CHAC MOL EN MARTI

Segunda Parte
Por Jorge R. Bermúdez

 

A falta de otra verdad que no fuera la recogida en periódicos y revistas, donde, por lo general, prevalecieron los criterios de los arqueólogos extranjeros, en particular, los de Le Plongeon, descrito por Martí como «anciano activo y revoltoso», de «indiscreto lenguaje y exagerada ambición», (1) es de inferir que no pocos hombres lúcidos de su tiempo, entre los cuales estaría nuestro Hombre Mayor, tuvieron que conformarse con su versión. Y aún más, que fuera ésta la que prevaleciera hasta mucho después.  A la luz de los nuevos estudios que se han sucedido en el tiempo sobre las culturas precolombinas, no todo encaja con la primera y apresurada lectura que sobre el dios de la lluvia hiciera Le Plongeon. Al igual que tantas otras obras de este período de la historia del arte americano, los caminos que llevan a desentrañar el origen y significado últimos de esta escultura ―y de las que se encontraron con posterioridad― están todavía por desandar en un buen trecho.   

En primer lugar, es obligado volver a su condición de «rey Tigre», el otro nombre con el que la bautizó el arqueólogo norteamericano, y que desde entonces a la fecha ha dado lugar a más de una conjetura y especulación. Para la investigadora francesa Laurette Séjourné, «el tigre ilustra la marcha y el combate». (2)  Mas, no hay que ser entendido en arte ni en arqueología para comprender que Chac Mol no es un dios de la guerra, aun cuando su pectoral en forma de mariposa sea un remitido al de los atlantes de Tula, cuya postura erguida sí podría relacionarse con la de guerreros en guardia. En cambio, «la guardia» del llamado Templo de los Guerreros de Chichén Itzá, en cuyo pórtico se ubica Chac Mol, sí se hace expresa en los bajorrelieves que ornan las columnas que rodean la base de la pirámide, al punto, de darle nombre a este conjunto arquitectónico. Pero este no es el caso de nuestra escultura. La postura de Chac Mol no evoca siquiera el reposo del guerrero, pues no tiene donde recostarse. El supuesto descanso que se infiere de la pose, es su mayor enigma. 

En cuanto a las representaciones escultóricas existentes del dios Tigre, sus características formales y conceptuales las hace diametralmente opuestas a las del dios Chac. Esta deidad felina (tigre o jaguar), entendida como uno de los cultos mayores de la hybris americana entre animal y hombre, se inscribe entre las grandes constantes míticas de las culturas precolombinas desde el altiplano boliviano hasta el mexicano, incluyendo las Antillas. Verbigracia, el hacha ceremonial taína de la región de Holguín, en Cuba. En la representación escultórica o en relieve de esta deidad felina, domina la geometrización, cuando no una figuración entre zoomórfica y antropomórfica, que, en no pocas obras, sí parece generar una suerte de expresión «soberbia y vengativa». Otro tanto sucede con los llamados mascarones en relieve del dios Chac, de trompa larga y enrollada, cuyo simbolismo y geometrización no guardan relación estilística ni conceptual alguna con las esculturas de bulto de Chac Mol. La talla y la sensibilidad artística dominantes en la ejecución de estas esculturas están más en correspondencia con la de la Chalchihutlicue, diosa del Agua de Teotihuacan, las máscaras de pórfido que reproducen a maravilla el tipo físico tolteca, y, sobre todo, con la de los colosales atlantes de Tula o Tollán, heredera cultural de aquélla y centro irradiador del mensaje cultural, artístico y religioso de Quetzalcóatl por todo el ámbito mesoamericano, que con cualquiera de las obras escultóricas, de bulto o relieve, relacionadas con el dios Tigre en la región.

