A
P A R I C I O N E S M A R I A N
A S
Creo que para entender un poco más de las enigmáticas manifestaciones religiosas conocidas como Apariciones, tanto de María como de Jesús, alrededor del mundo, debemos repasar rápidamente la raíz de éstos hechos.
Para ello los invito a viajar al pasado y tratar de entender un poco más, no a comprender, sino a entender lo que dio origen a éste fenómeno.
Veamos entonces algunas de las revelaciones hechas por Jesús y la Virgen María a la religiosa, estigmatizada alemana, Ana Catalina Emmerick, que vivió entre los años 1774 y 1824, referente a la vida de María.-
Los
padres de Santa Ana (madre de la Virgen María, abuela de Jesús) se llamaron Ismeria y Eliud.
Tuvieron 3 hijas: Sobé la mayor, Ana y Marahá la menor. Santa Ana fue llevada
a la escuela del templo a los 5 años de edad, como después también lo fue
la Virgen María.
Allí
pasó 12 años, y a los diecisiete volvió a casa de sus padres. Un año después
Ismeria; su madre, cayó mortalmente enferma. En su lecho de muerte exhortó
a todos los suyos, y designó a Ana para que la sucediera en el gobierno de
la casa. En seguida, habló a solas con Ana, le dijo que ella era un “vaso
de elección”, que debía casarse y pedir consejo al profeta Orbe, y luego
murió.
Al
morir Ismeria, su esposo Eliud que vivía en Séforis, se mudó con sus hijas
a Zabulón. Eran personas llenas de piedad y fervor y tenían un gran fundo
de campo, en el cual había muchos animales con cuernos, pero nada de lo que
poseían era para ellos únicamente: lo daban a los pobres. Ana no era de notable
belleza, aunque más bella que otras muchas. Distaba mucho de tener la hermosura
de María, pero se distinguía por su sencillez y por su sincera piedad.
Tenía
muchas hermanas y hermanos casados. Ella no deseaba casarse. Sus padres la
amaban con particular ternura. Seis jóvenes aspiraban a su mano, pero ella
los rehusaba. Como lo habían hecho sus mayores, Ana fue a tomar consejo de
los Esenianos (comunidad a la cual pertenecieron
todos los ascendientes de la Virgen María y que se caracterizaba por su vida
de oración profunda, piedad, penitencia y sacrificio y en donde los esposos
guardaban períodos de abstinencia conyugal como una forma de sacrificio o
mortificación agradables a Dios). Allí se le dijo que se desposase con
Joaquín, a quien entonces Ella no conocía, pero que la pretendía desde que
su padre se estableció en Zabulón.
Ana
y Joaquín se casaron y habitaron en casa de Eliud, padre de Ana. Muchos años
vivieron allí los nuevos esposos. En ambos había algo de distinguido en sus
maneras. Rara vez se les veía reír, aunque en los comienzos de su matrimonio
no se hallaban precisamente tristes.
Su
carácter era tranquilo y desde jóvenes parecían ya muy maduros. Sus padres
eran bastante acomodados: poseían numerosos rebaños, bellas alfombras, menaje
y vajilla suntuosos, y gran cantidad de sirvientes.
Eran
piadosos, sensibles, benéficos y rectos. Con frecuencia dividían en tres porciones
sus ganados y todo lo demás; una tercera parte del ganado daban al templo;
daban la segunda parte a los pobres o parientes que lo pedían, los cuales
casi siempre se hallaban presentes a la repartición. Para ellos dejaban la
última parte, que era por lo común la menos importante.
Vivían
muy modestamente y daban todo lo que se les pedía. La porción que ellos se
reservaban crecía sin cesar, y pronto se aumentaba, de forma que nuevamente
podían practicar una nueva división.
El
primer hijo que Santa Ana tuvo en casa de su padres fue un aniña, que “no
era el hijo de la promesa”. Los signos predichos no se descubrieron en su
nacimiento. Ana quedó inconsolable. Era una niña amable, dulce y piadosa.
Sus padres la amaban mucho; pero, les quedaba en el alma cierta desazón, porque
conocían que no era el fruto bendito que ellos habían esperado de su unión.
Por
mucho tiempo hicieron penitencia y vivieron separados el uno del otro. Ana
llegó a ser estéril; lo cual ellos miraban como resultado de sus faltas, y
les obligó a redoblar sus buenas obras. Los ví, dice
Catalina, muchas veces cada cual por su parte, hacer fervientes oraciones
y plegarias, vivir aparte por largos intervalos, dar limosnas y enviar víctimas
al templo.
Joaquín
y Ana deciden mudarse a unos terrenos que poseían en las cercanías de Nazaret.
