UN CENTRO
TRADICIONAL
EN AMÉRICA DEL
SUR
“La conclusión a sacar de
estas consideraciones es que hay tantas <<Tierras Santas>>
particulares cono formas tradicionales regulares existen, puesto que
representan los centros espirituales que corresponden respectivamente a esas
diferentes formas; pero, si el mismo simbolismo se aplica uniformemente a todas
esas <<Tierras Santas>>, es que esos centros espirituales tienen
todos una constitución análoga, y a menudo hasta en los detalles más precisos,
porque son otras tantas imágenes de un mismo centro único y supremo, que es
verdadera y únicamente el <<Centro del Mundo>> pero del que toman
sus atributos, participando de su naturaleza por una comunicación directa en la
cual reside la ortodoxia tradicional, y representándolo efectivamente de una
forma más o menos exterior para tiempos y lugares determinados”.
(René Guénon) (1)
Lo sagrado no sólo penetra al hombre con su Luz; sino que lo hace con
todo lo existente. Tal cualidad es propia de la inmanencia divina. Y así es
como existen lugares que a la vez que son receptáculos de dicha cualidad
vivificante, son también verdaderos chakras
(2)
de la Tierra; es decir
centros emisores de una energía superior que alimenta nuestro mundo.
El Oriente conoce de ciudades sacras como Jerusalem,
Lhasa y La Meca. El Occidente: Santiago de Compostela, Montsegur y Vaticano,
por solo mencionar algunos ejemplos. Estos son “centros espirituales visibles”,
y, por tanto, accesibles a cualquiera. Y, sin embargo, sabemos de otros centros,
de entidad semejante pero más profunda a la de los anteriores lugares, que se
han hecho “invisibles” para la gran mayoría de los mortales, dado el acelerado
proceso de involución de nuestra humanidad (3). El caso de Aggharta es célebre.
En América parece haber varios: Las Siete Ciudades de Cíbola (México), Eldorado
(países del Caribe y Perú), el Pueblo de Mbororé (Brasil) y la Ciudad de los
Césares (Chile y Argentina).
El presente ensayo trata exclusivamente este último
refugio de Paz.
*
EL MITO
La leyenda enseña que la Ciudad de los Césares (también conocida como
Ciudad Encantada, Enlil y Ciudad Errante)
es un poblado que se encuentra en algún lugar del sur de Chile o
Argentina, en una región maravillosa denominada Trapalanda, siendo sus casas de
oro, sus calles tan anchas como las de las urbes españolas, y sus
habitantes hombres blancos que conocen
la inmortalidad. Dicha fortaleza se hará visible a la totalidad de las personas
el día del Juicio Final.
Según una versión recogida por Oreste Plath, la Ciudad
se encontraría próxima al lago Ranco, en el sur de Chile, agregando el eminente
folklorista que sus edificios "son
de plata y oro, con jardines y árboles frutales, y es regida por las más sabias
leyes. En ella se encuentran todas las delicias y felicidades posibles"
(4). Tales características pueden
hacernos rememorar un lugar como el Edén, o quizá la Jerusalem Celeste.
De todas formas, tal como dice René Guénon en las frases citadas al inicio del
actual ensayo, estos misteriosos centros aunque varíen unos de otros en cuanto
a ciertas particularidades - dadas obviamente por los factores tiempo y lugar -
poseen los mismas rasgos ontológicos centrales.
Es curioso el nombre
Ciudad de los Césares, pues aunque los historiadores nos digan que tal denominación
se debe al hecho que el jefe del grupo español que partió en 1529 desde el Río de la Plata y
cuyo objetivo aparente consistía en hallar riquezas en el cono sur americano
era Francisco César - de donde sus catorce compañeros devienen con los años en
"césares" -, no puede dejar de llamar la atención la raíz románica
del vocablo empleado. El término "césares" hace alusión a un
distintivo solar y por tanto jerárquico, un título de honor conocido en la Roma
Imperial.