Estas diferencias, sin embargo, no cuestionan la posibilidad de una antiquísima relación entre el dios de la lluvia y cierto culto de la fecundidad regido por una deidad felina, que parece presidió la teogonía olmeca en el período llamado por los arqueólogos preclásico (1500 a.n.e. al 200 d.n.e.), para luego extenderse por las demás culturas asentadas en la costa del Golfo (de México) y el istmo de Tehuantepec. El comentado culto generó toda una iconografía de bebés tigroides, cuyo origen se explicita sin rodeo alguno en dos esculturas de la región de Veracruz, que representan la cópula entre mujer y jaguar. De esta génesis contra natura se dio otra propiamente artística, que tuvo como asunto central una divinidad felina cuyas representaciones, «a menudo naturalistas, se humanizan a veces hasta no guardar más que un solo rasgo de la fiera, entre otros con el tamaño de la boca o la curvatura de los belfos». (3) Pero sólo en este aspecto religioso ancestral propio de los orígenes, y que los mitos asocian con el Quinto Sol ―era en la que también hace su aparición el Quetzalcóatl-dios de los toltecas de Teotihuacan―, se dio la relación. Su permanencia en ciertas comunidades y zonas de la costa este llegaría hasta la época de Le Plongeon y el descubrimiento de la escultura de Chac Mol. Es de presumir, que el incipiente estado en que se encontraban entonces las investigaciones de campo sobre estas culturas, la deficiente interpretación que de algunos de sus hallazgos arqueológicos hizo Le Plongeon ―empresa, por demás, aún harto compleja para los especialistas de hoy día―, la continuidad de una fuerte tradición oral entre los pobladores de las zonas donde excavaba ―por lo general, su principal fuente referencial para la búsqueda―, y, por supuesto, las antes citadas representaciones esculpidas del dios Tigre y los mascarones en relieve atribuidos al dios Chac, serían los principales factores que contribuirían a explicar su decisión de identificar al renovado dios de la lluvia del renacimiento de los itzaes, con el rey Tigre. Sobre el particular, nada más concluyente que la siguiente cita del arqueólogo cubano-mexicano Alberto Ruz  Lhuillier: (4) «Un explorador del siglo pasado puso el nombre de "chacmol" a este tipo de esculturas, nombre totalmente inadecuado ya que significa "garra roja" (uno de los nombres del jaguar). El error de Le Plongeon quizás se explique por la tradición de la existencia de un tigre rojo oculto en algún templo de Chichén Itzá. Tal tigre rojo fue efectivamente descubierto más tarde en el templo situado debajo del actualmente visible que se conoce como el Castillo. Se trata de un trono de piedra pintado de rojo en el que las manchas del jaguar están figuradas por placas de jade y sus ojos por bolas también de jade. En la mitología maya y mexicana el jaguar está asociado al sol y particularmente al sol nocturno; se suponía que al ser tragado por la tierra al atardecer, el astro se convertía en un jaguar que andaba silencioso en las tinieblas de los bosques. El jaguar se convirtió en símbolo de realeza y por eso el trono del jefe estaba cubierto con piel de un jaguar o tallado en forma de felino». (5) De la citada versión de Lhuillier, al igual que de las anteriores, se saca en claro dos cosas: los ya sabidos errores y arbitrariedades en que incurrió Le Plongeon, y, en consecuencia,  los obstáculos que en relación con nuestro objeto de estudio todavía quedan por salvar para clarificar la identidad y función que pudieron tener las esculturas de Chac Mol en su tiempo. En tanto, volvamos al nuestro, desde el descubrimiento de la primera en 1875 hasta hoy. Acaso, ¿no son veneradas por el pueblo e identificadas por los especialistas como las representativas del dios de la lluvia? ¿No siguen ahí, firmes y dignas, en su emplazamiento real o en uno supuesto, en el pórtico de un templo del posclásico o en uno más rebuscado de algún importante museo? De hecho, los valores estéticos, simbólicos y hasta históricos ―inferidos o reales― acumulados  y relacionados con esta deidad, un siglo después de entrar por segunda vez a formar parte de nuestra cultura, más que desmentir la condición de Chac Mol, dios de la lluvia, la reafirma, en tanto referente identitario de primer orden entre las imágenes que hacen la visualidad moderna y contemporánea de Nuestra América. ¡A fin de cuentas, qué mejor equívoco ―si lo hubo― que nombrar dios de la lluvia a quien nunca hizo nada por mudarse de la intemperie! 

