CHAC MOL EN MARTI

 

Jorge R. Bermúdez

pmsubirats@cubarte.cult.cu

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

 

                                                        ¡Robaron los conquistadores una página al Universo!

Aquellos eran los pueblos que llamaron a la Vía Láctea «el camino de las almas».

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                                                                                                                            José Martí

                                                     «El hombre antiguo de América y sus artes primitivas»

                                                                           La América, Nueva York, abril de 1884

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                     I

 

 

 

Quizás una de las esculturas más controvertidas y, a la vez, más admiradas de la estatuaria precolombina, sea la de Chac Mol. Como toda obra de arte verdadera, ella representa y significa, sugiere y oculta, llama a la reflexión y a la contemplación. Todo en ella es enigmático… Y, a un tiempo, benéfico, alentador. Si bien hasta el presente han sido encontradas más de cien versiones escultóricas de este dios, la más notoria y, tal vez, la más bellas, es la primera, descubierta en octubre de 1875, aproximadamente, (1) por el arqueólogo norteamericano Augusto Le Plongeon, durante sus excavaciones en Chichén Itzá, (2) ciudad de la cultura maya del llamado período posclásico (900 al 1500 d.n.e). (3)

 

Imágenes de la obra CHAC MOL  de Ciudad Habana

 

 

Por la fecha del hallazgo de Chac Mol, la imagen fotográfica se había convertido en uno de los medios auxiliares más importantes del nuevo momento que vivía la arqueología. En el uso de esta imagen técnica aplicada al develamiento de la cultura maya, la primicia había correspondido al francés Claudio Charnay, quien a mediados de siglo tomo in situ las primeras fotos –aún muy deficientes en cuanto a la calidad del revelado– de las ciudades mayas en ruina. A Charnay le siguió Mudslay hacia 1880, quien ya hizo uso de los adelantos de la fotografía, plasmando con verdadero realismo lo visto. Proceso que, cuatro años después, culminó el austriaco Maler, último de esta progenie de arqueólogos fotógrafos en Yucatán y Centroamérica. A ella, en cierta medida, perteneció también el arqueólogo norteamericano Augusto Le Plongeon, aunque con propósitos más encaminados a lucrar a costa de esta ciencia, que a develarle al mundo una de las culturas más extraordinarias y menos conocidas por entonces del planeta.

 

En una primera etapa, que iría de 1874 hasta mediados de 1875, Le Plongeon y su joven esposa inglesa, se dedicaron también a tomar fotos de los monumentos arqueológicos existentes en Chichén Itzá, Uxmal y regiones aledañas, así como a levantar planos de los mismos, con los cuales conformaron el dossier que enviaron al Ministerio de Fomento con el propósito de obtener los derechos de autor. (4) Poco después ocurriría el hallazgo de la primera escultura de Chac Mol. Ello aconteció gracias a la información que le brindaron los indígenas que trabajaban para él, quienes al verlo blanco y barbado, creyeron identificarlo con un supuesto Mesías que vendría a redimirlos. (Este episodio se recoge más adelante en las propias palabras de José Martí.) Sin embargo, para Juan Peón Contreras, director del Museo Yucateco y uno de los principales protagonistas del rescate de la escultura, el hallazgo fue resultado de una experiencia mística del arqueólogo norteamericano. Según su testimonio, luego de una intensa meditación por parte de Le Plongeon, este salió «corriendo presuroso y sin vacilar a determinado sitio, e hiriendo altivo la arena con el pie, dijo: “¡Aquí está!” ¡Y ahí estaba!». (5) Y prosigue Contreras: «Empleando una talanquera de troncos de árboles y bejucos, e improvisando un cabestrante de sogas, hechas con la corteza del jabín, a fuerza de perseverancia pudo conseguir el sabio Le Plongeon, sacar a la superficie de la tierra el tesoro arqueológico más notable, descubierto hasta hoy en Yucatán. Desconociendo las leyes del país el viajero americano, creyó entonces podía llamarse propietario de la estatua, y en un carrito construido improvisadamente, logró llevarla en quince días hasta el pueblo deshabitado de Pisté, dos millas de las ruinas, ocultándola en las inmediaciones del referido pueblo mientras se cercioraba sobre sus pretendidos derechos». (6) Con tal propósito, Le Plongeon fue a Mérida a entrevistarse con las autoridades gubernamentales, quienes le ratificaron que la escultura descubierta pasaba a ser propiedad del estado mexicano. No satisfecho –como era de esperarse–, elevó su protesta por escrito al presidente de la República, Sebastián Lerdo de Tejada. Como la carta fue respondida en términos pocos favorables a sus pretensiones, apeló a su condición de ciudadano de una naciente potencia, y le escribió un memorial a su ministro en México, John W. Foster; pretendiendo probar que el hallazgo se había efectuado en territorio de los indios de Yucatán, no sujeto al dominio de México. Pero tampoco esta gestión prosperó. Para mayor dificultad, México entraba en uno de sus tantos períodos de crisis política, que culminaría con la caída del gobierno liberal de Lerdo de Tejada –al cual se adhiere Martí durante su primera estancia en este país– y la asunción al poder del general Porfirio Díaz. Bien porque la nueva situación política no le dejó otra alternativa, obligándole a esperar una ocasión más propicia para continuar sus gestiones legales relativas a la propiedad de la escultura, o bien porque ya estaba dispuesto a sacarla clandestinamente del país con destino a California –como finalmente intentó, sin resultado alguno–, Le Plongeon ocupó los siguientes meses en visitar otras ruinas, antes de residir en Cozumel e Isla Mujeres. Su estancia en estas dos islas y, en particular, en la última, le reportó cierto ahorro a su ya precaria economía, en tanto ganaba tiempo para su plan a relativa distancia del conflicto político entre lerdistas y porfiristas. Finalmente, los partidarios del general Porfirio Díaz establecieron su orden en la península. La nueva situación sorprendió al arqueólogo-fotógrafo en Isla Mujeres. Ocasión que aprovechó Juan Peón Contreras para gestionar ante el gobernador del Estado, general Protasio Guerra, el traslado de Chac Mol al Museo Yucateco.