Una lectura esotérica del mito nos permitirá ver en
los acompañantes de Francisco César a caballeros de una Orden, guardianes de
los más grandes secretos de su ciudadela. El mismo Francisco César se nos
presenta como el líder espiritual de tal núcleo tradicional. La historia indica
que habrían partido desde el Río de la Plata, finalizando la expedición en un
lugar en que hay oro en abundancia,
donde se harán inmortales... Las vinculaciones alquímicas de esta
leyenda son notorias:
se describe una Vía Húmeda (lo cual es demostrable dada la
referencia a un río, el "Río de la Plata") donde la materia prima es
la plata (la Luna de la que nos hablan los Hijos de Hermes) (5) - el segundo
metal más perfecto para los antiguos - y cuyo fin es el Oro de los Sabios, del
cual se extrae la Medicina Universal, de la que emanan, como enseña Fulcanelli,
tres medicinas. Una de ellas, la inmortalidad.
Pero es concebible que
el mito de los Césares sea más antiguo que el viaje de Francisco César. Y quizá
ni siquiera se circunscriba a las leyes del tiempo, siendo entonces
"atemporal". Es factible; pues lo que es perenne no conoce origen ni
fin.
*
LOS HOMBRES
Los habitantes de la Ciudad son blancos, y más específicamente,
rubios. En varias versiones de la
leyenda, el jefe es denominado "Rey Blanco", a quien podríamos ver
como un símbolo austral del Rey del Mundo (6) .
"Por su parte el jesuita José Quiroga, escribía el 11 de agosto de 1746 al
Gobernador y capitán General de Buenos Aires, "sobre el descubrimiento de
las Tierras Patagónicas en lo que toca a los Césares", citando el caso de
una cautiva que, llevada a las lejanas regiones del Sudoeste, encontró unas
casas con gentes blancas y rubias que le parecieron españoles, pero que no la
entendieron cuando les habló
castellano" (7).
El hecho que los
habitantes de la Ciudad sean blancos no
significa necesariamente que sean españoles. Ya lo dice la prisionera, quien
habló en castellano con los moradores de la áurea ciudad, y a quien no
entendieron. ¿Eran entonces holandeses o
ingleses? No hay argumentos suficientes para creerlo. Además, los relatos de
los aborígenes americanos suelen mencionar que su religión había sido dada por
un hombre blanco, portador de la Cruz... lo que habría ocurrido cientos de años
antes de la llegada de Colón. Viracoha, Quetzacoatl, Pay Zumé, Thunupa, son
algunos de los nombres con que se conoció en el continente americano a este
profeta o apóstol (8).
Los hombres de la
Ciudad son inmortales. Viven bajo leyes que son prueba de una justicia "no
humana", o al menos no moderna; lo que debemos entender como normas y
reglas dictadas en conformidad a principios superiores, en concordancia con los
planes de Dios.
"Sus habitantes son
altos, rubios y con barba larga. Hablan una lengua extraña, aunque en algunas
versiones es el español. Se dedican al ocio, y no tienen enfermedades. O son
inmortales o solo mueren de viejos. Algunos dicen que son exactamente los
mismos que fundaron la ciudad, ya que no nace ni muere nadie en la Ciudad
Encantada. Tienen indios a su servicio, y algunos custodian el camino que lleva
a ella" (9).
Hay quienes han querido
ver en los habitantes de la Ciudad a Templarios que huyeron de la persecución a
su Orden. "Algunos historiadores
contemporáneos especulan que los pobladores de la mítica "Ciudad de los
Césares" podrían haber sido caballeros celtas, de la misteriosa Orden del
Temple, debido a varios hallazgos arqueológicos, que exportaron a Europa sobre
todo la plata que extraían de precarias minas de América" (10). La
hipótesis es atractiva. Hemos tenido la suerte de conversar con uno de sus
mayores difusores actuales, el argentino Flugerto
Martí, quien tomando por base las lecturas del Parzival (del poeta medioeval
Wolfram von Eschenbach) y las de Jacques de Mahieu,
como recopilando las leyendas locales, ha descubierto en la Patagonia una serie
de materiales pétreos de rica simbología, que no parece española, sino que
céltica o templaria.
Como bien apunta Francisco Fonck (11), el ciclo del Grial se
trasladó a Sudamérica... Pero esto será materia de otro trabajo... Por mientras
hagamos presente una tal inquietud, y refirámonos a uno de los símbolos más
ligados a la Ciudad Errante o Enlil: el Oro.
*
EL METAL MÁS PRECIOSO
"Tan sólo la iluminación divina les proporcionará la solución del
oscuro problema; ¿dónde y cómo obtener ese oro misterioso, cuerpo desconocido
susceptible de animar y fecundar el agua, primer elemento de la naturaleza
metálica?"
