones de Lúcia” (16).
“Entre los acontecimientos de Fátima se cuentan esferas luminosas,
luces de colores extraños, una sensación de ‘ondas cálidas’,
todas ellas características físicas que comúnmente se asocian
con los OVNIs. Entre ellas se incluye hasta el típico movimiento de ‘caída
de hoja’ del platillo que zigzaguea en el aire. Sin embargo, también
abarcan curaciones y profecías y la pérdida de la conciencia ordinaria
por parte de los testigos... que es lo que hemos llamado el componente psíquico
de los avistamientos de OVNIs”, afirma Vallée en su análisis
del caso (17).
El doctor Vallée también nos recuerda que, aunque el encuentro
del 13 de mayo de 1917 fue el primero entre los videntes y la Señora,
sus visiones sobrenaturales comenzaron varios meses antes, especialmente en
el caso de Lúcia.
“En abril de 1915, cuando Lúcia tenía ocho años,
se encontraba recitando el rosario cerca de Fátima cuando vio una nube
blanca transparente y una forma humana. Ese episodio tuvo lugar una vez más
durante ese año y se repitió una tercera vez en octubre. Pero
al año siguiente, en 1916, Lúcia fue visitada tres veces por el
ángel”, escribe Vallée, quien por segunda vez aborda las
apariciones de Fátima en su libro Dimensions (18), el primero de una
trilogía excepcional en la que el científico resume sus investigaciones
y conclusiones luego de décadas de investigación del Fenómeno
OVNI.
La primera visión de 1916 tuvo lugar durante el primer trimestre de ese
año. Lúcia se cobijaba de la lluvia junto a dos de sus primos
(19) en una cueva del monte Loca do Cabeso. Después de comer su colación,
la lluvia había cesado y los niños jugaban en la entrada de la
cueva, cuando escucharon el rumor de un viento poderoso—otra constante
del comportamiento de los OVNIs, advierte Vallée—y vieron una luz
blanca que se desplazaba por el valle, sobre la copa de los árboles.
Dentro de la luz había un joven que aparentaba unos 14 o 15 años,
de admirable belleza, que se acercó a ellos y les dijo: “No teman.
Soy el ángel de la paz. Oren conmigo”, tras lo cual les enseñó
una plegaria que los niños repitieron una y otra vez, como en trance,
hasta quedar exhaustos.
El segundo encuentro con el ángel ocurrió al mediodía de
una calurosa jornada de verano de 1916. La entidad se les apareció de
pronto, llamándoles la atención y conminándolos a rezar
mucho y a hacer sacrificios en sus vidas diarias.
“Los niños quedaron paralizados. Sólo cerca del crepúsculo
recuperaron sus sentidos y comenzaron a jugar de nuevo. Como en el caso anterior,
los testigos no quisieron discutir lo sucedido, ni siquiera entre ellos”,
revela Vallée (20). Este efecto de parálisis es uno de los elementos
más característicos—aunque no necesariamente constante—de
los encuentros cercanos con OVNIs.
El ángel se apareció a los niños una vez más durante
el tercer trimestre de 1916. En esa ocasión les dio la comunión.
Bien. Tenemos evoluciones de un globo de luz, fuertes estruendos, zumbidos misteriosos,
entidades luminosas, encuentros previos con un “ángel” y
la caída de los fils de la Vierge, los “hilos de la Virgen”
o “pétalos de rosa” vistos en Fátima, todas características
asociadas con los avistamientos modernos de OVNIs, como ya se ha dicho. Pero
para trazar un paralelo, revisaremos dos casos en que llovieron filamentos blancos...
pero no durante una aparición de la Santísima Virgen María,
sino después del paso de formaciones de OVNIs.
LAS “PARADAS AÉREAS” DE OLORON Y GAILLAC
En su libro The Truth about Flying Saucers (21), el
difunto ingeniero en sonido, matemático y escritor científico
francés Aimé Michel, un verdadero pionero en el estudio de informes
sobre avistamientos de OVNIs, relata dos apariciones de objetos desconocidos
en el sudoeste de Francia, que dejaron a su paso “hilos de la Virgen”
o “telarañas”, como él las llama.
El primero de estos avistamientos tuvo lugar el 17 de octubre de 1952 en la
ciudad de Oloron a las 12:50 horas. Michel cita el testimonio del señor
Yves Prigent, inspector general de la secundaria de Oloron, que junto a su familia
pudo observar el fenómeno desde la ventana de su departamento cuando
se preparaban para almorzar. Los Prigent dijeron haber observado un cilindro
angosto, aparentemente inclinado en 45 grados, moviéndose lentamente
hacia el sudoeste, a una altura estimada de dos a tres kilómetros.