 

                                                III

La otra vía cierta en cuanto al mestizaje estilístico que finalmente dio lugar a la(s) escultura(s) antropomórfica(s) de Chac Mol, viene, por supuesto, de la cultura maya del período clásico (200 al 900 d.n.e.).  Su precedencia en cuanto al correspondiente a la construcción de Chichén Itzá y la comentada pirámide templo donde se ubica, se caracterizó por un arte de los más maduros y refinados del pasado americano, el que dio en expresarse a través de una figuración más o menos realista, que tuvo en  la criatura humana el primer asunto de elección. Martí dijo de ellos: «…eran de pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora». (6) Y dijo más, cuando en su artículo Las ruinas indias, correspondiente al segundo número de La Edad de Oro (1889), escribió: «Pero las ruinas más bellas de México no están por allí (se refiere a las del Centro y el Altiplano), sino por donde vivieron los mayas…» (7) En este último artículo, el Apóstol evidencia un conocimiento del tema más decantado, dado los seis años transcurridos desde su primer escrito para la revista La América. Incluso los dos únicos grabados utilizados en Las ruinas indias corresponden a las ciudades mayas de Kabah y Uxmal, aun cuando el artículo se ocupa de toda el área mesoamericana, incluida la guatemalteca. Mientras que de las tres máscaras o rostros esculpidos que encabezan el texto, una de ellas, la del centro, parece responder al estilo tolteca de las antes citadas de pórfido, que, como ya se dijo, por la cronología, rasgos fisonómicos y técnica escultórica, se corresponde con la del Chac Mol de Chichén Itzá. Se sabe, por último, que el llamado Templo de los Guerreros, construcción dominante del paisaje urbano del gran centro ceremonial yucateco, descansa sobre uno más antiguo y sólido, el del dios Chac.  ¿Quién era en realidad este dios?

 

 

                                               IV

 

Para los mayas del período clásico, Chac fue el dios de la lluvia y, por asociación, del viento, el trueno y el relámpago, así como dios de la fertilidad y la agricultura. Sin embargo, no es hasta el período posclásico que esta deidad alcanzará una mayor veneración y hasta popularidad entre las clases pobres y trabajadoras, como resultado de la migración y reubicación de esta cultura en el norte de la península de Yucatán, donde las lluvias son escasas. En los tres códices que se conservan de la cultura maya, el Códice de Dresde, el Códice Tro-Cortesiano y el Códice Peresiano, la figura de Chac aparece 218 veces, mientras que la del dios primero y más importante de este panteón, Itzamná, Señor de los Cielos e hijo de Hunab Ku, el Creador, sólo se representa 103, y no se encuentra para nada en el códice Peresiano. Chac es la deidad central de la tríada de los dioses benéficos mayas: Itzamná, Chac y el Dios del Maíz; es decir, entre el dios de los cielos y el del cultivo sobre el que se sustenta toda la civilización americana. Jerarquía que revela su real importancia, si se tiene en cuenta que esta cultura llegó a tener a finales del posclásico un estimado de 160 dioses; mientras que la creación de la criatura humana según el Popol Vuh o «libro de los quichés», sólo se logró ―luego de varios intentos infructuosos por parte de los dioses― de granos de maíz.

La intervención de Chac fue siempre más requerida por el maya corriente, que la de todos los demás dioses combinados. Su importancia fue tan excepcional, que le dio nombre a los cuatro puntos cardinales del mundo maya. Esta singular función hizo que se subdividiera en cuatro dioses o Chaces: Chac Xib Chac, el Hombre Rojo, Chac del Este; Sac Xib Chac, el Hombre Blanco, Chac del Norte; Ek Xib Chac, el Hombre Negro, Chac del Oeste; y, Kan Xib Chac, el Hombre Amarillo, Chac del Sur.  El Chac correspondiente al Oriente (Likin), está asociado con el Sol y, por extensión, con el color rojo y la sabiduría.