Intentaban renovar en la soledad, su vida conyugal y atraerse las bendiciones
de Dios por medio de la conducta que fuera más agradable a sus Divinos ojos.
Dejaron la casa paterna llenos de tierna emoción y piadosas resoluciones.
María de Helí, la pequeña hija de Ana, como de seis o siete años entonces,
los acompañó a su nueva morada y después regresó con los sirvientes y su abuelo
Eliud, con quien permaneció.
Durante
diecinueve años después del nacimiento de la primera hija, perseveraron los
esposo en esa vida austera y en presencia de Dios; se abrazaban en deseo de
la bendición prometida, y la tristeza invadía más y más sus almas. Hombres
perversos venían a injuriarlos en su propia casa, diciéndoles; que debían
ser malvados porque no tenían hijos; que la niña que estaba con el padre de
Ana no les pertenecía; que Ana era estéril, y otras cosas de ese tenor. Estas
palabras aumentaban la tristeza en los píos esposos.
Ana
tenía la firme creencia y certidumbre interior que el advenimiento del Mesías
estaba próxima, y que ella pertenecía a la familia en la cual había de nacer
el Salvador. Oraba y pedía a grandes gritos que el cumplimiento de la promesa,
y seguía, como también Joaquín, observando una pureza la más perfecta. El
deshonor de la esterilidad la contristaba profundamente, y apenas podía presentarse
en la sinagoga sin recibir algún baldón.
Habiendo
sufrido Joaquín grandes injurias en la sinagoga, por la esterilidad con su
esposa. Terriblemente acongojado se fue a los alrededores de Maqueronta, allí
había una casa donde se reunían los Esenianos y a la cual entró en busca de
consuelo y de consejos.
Joaquín
se hallaba tan triste y avergonzado por la afrenta recibida en el templo,
que no avisó a su esposa Ana donde se hallaba; pero, por otras personas que
estuvieron presentes supo ella lo que su esposo había tenido que sufrir, y
esto la afligió de un modo indecible. La ví muchas veces llorar con el rostro
pegado al suelo, porque no sabía dónde se hallaba Joaquín, que por cinco meses
permaneció oculto entre sus rebaños de Hermón.
Un
día Ana oró suplicando fervorosamente a Dios que, ya que le había quitado
la fecundidad, no la privase por más tiempo de su buen esposo Joaquín. Y he
aquí que se le apareció un ángel del cielo; bajó como de la copa de un árbol
que había, y le dijo que debía consolarse, porque el Señor
En tiempos de Tiberio, surgió en Jerusalén la figura de un predicador de origen humilde que cambiaría para siempre el destino de la humanidad.
Su nombre, Jesús. Había nacido en Belén de Efrata, bajo el reinado de Augusto, Emperador Romano y vivido en Nazareth.
Durante su edad adulta, se proclamó a sí mismo El Mesías y el hijo de Dios. Todos ya sabemos que en aquella época de opresión su pueblo soñaba con el advenimiento del mesías, es más, podemos darnos cuenta a través de la historia que esa profecía los mantenía unidos y con deseos de seguir viviendo.
Muchos se proclamaban “los escogidos”, pero ninguno tuvo la fuerza y energía que derrocho éste hombre. Pero ¿qué tenía Jesús, que lo hacía especial y diferente del resto?.
A continuación compartiré con ustedes un pequeño documento que guardo conmigo desde el año 1993 aproximadamente el cual nos podría ayudar, tal vez, a saber algo más de su mística figura y la de su madre.
Este es un extracto de una carta dirigida al Senado Romano, enviada por PUBLIO LENTULO, Procónsul Romano en Judea a Tiberio Emperador.
PUBLIO
LENTULO A TIBERIO EMPERADOR,
“Ve, Oh Majestad, la respuesta que
tú deseas. Ha aparecido en Judea un hombre dotado de un poder extraordinario.
Se llama el GRAN PROFETA; sus discípulos le llaman el Hijo de Dios, su nombre
es JESUCRISTO (Jesús-Cristo).
Cada día se oye referir cosas maravillosas
de este Cristo que resucita a los muertos, sana toda enfermedad y conmueve
a Jerusalén por su doctrina extraordinaria…
Tiene un aspecto majestuoso, y una
figura real, llena de suavidad, de manera que cuantos le ven, se sienten atraídos
a amarle y creen en El.
Se dice que su rostro, con barba partida
por medio, es de una belleza incomparable, que nadie puede mirar fijamente
sin sentirse conmovido.
Por sus rasgos: ojos azules, cabellos
castaño claro, se parece a su MADRE, que es la más bella y atractiva figura
que se ha visto en estos contornos.