 

Imágenes de la obra CHAC MOL  de Ciudad Habana

 

El primero de febrero de 1877 salió de Mérida una columna armada con la misión de rescatar y trasladar a esta ciudad la valiosa escultura. El traslado de la pieza se hizo en un nuevo carro, que fue arrastrado por más de 150 indígenas, alternativamente, «los cuales, en su fanatismo supersticioso, aseguraban que durante las altas horas de la noche, oían de boca de la efigie las palabras Conex, Conex, que significa en su idioma: “vámonos, vámonos”». (7)  El 26 de dicho mes y año, la escultura llegó a Izamal, donde fue recibida por una alborozada muchedumbre que le dio vivas y le dedicó «brillantes composiciones alusivas». Y a Mérida, la mañana del primero de marzo. En la Ciudad Blanca, el recibimiento rayó en apoteosis. Aquí, por último, se le ubicó en el Museo Yucateco, bajo un zócalo de madera y sobre el mismo carro rústico que la había trasladado seis leguas por el casi inaccesible terreno que comunicaba a Pisté con Oitas, «donde comienza la vía ancha». Allí aguardaría su definitivo traslado al Museo Nacional de México, lo que aconteció el mismo año, por disposición del nuevo gobernador Agustín del Río, no sin la protesta de la población meridana, que ya la veneraba como su mayor reliquia.  

 

Desde la exhumación de Chac Mol hasta su traslado a Mérida, transcurrió algo más de año y medio, período este no siempre bien datado por la cronología y los textos que recogen ambos sucesos, incluidos los martianos. A lo que no menos contribuyó el carácter cuasi clandestino del descubrimiento y los mezquinos intereses que alentaron el trabajo arqueológico de Le Plongeon en la región. Igual de probables fueron las circunstancias que llevaron a José Martí a conocer in situ a Chac Mol, ya que sobre el particular no existe nota o documento alguno –hasta el momento– escrito por él o por quienes lo acompañaron durante su visita a Mérida.

 

Proveniente de La Habana, donde permaneció dos meses encubierto con su segundo nombre y apellido, Julián Pérez, llega Martí en el vapor City of Havana a Puerto Progreso, Yucatán, el 28 de febrero de 1877. Desde este puerto le escribe a su amigo mexicano Manuel Mercado: «Mañana voy a Mérida: y de aquí a 5 días volveré a embarcarme para Isla de Mujeres, oasis de este mar». De lo que se infiere que su segundo arribo a tierra mexicana coincidió con la entrada de Chac Mol a Mérida, el primero de marzo. Tal coincidencia no podía hacer más mágica la relación que a partir de entonces se estableció entre el nuevo dios y el futuro apóstol. En Mérida, conoce a Juan Peón Contreras, hermano del dramaturgo José Peón Contreras, su amigo de Ciudad México, quien le propicia el encuentro. También se relaciona con la pequeña pero unida colonia cubana de Yucatán, en particular, con Rodolfo Menéndez de la Peña y el poeta Alfredo Torroella. (8)

 

Menéndez de la Peña era uno de los exiliados de más prestigio en el ámbito intelectual yucateco, y amante de las culturas prehispánicas. Al paso de la escultura de Chac Mol por Izamal, donde radicaba el cubano, le compuso un poema de igual título y se unió al contingente que, encabezado por Juan Peón Contreras, trasladaba la pieza hacia la capital del estado. Es de suponer que tales amistades llevaran a Martí a conocer Chichén Itzá y Uxmal y, por supuesto, a Chac Mol, por entonces instalado en la calle La Mejorada, en Mérida. Se dice, además, que Martí escuchó las explicaciones que dictó Peón Contreras relativas al dios y a su descubrimiento. Si hasta el momento no se ha encontrado nota o documento alguno que confirme estas y otras suposiciones, sí hay una mención del Maestro al esforzado amigo meridano en el más amplio artículo que escribiera sobre la escultura y que publicara en la revista La América de Nueva York, seis años después: «Débese buena porción de estos hallazgos a un hombre enfermo que parece caballero empobrecido de las Edades Medias, y es hermano de un poeta eminente, que teje lindos dramas: José Peón Contreras». (9)

 

Llama la atención que Martí, adicto a escribir sobre todo lo que de interés a diario veía, dejara esta estancia en Yucatán, relevante en más de un sentido para él, sin un solo testimonio salido de su pluma. Él mismo  nos confirmará lo antes dicho un mes más tarde, en carta dirigida al secretario de relaciones exteriores de Guatemala, Joaquín Macal: «Mi oficio, cariñoso amigo mío, es contar todo lo bello, encender el entusiasmo por todo lo noble, admirar y hacer admirar todo lo grande. Escribo cada día sobre lo que cada día veo». (10)

¿Por qué no escribió entonces sobre Chac Mol? Mucho más, cuando días después de abandonar Mérida con destino a Guatemala, se encuentra en Isla Mujeres con Le Plongeon, quien pasea su frustración por la playa, y del que hace un retrato psicológico de los más penetrantes que se hayan escrito en nuestra lengua.