También a Chac se le identificó con el mes llamado Mol, octavo del calendario maya. Mol era el mes de la renovación, cuando todo género de utensilios, desde los libros sagrados hasta las piedras de moler de las mujeres y las puertas de las casas, se pintaban de azul. Este color, con el correr del tiempo, dio en llamarse «azul maya». Sacerdotes y guerreros, milperos y colmeneros, vírgenes y jóvenes, celebraban la ocasión. Para todo maya, Mol era el mes de «rehacer los dioses», y para ello se escogían, entre los artistas del pueblo, el escultor que transformaría el cedro o kuché, cuyo significado es «árbol bueno», en divinidades. Aislado en una cabaña de paja, que la familia elegida le hacía para la ocasión, esculpía los ídolos de madera que, por un nuevo período, el cabeza de familia arroparía con fe inquebrantable en una cesta hecha de fibra de maguey. Mol, sin dudas, no podía parecerse más a Chac, y viceversa. La renovación de los ídolos, por último, concluía en celebración. Comidas, danzas, cantos y apareamientos… contribuirían, un vez más, a hacer del dios de la lluvia y la fertilidad, ¡el de la vida!

¿Es esta una versión animada de las posibles obras y etapas por las que los pueblos mayas llegaron a representarse sus dioses, o la última de un tiempo primigenio? Actuales investigaciones creen relacionar los primeros pobladores del lugar con determinados restos humanos encontrados en el fondo de los cenotes o pozos de la zona de Chichén Itzá, cuyo ADN mitocondrial no se corresponde con el de los hombres que cruzaron el estrecho de Behring. Martí, al referirse en Las ruinas indias al estado de abandono de la otrora gran ciudad, escribe: «Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o se toca,  nada hay que no tenga una pintura finísima o curvas bellas, o una escultura noble, de nariz recta y barba larga». (8) El subrayado no es gratuito. Su observación, como se aprecia, por una parte, apunta a un tipo humano cuyos rasgos fisonómicos bien lo emparienta con  el Quetzalcóatl de Tula, y hasta con el Chac Mol, y, por otra, con la supuesta raza proveniente del este y llegada por mar de que hablan los mitos, y que la ante comentada exploración submarina de los cenotes, supuestamente, pretende demostrar. Pero ahí no queda su texto: «En las pinturas de los muros (…) hay procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parecen que miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de negros con pelo rizado; y todo con el perfil firme…» (9) Esta última observación de Martí, igual nos sugiere otro éxodo o corriente migratoria proveniente del este, pero esta vez relacionada con una de las culturas más antiguas de México, la Olmeca. En uno y otro caso, el Maestro aspira a hacer ver la importancia del mar como camino de contacto entre los pueblos más antiguos, y no ese obstáculo, a veces insalvable, como se solía presentar en no pocos libros de texto. En consecuencia, habla de los mayas de Yucatán, como «del pueblo que echó sus barcos por las costas y ríos de toda Centro América, y supo de Asia por el Pacífico y de África por el Atlántico». (10)Y todas estas hipótesis ―por entonces, más que novedosas, inaceptables― en un artículo para los niños de América, setenta años antes de la expedición de la Kon Tiki y casi un siglo antes de la Rá.

También su descripción de Chac Mol es tan vívida como sugerente. En las dos ocasiones que lo hace, en las notas de la «Sección Constante»del diario caraqueño y en el artículo de la revista La América, no pasa por alto que el dios yace  «con la cabeza alta, y vuelta hacia el Oriente». (11) Pero, ¿cuál es el Oriente de Chac Mol? La ciudad de Chichén Itzá, ubicada en el extremo norte de la península de Yucatán, tiene por «oriente» el archipiélago cubano y el de las Bahamas, y, más allá, el Atlántico…  o la Atlántida. (12) También en esa dirección sitúa el mito la transformación de Quetzalcóatl en lucero del alba (Venus).

Dos son los mitos a relacionar con este extraordinario personaje-dios: uno de carácter religioso y otro histórico. Según la Sejourné, para lograr su fusión, uno y otro deben renunciar a su forma, sufrir el sacrificio y aceptar deshacerse para que alguna otra cosa se haga. Ambos, también, se complementan, aun cuando la antigüedad del primero, que nos remite a los orígenes mismos del pueblo teotihuacano durante la llamada era del Quinto Sol, luego de que los hombres derrotaran a la raza de los Gigantes, encerraría tanto una concepción religiosa como una idea poética. El pájaro (quetzal) simboliza el cielo y, por extensión, el Sol. La serpiente (coatl), la materia, la tierra. Los dos símbolos se dan en relación con el movimiento. La relación es dialéctica: en tanto el pájaro aspira al suelo, la serpiente se levanta al cielo. Cuerpo y alma: alianza creadora entre materia y espíritu. Con la llegada del hombre a Teotihuacan, centro y origen de las culturas mesoamericanas y, por extensión, lugar donde los dioses crearon el mundo, pájaro y serpiente devienen atributos del primer Señor, Quetzalcóatl. En él se proclama el origen humano de la divinidad. Es el primer hombre en convertirse en Dios y, por consiguiente, título de todo gran sacerdote y soberano reinante con posterioridad a él en la región. La recurrente omnipresencia de Quetzalcóatl llegaría hasta la caída del imperio azteca, tal y como lo corrobora el hecho de que su más alto dignatario sacerdotal también recibía este título.