(Fulcanelli) (12)
Entre las muchas interpretaciones que han intentado desentrañar el
misterio de la Ciudad de los Césares, ciertamente la dada por Hieromnemon es la
más acertada, ya que tiene por sustento los principios y simbología
tradicionales: "El oro y la plata son símbolos regios; su abundancia no es
expresión de una riqueza material vulgar, sino de una cualidad regia; el nombre
mismo de la Ciudad alude también a ésta. Todo el cuadro de sobreabundancia de
bienes reproduce, por supuesto, las condiciones de la Edad de Oro" (13).
La nobleza del áureo metal es una realidad para todas las comunidades
tradicionales. Incluso en nuestros días se lo relaciona con la grandeza, aun cuando el fundamento de dicho sentir sea
del todo opuesto al antiguo. En efecto, mientras los pueblos teocráticos ven en
dicho metal la sustancia perfecta por antonomasia, muestra nítida de belleza y
luz - y por tanto una de las mejores ofrendas a lo Divino -, la sociedad de
consumo lo valoriza por su relativa
escasez y permanencia. El que hoy es
únicamente elemento de lujo, otrora fue un receptáculo del Sol.
La leyenda ha querido resaltar la existencia de muros
y objetos cotidianos de oro en la Ciudad a fin que se haga manifiesto y no haya
duda posible acerca del carácter real de dicho lugar. Por otra parte, este
metal al representar lo luminoso, lo puro, lo radiante, se opone a la oscuridad
espiritual en que vivimos.
Así la Ciudad de los Césares deviene en el prototipo
de todo centro tradicional; es decir, un lugar donde irradia de forma
permanente el rayo de Dios.
*
UNA CIUDAD QUE DUERME
Llama la atención el anuncio que esta ciudad será vista por todos el día
del Juicio Final (14), cuando un ángel lo indique a través del canto triunfal
de una trompeta. Esta poderosa idea se encuentra en otras formas tradicionales.
Así, en el hinduismo "encontramos el tema de Mahakacypa, que duerme en una
montaña, pero que despertará al son de las caracolas, cuando de nuevo se
manifieste el principio, aparecido ya en la encarnación de Buda" (15). Un
símbolo semejante es el que narran los
mapuches - pueblo indígena que habitó y habita aun la zona austral de Chile -,
quienes creen que uno de sus ancestros
había recibido una Pifulka
(instrumento musical de viento), la cual se escuchará al fin de nuestro ciclo.
Cuando ello ocurra, la montaña Threng-Threng
se elevará de las aguas del diluvio. Sólo siete hombres sobrevivirán. El
investigador Dick Edgar Ibarra Grasso, luego de referirse a este mito, señala:
"La trompeta mágica, que anuncia el fin del Mundo, estaba igualmente entre
los incas, según lo relata más de un cronista" (16).
En Europa
encontramos el mito que nos habla del rey Arturo, quien no ha muerto y que por
el contrario duerme. Tal hecho se debería a la necesidad de recuperar fuerzas,
por lo que el sumo dignatario debe emprender un viaje hacia un centro
tradicional calificado. Entre Arturo, los habitantes de la Ciudad de los
Césares y los Thuatha - raza de origen celestial que habría poblado Irlanda-
hay una vinculación que es un sello hermético; sólo debemos penetrar los
símbolos: "En cuanto a los propios thuata, según algunos textos, habrían abandonado
el país, asumiendo una forma invisible como habitantes de maravillosos palacios
<<subterráneos>> o de cavernas montañosas inaccesibles a los
hombres, entre los cuales no volvieron a manifestarse, salvo casos
excepcionales" (17).
Aunque en las situaciones referidas evocan personas y
no lugares, debe indicarse que la comparación no pierde validez, ya que lo
ocurrido en el macrocosmo ocurre en el microcosmo, y viceversa. Además en ambos
casos rige el mismo principio orientador: el estado de ensueño. La Ciudad de
los Césares al tener existencia, conoce del sueño, en el cual permanecerá hasta
que llegue la hora del anuncio del despertar. Mientras tanto dicho centro se
encuentra y encontrará en aquel estadio que un escritor norteamericano supo muy
bien manifestar, indicando con gravedad "que no está muerto lo que
eternamente puede yacer y que con extraños eones, incluso la muerte puede
fenecer" (18).
