HARRISON FORMAN:
EL VIO AL REY DEL INFIERNO

César Parra


ABSTRACT: Esta historia comienza -por lo menos para mí- en 1984. Mi madre colaboraba con una parroquia de Santiago y era una de las encargadas de procesar las donaciones de todo tipo que llegaban a los pobres, yo a veces la acompañaba, jugando o aburriéndome en los patios y salones del templo.
Un día una viejecita llegó con un tesoro: Una colección de las Selecciones del Readers Digest que abarcaba desde 1942 hasta 1959, ¡para ser vendida por kilo de papel! Para un inquieto lector como era el niño César Parra hace 20 años esto no podía pasar desapercibido. Ergo: empecé a llevarme las revistas de a poco a mi casa, en un verdadero trabajo de robo-hormiga... (¡Qué me perdonen los pobres, mi madre, la viejecita y Dios!... ups)

El asunto, es que en el ejemplar del Selecciones del Readers de Julio de 1943, venía un interesante artículo muy al estilo de la revista con un interesante título: "¡Yo vi al rey del Infierno!", firmado por un tal Harrison Forman. El artículo me impresionó muchísimo, pues hacía referencia a un extraordinario y excitante viaje que Forman había realizado al Tibet de los años '30, donde, entre otras muchas aventuras, participando de una ceremonia local junto a unos brujos, se habría invocado a Yama, el señor de la muerte budista, regente de los infiernos. Increíblemente Forman habría VISTO a Yama y a otros demonios menores, sin estar aparentemente bajo la influencia de ninguna sustancia o droga.


Harrison Forman

El relato es ameno y pormenorizado, y lo más curioso es que Forman ve a Yama en su forma y vestimenta culturalmente difundida. En el budismo, la rueda de los ocho rayos es el emblema de los Ocho Nobles Senderos que conducen a la iluminación. Encima de la rueda de la vida budista ¡está el reino de los cielos!, seguido del reino de los titanes (dioses envidiosos), los fantasmas hambrientos (espíritus ligados a la tierra), los animales y la humanidad. El que sostiene la rueda es Yama, señor de la muerte, que todo lo devora. En el centro aparecen los símbolos de los tres engaños que mantienen a los humanos en la rueda de la vida y alejados del nirvana: un gallo rojo (la lujuria), una serpiente verde (el odio) y un cerdo negro (la ignorancia)], cosa que hacía más curiosa la visión.
Años después, el adolescente César Parra efectivamente vendió por kilo de papel la colección del Readers... pero conservó celosamente el artículo de Harrison Forman.

Hace unos meses encontré el artículo entre mis archivos más antiguos y decidí que era un buen momento para divulgarlo, pues las interrogaciones que me podría hacer en conjunto con el lector serían muy diferentes a las de 20 años antes.

Esta es mi transcripción textual del artículo de Harrison Forman:


¡YO VI AL REY DEL INFIERNO!

Por Harrison Forman


Hacia largos años que me atraían con irresistible hechizo las mágicas leyendas de la tierra prohibida del Tibet. Cuando fui a China, a vender cañones antiaéreos al Gobierno, después de cumplir mi cometido me dediqué a estudiar esas leyendas. Organicé una expedición cinematográfica al Turquestán Oriental de China. Desde allí me interné en las soledades inmensas del Tibet. Dos jóvenes que me acompañaban murieron a manos de los bandidos: pero en el viejo Sherap, hechicero tibetano, tuve la suerte de encontrar un compañero y un guía. Gracias a mi habilidad para sacar los demonios del cuerpo con un portentoso conjuro de las sales de sulfato de magnesia, del aceite de ricino y de ungüentos y polvos, me tuvo por uno de los suyos y me inició en la ciencia de los sortilegios del Tibet.

Disfrazado de hechicero tibetano, penetré con el Viejo Sherap en la selva de Radja Gomba. Mi acompañante estaba aterrorizado. Si me descubrían, sus cofrades brujos nos matarían a los dos.

"Si nos encontramos en un apuro", le prometí, "juraré no haberte visto jamás".