 

Teotihuacan fue abandonada en el siglo VIII, hecho que coincide con el final del período mesoamericano denominado clásico. Sobre el particular escribe Manuel Galich: «Hay algo que intriga y sorprende y es que, por la misma época, se haya operado el mismo abandono en las grandes capitales urbanas o ceremoniales de toda el área mesoamericana, tanto en la costa del Atlántico, como en la zona de Oaxaca, en el altiplano mexicano y en los suntuosos centros mayas de El Petén guatemalteco, como si toda la extensa región hubiera sido sacudida por un cataclismo social que hubiera operado reacciones en cadena». (13) Dos siglos después, nuevas migraciones e invasiones darían lugar a un reordenamiento de la geografía y la sociedad mesoamericanas, y, con él, a la fundación de nuevas ciudades, ligas e imperios. Entre las ciudades del posclásico, dos centran nuestra atención: la neotolteca Tula Xicocotitlán o Tollán, como figura en el mapa del imperio mexica, de Clavijero, en su Historia Antigua de México, y la neomaya Chichén Itzá, en el extremo norte de la península de Yucatán. Con Tula Xicocotitlán se identifica el ámbito socio-cultural de la parte propiamente histórica del otro mito relacionado con Quetzalcóatl; mientras con Chichén Itzá, el nuevo canon estético que identifica al dios maya de la lluvia con el singular patrón escultórico representativo del Chac Mol.

En lo que concierne a la etapa de Tula, el mito adquiere matices legendarios: este se inicia con la infancia, adolescencia y primeros años de madurez de Quetzalcóatl.  En apretada síntesis, el joven Topiltzin (nombre del futuro Quetzalcóatl), descendiente de la antigua estirpe de los toltecas de Teotihuacan, queda huérfano de padre, al morir este a manos del usurpador de su trono en Culhuacán. El joven se cría y educa con la familia materna hasta llegar a alcanzar la jerarquía de sacerdote del dios Quetzalcóatl. Ya adulto e investido de tal dignidad, parte hacia Culhuacán, donde combate y venga la muerte del padre, el príncipe Mixcóatl, y se convierte en señor supremo de su pueblo. En el 980, funda Tula Xicocotitlán, nueva capital de los toltecas. Durante su reinado le enseñó a estos el arte del tejido, la escritura, el calendario, la medicina y el movimiento de los astros… Y repudió los sacrificios humanos. Pero, como bien escribió Martí, «El hombre en cuanto descubre una fuerza, la ataca». Y la de Quetzalcóatl era la fuerza suprema, la del amor en su acepción más amplia. De ahí que los mitos relacionados con los toltecas hagan referencia al conflicto entre cultos, simbolizado por la lucha entre Quetzalcóatl y los dioses guerreros de las tribus recién llegadas del Norte. Un culto ilustre sustentado en la Naturaleza, y un origen y dios únicos, cedieron su lugar a uno o varios de carácter politeísta, con los cuales los pueblos llegados últimos legitimaron su poder sobre los ya existentes en la región, previo sometimiento por la guerra y posterior apropiación de los conocimientos acumulados durante siglos. Estos hechos devienen un mito en extremo poético ―tal vez, por humano―, cuando dan en expresarse desde el propio martirio del soberano o sacerdote supremo Quetzalcóatl. Tentado por sus opositores a embriagarse y yacer con mujer, el sumo sacerdote y rey quebranta el código moral y ritual del antiguo culto quetzalcotliano… Confrontado por su propia imagen, expiará su falta con el destierro. Al frente de sus seguidores, inicia el éxodo hacia el oriente, hacia la costa del Golfo (de México).  Allí, levanta la hoguera purificadora que lo elevará al espacio, para encender con su luz, hecho lucero, las tardes y amaneceres del hombre.

