EL ENIGMA DE TIAHUANACO Y LOS AVISTAMIENTOS DE OVNIs EN LOS ANDES

PATRICIO BOSCH QUIDIELLO


El misterio no es sino otro nombre de nuestra ignorancia; si fuésemos omniscientes,
todo sería perfectamente simple. Tyron Edwards

Entre los lugares recónditos, altos y misteriosos de este mundo, está la famosa cordillera andina. Allí fue que Richard Roberto, jefe de la Misión Aerográfica Estadounidense en el Perú (MAEP), declaró haber descubierto por casualidad y fotografiado en 1963 los vestigios de caminos y plataformas pavimentadas, suspendidos cual trampolines de las pendientes y flancos en la cordillera peruano-boliviana, así como columnas de humo a más de 6000 m de altura.
En la prensa de Bolivia, Perú. Chile y Argentina, aparecen denuncias y testimonios de sorprendidos indígenas que dicen haber visto extraños discos luminosos despegando, aterrizando y sobrevolando esas hermosas y nevadas cimas andinas.
Oscar Tejera, experto ovnílogo del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI), declaró enfáticamente: “¡Visitantes del espacio en éxodo han instalado cosmódromos en los Andes!”
Indígenas oriundos y habitantes de, por ejemplo, la zona frente al volcán activo en la sureña provincia peruana de Tacna, afirman la existencia de dos plataformas artificiales muy extendidas, a 3 200 m de altitud sobre el nivel del mar de aproximadamente 700 m2, formadas por 263 losas de bloques tallados en lava petrificada, que pesan cada uno cerca de 10 ton. Varias expediciones de alpinistas y geólogos andinos, entre ellas la expedición arqueológica y geológica chilena al mando de Humberto Sarnatago Bounaud, del Centro Expedicionario Andino (CEA), han constatado e informado al público el hallazgo y la existencia en algunas de esas losas de ciertas y extrañas manchas negras indelebles, que son evidencia de efectos de combustión a altísimas temperaturas, probablemente superiores a los 1900 grados Celsius sobre cero, en la superficie lítica.
Sarnatago dice que las plataformas parecen planas rampas horizontales y terminan abruptas en las márgenes de los farallones andinos: “Son innegablemente artificiales. Los bloques están tallados perfectamente a cincel, con cortes y ensamblado impecables.” Junto con sus compañeros alpinistas andinos ha observado desde lejos, defendida por un profundo abismo de 1500m de altura, la entrada de una caverna que podría indicar el acceso a un refugio subterráneo. Los habitantes del lugar describen el aspecto de las plataformas como un enladrillado de baldosas ciclópeas, y afirman que un largo túnel parte de la cima del volcán erguido entre la villa chilena de San Clemente y la villa argentina de San Rafael, distante a más 200 km al sudeste, para converger en un lugar secreto próximo a la zona fronteriza peruano-chilena-boliviana, a poca distancia del lago Titicaca, donde existe otra plataforma similar.
Sabemos que la combustión de un motor de cohete espacial que utilice propulsantes líquidos de gas peróxido y dimetilhidrazina, o de oxígeno e hidrógeno, puede alcanzar un máximo de 3 500 K. ó 3 226 grados Celsius, suficiente para derretir el dióxido de uranio y el circonio. También el radiómetro halló minerales radiactivos, y midió una radiactividad equivalente a 0.0124 % de dioxido de uranio (U02), (1) con una emisión de partículas que alcanzan 32,6 por minuto, y de mineral de zirconio, o circonio (Zr), (2) de una extraordinaria resistencia y con altísima temperatura de fusión, en la árida, elevada y fría puna peruana. ¿Qué fuente de calor tan enorme pudo dejar allí semejante huella en parte del suelo pétreo de mineral de circonio, así como evidencias mensurables de radiactividad?