 

Si, como se dice, Martí participó de las explicaciones que dio Juan Peón Contreras, es seguro que el nombre del arqueólogo le fuera familiar. Y si nos atenemos a la admiración que sentía por éste el director del Museo Yucateco, tal y como se evidencia en la citada Memoria… donde lo trata de «sabio arqueólogo» y hasta de «genio», es de inferir que la idea primera que del mismo se hiciera Martí, distara de la que con posterioridad llegó a tener del personaje y sus descubrimientos, al darle seguimiento a la pieza lítica y otros hallazgos arqueológicos en los diarios y revistas de la época. Esto explica, quizás, por qué en su único encuentro con Le Plongeon, llegue a tener criterios encontrados sobre el arqueólogo. Por una parte, lo llama «erudito americano, un poco hierólogo, un poco arqueólogo»; por otra, «locuaz y avaricioso, industrial de la ciencia, que la ha estudiado para hacer comercio con ella». (11)

 Y, a renglón seguido, como que se conduele de su estado de abandono y pobreza, llegando incluso a transmitirnos algo de la admiración que parece sentir por él, independientemente de la sombría conclusión a que llega a mitad de su análisis. 

 

Copiamos in extenso: «Este raro hombre que sabe de memoria a Genti-Bernard, a Voltaire, a Boileau, a Ronsard, a Molière; que toca deliciosamente la ternísima música de Flutow; que viaja con un chaquetón y dos hamacas, con un diccionario de Bouchirt y dos títulos de médico; con una cara rugosa y una conversación amena, con los pies casi descalzos y el bolsillo totalmente aligerado de dineros. Cuando lo veo cubierto –no debo decir coronado–, de canas; cuando me pregunto cómo esos pies desnudos han venido a ser cimiento errante y vagabundo de un alumno de la universidad de Montpellier; cuando leo en la miseria y descuido de esta vida, y en esta vejez sin gloria y sin apoyo, un secreto culpable y doloroso, pienso que, puesto que ese hombre no es un emigrado político, debe ser un emigrado de sí mismo. A esa edad no se pasea la miseria por ignotas tierras; cuando se está contento de su pasado, se habla de él; cuando no se habla de él, es porque su recuerdo pesa y avergüenza (…) Ha visto, sin embargo, el cielo rojo del Egipto; ha recordado a Volney ante las ruinas elocuentes de otra edad; ha subido en Canarias a la meseta azufrada del Teide; reculó espantado en Orizaba ante el peligro grandioso del ferrocarril de Veracruz a México; ha pisado humildemente durante diez años la árida y destrozada tierra yucateca; (12) hizo en Madrid la vida de estudiante de provincia, vio en Londres el cetro nuevo de 1832; y hoy ha llegado con dos reales fuertes españoles, un violín roto y dos libros mugrientos a esta tierra de Chipre, bella y nueva, donde las chozas limpias se levantan a la sombra de los poblados cocoteros. ¡Oh! ¡También la vida tiene sus miserables presidiarios! Tal vez porque lleva el alma medio muerta, huyó esta mañana ese pobre hombre de aquel alegre, invitador, sonriente, cementerio. Temí ahondar las heridas del emigrado de sí mismo, y no pude pasear a mi sabor por el pueblo de diminutas casas blancas. Albo color, amor de mi vida». (13) Nunca antes ni después, fue Martí tan contradictorio al referirse a un semejante. Mientras que, por otra parte, más que dar respuesta, este escrito amplía la interrogante ya hecha con respecto a la ausencia de alusión alguna a Chac Mol en sus escritos y cartas de este período. Lo que está en boca de todos, no lo está en los apuntes de viaje de Martí.

 

Alfonso Herrera Franyutti, en su artículo sobre la estancia de Martí en Yucatán, alega la compleja situación política por la que atravesaba la región y la consecuente mengua de la actividad periodística en Mérida –sólo contaba con una modesta hoja mercantil y noticiosa, La Revista de Mérida, que salía dos veces por semana–, como las posibles causas por las cuales el joven no dejó testimonio escrito alguno de su paso por la ciudad. (14) vez tenga razón Franyutti, pero sólo en parte. Todavía está viva en la memoria de Martí y en la del pueblo meridano, la caída del gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada (noviembre de 1876). En Yucatán, el porfiriato recién se ha establecido. El joven periodista cubano de la lerdista Revista Universal de Ciudad México, que a penas dos meses antes había abandonado el país para no poner su pluma al servicio del nuevo régimen, está de vuelta. Es lógica su cautela, su silencio, por el momento… Pero, ¿qué tenían que ver el porfiriato y su pasado reciente con Chac Mol? Una vez en Isla Mujeres, en notas muy íntimas, donde analiza la personalidad de Le Plongeón, ¿por qué no cita ni una sola vez la escultura? Otro tanto se observa en las cartas que por estos meses le escribe a Manuel Mercado. Tampoco lo hará durante su estancia en Guatemala, aun cuando de paso por Belice con destino a esta ciudad, donde iba a ejercer el magisterio, tiene otro encuentro con Le Plongeon, o, al menos, con su esposa, según consta en la nota del 2 de marzo de 1895, correspondiente a su Diario de Montecristi a Cabo Haitiano. (15) Seguimos sin encontrarle una respuesta satisfactoria a tal omisión durante este periplo por Centroamérica.