Este magnífico mito, como puede verse, tiene un final abierto,  contiene una promesa tan vasta como el firmamento. Quetzalcóatl, antes de elevarse, promete volver. Quetzalcóatl era blanco y barbado. En ello hay total acuerdo. Tal final e identidad, unido a malos augurios y dudas interminables, le facilitaron a Hernán Cortés ―aunque ajeno a ello en un principio― la conquista del imperio azteca; a Moctezuma, la caída. Y a Le Plongeon, según nos refiere Martí, que los indígenas le indicaran el lugar donde estaba la escultura del dios Chac, «merced a la semejanza» que su rostro tenía con otra que representaba a un supuesto Mesías, que regresaría a redimirlos. El mito, de esta forma, interviene de manera directa en el hallazgo de Chac Mol. Pero, siete siglos atrás, aproximadamente, ¿qué o quiénes propiciaron el encuentro entre el personaje central del mayor de los mitos del humanismo mesoamericano y el más venerado de los dioses mayas? 

 

«Los teotihuacanos ―dice Galich― fueron más filósofos que guerreros, y su dominio fue religioso y cultural. Y el comercio su vehículo». (14) Martí, por su parte, habla de Tula, como «la ciudad de la gran feria». (15) El mito del éxodo de Quetzalcóatl desde el altiplano a la costa del Golfo, aun cuando se sustenta en un hecho histórico ocurrido a fines del 900, por su particularidad de potenciar el poder de la poesía como una forma de salvación del mundo, bien puede interpretarse como una suprametáfora de aquellas oleadas migratorias que, al igual que en los inicios del período clásico, llevó a Adrián Recinos a decir, en su versión del Popul Vuh, que los antiguos toltecas, en su unión con los mayas del sur, habían dado origen a las naciones indígenas en Guatemala. La versión de Recinos se reeditará en el posclásico: período con el que se relaciona la llegada de los toltecas y su caudillo Quetzalcóatl a Yucatán, Campeche y Quintana Roo, y la fundación por aquél de la ciudad estado de Mayapán, que terminó por darle nombre a la gran Liga constituida por dicha ciudad, más las de Uxmal y Chichén Itzá. Sin pasar por alto guerras e invasiones ―que las hubo, en tanto otra vía, aunque cruenta, igual de propiciatoria para el mestizaje cultural―, es un hecho que el distanciamiento y la enemistad entre los pueblos mayas y los de la meseta quedaron superados ―una vez más― en razón del intercambio comercial y cultural. En este nuevo contexto y en una situación geográfica que devino entonces cruce de culturas, floreció Chichén-Itzá, «La Meca del nuevo imperio», como la llamó Morley. Quetzalcóatl fue incorporado, como deidad máxima, a la teogonía maya con el nombre de Kukulkán, a cuyo culto debió estar dedicada la estructura piramidal de nueve pisos conocida en la actualidad como El Castillo. Otros edificios notables son El Caracol u observatorio astronómico y el Templo de los Guerreros. Es en este último templo donde mejor se mestizan las concepciones arquitectónicas mayas con las del altiplano mexicano, en particular, las de Tula Xicocotitlán o Tollan, capital de los nuevos toltecas, cuyo supremo sacerdote y gobernante fuera Quetzalcóatl. En razón de tan soberano mestizaje, las columnas del templo que remata esta estructura piramidal tienen por diseño el de la Serpiente Emplumada. Pero, ¿por qué Chac Mol y no otra deidad preside la entrada al templo?