Su lenguaje puro, preciso, grave, irreprochable,
es la expresión más grande de la virtud, de una ciencia que sobrepasa a la
de los más grandes genios.
En sus reproches y en sus censuras,
es formidable; en sus enseñanzas y exhortaciones es dulce, amable, atrayente,
irresistible…
Va con los pies descalzos y la cabeza
descubierta; de lejos parece insignificante, pero en su presencia se tiembla
a la vez que se le ama, y desconcierta los planes de sus enemigos…
No se ha visto Jamás reír; pero se
le ha visto llorar…
Todos los que se le han acercado, dicen
que han recibido salud y beneficios; sin embargo, YO SOY TESTIGO de que algunos
dicen que El ofende grandemente a tu majestad, porque afirma públicamente
que los reyes y los mendigos son iguales delante de Dios…
Manda que he de hacer. Tu serás prontamente
obedecido”.
P. LENTULO,
Procónsul Romano en Judea
Sin lugar a dudas que los postulados de Jesús eran toda una “Revolución” para esos tiempos, para muchos sus palabras constituían un abierto llamado a la liberación física de la opresión de Roma, es decir, la declaración de Guerra a Roma, sin embargo, la confianza y esperanza que proyectaba eran suficientes para sus seguidores, quienes desafiaban las disposiciones del Sanedrín y las de Roma.
Fue acusado de blasfemar y condenado a morir crucificado.
Este episodio de la elección por parte del propio pueblo judío entre Barrabás y Jesús es francamente doloroso. Dos hombres con los mismos propósitos, liberar a su pueblo, pero por distintos caminos, métodos y armas. Ellos nunca entendieron que la única forma de liberarse de las ataduras de Roma era dándose cuenta que los romanos no eran dueños de sus corazones, de sus sueños, ni de sus almas, pero me imagino que las mentes no estaban disponibles para ver las cosas desde ese punto de vista. Dicen que el gran secreto de las victorias de las grandes batallas es recordar que nuestra mente y corazón son libres, de volar, se soñar y de esperar.
Parece con éste claro ejemplo quedar demostrado que la justicia impartida por el hombre es más efectiva, rápida y justa, según nosotros mismos, claro está.
Muchos de los que gritaban el nombre de Barrabás en la multitud habían sido favorecidos por la generosidad de Jesús, pero eso no bastó, peso más la pasión desenfrenada del momento, una opción violenta y suicida, ya que debemos recordar que si bien los judíos eran buenos guerreros, eran superados en número por los agentes Romanos, que el propio amor de un hombre por su pueblo.
Pero bueno, no nos alejemos del tema que nos convoca. Los apóstoles de Jesús recibieron la misión de difundir su doctrina a todo aquel que quisiese escucharla. La fe de ellos se basó en la absoluta creencia de la Resurrección de Cristo, ya que sus discípulos aseguraron haberlo visto después de su muerte.
Los cristianos, nueva corriente religiosa, fueron perseguidos durante 250 años. Desde este preciso momento nace una nueva forma de comunicación con Dios mediante la utilización de la oración de una forma más personal y el sacrificio para obtener los frutos requeridos.
Innumerables fueron los que ganaron el título de mártires (1), que prefirieron morir antes que renegar de las enseñanzas de Cristo.
Toda una línea de nuevas figuras que constituyen ejemplos de vida para la humanidad. En esta intervención directa de Dios para con el hombre la persona de María, fue y es fundamental, en las bases de la Iglesia y su futuro. Se transforma en medianera, entre su hijo y sus seguidores, un puente entre los deseos de su hijo y la misión de los apóstoles, un apoyo necesario para los cristianos, acompaña, es fuente de fuerza para seguir adelante y sortear los obstáculos de persecución en aquellos tiempos, estimula la confianza en las enseñanza de Cristo y ella misma es un testimonio viviente de aquello.
Luego de la muerte de María, la Iglesia lucho muchísimo por evitar que su figura fuese objeto de adoración convirtiéndola con ello en una diosa. Felizmente eso no ocurrió.
MUERTE
DE MARÍA
Cuando
María sintió acercarse su fin, tenía 63 años de edad. Cuando nació Jesús tenía
sólo 15 años.
María
realizaba diversos ejercicios espirituales, encargados por Jesús antes de
la Ascensión, él había enseñado a María, en la casa de Lázaro en Betania,
como debía llamar a los apóstoles junto a ella y darles su última bendición
que debía ser de gran provecho para ellos. Todo ello, debía ser cumplido para
luego de su muerte reunirse con su hijo.