 

¿O las notas meridanas y guatemaltecas donde hizo referencia a Chac Mol se extraviaron o, sencillamente, nunca las escribió? De ser afirmativo lo segundo, como todo hace suponer, la explicación quizás esté en que Martí comprendió que lo visto merecía un conocimiento más profundo y completo. El joven debió intuir mucho más de lo que se le dijo y se le enseñó, como para esperar a futuras lecturas y hasta testimonios visuales, fotográficos o grabados, que lo relacionaran en amplitud y profundidad con una visión del mundo y una estética no del todo familiares para él por esta época. Una cultura como la maya, la del clásico y el postclásico, cuya escritura aún estaba por descifrarse, requería tiempo para entenderla y asimilarla. La mejor prueba está en que los mejores textos martianos sobre ésta y otras culturas prehispánicas los escribió años después. Ahí están sus impresiones y descripciones a manera de «retrospectivas» sobre Mérida, las ruinas de Chichén Itzá y Uxmal, entre otras, y Chac Mol. Además, en tanto periodista genial, fue un maestro en el manejo de los referentes escriturales y visuales que le brindaban los medios (entiéndase grabados, fotografías e ilustraciones impresas en revistas, periódicos, álbumes de vistas y catálogos), para su posterior interpretación y literaturización, tal y como quedaría demostrado en sus crónicas sobre la Exposición Internacional de París y, muy particularmente, en su magistral descripción de la torre Eiffel, sin haber estado nunca en ella. Su probable visita a las ciudades de Chichén Itzá y Uxmal, literalmente cubiertas por la selva, debieron ser para su penetrante percepción como las dos puntas de un iceberg que habría que develar en toda su magnitud y significación histórica, aunque fuera de memoria y con el auxilio de una más actualizada y completa información visual –tal y como lo propiciaron los ensayos fotográficos de Mudslay y Maler a partir de 1880–, para desentrañar toda su poesía y grandeza.

 

También es de recordar que el Martí que se estrena como crítico de arte durante su primera estancia en México, entre 1875 y 1876, lo hace en relación con  una nueva generación de artistas nacidos con la independencia, generalmente, adscritos todavía en lo formal y conceptual a las posiciones del academicismo decimonónico europeo. La formación recibida en Cuba y España, sobre la base de los clásicos y los iluministas, bien se avino con la que se encontró y relacionó en los círculos artísticos y literarios de Ciudad México. Su pensamiento, que es ya una búsqueda y lucha por la verdad y la libertad, en la gran ciudad del Anahuac asimila las ideas de las nuevas formas liberales de hacer política, se orienta hacia una noción más nacional de las artes mexicanas contemporáneas y atiende la situación económica y la política; mientras que en el tiempo que transcurre entre Yucatán y Guatemala, sin dejar a un lado lo ya atesorado, profundiza en la cuestión indígena y perfila su proyecto nacionalista en relación con una concepción latinoamericanista que más adelante llamará «Nuestra América».

 

La formación de Juan Peón Contreras y la de Rodolfo Menéndez de la Peña, en sus respectivos niveles intelectuales y salvando la distancia que en tal sentido mediaba entre ellos y Martí, partían de parecidas matrices. Para ambos las culturas prehispánicas estaban por aprehenderse, previo mestizaje con la cultura dominante a la que respondían, para ir más allá de los comprensibles entusiasmos de la hora, las descripciones del suceso y las no pocos hipótesis y conjeturas que rodeaban a la escultura, de las que no escapaban ni siquiera los contados especialistas, Le Plongeon incluido. Por si fuera poco, la aceptación, por parte de Contreras, de la supuesta mediación mística en el hallazgo arqueológico, induce a pensar que, ante tan novísima pieza lítica, un joven como Martí, con su superioridad intelectual y lo bien informado que estaba para su tiempo, apelara a la prudencia. Luego, esperó. Después de ver, lo más importante era comprender. Y, por supuesto, comprendió que había muchas capas culturales etiquetadas bajo el rubro de cultura nacional, que respondían a formas de hacer y decir muy ajenas a una identidad única o ya formada por la praxis de las convulsiones sociales y políticas, de la que era hasta entonces la historia de México una de las más prolijas de América. Recién empezaba un viaje por Guatemala, que le aportaría mucho más sobre lo visto en Yucatán.

 

Desde que pisa las finas arenas de Isla Mujeres, empieza a escribir sus impresiones sobre la naturaleza centroamericana, con lo que da inicio a un número de notas que, por su pasión descriptiva, novedad de asunto y disposición anímica del autor –llega incluso a la humorada cuando describe a la mujer del arriero–, pueden considerarse un antecedente distante, pero antecedente al fin, del impar diario De Cabo Haitiano a Dos Ríos. Sobre este singular diario  de Puerto Progreso a Guatemala –llamémoslo así, por el momento–, no se ha reparado con la asiduidad que sus páginas requieren. De hecho, su empezar es estruendoso: «Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre». (16) Con este símil-pensamiento, el joven de veinticuatro años, ya comprometido con Carmen Zayas Bazán, parece acallar todo ese silencio de Mérida, por demás, ajeno a su personalidad y vocación, que lo ató de prosa y verso, cuando todo lo que habitaba a su alrededor, por su novedad y belleza, clamaba porque se escribiera. «De aquí (de Progreso) en canoa a Isla de Mujeres; luego, en cayuco, a Belice; en lancha, a Izabal; a caballo, a Guatemala. Hago lo que debo, y amo a una mujer; –luego soy fuerte.», (17) le escribe a Manuel Mercado. En sus cartas al amigo y confidente, sin embargo, no hay una sola alusión a Chac Mol. Tampoco en el drama indio Patria y Libertad, «que en unos cinco días me hizo escribir el gobierno sobre la independencia guatemalteca». Habrá que esperar todavía dos años, para que Chac Mol forme parte de ese proyecto mayor que, en víspera de su boda, le anticipa a Mercado: «Dar vida a la América, hacer resucitar la antigua, fortalecer y revelar la nueva». (18)