“El objeto era blanco, opaco y muy definido. Una especie de penacho de
humo blanco escapaba de su extremo superior. A cierta distancia frente al cilindro,
alrededor de otros 30 objetos seguían la misma trayectoria. A ojo desnudo,
parecían bolas de humo, pero al observar con pequeños binoculares
pude distinguir una esfera roja central, rodeada de una especie de anillo amarillo
inclinado... Estos ‘platos’ se movían en par, siguiendo una
trayectoria quebrada, que se caracterizaba en general por rápidos y cortos
zigzags. Cuando dos platos se alejaban uno del otro, se producía un rayo
blanco entre ellos, como un arco eléctrico”, relata el señor
Prigent, citado por Michel (22).
“Todos estos extraños objetos dejaron una abundante estela, que
empezó a caer al suelo en la medida en que se iba dispersando. Durante
varias horas, montones de ese material estuvieron colgados de los árboles,
del tendido eléctrico y sobre los techos de las casas”, agrega
el testigo.
A diferencia de Fátima, en que los “pétalos de rosa”
desaparecían al llegar al suelo, en este caso los testigos pudieron examinar
puñados del material. Según Michel, las fibras se asemejaban a
la lana o al nylon. Cuando se las convertía en una bola, se volvían
gelatinosas rápidamente, tras lo cual se evaporaban en el aire y desaparecían.
Otros testigos citados por Michel dijeron que al prendérseles fuego,
las fibras se quemaban como el papel celofán.
Cerca de las 17:00 horas del 27 de octubre de 1952, el fenómeno volvió
a repetirse sobre los cielos de Gaillac. A esa hora, la señora Daures
salió a su corral, alertada por el ruidoso alboroto que estaban haciendo
sus gallinas. Al levantar la vista al cielo vio lo mismo que habían observado
los habitantes de Oloro diez días antes. Inmediatamente, la señora
Daures llamó a su hijo y a tres vecinos. Según Michel, otros habitantes
de Gaillac también se habían percatado del fenómeno, que
fue observado por un total de “cerca de cien testigos conocidos”
(23). Las descripciones eran casi idénticas a lo visto en Oloron: un
cilindro del que escapaba un penacho de humo, inclinado en 45 grados, viajando
lentamente hacia el sudeste en medio de una veintena de “platos”
que relucían al Sol y volaban de dos en dos en rápidos movimientos
en zigzag.
“La única diferencia (con lo visto en Oloron) es que en este caso
algunos pares de platos ocasionalmente descendían bastante bajo, a una
altura estimada por los testigos en unos 300 o 400 metros. El espectáculo
duró cerca de 20 minutos, hasta que el cigarro y sus platos desaparecieron
en el horizonte”, precisa Michel.
Tras el paso de los objetos, montones de hilos blancos cayeron sobre Gaillac,
y ese material exhibió las mismas propiedades que el recogido, días
antes en Oloron. Finalmente, Michel da cuenta de otros dos casos muy similares,
pero en Estados Unidos. El primero ocurrió el 22 de octubre de 1954 en
Jerome, Ohio, donde un objeto en forma de cigarro emitió un chorro de
“cabellos de ángel” mientras sobrevolaba la zona, y el segundo
tuvo lugar el 27 de octubre de 1955 en Whitsett, Carolina del Norte, donde varios
testigos observaron grandes cantidades de “cabellos de ángel”
cayendo al mismo tiempo que alrededor de diez objetos que parecían “resplandecientes
bolas de acero” sobrevolaban el área.
LA MUJERCITA DE EL SALTO
Pero no es necesario bucear por la casuística
de otros países para encontrar episodios con características similares
a las apariciones de Fátima.
Existe un caso chileno que, por sus circunstancias y características,
tiene un cierto parecido a las manifestaciones de Fátima, guardando las
proporciones, claro está. Ocurrió el domingo 9 de noviembre de
1968 en el barrio capitalino de El Salto y sus protagonistas fueron las hermanas
Afrodit y Eugenia Lovazzano El-Far, de 12 y 9 años, respectivamente.