Mediante
la oración de María, los ángeles recibieron el encargo de avisar a los apóstoles
dispersos que se juntaran en Efeso junto a la Virgen María.
La
casa de María era muy particular, era de madera entrelazada, por detrás terminaba
en triángulo, tenía un oratorio y altar para los divinos oficios.
Pedro
estaba recostado junto a una pared cuando el ángel tomó la mano y le dijo
que se levantase y partiera hacia donde esta María.
Pedro,
Andrés y Juan fueron los primeros en llegar a la casa de María la cual ya
estaba próxima a la muerte.
Estaba
tendida en el lecho de su habitación. Los discípulos llevaban todos las vestiduras
blancas de sacerdotes, cerrada por delante con cuerdas de cuero, formando
rodetes (2) como botones.
Algunos
lloraban de alegría y de emoción al verse otra vez. Luego, se acercaron con
reverencia y respeto al lecho de María para saludarla. La Virgen no dijo mucho.
Los
primero que había llegado, arreglaron en la parte anterior de la casa, un
lugar para celebrar la misa y orar. Se preparó un altar con tela roja y encima
otra blanca donde colocaron un crucifijo que parecía de madreperla. La cruz
era como la de Malta. Esta cruz era como un relicario, pues se podía abrir
y tenía cinco compartimientos en forma de la misma cruz. En uno, el del medio,
estaba el Santísimo Sacramento; en los otros estaban el crisma (3), el aceite, el algodón y la sal. Sobre el altar
ardían velas, no lámparas.
Antes
de la celebración de la Misa, María sentada en su lecho y con las manos cruzadas
sobre la cabeza de cada apóstol, los bendijo. Habló la virgen a todos y esto
lo hizo según lo había mandado Jesús en Betania.
María
llamó a Juan y le dijo lo que debía hacer con su cuerpo y que sus vestidos
debía repartirlos entre su criada y las otras mujeres que venían a ayudarla.
Durante
la Misa, oficiada por Pedro, María se mantuvo en un profundo silencio y estado
de recogimiento, sentada en su lecho. Pedro dio la Extremaunción, como se
hace hoy, a María y luego le llevó la Comunión a María. Los demás se dispusieron
en dos hileras desde el altar al lecho de la virgen y se inclinaron al paso
del Sacramento. Juan le administró el cáliz sagrado, éste cáliz era pequeño
de color blanco, como fundido, y se parecía al de la Ultima Cena. Su pie era
tan corto que sólo con dos dedos se podía sostener. Pedro llevaba sobre su
vestidura sacerdotal blanca, un palio (4) rojo y blanco y la gran capa. Los cuatro apóstoles
que le asistían estaban revestidos de sus capas de fiesta.
Después
de que María comulgara, Pedro dio la comunión a los demás. Durante éste acto
llegó Felipe, que venía de Egipto. Recibió llorando la bendición de María
y luego la Sagrada Comunión.
Luego
de la comunión, María no habló más. Tenía vuelto hacia arriba su rostro, hermoso
y fresco, como en su juventud.
Según
las visiones de la estigmatizada religiosa alemana Catalina Emmerich; “Una
senda de luz dibujó desde María hacia la Jerusalén celestial y hasta el trono
de la Santísima Trinidad. A ambos lados de esta senda luminosa había caras
de innumerables ángeles. María levantó sus brazos hacia la celeste Jerusalén
y el cuerpo se levantó tan alto sobre el lecho, que yo veía perfectamente
todo lo que había debajo. Parecía que salía de ese cuerpo una figura resplandeciente
que extendía sus brazos hacia lo alto. Los dos coros de ángeles cerraron por
debajo ese nimbo (5) de luz y subieron
en pos del alma de María, separada de su cuerpo, que se inclinó suavemente,
con los brazos cruzados sobre el pecho, en la cama desde la cual se efectuó
su dichoso tránsito. Muchas almas de santos, entre las cuales reconocí a varias,
vinieron a su encuentro. Allí estaban José, Ana, Joaquín, Juan el Bautista,
Zacarías e Isabel. María se elevó entre estas almas hasta el encuentro de
su divino Hijo, cuyas llagas brillaban más que la luz, envolviéndolo todo.
Jesús recibió a su madre y le entregó el cetro, señalando el universo a su
alrededor. En el mismo momento he visto algo que mucho me consoló; salían
muchas almas del Purgatorio en dirección al Cielo. Tengo la seguridad de que
cada año, en el día de su Asunción, muchas almas devotas de María reciben
la liberación de sus penas y suben al Cielo. El cuanto a la hora del tránsito
de María, se me indicó que era la hora nona (6),
en la cual murió también su divino Hijo. Pedro y Juan deben haber visto esta
glorificación de María, pues noté que tenían los ojos elevados a los cielos,
mientras las demás personas estaban postradas inclinadas hacia la tierra.