En principio, digamos que también aquí está presente el mestizaje cultural, al corresponderse el dios de la lluvia y la fertilidad mayas con el bien mayor que el Quetzalcoátl otro, en su condición primera de divinidad de Teotihuacan, le legó a los pueblos del altiplano mexicano: la agricultura. A nadie escapa que en estadios civilizatorios como el que da origen al extraordinario mito-personaje, el conocimiento y desarrollo de la agricultura implica la liberación del hombre de la incesante búsqueda de alimentos. En América, como en cualquier parte, este paso permitió la base material necesaria para el surgimiento y florecimiento de manifestaciones supraestructurales como la religión, el arte y la arquitectura, entre muchas otras. También la especialización de los individuos según sus habilidades. Al dominar la agricultura, el hombre americano no sólo miró a la tierra, sino también al cielo. Todo o casi todo se hizo entonces sagrado… Alcanzó un espíritu. El poder de las castas sacerdotales toltecas y mayas ―como las de cualquier otra cultura en tal estadio de desarrollo― se sustentó desde entonces en sus conocimientos sobre el movimiento de los astros, y su aptitud para asentar en listas o libros datos astronómicos y calendáricos, predecir eclipses y apariciones y desapariciones de Venus, etcétera. Sirva de ejemplo el siguiente dato: la duración del año, según la astrología moderna, es de 365, 2422 días, mientras que la del año maya es de 365, 2420 días (500 d.n.e.), cómputo que resultó más exacto que el de la reforma del calendario introducida por el papa Gregorio XIII, mil años después (1582). A los ojos del pueblo maya, estos conocimientos eran la mejor prueba del poder de las castas sacerdotales y su íntima comunión con las deidades más prominentes de su panteón, identificadas con el Sol, la Luna, Venus, etcétera. Distante de las supuestas grandes verdades de sus sacerdotes, el maya común siempre se sintió más cerca del único gran dios que podía palpar, interpretar y hasta disfrutar: el de la lluvia. En el posclásico este culto alcanzó su más solemne estado, como ya se explicó, al asociarse Chac con el supremo Quetzalcóatl o Kukulkán. A partir de este momento las relaciones entre ambas deidades se sucedieron y fortalecieron. La renovación del templo de Chac Mol aconteció en el mes Yax, cuyo patrono era Venus. Igual de sorprendente es la relación simbólica que con el oriente identifica a ambas divinidades. Quetzalcoátl viaja hacia el este de México para su purificación, y Chac dirige su mirada en esa dirección. El mito quetzalcoátliano tiene su origen en el origen mismo del mundo americano. Así lo evidencia el templo dedicado a esta divinidad en Teotihuacan, el más antiguo del grandioso centro ceremonial de los toltecas clásicos, civilización gestora de gran parte de los conocimientos que atesoraron los pueblos que le sucedieron en la región. Este templo, sin embargo, lo comparte Quetzalcóatl con otra deidad: Tlaloc, el dios tolteca de la lluvia y, con posterioridad, de los aztecas. Tlaloc fue a toltecas y aztecas, lo que Chac a los mayas. En alfardas y tableros Quetzalcóatl (la serpiente-la tierra) alterna con Tlaloc (la lluvia). Los espacios que deja su cuerpo ondulante al simular su eterno recorrido por la pirámide, lo llenan conchas de mar traídas del Caribe (el primer mar del oriente maya). Una de las escalinatas centrales del templo piramidal El Castillo, de Chichén Itzá, simula el movimiento de una serpiente al caer sobre ella la luz solar durante el equinoccio de primavera. ¿Casualidad o universalidad? Digamos que lo último. La conexión, como se infiere de estos datos y relaciones, y tal y como había ocurrido en el plano económico y social representativo de los períodos de las grandes marchas migratorias, se extraterritorializa, para involucrarse con un espacio histórico y cultural más universal, en el entendido de uno continental o precolombino, que en los casos de Quetzalcóatl y Chac Mol, tiende a darse por la materialización simbólica de un «oriente» propiamente mexicano. En consecuencia, las correspondencias apuntadas se confirman sobre una tierra cargada de sentido. El Quetzalcóatl que promete volver antes de elevarse desde la hoguera purificadora, lo hace frente al mismo mar hacia donde mira Chac. Los dos son dioses benéficos, imprescindibles… Uno se eleva al cielo para convertirse en lucero, el otro cae de él convertido en lluvia. Los dos se realizan por y para el hombre. Mirar los mitos de soslayo, como a veces acostumbran algunos estudiosos, es dejar de ver una parte importante de la historia que trataron de contarnos nuestros más jóvenes antepasados. El adjetivo no es gratuito. En términos culturales, cada nueva generación es más vieja que la precedente, porque es portadora y responsable de una mayor experiencia acumulada. De ahí que las conclusiones que podamos sacar de los mitos relacionados con dos de los dioses mayores de la teogonía y el humanismo americanos, en cierta medida estén ya expuestas en el siguiente párrafo de la arqueóloga francesa Laurette Sejourné: «La historia de la arqueología mexicana de los últimos cuarenta años no es más que el descubrimiento progresivo de las relaciones que mantenían entre sí los diferentes grupos étnicos desde lejanas épocas y de la universalidad de un pensamiento que cada grupo expresa mediante un estilo personal». De esta suerte renacería Teotihuacan en Tula Xicocotitlán, y el mito genésico de la Serpiente Emplumada en el Quetzalcóatl histórico. Y, de ambos, de Tula y Quetzalcóatl, la renovada Chichén Itzá y el nuevo culto al dios de la lluvia.