Los testimonios de los habitantes en la zona afirman que las plataformas donde han sido halladas estas marcas “esconden una especie de fortín interior, algo como un vasto refugio subterráneo”. Ellos mismos reconocen que actualmente les resulta imposible construir tal titánica obra ingenieril, la admiran y continúan transmitiendo las leyendas legadas por sus antepasados en cuanto a naves espaciales que visitaban antaño, y aún visitan a veces, los cielos andinos. Algunas han sido vistas posándose en los volcanes y entre los farallones intra montanos. Uno de esos habitantes aseveró haber visto elevarse las plataformas desde los cráteres volcánicos apagados, y despegar, volar y aterrizar discos resplandecientes en las hondonadas de las cordilleras, con una luz tan intensa que lo ha dejado ciego durante minutos. Inclusive informó haber escuchado fortísimos ruidos subterráneos, de carácter innatural.
Hay otros tres testimonios de avistamientos de un OVNI esférico y luminoso, procedente del lago Titicaca, que aterrizó primero el 18 de septiembre de 1965, y del cual descendieron siete robustos ovninautas junto a un árbol cerca de un camino vecinal. En la segunda ocasión el OVNI aterrizó en el barrio de Pichaca, en la capital de la provincia peruana de Puno, al noroeste del lago Titicaca. Hubo otro caso de encuentro cercano de tercer tipo cuando los camioneros peruanos Julio Luis de Romana y Antonio Chávez Bedoya vieron asustados en otoño de 1965, un ser humanoide monocular, recubierto de una especie de tiras brillantes, que les salió al paso en una carretera vecinal de la provincia de Puno.

UBICACIÓN Y HABITANTES DE TIAHUANACO

En la puna boliviana, cerca de la cordillera occidental, a 3842 m de altura sobre el nivel del mar, a unos 20 km al sudeste del lago Titicaca y unos 70 km al noroeste de La Paz, en la provincia de Ingavi, se encuentra el famoso complejo arquitectónico de las viejas ruinas de Tiahuanaco, primera manifestación cultural colla, que significa en aymará “la piedra en el medio”.

Construido al menos –según datos comprobados mediante el carbono 14- en el siglo V (año 460 a.n.e) (*), diez siglos antes de la fundación del Cuzco en el 1001 – de acuerdo con la cronología arqueológica ortodoxa-, ya era bien antiguo antes de 1150 d.n.e. Hacia esta fecha un mítico amauta nombrado Manco Cápac –nacido, por cierto, en las aguas del Titicaca, uno de los tres hijos del dios solar Wiraqocha Pachacamac, y quien partiría por orden divina desde Tiahuanaco, con la misión de fundar la capital de un nuevo imperio y civilizar a los incas-, llegaría a Tampu Tocco, después bajaría de esta sagrada ciudadela preincaica – fundada en el año 1300 d.n.e., ampliada 175 años después y conocida por el famoso nombre de la encumbrada Machu Pichu-, hasta llegar a un cerro cercano al Cuzco, a unos 500km al sudeste de Lima, llamado Cápac Tocco, o “rica ventana mayor”. Aquí, según la mitología inca, y siendo él su primer gobernante convertirla en la primera capital del Tahuantinsuyo.
Tiahuanaco, según la leyenda colla, era un centro ceremonial sagrado, construido de piedra, para adorar la constelación de Urcuhillay o de la Lira, ya que esta conformaba la imagen estelar de un guanaco blanco, su tótem. Tiwanaku (sic.), nombre de huasa (el antiguo quechua), significaba “el lugar de los muertos” o “la ciudad muerta”.
De acuerdo con el arqueólogo boliviano David Frisancho Pineda, los collas constituían una confederación preincaica de varias naciones andinas y amazónicas, integrada por las tribus de los carumas, orurus, carangas, collahuas, aymarás, atacameños, lupazas y pakajes. Fueron quizá los arcaicos constructores originales de esta misteriosa y antiquísima ciudad, que en el año 400 a.n.e. ocupaba un área de 4 km2 y en el año 100 a.n.e llegaba a 3000 habitantes, Alcanzó el esplendor de su cultura y economía – basada originalmente en la pesca, la agricultura, la ganadería y la minería – en el siglo VII d.n.e.
En el año 1000 d.n.e., tras un largo e inexorable proceso de decadencia, debido tal vez a razones naturales (epidemias, inundaciones, sismos), o a causas artificiales (guerras civiles o externas), es despoblada y quedan como mudos testigos de su ciencia y de su arte las redondas, cúbicas y megalíticas torres de granito funerarias llamadas Chullpas, verdaderas necrópolis o atalayas militares de las alturas, donde se trastornan las brújulas, imposibilitadas de marcar el norte magnético, y que son similares a las antiguas torres persas, desafiando tercamente el tiempo, los sismos y las depredaciones arqueológicas.
La capital de los collas era la ciudad fortificada de Hatun Kolla, toda adornada de templos y ciclópeas mansiones de hermosas vírgenes. En una lejana época, cuarenta siglos atrás –según los relatos orales recogidos por la arqueóloga italiana Elizabeth Della Santa-, todos los jefes de Hatun Kolla se llamaban o se hacían llamar Zapana, o Chicana, a causa del brazalete así nombrado y utilizado por los grandes sacerdotes para captar los rayos solares y alumbrar con su fuego los sacrificios dedicados al astro rey, de donde recibían directamente el fuego sagrado.
Por su parte, la tribu de los urus, o urus-pukunas, provenientes de la zona oriental tropical amazónica, vivía y se extendía antes de la invasión colla-aymará a todo lo largo de la costa y de la sierra, desde y por los actuales departamentos peruanos de Moquegua, Arequipa y Tacna, al sur-suroeste de Lima, hasta los parajes de la cordillera andina occidental boliviana, en las provincias de La Paz y Oruro, respectivamente. Según el arqueólogo peruano Leonidas Bernardo Málaga, sus vestigios hallados prueban un alto grado de civilización con dominio de la arquitectura, la astronomía, la geometría, las matemáticas y la física.
A la llegada de los conquistadores españoles, en 1531, la lengua uru-puquina era el tercer idioma en importancia después del quechua y el aymará, hablados en el antiguo Perú precolombino. Los pescadores changos del norte chileno y los bolivianos que viven en las islas lacustres de Takile y Amanti son hoy día los últimos supervivientes de ellos.