Poníase ya el sol cuando llegamos a un claro de la selva, en donde estaban sentados en ronda unos hechiceros. Guardaban profundo silencio, interrumpido de trecho en trecho por débil cuchicheo. Tomamos asiento de la manera más disimulada y discreta que pudimos. Apenas si dirigieron una ojeada indiferente hacia nosotros. Mi viejo amigo suspiró tranquilo. Me puse a observar al hechicero que se hallaba a mi izquierda. Tenía la cara fea y desaseada. Los largos cabellos negros enroscados como tirabuzones parecían un nido ideal para cuanto bicho reptante hay en el mundo. Clavaba en el espacio, como en éxtasis, los ojos negros como el carbón.

El y sus compañeros practicaban el boenismo, secta pagana anterior al budismo en el Tibet. Así como los lamas del budismo sirven de mediadores entre los creyentes y las deidades benignas, los nukhwas del boenismo interponen su valimiento cerca de las potencias del mal. Y lo que yo había ido a presenciar allí, era, precisamente, la materialización de esos espíritus malignos.

Entre los árboles empezó a soplar el viento del crepúsculo, presagiando la temible llegada de los seres maléficos que aguardábamos, y que yo, el escéptico de la partida, estaba seguro de que no vendrían.

Entonces, por un claro del bosque apareció un hombre de elevada estatura e imponente traza, que se subió a un gran peñasco. Era Drukh Shim, el Gran Brujo. A sus ojos escudriñadores y penetrantes no escapaba nada cuanto había en su derredor. A su derecha, sobre la piedra, había un fémur humano. A su izquierda una calavera. Transcurrieron unos minutos de absoluto silencio. La penumbra avanzaba. Entonces, los hechiceros, como a una señal, aunque no vi dar ninguna, empezaron a moverse hacia delante y hacia atrás, repitiendo tres veces en un tono grave esta palabra: "¡Yamantaca! ¡Yamantaca! ¡Yamantaca!".

Así llamaron, para que apareciese primero, al Rey del Infierno, ¡al propio Yama!

A la tercera vez, el Gran Brujo se llevó el fémur a los labios. Era una trompa y sus notas solemnes retumbaron luctuosamente por el bosque. Después se llevó a los labios la calavera, que le servía de cáliz para sus libaciones. El Viejo Sherap me había instruido ya sobre todo aquello y comprendí el simbolismo de aquella manera pausada y ceremoniosa de beber. En otros tiempos habían celebrado sacrificios humanos, y lo que el Gran Brujo estaba bebiendo ahora era sangre humana.

El Gran Brujo volvió la calavera a su sitio. Los hechiceros reanudaron su canto: ¡Yamantaca! ¡Yamantaca! ¡Yamantaca!.

Inclinaron la cabeza. Yo también la incliné, pero observando al grupo con el rabillo del ojo, en guardia para sorprender cualquier trampa o superchería. Preguntábame yo, a la vez, como se las arreglarían para el embeleco. Por supuesto, yo no creía en demonios ni diablos. Y menos aún creía en que pudieran hacerse visibles a los ojos mortales. Me propuse mantenerme durante toda la ceremonia en mi actitud objetiva de indagación científica.

Otra vez sonó la trompa del fémur. Drukh Shim tornó a beber. Más aprisa volvieron a balancearse los hechiceros repitiendo su invocación.

Mecíame y aullaba yo con ellos. Y algo se infiltró en mi interior, algo empezó a correrme por la sangre. No sé lo que era ese algo, pero sentía su presencia y su efecto, y principió a desvanecerse poco a poco mi incredulidad. Al darme cuenta de aquella peligrosa suplantación de mi propio, verdadero, ser, se levantó en mí una voz de rebeldía. No: yo no podía, no quería dejarme hipnotizar hasta el punto de llegar a ver lo que la razón me decía y probaba que no existía.

Sabía que podía ser hipnotizado. Y pensé que el hipnotismo sería tal vez la clave de lo que iba a ocurrir en la selva sagrada. Pero ¿qué clase de hipnotismo? ¿El hipnotismo colectivo? ¿Íbamos a ver cosas creadas en la mente de otro? O, bajo los efectos de la autosugestión, ¿íbamos a crear en nuestro propio cerebro lo que queríamos ver?

Levantóse, en esto un sordo y monótono murmullo de voces que se lamentaban con el diapasón más profundo, y me dije para mis adentros: ¿Puede concebirse modo más apropiado de empezar, si es que quieren hipnotizar a alguien? ¿Y que sabía yo si el temor que el Viejo Sherap mostraba de llevarme allí, no era sino un engaño, y si lo que se proponen los hechiceros no es hipnotizarme para que, al salir de allí, vaya por el mundo haciéndome lenguas de aquellos prodigios?