El
cuerpo de María estaba resplandeciente, como en tranquilo reposo, con los
brazos cruzados sobre el pecho, y tendido en su camilla, mientras los presentes,
de rodillas, oraban con fervor y lágrimas en los ojos.
Más
tarde las santas mujeres cubrieron el cuerpo con una sábana. Reunieron todos
los objetos de uso en una parte y lo taparon todo, hasta el hogar. Luego se
cubrieron con sus velos y oraron largo tiempo, ya de rodillas, ya sentadas,
en la primera sala. Los apóstoles se cubrieron la cabeza con la capucha que
traían y se ordenaron para rezar en coro. Dos de ellos se hincaron a la cabecera
y a los pies del lecho. He visto que durante el día se turnaron cuatro veces
y que los apóstoles recorrieron el Vía Crucis de María”.
Mientras
tanto Andrés y Matías estaban ocupados en preparar la sepultura, la cueva
que María y Juan habían dispuesto como sepulcro de Jesús al final de las estaciones
del Vía Crucis.
Esta
gruta no era tan grande como la de Jesús. Tenía apenas la altura de un hombre
y delante un jardincito cercado con estacas. Un sendero llevaba hacia la gruta
donde había una piedra ahuecada para recibir el cuerpo, con una pequeña elevación
donde descansaría la cabeza.
La
estación del monte Calvario estaba en la colina de enfrente; no había allí
una cruz visible, sino sólo grabada en la piedra. Andrés, especialmente, trabajó
mucho en esta obra, y colocó una puerta delante del sepulcro.
El
sagrado cuerpo fue preparado por las santas mujeres para la sepultura. Entre
estas mujeres, dice Catalina, recuerdo a una hija de Verónica, y a la madre
de Juan Marcos. Trajeron hierbas olorosas y esencias, y procedieron al embalsamamiento
de acuerdo con la costumbre de los judíos. Lo hicieron con el mismo cuidado
con que habían tratado el sagrado cuerpo de Jesús.
El
cuerpo sagrado de María fue colocado con su vestidura en un canasto, hecho
según la forma del cuerpo, de tal modo que éste sobresalía del cajón. El cuerpo
era blanco, luminoso, tan liviano y espiritualizado que se levantaba con toda
facilidad.
El
rostro era fresco, rosado y juvenil. Las mujeres cortaban el cabello para
conservar reliquias de la Virgen. Pusieron plantas olorosas en torno al cuello
y la cabeza, bajo los brazos y en las axilas.
Antes
de que pusieran sobre el cuerpo revestido de blanco, otras telas blancas para
envolverlo todo, San Pedro celebró, delante del sagrado cuerpo, la santa Misa,
y dio a los apóstoles la comunión. Después se acercaron Pedro y Juan con sus
capas magnas de fiesta. Juan sostenía un recipiente con aceite y bálsamo,
y Pedro ungió todavía, en forma de cruz y con oraciones, la frente, las manos
y los pies del cuerpo sagrado y luego las mujeres lo envolvieron todo con
sábanas blancas.
Sobre
la cabeza pusieron una corona de flores blancas, rojas y azul-celestes, como
símbolo de su virginidad. Sobre el rostro pusieron un género transparente,
de modo que se pudiera ver la cara.
Preparado
el cuerpo sagrado, fue puesto finalmente en un cajón de madera blanca, con
una tapa que por arriba, por el medio y por debajo se podía sujetar al cajón.
Este cajón se colocó sobre unas andas. Todo se hizo con cierta solemnidad
y emoción tranquila; el duelo también fue con mayor exterioridad y muestras
de dolor que en la sepultura de Jesús, donde hubo mezcla de miedo y de apresuramiento
por causa de los enemigos.
Para
llevar el sagrado cuerpo hasta la gruta,
como a media hora de camino, procedieron de este modo: Pedro y Juan levantaron
el cuerpo de sobre las andas y lo llevaron hasta la puerta de la casa. Allí,
puesto de nuevo sobre las andas, lo cargaron en sus hombros. Seis de ellos
se alternaban en llevar el sagrado depósito. El sagrado cuerpo colgaba de
entre las barras de las andas, corridas entre correas y esteras (7), como una cuna. Delante de esta procesión iban
parte de los apóstoles rezando y las santas mujeres detrás, cerrando el cortejo.
Llevaban antorchas metidas en unas calabazas y levantadas sobre palos largos.