 

El 31 de agosto de 1878 llegan Martí y su esposa a La Habana. Esta vez, lo hace acogido a la amnistía decretada por el gobierno español, para «cuantos hubiesen tomado parte, directa o indirectamente» en la Guerra de los Diez Años. Siempre atento a todo lo que fuera importante para el enriquecimiento material y espiritual de los pueblos latinoamericanos, el Maestro debió darle seguimiento a Chac Mol y a los nuevos hallazgos arqueológicos que se sucedían en el continente en cuanto libro y periódico cayó en sus manos. El número e importancia de los descubrimientos recién empezaba a insertar la arqueología americana en los medios de comunicación a nivel internacional, así como a atraer el interés de especialistas y público en general. Las hasta entonces ignotas culturas de la América prehispánica iban revelando su historia, su identidad, sumando datos y nuevos enigmas al gran mapa arqueológico mundial, levantado a diario por arqueólogos, historiadores, exploradores y aventureros de toda laya. Por ejemplo, el hallazgo de la estatuilla del patesi Gudea, por la cual se empieza a comprender mejor la escritura cuneiforme y, por consiguiente, la cultura sumeria, sucede poco después del descubrimiento de Chac Mol. Otro tanto aconteció con los trabajos de excavación que iniciara el alemán Schielmann en territorio de la Grecia antigua, con el propósito de hallar los asentamientos de Troya y Micenas.

 

Proveniente de Guatemala, tenía aún fresca en su memoria la magnífica impresión que este pueblo le había causado ―recuérdese su folleto de igual nombre―. Si en México había empezado a conocer su América, en Guatemala amplió y profundizó su sentimiento de hijo de un pueblo único y continental. Es en Guatemala donde por primera vez utiliza el término «Nuestra América», como bien lo ha señalado el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar. (19) De ahí que no sea casual que el Martí que por entonces reside en La Habana con su familia, y que ocupa, entre otros cargos, el de secretario de la sección de literatura del Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa, recuerde el acontecimiento arqueológico vivido en Mérida, citando, como al paso, en uno de sus apuntes para las conferencias que impartía en la comentada sociedad, al dios Chac.

 

El hecho merece toda nuestra atención, ya que en esta, su primera cita conocida de la deidad representada en la escultura, la califica de «soberbia y vengativa». Ambos adjetivos, aunque nunca más los empleó al referirse a Chac Mol, por esta vez, no se corresponden con la justeza de juicio que siempre caracterizó al Maestro. Intentemos explicarnos. Tres parecen ser las causas de tal interpretación. Una: su entusiasmo por el hallazgo ―por demás, tan comprensible como incomprensible nos resulta su silencio, cuando, dos años atrás, de visita en Mérida, con toda probabilidad fue testigo del suceso―. Dos: dejarse llevar –en parte– por la interpretación de primera hora, única a su alcance entonces y, tal vez, sin el suficiente calce científico, lo que con posterioridad contribuiría a nuevas interpretaciones en razón de la novedad de lo descubierto y lo inadecuada de una cobertura periodística nada especializada. Y tres: el contexto en que están insertos los dos adjetivos, si bien ajenos al perfil ideoestético que caracteriza a esta obra escultórica, como veremos a continuación, sí apropiados para expresar el deseo de redención de los pueblos indígenas que ya sentía en lo más profundo de su ser. He aquí el fragmento: «Pero de aquella absorción cruenta (se refiere a la Conquista) algo quedó de la vencida raza: el espíritu, que resiste siempre al acero, al hierro y al fuego». Y a renglón seguido, advierte: «Pero soberbia y vengativa acaba de erguirse, allá del fondo de intrincada selva, la estatua de Chac-Mool, y el pozo de los sabios de Chitchen, y las pinturas murales de Uxmal». (20)

 

Otros factores que pudieron incidir en el inicial juicio que Martí se hizo de la escultura, estarían en las propias circunstancias que rodearon al descubrimiento en sí. Pongamos por caso, el oportunismo y la vanidad del arqueólogo norteamericano ―bien señaladas con posterioridad por el Maestro―, y la versión que éste diera de la escultura, por demás, la única autorizada a la sazón, no exenta de cierto matiz sensacionalista y hasta de desconocimiento sobre lo descubierto, si se tiene presente que fueron los propios pobladores del lugar los que le propiciaron su localización. A lo que se sumaría el escaso conocimiento que todavía se tenía de la sociedad, la religión y el arte de estos pueblos. Asimismo, los dibujos a partir de los cuales se hacían los grabados que daban testimonio visual de algún descubrimiento arqueológico, por lo general, estaban determinados por la subjetividad y la calidad del dibujante, cuyas copias ―no pocas veces― eran imprecisas o se quedaban a cierta distancia de la realidad. Esta deficiencia ya se había constatado más de una vez, al comparar dichas imágenes con sus similares correspondientes a los primeros álbumes fotográficos de ruinas precolombinas. El hecho de que los periódicos y las revistas todavía dieran preferencia al grabado y no a la fotografía, por considerar el juicio estético dominante más artística la obra hecha a mano y no la mediada por un aparato de «sacar imágenes», explica, por último, que el referente visual manejado en un primer momento sobre la escultura de Chac Mol no fuera el más idóneo, tratándose, como era el caso, de una obra exhumada y todavía sin memoria visual alguna para periodistas y lectores. Situación, sin duda, que en aras de la primicia periodística, sobre todo, en la prensa extranjera, bien pudo llevar a algunos a ilustrar sus trabajos con uno o más grabados en los que sí se reproducía la imagen de un verdadero dios Tigre.