Continuaba la monótona salmodia. Seguían dobladas las cabezas. Iba sintiéndose uno invadido por extraña languidez. Pero yo estaba resuelto a no dejarme engañar. ¡Bah! Aquello era puro hipnotismo. Y de la especie más sencilla y boba.

Entonces pensé que tal vez no estuviera yo jugando limpio. ¿Cómo iba a penetrar el sentido de aquel rito fantasmal si me negaba a verlo, y a oírlo y tratar de comprenderlo? Después aparecieran los demonios, ¿Qué de particular tendría que acudieran, con ser corporal, a una evocación? ¿Quién era yo para decir que los tibetanos no sabían lo que se traían entre manos?

Me estremecí, miré a mí alrededor lleno de curiosidad y expectación. En aquella selva sagrada del Tibet era indudable que estaba a punto de ocurrir algo enteramente desconocido para mí. Sentí que unas manos invisibles empezaban a sujetarme contra mi voluntad. Intenté sacudirme aquella sensación. Lo que hay en mí de hombre de ciencia me reclamaba imperiosamente una explicación.

Dirigí una mirada al Gran Brujo, encaramado allí en su peñasco. Temerosa figura rodeada de sagrado halo. Me hice cargo que se empeñaba en dominarme a mí y a todos los demás. Resistí. Dábame yo cuenta de que estabamos librando una batalla. Tal parecía que nuestros espíritus, desprendiéndose de nuestros cuerpos, si hubieran trasladados al centro del claro y sostuvieran allí regia lucha por el equilibrio del poder entre nosotros. Hice un intenso esfuerzo de concentración para rechazar la voluntad del jerarca. Luché con todas mis fuerzas; pero no pude evitar que las ideas empezaran a esfumárseme. El monótono murmullo de los nukhwas, iba subiendo, subiendo en continuo, fragoroso crescendo que me heló la sangre, me asordó la mente, se me entró hasta la raíz del alma.

¡Yamancata! ¡Yamancata! ¡Yamancata!

El coro de hechiceros empezó a balancearse ahora suavemente de izquierda a derecha y viceversa. La salmodia iba subiendo de tono. Empecé a creer en todo lo que había dicho el Viejo Sherap que vería yo allí: Yama, el Rey de los infiernos y sus satélites los diablos. Fijé la vista en el lugar por donde debían aparecer los demonios esforzándome por ver algo allí donde la razón me decía que no había nada.

No sé lo que mi máquina fotográfica hubiese registrado. Solo sé lo que creí ver entonces. Yama el rey del infierno, iba apareciendo poco a poco. No surgió de entre los árboles. No era un tibetano disfrazado. Un segundo antes no estaba allí en aquel sitio vacío. De repente empezó a tomar forma y a crecer ante mis propios ojos.

Todos los hechiceros lo vieron al mismo tiempo. Su canto se hizo cada vez más ronco y desaforado. Aquello no era un sueño. A nuestro alrededor, y detrás del Gran Brujo, veía yo, y distinguía claramente, los pinos y los álamos. Me puse a estudiar atentamente las caras de los hechiceros. Me fijé especialmente en el Viejo Sherap que estaba a mi lado con su largo pelo enroscado en la cabeza como una serpiente. Yama acudía a nuestra invocación. Con tanto fervor como los demás, yo repetía ¡Yamancata! con la voz más grave que me era dable.

Fueron sus brillantes ojos saltones lo primero que vi. Desde la altura en que se hallarían en un hombre de estatura corriente, nos miraban, llenos de malignidad. Flotaba en ambos lados de los ojos una extraña niebla que empezó a tomar forma corpórea, hasta que quedaron plasmados y a vista los treinta y cuatro brazos de Yama, cada uno con treinta y cuatro manos que blandían instrumentos de destrucción.

La cabeza central se perfilo alrededor de los ojos. Fueron apareciendo luego otras cabezas, nueve en total, envueltas en llamas trasparentes y azuladas que parpadeaban y brillaban sin cesar. Después aparecieron los hombros en los que llevaba colgadas guirnaldas de calavereas que, al menor movimiento, entrechocaban produciendo un horrible sonido.