Llegados
a la gruta depositaron las andas. Los apóstoles introdujeron el cuerpo y lo
depositaron en el hueco cavado de antemano. Todos desfilaron una vez más delante
de los sagrados despojos para rezar y honrarlos. Luego cubrieron toda la sepultura
con una estera. Delante de la gruta cavaron un hoyo y trajeron una planta
bastante grande con sus raíces y sus bayas, la plantaron profundamente y la
regaron abundantemente para que nadie entrara por delante en la gruta. Sólo
podía llegarse a ella por los lados, por entre los matorrales.
Hasta aquí una hermosa visión, revelada a esta religiosa, con el fin de poder ir completando partes de la historia que a muchos nos intriga de sobremanera. Es lamentable como textos históricos han suprimido mucha información al respecto, dando así paso a la fantasía y leyenda.
Las revelaciones entregadas a Ana Catalina Emmerick, han sido acogidas y aceptadas como verdaderas por la Iglesia Católica, al igual que los escritos de María Valtorta, es necesario leerlos con mucha atención y por supuesto tomarlo con mesura. Si bien es cierto aportan conocimiento de situaciones y escenas no escritas por ningún apóstol directamente, los detalles en los relatos son francamente asombrosos y no desmienten a la época. Bueno cada uno de ustedes sacará sus propias conclusiones.
Para
continuar con el enigma mariano nos trasladaremos a la parte más fascinante
de la devoción, me refiero a
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En la noche de la sepultura, dice Catalina, sucedió
la Asunción de la Virgen al Cielo con su cuerpo. He visto a varios apóstoles
y mujeres esa noche rezando ante la gruta o, mejor dicho, en el jardincito
delantero. He visto bajar del cielo una senda luminosa y tres coros de ángeles
rodeando el alma de María, que venía resplandeciente a posarse sobre la sepultura.
Delante
del alma venía Jesús con sus llagas luminosas. En la parte interior de la
gloria donde estaba María, se veían tres coros de ángeles. La más interior
parecía de caras angelicales de niños pequeños; la segunda hilera eran caras
de criaturas de seis a ocho años, y la más exterior era de jóvenes. Sólo se
distinguían bien sus rostros. El resto del cuerpo era como una estela luminosa
algo interminada. En torno de la forma de la cabeza de María había una corona
de ángeles. No podría decir que es lo que veían los presentes; yo sólo veía
que miraban hacia arriba, llenos de admiración y emoción. A veces, llenos
de maravilla, se echaban con los rostros al suelo.
Cuando
esta aparición se hizo más clara y se posó sobre el sepulcro, se abrió una
senda desde allí con su cuerpo, resplandeciente de luz, y se dirigió triunfante,
con el angélico acompañamiento, a la celeste Jerusalén.
Días
después, estando los apóstoles rezando en coro, llegó el apóstol Tomás con
dos acompañantes. Era uno el discípulo Jonatán Eleazar y un criado del país
de los Reyes Magos. Tomás quedó muy afectado al oír que María había sido ya
depositada en el sepulcro. Lloró amargamente y no podía consolarse de haber
llegado tan tarde. Con su discípulo Jonatán se echó de rodillas, llorando
muy afligido, ante el lugar donde había sido el tránsito de María. También
oró delante del altar allí erigido.
Los
apóstoles, acudieron a consolarlo con cariño, lo abrazaron y le ofrecieron
pan, miel y alguna bebida. Después lo acompañaron llevando luces al sepulcro.
Dos discípulos apartaron las ramas del arbusto. Tomás y Eleazar oraron delante
del sepulcro. Juan abrió las tres pretinas que cerraban el cajón. Dejaron
la tapa de un lado y vieron, con gran maravilla, el sepulcro vacío.
Sólo
estaban allí las sábanas y las telas con las que habían envuelto los sagrados
restos. Todo estaba en perfecto orden. La sábana estaba corrida por la parte
del rostro y abierta por la parte del pecho. Las ataduras de brazos y manos
aparecían abiertas, puestas en buen orden.
Los
apóstoles alzaron las manos en señal de gran admiración, y Juan grito: “No
está más aquí”.
Los
demás se acercaban, miraban, lloraban de alegría y admiración; oraban con
los brazos levantados y los ojos en lo alto, y se echaban al suelo pensando
en la luz que habían visto la pasada noche. Luego tomaron los lienzos y el
cajón consigo, como reliquias, y llevaron todo hasta la casa, orando y cantando
salmos de acción de gracias.
Cuando
llegaron a la casa, puso Juan las telas dobladas delante del altar. Tomás
y los demás rezaban. Pedro se apartó un tanto, preparándose para los misterios.
Luego celebró la Misa delante del crucifijo de María, y a los demás apóstoles
detrás de él, en orden.