 

El Chac Mol al que hace referencia Martí, el de Chichén Itzá o «pozo de los itzaes», quizás sea una de las pocas esculturas de bulto ―sino la única― del llamado período posclásico maya que, a los efectos de su percepción, expresa una dignidad y serenidad tales, que llega a atenuar sus particularidades físicas, refrendadas, a su modo, por un estilo de fuerte impronta simbólica, pero más o menos realista, que preferencia la representación antropomórfica. La escultura de Chac Mol tenía todos los atributos para que Martí se identificara con ella, tal y como quedará confirmado en el presente trabajo. Asimismo, cabe preguntarse, si en el momento de hacer referencia al descubrimiento de la escultura en la citada nota, Martí ―que venía de vivir en México y Guatemala― no la relacionó con ciertos relieves y mascarones, cuya representación escultórica, entre felina y humana, es un remitido a un culto más antiguo de la fecundidad  ―quizás, de origen olmeca― y, por asociación, de la lluvia.

 

Lo inadecuado del nombre que le dio Le Plongeon a la escultura (Chac significa rojo; Mool, garra: garra roja: uno de los nombres del ocelote en Yucatán), trajo aparejado más de un equívoco desde entonces a la fecha, cuando en realidad es una pieza ―como las otras de su tipo descubiertas con posterioridad― que se corresponde con un proceso más reciente de transculturización y mestizaje entre las culturas toltecas y mayas. Si por el momento Martí no pudo indagar mucho más de lo que recordaba de su breve estancia en Mérida, fue, o porque la prensa no le dio el seguimiento adecuado a noticia tan especializada, o porque él mismo estaba inmerso en afanes conspirativos que, finalmente, lo llevarían a una segunda deportación a España y, más tarde, a la tarea mayor, «la guerra necesaria», cuya concepción, no sin orgullo, homologó con una obra de arte, en clara alusión a un criterio sobre el acto creador que iba más allá de los límites precisos que le otorgaba la época.

 

Sin embargo, esto no quiere decir que Martí no le diera seguimiento al descubrimiento de la escultura del dios Chac. A cuatro años de su visita a Mérida y a uno de establecerse en Nueva York –o sea, en 1881–, volverá tres veces sobre el tema. Las dos primeras, serán a manera de breves comentarios o notas, tal y como se recogen en los Cuadernos de Apuntes tres y siete. La tercera y última, una más extensa que llegará a publicar y sobre la cual volveremos más adelante. En la primera nota o apunte, el interés que le despierta un asunto colateral al hallazgo arqueológico propiamente dicho, evidencia, por una parte, su gradual acercamiento a los conocimientos atesorados por las culturas indígenas y, por otra, una mejor información y mayor cautela al referirse a Chac Mol, ya que encabeza esta nota con la siguiente acotación: «Sobre el descubrimiento de Chacmool: ―versión del descubridor», (21) donde por primera vez cita a Le Plongeon en relación con la escultura. Mientras que en la segunda, perteneciente al cuaderno siete, busca homologar el portento de su hechura y singular postura con «las voluptuosas esfinges del Serapeum», (22) el magnífico templo del dios Serapis, en Alejandría. En esta breve nota, ya tenemos al Martí que rinde culto al hecho de que sólo se ve lo que se sabe, cuando, al conceptuar lo que ha visualizado, comenta: «Recuerdo a Chacmool: ―es el paso de la escultura de la esfinge, a la sentada, a la en pie». (23)

 

Martí no dejará pasar la ocasión de hacer pública una descripción de la misma, lo que sucederá en una nota más extensa aparecida en la Sección Constante de La Opinión Nacional de Caracas, el 8 de noviembre de 1881. En ella se lee: «una soberbia estatua recostada sobre el dorso, con las piernas encogidas, con la cabeza alta, y vuelta hacia el oriente, y con las manos sobre el seno…».

(24) Obsérvese, que en esta descripción el adjetivo soberbio califica a la estatua, para evidenciar su importancia artística, dándole otro sentido a la oración. Un año y medio después, en junio de 1883, esta nota la publicará ampliada en la revista La América, de Nueva York, bajo el título Antigüedades mexicanas, que bien pudo inspirarle las dos «antigüedades», la romana y la griega, que recién tradujera para la Casa Appleton. El artículo en cuestión, comienza con un comentario sobre los últimos descubrimientos hechos por Le Plongeon en la zona de Veracruz, y continúa con lo que ya había escrito sobre Chac Mol en la Sección Constante.  Esta fusión ―por demás, válida― no tendría mayor consecuencia, si no hubiera llevado a otro equívoco, casi un siglo después, cuando, el crítico e historiador del teatro cubano, Rine Leal, en su magnífico texto De Abdala a Chac Mool, da por sentado que una de las esculturas recién descubiertas por el arqueólogo norteamericano, es Chac Mol. Este error lo inducirá a una suerte de cita híbrida, en la que la primera parte, separada de la otra por tres puntos suspensivos entre corchetes, se corresponde con la escultura recién hallada en Veracruz, y la segunda con la del dios de la lluvia de Chichén Itzá. (25)