Yama

Me eché a temblar. Aparté los ojos de aquella espantosa visión. Cuando volví a mirar, creí que Yama ya no estaría allí. Pero allí estaba, mirándome fijamente con sus ojos saltones. Sus labios, ahora visibles, eran enormes y sensuales. Los dientes, como los colmillos de un animal nunca visto.

Pero la aparición de Yama, más difícil de conseguir fue solo el preludio. Después y sin gran esfuerzo, se presentaron los diablos menores. Reconocí al demonio de la lujuria, del hambre de la cólera y a modo de gran final el propio Yama empezó una danza macabra, la más horrible de todas.

Un sudor frío me cubrió de pies a cabeza, al pensar en lo que podía ocurrir si los hechiceros no tenían bastante poder para sojuzgar a las fuerzas que habían invocado. Que para mí en ese momento eran seres tan reales como yo mismo. De repente note que todos los hechiceros estaban en la misma tensión nerviosa que yo. Aunque seguí pensando que aquello era efecto mentiroso del hipnotismo colectivo o de la autosugestión, me sorprendí a mí mismo haciendo esfuerzos por sumar mi voluntad a la de los demás para rechazar aquella oleada de diablos. ¿Venceríamos? Cada minuto de aquella angustiosa duda me pareció un siglo. Por fin apuntó nuestra victoria, los seres empezaron a desvanecerse.

No tuve valor para mirar a los demás. Estaba temblando. Me quedé sentado, aturdido, hasta que el último hechicero hubo desaparecido en la selva sagrada. Se fueron uno a uno como habían venido. Y se perdieron en la sombra creciente. El Viejo Sherap fue el único que se quedó.

-¿Y qué? ¿Crees ahora?- me preguntó con voz extraña.

-Amigo mío, no lo sé. Me parece haber visto a Yama y a sus diablos. Ahora, en este mismo momento, tengo la seguridad de haberlos visto tal como tú me los habías pintado. Pero no tengo la menor idea de lo que voy a creer o pensar mañana...

Hasta hoy las espectrales apariciones que vi en la selva sagrada, apariciones en que no creo, pero que no puedo negar haber visto con mis propios ojos, me han acompañado constantemente. En aquel atardecer, en los empinados bosques del Tibet, hubo algo que ni pude explicarme entonces ni puedo explicarme ahora.

Artículo publicado en la revista Selecciones del Reader´s Digest en Julio de 1943.


Ahora que escribo el artículo estoy a un paso de cortarme las venas, pues acabo de darme cuenta que alguien ya se había el trabajo de transcribirlo en Internet. ¡Maldita globalización!

¿Quién Era Harrison Forman?

