HIROHITO TRUJILLO

“En algún año de la década del setenta, dos jinetes que bajaban del Alto Yaldad vieron a un niño desnudo que chapoteaba por los pantanos. Al principio, como los chilotes andan con la tontera de los seres míticos y las apariciones, se asustaron mucho. No era para menos. El niño, de unos siete años, cuando los vio, emprendió rápida carrera, saltando sobre el mallín, poniendo el pie preciso sobre las champas de pastos duras que sobresalían del agua. Era como si siempre hubiera vivido allí, como un ser de los pantanos que sabía exactamente dónde pisar para no ser tragado para siempre por el barro movedizo. En una isletilla fue que lo atraparon. Uno de los hombres bajó rápidamente del caballo para que el lazo con que lo habían cogido no le hiciera daño en la piel desnuda. Lo llevaron a Quellón. Ya se sabe que la familia Trujillo Subiabre lo adoptó como si fuera su propio hijo.
El primer tiempo de Hirohito en Quellón fue de perplejidad.
En contra de lo que pudiera pensarse, no era un niño díscolo, huraño o de modales ásperos. Su origen de venido de la selva, de arrastrado por el mar, no se condecían con el niño que durante mucho tiempo no salió a las calles del pueblo y prefería quedarse allí, quedito, mirando televisión. Nunca habló nada, y ese pitito que le sonaba desde el pecho que hacía un sonido como ito, ito, ito, no eran palabras que nacieran de la necesidad de querer comunicar o decir algo. Sino que era como un sonido corporal, como lo puede ser el ronroneo de un gato o el silbido de una serpiente.
Los niños del pueblo vivían impacientes. Rondaban la casa de los Trujillo con cualquier pretexto. Pasaban lentamente por delante de la puerta, a veces se detenían y trataban de entrever algo a través de una cortina, de un visillo corrido. Era una expectación que iba más allá de una actitud morbosa, de curiosidad malsana. En realidad, con la aparición de Hirohito en la calle, esperaban más que saciar la curiosidad infantil o el escuchar las aventuras absolutamente inéditas que podía contar un niño que había llegado por el mar. De verdad, de Hirohito las niñitas de Quellón esperaban que fuera un príncipe, un domador de toninas que algún día las llevaría a ras de mar, volando como quetros hacia ese lugar - lo creían maravilloso - de donde había venido. Lo mismo pensaban los niños. Cada uno de ellos se imaginaba a sí mismo poseyendo el misterio y las destrezas de Hirohito. Cada vez que pasaban por su casa, lo hacían en el secreto y la esperanza de que en su compañía emprenderían un vuelo por sobre la selva, por sobre las islas, por sobre las ballenas que nadaban en el Golfo y entonces tendrían una vida más entretenida.
Los sueños de los niños de Quellón no estaban lejos de los que sucedió cuando Hirohito comenzó a salir a la calle. Hirohito, el niño que caminaba tambaleándose, mecido, que daba unos pasos y se detenía, que daba dos más y volvía a detenerse; el que tartamudeaba y le inventaba nuevos nombres a las cosas; el que redescubría los hechos cotidianos y los sacaba de la ordinariez práctica, fue de inmediato el héroe de los demás niños de Quellón. Desde ese día en adelante, cosechar chupones, pescar peladillas y camarones con un junquillo con gusanos, o empujar jibias moribundas al mar, se transformaron en las más grandes y felices empresas humanas. Y todos los niños, de él fueron tomando esa lentitud, ese zigzagueo en la marcha, una especie de baile que hacía cuando caminaba y que lo impulsaba a devolverse, acercarse a las veredas, levantar los brazos, y así, hasta el caminar junto a él se fue haciendo una cosa bella, que daba alegría y que no tenía destinos ordinarios ni tiempos urgentes. Los niños no llegaban con el pan, no llegaban con la leña, se demoraban toda la mañana en ir a dar un recado a la abuela porque, claro, allí andaban por la costanera con Hirohito, inventando palabras, viendo animalitos en las nubes, danzando, mirando el horizonte y el cielo y conversando sobre lo que veían; porque esos lugares estaban llenos de seres, de colores, de maravillas que poblaban al pequeño pueblo que ahora, más que el adusto caserío mojado y humeante, parecía el meandro de un gran río encantado que, en su laberinto, le daba cobijo a travesuras y sueños serpentosos.