 

Notas, Bibliografía 

1. Lauretté Sejourné. Ob.. Cit., p. 245.
De Quesada y Miranda, Gonzalo: Iconografía martiana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985,  t. 8, p. 328.

2. Laurette Sejourné. Antiguas culturas precolombinas, Editorial de Ciencias    Sociales, La Habana, 1974, p. 263.
3. Laurette Sejourné. Ob. Cit. pp. 187-188.

4. Alberto Ruz Lhuillier descubrió en el llamado templo de las Inscripciones de Palenque, en el verano de 1952, la tumba del gran soberano maya Pacal, primera hallada en América en el interior de la base de una gran pirámide. A inicios de los 90, en otro templo piramidal de dicha ciudad, fue encontrada otra tumba, esta vez, perteneciente a una mujer, que, a falta de identificación, por el momento, se le ha llamado la Reina Roja, por encontrarse su cuerpo untado con cinabrio. (N. del A.)

5. Alberto Ruz Lhuillier. La civilización de los antiguos mayas, Editorial de Ciencias Sociales, 1974,  p.122.
Otra hipótesis da a entender que las esculturas de bulto de Chac Mol eran braceros, donde se quemaba la sangre de las vírgenes sacrificadas, la que al ascender convertida en humo, alimentaba a los dioses, quienes en pago propiciaban la lluvia. (N del A.)

6. La Edad de Oro. Ob. cit., p. 55.

7. Ibídem., p.54.

8. Ibídem., p. 56.

9. Ibíd.

10. Ibíd.

11. José Martí. O. C., t. 8, p. 328.

12. En carta de Le Plongeon publicada originalmente en la obra de Stephens Salisbury Dr. Le Plongeon in Yucatán, his account of discoveries, y traducida al español por Jesús Sánchez en 1877, aquél observa que las sandalias que calza Chac Mol, son diferentes a las usadas por los actuales yucatecos, «asemejándose a las que se hallaron en las momias de los guanches, habitantes antiguos de las Islas Canarias». César Macazaga Ordoño. Ob. Cit. pp. 76-77.

13. Manuel Galich. Nuestros primeros padres, Colección Nuestros Países, Casa de las Américas, 2004, p. 94.

14. Manuel Galich. Ob. cit., p. 96.

15. La Edad de Oro. Ob. cit.,  p. 54.

Libros

- El Libro de los Libros Chilam Balam, Fondo de Cultura Económica, México - Buenos Aires, 1963.

- Galich, Manuel: Nuestros primeros padres, Casa de las Américas, La Habana, 2004.

- Leal, Rine: De Abdala a Chac Mol, Anuario Martiano,  Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1977.

- Martí, José: Obras completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1965.

- La Edad de Oro, Editorial Letras Cubanas y Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1989.

- Morley, Sylvanus G.: La civilizaciónn maya, Fondo de Cultura Económica, México, 1961.

- Popol Vuh: libro del común de los quichés, Ediciones    Casa de las Américas, La Habana, 1969.

- Ruz Lhuillier, Alberto: La civilización de los antiguos mayas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974.

- Séjourné, Laurette: Antiguas culturas precolombinas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974.

- Vaillant, George C: La civilización azteca, Fondo de Cultura Económica, México, 1960.