 

De inesperada puede calificarse la elección de este artículo para su publicación en La América, si se tiene presente que ello ocurre en el mes que Martí se incorpora al equipo de edición de la comentada revista, cuyo perfil editorial no se avenía del todo con asunto tan especializado como ajeno a los propósitos comerciales y tecnológicos que la caracterizaban. El artículo parece obrar como ariete de un primer acto suyo dirigido a darle un vuelco a la política editorial de la publicación, lo que en parte logró por un tiempo. Su empeño de hacer La América de propósito para un ingente proceso culturizador y concienciador, explica, por último, la literaturización de los contenidos científicos y técnicos, y la incorporación de aquellos otros de real interés para la cultura general del público lector hispanoamericano, con el doble objetivo de mantenerlo actualizado y, al mismo tiempo, consciente de su extraordinario pasado y presente, sin merma alguna de sus valores identitarios y posibilidades reales de progreso.

 

 

Imágenes de la obra CHAC MOL  de Ciudad Habana

 

La otra referencia martiana a Chac Mol está contenida en un esbozo o proyecto de obra de teatro, cuyo guión se relaciona con los acontecimientos que dieron lugar al descubrimiento de la escultura del dios Chac, en Chichén Itzá. La pieza llevaría por título el nombre del impar dios; mientras que, no por breves, estos apuntes dejarán de traslucir el superobjetivo último de su proyectada obra: rechazar la humillante caricatura que la cultura del colonizador hizo de su protagonista central: la conquistada y explotada raza maya y, por extensión, la de todas las razas amerindias y las que luego poblarían el continente. El proyecto evidencia una novedosa concepción dramatúrgica para el teatro cubano e hispanoamericano de la época, tal y como lo hace ver Rine Leal en su citado ensayo, al sustentar un criterio actoral que preferencia la acción colectiva de un pueblo indígena americano por sobre la de individualidades. Consecuente con su propuesta, Martí propone como principal personaje negativo o antihéroe al mismísimo Le Plongeon: símbolo, para él, del científico al servicio del creciente saqueo de las culturas más antiguas de la humanidad, que adinerados coleccionistas estimulaban desde inicio de siglo, así como museos e instituciones con sede en las naciones de mayor poder económico de la época. Este interés de Martí por un teatro nacional de nuevo tipo, que pusiera en escena «terribles tragedias, con nuevos e históricos resortes», se correspondió entonces con el que le había despertado el pueblo de Guatemala y, en particular, la cultura maya. Y que entre 1877 ―año de su estancia en esta república centroamericana― y 1891, que escribe su fundamental ensayo Nuestra América, medie su asimilación de la vasta y compleja cultura precolombina o, al menos, se pusiera al día en cuanto a los textos más importantes escritos sobre el tema. Entre las probables fuentes consultadas por Martí, estarían los libros de los arqueólogos norteamericanos Stephens, Le Plongeon y Brinton, y los de los franceses Brasseur de Bourgbourg, Charnay y Nadaillac. Información que, sin duda, complementó con un número importante de testimonios visuales, como los muy socorridos grabados hechos a partir de dibujos y fotos, como se puede observar en La Edad de Oro, o las propias fotografías de ruinas mayas, de las que fue Charnay uno de sus impulsores, publicadas en atractivos álbumes, y con una calidad de impresión muy superior a las de décadas atrás. 

 

Los artículos martianos de contenido indígena de La América, abrirán el comentado cauce en este decenio, convirtiéndose en uno de sus preferidos para levantar la autoestima de los pueblos indígenas del continente, así como para expresar y divulgar su concepción de América como un todo. Estos son Antigüedades mexicanas (junio, 1883), Arte Aborigen (enero, 1884), El hombre antiguo de América y sus artes primitivas (abril, 1884), Autores americanos aborígenes (abril, 1884), Una comedia indígena (junio, 1884) y Reunión próxima de la British Association: apuntes de antropología americana (junio, 1884). Un clásico ejemplo de los muchos que por entonces utilizará Martí en tal sentido, es el perteneciente al ya citado artículo El hombre antiguo de América y sus artes primitivas, donde se lee: «…no imaginaron como los hebreos a la mujer hecha de un hueso y al hombre hecho de lodo; ¡sino a ambos nacidos a un tiempo de la semilla de la palma!». Al origen de la criatura humana más aceptado por la cultura oficial de la época, Martí le opone la génesis de un pueblo indígena de su América, como una de las tantas estrategias que seguirá en lo adelante con el propósito de irle creando una conciencia anticolonialista a nuestros pueblos desde los presupuestos éticos y estéticos de sus mitos y tradiciones más auténticas. Chac Mol no sólo está en esta cuerda, sino que está entre los primeros en iniciar el gran poema martiano de la primigenia identidad cultural de América. El Martí que le «descubrió» tal deidad a un lector hispanoamericano, quizás, más atento a las últimas noticias de la bolsa o a las particularidades técnicas de la máquina que mayor plusvalía podía sacarle al obrero, un año más tarde cesaría en la dirección de dicha revista.