René Guénon nuevamente nos dará una luz: "En el
periodo actual de nuestro ciclo terrestre, es decir, en el Kali-Yuga, esta <<Tierra
Santa>> defendida por <<guardianes>> que la ocultan a miradas
profanas asegurando, sin embargo, ciertas relaciones exteriores, en efecto, es
invisible, inaccesible, pero sólo para
quienes no poseen las cualidades requeridas para entrar allí" (19). ¿Es
posible ser más explícitos?
Aunque para muchos Enlil sea invisible, no por esto
queda probada su inexistencia; sino que, incluso, lo contrario. Pues, ¿no
parece extraño que en la medida que el tiempo avanza, son menos los que dicen
haberla visto? Esto solo puede entenderse por la desconexión del hombre moderno
de su Centro, es decir de Dios.
Una versión del mito de la Ciudad de los Césares señala que ésta puede verse los Viernes Santo, con lo cual se ha querido acentuar la
divinidad de dicho lugar. Pierre Ponsoye en su
excelente texto El Islam y el Grial,
se refiere a un hecho de importancia primera para esta meditación: "Se
recordará que este misterio es evocado bajo las especies de Piedra, venida del
Cielo a la Tierra, lugar de las teofanías, cuyo
vínculo con su Origen y cuyas virtudes operativas son mantenidos y renovados
una vez al año, el Viernes Santo..." (20). Quedan manifiestas dos
cosas que son aplicables plenamente a Enlil: Primero, el origen celestial de un
tal lugar; y segundo, la concordancia de aquélla con los ciclos cósmicos. Y
esto es lógico, pues la ciudad tradicional es un símbolo del universo, que
refleja, a través de su disposición espacial como de su arquitectura, las
virtudes y ordenación del cosmos. Según Jean Hani,
cumple además una labor ritual. Este autor luego de realizar de manera amplia
la descripción de ciertos ornamentos y la hermenéutica aplicable, indica:
" Nos hemos extendido un poco en estas realizaciones arquitectónicas
porque son símbolos muy característicos y gráficos de la concepción tradicional
de la realeza y de su función. Agreguemos enseguida que no son un símbolo
<<gratuito>>, por decirlo de algún modo, ni meramente de valor
sugestivo; hay que insistir en este punto, pues los hombres de hoy están
demasiado inclinados a no ver en los símbolos más que imágenes de valor
sugestivo o <<procedimientos artísticos>>, idea totalmente ajena a
las culturas tradicionales y a la realidad de las cosas. Las ciudades y
palacios simbólicos que hemos evocado tenían valor ritual, y constituían verdaderamente ritos petrificados que autentificaban la función regia" (21).
Para terminar, digamos que la mágica ciudad austral
sólo es perceptible a los puros (khátaros), aquellos cuya conducta es fiel al Padre.
¿Estaremos capacitados de recibir Su invitación y
recorrer las seguras calles y vislumbrar las casas de oro y los muebles de
plata, de la Ciudad de los Césares?
Sergio Fritz Roa
(Santiago de Chile, Junio de 2002)
______
NOTAS.
(1) Los guardianes de Tierra Santa.
En “Esoterismo cristiano. Dante - El
Grial - Los Templarios”, Ediciones Obelisco, Buenos Aires, 1993, p. 39.
(2) No por azar hemos asimilado a estos lugares energéticos
con los chakras; pues esta
palabra significa “rueda”, y
efectivamente tales sitios irradian hacia todas direcciones su influencia
espiritual. Como es lógico, según el principio hermético de analogía (identidad
macrocosmo - microcosmo) en el cuerpo humano también existen chakras, cada uno dotado de una función
y cualidad específicas.
(3) Son los centros espirituales ocultos a los que hicimos referencia en
un trabajo anterior, publicado en la revista Bajo los Hielos, y que se
encuentra actualmente en Internet: http://www.angelfire.com/zine/BLH/BLH7.html
(4) Geografía del mito y leyenda
chilenos, Editorial Nascimiento, Santiago de
Chile, 2ª edición, 1983, p. 306.
(5) El alquimista que ocultó su identidad civil bajo el seudónimo
Fulcanelli, dice en Las moradas
filosofales (Plaza & Janes, S.A. Editores, Barcelona, 5ª. edición,
1977, p. 117): "Se puede así
partiendo de un metal próximo al oro - con preferencia la plata-, producir una
pequeña cantidad del metal precioso"; para luego describir con todo
detalle lo que llama "proceso arquímico", y
que es lo que en la jerga alquímica se conoce como un "particular", o
sea un procedimiento que no utilizando las reglas del Arte, puede, sin embargo,
producir efectos semejantes, pero no iguales, al obtenido por el primero."