El lector podrá observar que el relato de H. Forman es muy cinematográfico, digno de una película de Indiana Jones o "En el Filo de la Navaja" o "7 Años en el Tibet". Y... ¡Sí! aunque el lector no lo crea, hay algo de cinematográfico en el relato de H. Forman.
Lo primero sorprendente con que encontré, es que Harrison Forman distaba mucho de ser un "testigo virgen". De hecho entre 1936 y 1937 colaboró en la realización de la película "Horizontes Perdidos de Shangri-La", quizá la más bella película del gran Frank Capra. Basada en la novela de James Hilton, la película narra las aventuras de un grupo de americanos en... adivinaron: El Tibet. Estos llegan a una ciudad prodigiosa llena de hombres sabios y magia, donde nunca se envejece. Muy parecido al clima "espiritual" que rodea el relato de Harrison Forman, quien describe el Tibet como una tierra donde todo lo sobrenatural es posible. Sin embargo, Forman no es contratado como asesor experto en el Tibet, sino como asesor técnico (technical advisor) en su calidad de experto fotógrafo y camarógrafo...
Todo esto no quiere decir -ni siquiera insinuar- que la historia de Harrison sea una mentira al estilo de las de Lobsang Rampa.
Harrison Forman, nacido en 1904, era un natural de Wisconsin. Estudió en la Escuela del Arte de Layton en Milwaukee y se graduó de la Universidad de Wisconsin en filosofía oriental. Periodista, fotógrafo y explorador aventurero, en 1932 organizó su primera expedición a Asia central y fue el primer occidental en llegar a las orillas del lago Kokonor en Tibet. Volvió a China varias veces en los años 30 y escribió un libro acerca de sus experiencias: "A Través de Tibet Prohibido", publicado en 1936 (un año antes de Horizontes Perdidos de Shangri-La, y quizá durante su producción). En su carrera como fotógrafo, Forman creó un archivo único de la representación visual de la vida y de las culturas de Asia, de Indochina, de el Oriente Medio, al sur del Pacífico, de Afrecha y de América del Sur, antes de que fueran conocidos o más influidos por Occidente.
Las fotografías de Harrison Forman han aparecido en una variedad de fuentes -artículos de periódico, las enciclopedias, películas, libros escolares, anuncios, exposiciones etc. También hizo documentales, noticieros, etc. A su muerte en 1978 su esposa, Sandra Forman, emprendió la preservación y la catalogación de su legado.
Tenemos entonces que H. Forman viajó muchas veces al Tibet en los '30. Incluso aparece mencionado en un artículo de la revista Time, fechado en septiembre de 1937, como "el camarógrafo Harrison Forman, aviador, explorador y colaborador de Time", que, terminada su estadía en el Tibet, se encuentra ahora envuelto en los avatares de la guerra chino-japonesa.
La reseña de Time no dice que además Forman fue un gran escritor de viajes, llamado incluso "un moderno Marco Polo", escribiendo libros clásicos -como el ya nombrado "A Través del Tibet Prohibido" y otro llamado "La Otra China".
En el primer libro, Forman describe al Tibet como "la ciudad sagrada de los Lamas, un lugar abierto a las 'puertas mismas del alma', las puertas de las convenciones que el hombre ha construido sobre sí mismo". Este libro es el relato de su primer viaje en 1932, donde se aventuró en este territorio prohibido acompañado de dos guías -luego asesinados por bandidos-, llegando a una tierra de secretos exóticos, de cultos y de rituales y abundancia -espiritual y material- fabulosa. Es ahí conoce a los legendarios Nukhwas (hechiceros) armados de energías misteriosas para convocar los espíritus -incluyendo a divinidades como Yama-, con energías sobrenaturales que van aparentemente más allá de los límites de la racionalidad humana.
Los críticos literarios coinciden en el estilo "vivido y cinematográfico" de Forman.
Hacia el final de su vida Harrison Forman siguió su periplo hacia Afganistán: Las imágenes de la colección de Harrison Forman documentan la vida y la cultura de Afganistán en los años '60, años antes del malestar civil de los años '70 y de los '80, la invasión soviética, y la regla Taliban. Las fotografías tomadas por Harrison Forman en 1969, retratan la vida de cada día de afganis, capturan la belleza de la tierra y sitios históricos, incluyendo el gran Buda de Bamiyan destruido por el Taliban en 2001.

¿Qué vio entonces Harrison Forman?

Hay tres grandes hipótesis de lo que Harrison Forman vio:

a) En la primera, Harrison Forman viaja efectivamente al Tibet en 1932, vuelve a América y se involucra en la pre-producción de la película "Horizontes Perdidos..." (estrenada en 1937), en su calidad de conocedor de la zona (no es descartable que la película incluya metraje real tomado por Forman en el Tibet). Forman es influenciado por el ambiente mágico de la novela de Hilton y modifica su libro (publicado en 1936) incluyendo las visiones y materializaciones sobrenaturales de los poderosos y sabios Nukhwas, para que el libro tome más "gancho".

Análisis: El Tibet era sinónimo de aventura y descubrimiento espiritual desde fines del siglo XIX. Un lugar no muy conocido donde todo era posible. Los libros de Alejandra David-Neel y la teosofía lo habían hecho muy popular. La coincidencia de fechas vuelve a esta hipótesis muy probable, aunque esta "licencia literaria" no borra ni una coma del gran currículum de Forman.

b) En la segunda hipótesis Harrison Forman va al Tibet y efectivamente ve una materialización de Yama. Forman no era un hombre supersticioso y nunca más mencionó algo parecido a esto en su extensa carrera.