 

 

 

 

NOTAS, REFERENCIAS

 

1. En principio, asumimos la fecha del hallazgo de la escultura en octubre de 1875, y la de su traslado a Mérida, entre febrero y marzo de 1877.  César Macazaga Ordoño Chac Mool, el señor de nuestro sustento, Editorial Innovación, S.A., Mérida, s/f. Apéndice 1, pp. 73-76. El Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México (sexta edición, México D.F., 1995, t. A-C, p. 718), coincide con Ordoño en cuanto a la fecha del hallazgo, no así con la de su traslado a Mérida, la cual ubica a fines de 1874 (tomo L-Q, p. 2756). El mismo acota, que Le Plongeon salió el 29 de julio de 1873 de Nueva York, en compañía de su joven esposa inglesa, para un viaje de exploración en las ruinas de Yucatán. De hecho, hay diferentes fechas sobre este hallazgo arqueológico y su traslado a Mérida. La Enciclopedia de México (Edición, 1987), sitúa el descubrimiento en 1874; la Enciclopedia Americana (Edición 1951), en 1876. La primera referencia que hace Martí sobre Chac Mol, corresponde a una nota datada por su albacea en 1879. (N. del A.).

 

2. Itzá es un compuesto de dos elementos: its + á. El primero, its, lo tomamos por brujo o mago y á por agua. El nombre Itzá, pues, se traduce  por Brujo-del-agua. «Introducción», El Libro de los Libros de Chilam Balam, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1963.

 

3.Una observación necesaria: el dios maya de la lluvia se ha escrito de diferentes maneras, a saber, Chac Mool, Chacmool, Chacmol y  Chac Mol. Esta última forma será la empleada por el autor del presente texto. En los demás casos se respetará la ortografía empleada por los autores citados. (N. del A.) 

 

4. Este dato queda consignado en la página 360 de la Memoria presentada al Congreso de la Unión por el Secretario de Fomento, Sr. Vicente Riva Palacio, en 1877. César Macazaga Ordoño. Ob. cit., p. 73.

 

5 Ibídem.,  p. 74.

 

6. Ibídem., p. 75.

 

7. Ibíd.

 

8. El Dr. Eduardo Urzaiz Rodríguez, dice que Martí fue presentado por el poeta cubano Alfredo Torroella. (Eduardo Urzaiz Rodríguez. La emigración cubana en Yucatán. Mérida, 1949, p.54.)  Franyuti, por su parte, alega un error, pues, por esa fecha Torroella ya no se encontraba en Yucatán. Alfonso Herrera Franyuti. «Martí en Yucatán», en Panorama Médico, año VII, México, febrero de 1977, p. 46. 

 

9. José Martí. O. C. t. 8, p. 327.

 

10. Epistolario. Ob. Cit. p. 75.

 

11. José Martí. O. C.,  t. 19, p. 29.

 

12. Aquí Martí nos presenta otro problema de datación: si, como él dice, desde hace diez años Le Plongeon frecuenta Yucatán, este llegó a la península en 1867.  Sin embargo, según los documentos consultados, todo indica que lo hizo entre 1873 y 1874, es decir, a lo sumo un año y medio antes de descubrir la escultura de Chac Mol. (N. del A.)

 

13. José Martí. O. C.,  t. 19,  p. 30.

 

14. Alfonso Herrera Franyutti. Ob. Cit. p. 46.

15. José Martí: O. C., t. 19, pp. 196-197.

 

16. José Martí. O. C., t. 19, p. 15.

 

17. Epistolario. Ob. cit., t.1, pp. 71-72.

 

18. Ibídem. p. 87.

 

19. Roberto Fernández Retamar.  Ob. cit.,  p. 10.

 

20. José Martí. O. C., t. 19, p. 443.  Las palabras subrayadas corresponden al autor del presente texto. Otra interrogante: Martí escribe: «acaba de erguirse, allá del fondo de intrincada selva…», con lo que da a entender que el descubrimiento de la escultura es un hecho reciente, cuando en realidad han transcurrido cuatro años del mismo y dos de su traslado a Mérida. Quedaría para otro momento investigar hasta qué punto esto es imputable a Martí o a la data que los recopiladores de su papelería le dieron a la nota correspondiente. (N. del A.)

 

21 José Martí. O. C., t. 21, pp. 106-107.

 

22 Ibídem., p. 206.

 

23 Ibíd...

 

24. José Martí. O. C., t, 23, p. 69.

 

25. Al final de este texto, se reproduce la parte correspondiente a Chac Mol  del citado artículo de Rine Leal, ocasión que tendrá el lector de verificar la comentada cita. (N.del A.)

 

BIBLIOGRAFIA.

 

- De Quesada y Miranda, Gonzalo: Iconografía martiana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985.

 

- El Libro de los Libros Chilam Balam, Fondo de Cultura Económica, México - Buenos Aires, 1963.

 

- Galich, Manuel: Nuestros primeros padres, Casa de las Américas, La Habana, 2004.

 

- Leal, Rine: De Abdala a Chac Mol, Anuario Martiano,  Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1977.

 

- Martí, José: Obras completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1965.

 

- La Edad de Oro, Editorial Letras Cubanas y Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1989.

 

- Morley, Sylvanus G.: La civilizaciónn maya, Fondo de Cultura Económica, México, 1961.

 

- Popol Vuh: libro del común de los quichés, Ediciones    Casa de las Américas, La Habana, 1969.

 

- Ruz Lhuillier, Alberto: La civilización de los antiguos mayas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974.

 

- Séjourné, Laurette: Antiguas culturas precolombinas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974.

 

- Vaillant, George C: La civilización azteca, Fondo de Cultura Económica, México, 1960.