Mientras el Gran Arte nos conduce al Oro Filosofal, la "Arquimia" (no Alquimia), nos lleva al oro vulgar.
(6) Véase el libro de René Guénon, El
Rey del Mundo (Luis Cárcamo, Editor, Madrid, 1987), que arroja importantes
datos sobre este asunto. También el capítulo
"El simbolismo polar. El Señor de Paz y Justicia" del libro de
Julius Evola, Rebelión contra el mundo
moderno (Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1994)
(7) Citado en La Ciudad de los
Césares. El espejismo de los Andes Australes, en Paradigmas N° 6. Colección
dirigida por Gustavo Frías, P.Y.E.S.A. Publicidad y Ediciones S.A, Santiago de
Chile, 1986.
(8) La presencia de hombres blancos en América antes de la llegada de
Cristóbal Colón ha sido estudiada por el francés Jacques de Mahieu - con quien
discrepamos su anticristianismo, pero al que reconocemos su esmerada labor de
investigación -, autor de numerosas obras, entre las que destacamos: El gran viaje del Dios Sol (Librería
Hachette S.A., Buenos Aires, 1976), La
agonía del Dios Sol (Librería Hachette S.A, Buenos Aires, 1977) y Colón llegó después (Ediciones Martínez
Roca, S.A., Barcelona, 1988). Es de utilidad el libro del chileno Oscar Fonck
Sieveking - quien, se nos ha dicho,
descendería de uno de los últimos buscadores de la Ciudad de los
Césares, Francisco Fonck -: Vikingos y
berberiscos (Editora Nacional Gabriela Mistral, Santiago de Chile, 1978).
(9)
Martín A. Cagliani. La ciudad encantada
de la Patagonia. En: http://webs.sinectis.com.ar/mcagliani/laciudad.htm
(10)
Jorge Castañeda. La Ciudad de los Césares.
En Río Negro On Line.
Sábado 27 de abril de 2002. En: http://www.rionegro.com.ar/arch200204/c27g04.html
(11) Ver Viajes de Fray Francisco Menéndez a la
Cordillera, y Viajes de Fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi. Valparaíso, 1896 y 1900, respectivamente.
(12) Fulcanelli, Op. cit., p. 244.
(13) La Ciudad de los Césares
entre el mito y la historia. En revista
"Ciudad de los Césares", N° 18, Santiago de Chile, 1991, p. 14.
(14) He aquí otra característica de la Ciudad, y que se vincula a un
pensamiento escatológico muy cristiano. Sin duda, el día del Juicio Final será
el del regreso del Salvador en
"gloria y majestad". Mircea Eliade indica: "Para
los cristianos el Fin del Mundo procederá a la segunda venida de Cristo y al
Juicio Final" (Mito y realidad, Editorial Guadarrama, Barcelona, 3ª. edición,
1978, p. 71). Aclaremos que este "fin del mundo" no es sino el
término de un ciclo, y no la efectiva destrucción de nuestro mundo, lo cual
parecería desprenderse de una inadecuada lectura del texto citado.
(15) Julius Evola, El misterio del
Grial, Plaza y Janés, Barcelona, 1975, p. 61.
(16) Dick Edgar Ibarra Grasso, Cosmogonía
y mitología indígena americana, Editorial Kier, Buenos Aires, 1980, p. 260.
(17) Julius Evola, Op. cit., p. 46.
(18) El autor es H.P.Lovecraft, y la cita está tomada de su excelente relato The Call of Cthulhu. Los amantes
del simbolismo podrán extraer suficiente material de estudio de las obras de
este norteamericano que ha sido comparado con
el genio de Edgar Allan Poe.
(19) René Guénon, El Rey del Mundo,
Luis Cárcamo, Editor, Madrid, 1987, p.
116.
(20) Pierre Ponsoye, El Islam y el Grial, José J. de Olañeta,
Editor, Palma de Mallorca, 1998, p.59. (Las cursivas en el texto citado son
nuestras).
(21) Jean Hani,
La realeza sagrada, José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 1998, p.60.