Antes
de separarse los apóstoles para volver a sus respectivos países, fueron a
la sepultura, y cavando y echando tierra e impedimentos hicieron imposible
el acceso a la gruta. De una parte de ésta dejaron un acceso hasta la pared
con un pequeño boquete para mirar adentro.
Sobre
la gruta erigieron una capilla con maderas y esteras, cubierta con colgaduras.
El pequeño altar interior era de piedra con una grada también de piedra. Detrás
del altar colgaron una tela donde estaba bordada la imagen de María en su
vestido de fiesta.
El
jardincito fue transformado, como asimismo las estaciones del Vía Crucis y
recorrido entre rezos y cánticos. El espacio donde había tenido María su Crucifijo,
su altar y su dormitorio fue transformado en Iglesia. La criada de María ocupó
la pieza delantera y Pedro dejó allí a dos discípulos para cuidar a los cristianos
que vivían en los contornos.
Los
apóstoles se despidieron, después de abrazarse una vez más y de haber celebrado
la Misa en la pieza de María.
En la casa sólo queda Juan Evangelista; los otros han partido. Ví a Juan, en cumplimiento de la orden de la Virgen María, repartiendo sus ropas a su criada y a otra mujer, que venía con frecuencia a ayudar en los quehaceres de la casa.
Catalina
pudo ver que; en el armario Juan encontró algunos objetos procedentes de
los tres Reyes Magos. Vi dos largas vestiduras blancas, varios velos, colchas
y algunas alfombras. Vi también aquel vestido listado que María había llevado en las bodas de Caná y que se
ponía cuando hacía el Vía Crucis. Algo de ello fue a la iglesia. Con el hermoso
velo nupcial celeste, bordado de oro y sembrado de rosas, se hizo un adorno
sacerdotal para la Iglesia de Betesda. En Roma quedan todavía reliquias de
esta prenda.
Podemos imaginarnos el gran dolor por parte de aquella comunidad cristiana, al perder la compañía física en esos momentos de la madre del Hijo de Dios. María en todo momento representó y pasó a tomar el cargo de madre de cada uno de los apóstoles y discípulos de Jesús. Su figura amable, amorosa, siempre dispuesta a consolar y estimular en crecimiento de la doctrina cristiana, fueron sin duda fundamentales para que ellos se mantuvieran unidos y en movimiento.
Sabemos que por distancias no todos pudieron estar en los últimos momentos de María y recibir su bendición, como Jesús le había solicitado. En este acto aparentemente tan sencillo, podemos darnos cuenta la enorme importancia que tenía y tiene la figura de María, aún para su Hijo. El con esta petición la consideró y demostró así que su madre era una pieza fundamental en su plan redentorista. ¿Por qué?, preguntarán muchos y yo también lo hacía, bueno creo que las cualidades con que María fue creada la hacía y hacen de ella una creatura excepcional, una fortaleza inmensa sacada del centro mismo del dolor, al perder a su único hijo, la capacidad de obediencia, su inteligencia, recordemos que María no es sólo una mujer humilde y con dones espirituales, sino además inteligente, supo permanecer en un lugar estratégico al lado de su hijo sin provocar que su imagen fuese motivo de perturbación, conocía cada una de las palabras con las que Jesús le hablaba al pueblo, ya que al ser escogida por Dios mismo, ella resultaría por cierto beneficiada con un desarrollo de los sentidos más allá de lo común.
Estamos acostumbrados a escuchar por parte de la Iglesia la cantidad de cualidades de maría y su ejemplo no sólo como mujer, madre, esposa, amiga y compañera, sino además como hija de Dios, pero ¿comprendemos realmente lo que esto significa? Nos extraña de sobremanera el fenómeno de las apariciones en el mundo, y se duda de su veracidad por considerarlas fuera de toda lógica, diciendo muchas veces, que ella ya tuvo su participación y ahora es sólo Jesús. Pero mi pregunta es si el rol que María cumple para con la humanidad es la de una madre que cuida y protege, ¿cuándo termina éste rol?, ¿es acaso el fenómeno de las apariciones una ratificación a éste rol y el querer decir, primero que todo soy y seré madre de toda una raza que me fue entrega para su cuidado y yo humildemente he aceptado?
Cuantos de nosotros daríamos la mitad de nuestra vida, por volver a ver, o sentir siquiera las manos suaves y tersas de la mujer que nos engendró o a lo mejor a sentir el olor de la mujer que sin darnos la vida aceptó ese papel.