Cuando Hirohito terminó la Educación Básica y sus padres tuvieron que enviarlo a Castro, los adultos se tranquilizaron. Habían perdido autoridad sobre los niños. Durante años ellos habían vivido como en un jolgorio. Se la pasaban hablando de ciudades que se aparecían, de barcos de velamen blanco que desaparecían, de mensajes que se perdían en el aire, pero que allí mismo se quedaban revoloteando, esperando naufragios o buscando un montón de piedras, en cualquier playa donde guarecerse y esperar nuevos tiempos, un nuevo hombre que fuese capaz de construir sin miedo la felicidad.
La inequivalencia entre la vida extraordinaria de Hirohito y las convenciones que todo el mundo creía obligado a los hechos de la vida, en Castro fueron más notorias.
En el prestigioso y antiguo Liceo Politécnico le informaron de las menciones que se obtenían tras cursar la Educación Media: estas era Electricidad, Mecánica de Banco, Fresas y Tornos, y Carpintería de Ribera.
Lo que sucedió después nunca ha quedado claro, al menos, no se sabe si ello corresponde al ámbito de la ficción o si en realidad la personalidad o el aura de visionario de Hirohito lograron que cuando, con toda naturalidad expresó que, a cambio de lo que le ofrecían, quería estudiar Corte y Confección, esa casi absurda petición fuera considerada y adaptado todo el sistema escolar para agregar esa carrera a la malla curricular y, por supuesto, hacer que el viril Liceo de Hombres se transformara también en uno apto para señoritas.
Hirohito no completó los estudios medios que le llevarían a la mención de Diseño y Confección de Vestuario. Si hemos de creer al poeta Héctor Véliz, que fue su compañero de curso, al niño lobo sólo le bastó un año para aprender todos los secretos y posibilidades que, por ejemplo, como tela tenían las sabanillas y bordillos, tejidos a telar que hacían las antiguas artesanas de la isla.
Las noticias de sus palabras, sus ocurrencias y ese pensar que conectaba los actos más ordinarios con las figuras de malabar que tiene lo poético trascendían las calles, las tertulias, los pequeños viajes, y en el pueblo, aunque muchos le temían, hablaban de él como si hubiese sido el ángel que un día llevó la poesía a esa isla tan tediosa.
Un profesor de castellano, fascinado por su palabra, lo invitó a un Taller de Poesía. Ignorante de instituciones, Hirohito pronto se dio cuenta de que un lugar así era lo más lejano a la idea libertaria e innata que él tenía del acto creativo y, sobre todo, de la actitud ecléctica ante la vida. Díscolo, no obedeció ni hizo las tareas que le dieron. Indisciplinado, no acudía en el horario y el día que el Taller había fijado para sus clases. Lo más cercano que hizo, consecuente con los fines pedagógicos de la institución, fue comprarse un gran cuaderno de doscientas hojas y en cada una de ellas estampó un título: El tiempo en la costa, Poemas árticos, Los versos del capitán, El tiempote la sospecha, En el mudo corazón del bosque, La gallina castellana, Los buenos días, La vida difunta, y así, hasta llegar a doscientos.
Cuando el profesor, después de su clase de teoría, les pedía que sacaran una hoja y escribieran, por ejemplo, sobre la alegría de vivir, Hirohito hojeaba su cuaderno y escribía la vida difunta.
Cuando llevaba unos noventa poemas escritos, que siempre eran lo contrario o una burla a lo que el profesor pedía, este lo acusó al inspector de los poetas. El curso tiritó y quedó aterrorizado cuando el inspector lo llamó a su oficina. Allí, severo como era, le habló de la revolución, de la disciplina, de la conciencia y del oficio. El académico creyó dejarle claro que la poesía no era una cuestión de dones, de inspiración ni de genios personales sino, como cualquier trabajo, necesitaba de disciplina total, ocho horas diarias de esfuerzo, cientos de lecturas y, sobre todo, seguir el camino recto de la obediencia.”

(“Raín: Crónicas del último canoero”, extracto de la novela de Gustavo Boldrini, ediciones Kultrún, impreso en julio del 2006. Imprenta América, Valdivia, Chile).