Análisis: Las materializaciones en el Tibet no son un fenómeno aislado, aunque curiosamente se extinguieron junto con hacerse el Tibet un lugar más familiar y accesible. ¿Por qué no existen hoy filmaciones de un tulpa, que a David-Neel le fueron tan difíciles de conseguir?
El gran parapsicólogo chileno Andrés Barros lo explica mejor que yo: «Un punto aparte merecen los trabajos de una laureada investigadora en el campo de la antropología. Me refiero a la francesa Alejandra David-Neel. Estudió en la Sorbona y se radicó en el Tibet para estudiar en terreno a sus monjes. Se desconcertó al reconocer a sus famosos tulpas, que son figuras visibles, incluso tangibles, creadas por la imaginación de los iniciados. No se trata de una alucinación ya que el resto de los monjes también les ven. Alejandra vivió largos años en medio de estos yoguis tibetanos durante los años 20 de siglo recién pasado. Impactada por los extraños logros se decidió a crear un tulpa propio. Tras meses de meditación profunda apareció un monje bajo, gordo y bondadoso que iba y venía en forma intermitente durante los viajes de la antropóloga. Extrañamente este tulpa había tomado vida, su materia seguramente sicoide como dijera Jung, principalmente visual aunque a veces sentía!
Su presencia en forma tan real que apreciaba una mano sobre su hombro. ¿Se trata de entidades holográficas, sin masa, fotónicas? Nadie se atreve a jugar hipótesis convictivas. El misterio se ahonda ya que al cabo de un tiempo las cosas comienzan a cambiar ya que el tulpa enflaqueció, su rostro adoptó una expresión vagamente burlona, astuta y maligna que intranquilizó a Alejandra ya que escapó de su control.
Problemático y atrevido el tulpa había tomado vida propia. David-Neel se decidió a desactivar su propia creación y demoró seis meses en su logro, es decir, devolverlo a su reino imaginario de donde le había sacado. La experiencia fue increíble y alucinatoria. La propia creadora comentó posteriormente al ser premiada con una medalla de oro por la Sociedad Geográfica de París y nombrada Caballero de la Legión de Honor: "No hay nada extraño en el hecho que pueda haber creado mi propia alucinación. Lo interesante es que en estos casos de materialización, otras personas ven las formas de pensamientos creadas."
Las experiencias de este Miembro de la Legión de Honor de Francia, está asociada indiscutiblemente al trabajo mental de los lamas y a lo mejor igualmente a condiciones geográficas como ser altura o temperaturas. Increíble que formas de pensamiento puedan asumir en ciertas circunstancias una forma casi material, manifestar personalidades independientes y llevar a cabo inclusive actividades con un propósito...».

c) La tercera hipótesis es que se le haya dado a H. Forman algún brebaje escondido que lo hubiese hecho ver visiones. O que la salmodia de los monjes haya inducido en él algún tipo de estado alterado de conciencia, en fin, que Yama no haya tenido una existencia física...

Análisis: Por siglos distintos hongos, plantas, peces, animales, etc. han sido usados para comunicarse con la divinidad. Sin embargo, estos encuentros siempre se dan en un ambiente de irrealidad o ensueño, léase Ayahuasca, Amanita Muscaria o Peyote. Sin embargo H. Forman toma sus prevenciones para mantenerse en el mundo real y mantiene siempre "anclas" visuales: "A nuestro alrededor, y detrás del Gran Brujo, veía yo, y distinguía claramente, los pinos y los álamos. Me puse a estudiar atentamente las caras de los hechiceros...".
Hipótesis difícil, aunque no descartable del todo.

Sea lo que sea que H. Forman vio aquella tarde en el Tibet, no fue lo más importante de su vida ni cambio su historia (dato también relevante). Una historia que nos habla de un hombre inteligente e imaginativo, que puso sus talentos al servicio del arte y la cultura de su tiempo.
Y como en la Rueda de la vida budista, en 1984, seis años después de la muerte de Harrison Forman, un niño encontró un artículo...


Referencias:

Selecciones del Readers Digest de Julio de 1943, pp. 52-56

Fotografías:
http://www.uwm.edu/Library/digilib/afghan/records/about.htm

http://www.uwm.edu/Library/digilib/afghan/

Biografía de Harrison Forman ver en: http://www.uwm.edu/Library/digilib/afghan/records/about.htm

Artículo publicado en la revista Selecciones del Reader´s Digest en Julio de 1943, condensado de "Harper´s Magazine". http://www.temakel.com/veforman.htm


Santiago, Chile. 30 diciembre 2005.