Madre, me dijo alguien una vez, no es solo la que da vida, sino la que acepta cumplir esa función más allá de la genética y creo que eso tiene sus méritos.-
Para terminar con esta primera parte de las Apariciones Marianas, veremos la primera manifestación de la ayuda de María hacia la persona del apóstol Santiago, considerada la Primera Aparición Mariana.-
De
Jerusalén viajó a Santiago, a través de las islas griegas y de Sicilia, hasta
España, deteniéndose en Gades.
Dejó en España a siete discípulos y se trasladó, pasando por Marsella, en el sur de Francia, a Roma. Mas tarde volvió a España y se dirigió desde Gades a través de Toledo, a Zaragoza.
Luego,
Santiago comenzó a predicar en Granada, fue tomado preso con todos sus discípulos.
Pasó grandes penurias e infortunios, en su deseo de proseguir su misión, recurrió
a la ayuda de María, que entonces vivía en Jerusalén, rogándoles lo ayudase.
Fue librado de modo sobrenatural, él con sus discípulos, de la prisión.
Le fue impartida la orden de María, por medio de un ángel, de ir a Galicia a predicar allí la fe, y luego volver a su residencia en Zaragoza. Más tarde Santiago y sus discípulos son nuevamente perseguidos en Zaragoza. Se refugió junto al río, cerca de los muros de la ciudad; pedía una señal para saber si debía quedarse o huir.
El
pensaba mucho en la Santísima Virgen y le pedía que rogara con él para pedir
consejo y ayuda a su divino hijo Jesús, que nada podía y puede negarle.
De
pronto Santiago ve un resplandor del cielo y aparecieron sobre él los ángeles
que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo
pie, en medio de un rayo luminoso señalaba un lugar, como indicando un sitio.
La
columna era bastante alta y esbelta, de un resplandor rojizo, como vetas de
varios colores y terminaba arriba como en un lirio abierto, que echaba lenguas
de fuego en varias direcciones; una de ellas iba al Occidente, hacia Compostela;
las demás en direcciones diversas.
En
el resplandor del Lirio estaba María Santísima, de gran belleza, transparencia
y delicadeza. Estaba de pie, resplandeciente de luz, en la forma en que solía
estar en oración cuando aún vivía en la Tierra.
Tenía
las manos juntas, y el largo velo sobre la cabeza, la mayor parte del cual
colgaba hasta los pies, como si estuviera envuelta en él. Posaba sus pequeños
y finos pies sobre la flor que resplandecía con sus lenguas.
Santiago,
entonces se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, recibió internamente
el aviso de María de erigir una Iglesia en ese lugar; ya que la intercesión
de María debía crecer como una raíz y expandirse. María le dijo que una vez
terminada la Iglesia, debía volver a Jerusalén.
Santiago,
llamó a los discípulos que le acompañaban y que habían oído la música y visto
el resplandor, les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba
desvaneciendo el resplandor de la aparición.
Luego,
Santiago forma un grupo de 12 discípulos, entre los cuales había hombres de
ciencia, éstos debían continuar con la obra, tan fatigosa, iniciada por él,
todo esto por orden de María.
Luego de la aparición, Santiago junto a sus discípulos
comenzaron a construir una capilla en donde se encontraba la columna, dándole
el nombre de "Santa María del Pilar". Este fue el primer templo
del mundo dedicado a la Virgen.
El
lugar, ha sobrevivido a invasiones de diferentes pueblos y a la guerra de
1936-1939, cuando tres bombas cayeron sobre el templo y no estallaron.

Esta maravillosa
basílica tiene once cúpulas y cuatro torres. La Capilla del Pilar es el lugar
en el cual se sitúa la columna sobre la que se apareció la Virgen a Santiago.
Según la tradición era una construcción externa al templo y que luego cuando
se reformó el lugar fue integrado en el interior de la basílica.
El lugar más sagrado del templo es la santa columna en donde apareció la Virgen,
éste pilar es de jaspe, mide casi
El Papa Clemente XII estableció la fecha del 12 de Octubre para la festividad de la Virgen del Pilar.
GLOSARIO
1.- Testigos de Fe.-
2.- Pieza de algunas cerraduras.-
3.- Aceite consagrado que se usa en la administración de algunos sacramentos.-
4.- Ornamento litúrgico consistente en una faja usada por los Papas y los Arzobispos.
5.- Aureola o círculo de luz.-
6.- Ultima de las cuatro partes iguales en que dividían los romanos el día artificial, y comprendía desde el fin de la novena hora temporal, a media tarde, hasta el fin de la duodécima y última, a la puesta del sol.
7.-
Son tejidos de espartos o juncos, también se cubren los suelos de las
habitaciones con las esteras.-
Elizabeth
Ramírez