Según lo publicado por El Mercurio (24) dos días después
del suceso, a las 23:30 horas del domingo en cuestión, cuando se encontraban
jugando en la puerta de su casa, las pequeñas vieron de pronto “una
gran bola de fuego que venía de los cerros y que llegaba hasta frente
a la puerta de su casa”. La primera en percatarse del fenómeno
fue Afrodit, quien le avisó a su hermana.
“Estaba en la puerta de la casa, con la bicicleta, cuando una luz roja
se asomó en el cerro. Era como una estrella incandescente que brillaba
con gran intensidad. Era una luz como gelatinosa que de roja se cambió
en verde claro. Dentro de la bola había una mujercita que tenía
una gran boca, la que movía mucho... No tenía sino esa boca que
nos llamaba y unas orejas puntiagudas, como las de los duendes”, relató
Afrodit a El Mercurio.
Recuérdese que durante la aparición del 13 de septiembre de 1917,
la Señora de Cova da Íria también se presentó en
un “globo” o “esfera de luz”, que fue vista por varios
testigos, y nótese que, al menos durante los primeros encuentros, Francisco
sólo veía moverse los labios de la entidad, sin escuchar sus palabras,
como parece haber ocurrido también en el caso de El Salto.
Posteriormente, Afrodit y Eugenia afirmaron que “la mujercita” se
acercó a Afrodit y que cuando la niña quiso huir, fue sujetada
“por una especie de fuerza o ventosa” que le levantó la blusa
y la sostuvo en el aire. Las niñas agregaron que “la fuerza”
las soltó cuando llegaron a la puerta de la cocina, pero Afrodit quedó
con dolor de oídos y en su cintura, donde sufrió rasguños,
además de una afonía que aún la aquejaba cuando conversó
con El Mercurio.
El periódico logró determinar que otra niña de 12 años,
Mónica Patricia Lagos, también vio la aparición, que describió
como “una bola de fuego, como ‘una pompa iluminada’, que se
movía para todos lados y (que) después desapareció como
si hubiera estallado”.
Hace 86 años, en Fátima ocurrió algo extraordinario, sobrenatural,
interpretado en términos religiosos. Los casos OVNI que cito en este
artículo son sólo una muestra de miles de eventos similares que
han ocurrido en todos los rincones del mundo y en todas las épocas, que
comparten muchas de las características de lo sucedido en Cova da Íria,
pero que no necesariamente han sido interpretados a través de un prisma
religioso.
Al mismo tiempo, este artículo es un llamado a investigar este tipo de
fenómenos con una mentalidad abierta, sin juicios preconcebidos, para
intentar llegar a comprender a la escurridiza inteligencia que parece estar
detrás de muchas de estas manifestaciones.
Patricio Abusleme Hoffman
pabuslem@puc.cl
Referencias:
1. Michael Hesemann, The Fatima Secret, Dell Publishing, Nueva York, 2000.
2. Íbid, página 49.
3. Íbid, páginas 55-56.
4. Jacques Vallée, El Colegio Invisible, Editorial Diana, México D.F., primera edición, abril de 1981, página 148.
5. Hesemann, op. cit., páginas 60-61
6. Íbid, páginas 62-63.
7. Íbid, página 63.
8. Vallée, op. cit., página 148.
9. Hesemann, op. cit., páginas 69-70.
10. Vallée, op. cit., página 147.
11. Íbid, página 148.
12. Hesemann, op. cit., página 76.
13. Íbid, páginas 77-78
14. Íbid, páginas 93-95.
15. Vallée, op. cit., página 144.
16. Antonio Ribera, Encuentros con Humanoides, Editorial Planeta, Barcelona, 1982, pgs. 37-39
17. Vallée, op. cit., pgs. 144-145
18. Jacques Vallée, Dimensions, Ballantine Books, Nueva York, cuarta edición, julio de 1992, pg. 178
19. Hesemann identifica a esos niños como Francisco y Jacinta. Vallée sólo dice que Lúcia se encontraba junto a “dos de sus primos”. En todo caso, la participación de Lúcia es incuestionable.
20. Vallée, op. cit., página 179
21. Aimé Michel, The Truth about Flying Saucers, Pyramid Books, Nueva York, segunda edición, marzo de 1974.
22. Michel, op. cit., páginas 153-159.
23. Íbid.
24. “Extraña Visión de Dos Niñas
Causa Impresión en El Salto”, El Mercurio (Santiago, Chile), martes
12 de noviembre de 1968. Mi más sincero agradecimiento a la señora
Liliana Núñez Orellana, una esforzada y honesta investigadora
chilena, que gentilmente me facilitó la información de prensa
sobre este caso.