LA CONQUISTA DE TIAHUANACO POR LOS INCAS

El emperador inca Yahuar Huaca, que reinó a partir de la segunda mitad del siglo XIII (1250) d.n.e., inició la conquista del territorio de los aymarás (Titicaca, Arequipa, Atacama y Tiahuanaco) cuando sus edificios y vías de comunicación estaban a medio construir. Un sismo, una inundación o la conquista militar, interrumpió la construcción de sus obras públicas.
Lloque Yupanqui, el sucesor de Sinchi Roca, sometió en el siglo XI d.n.e a las tribus vecinas de los collas y canas, así como a las tribus de la costa oeste del Titicaca. Cuando sus tropas llegaron a las costas del lago, se encontraron con esta enigmática y desolada ciudad en ruinas. Después, hasta el tercer tercio del siglo XV (del año 1439 al 1493 d.n.e.) los incas Pachacutec Yuyanqui y Tupac Yupanqui consolidaron las conquistas territoriales y el definitivo dominio inca sobre Tiahuanaco y la comarca vecina al lago Titicaca.
El anciano quipocamayo Coaquira, de la tribu uru, le ratificó varias veces a la investigadora belga Simona Waisbard que a lo largo de su longeva existencia él ha podido ver, en las claras mañanas andinas, una completa ciudad sumergida bajo las olas del lago Titicaca. Según él, son ruinas de una de las ciudades de los grandes zapanas, de aquellos que invadieron las islas del lago, entonces gobernadas por el Mallku de Chuchito, a quien vencieron. Aún hoy, dice Waisbard, a 2 km del pequeño puerto lacustre boliviano de Cuaqui, se pueden contemplar los vestigios de un palacio monumental, parte de cuyos cimientos emergen del agua, y el resto de ellos se pierde bajo una espesa capa de limo o fango, en las profundidades del lago.
El dios más importante de los collas era Ticsi Wiraqocha (sic), acuático, creador, conservador y vivificador del universo que vivía en el lago, y a veces en el cercano y alto volcán nevado del Illimani, el rey de los Andes occidentales bolivianos, llamado por los indígenas collas de la comarca “el devorador de hombres”, pues nadie que subía a su cima bajaba jamás. La mitología colla explica los cataclismos sísmicos-orogénicos de esta hermosa manera: existía la montaña Murorata –que en aymará significa “la descabezada”-, vecina del Illimani, que tenía envidia del volcán y pretendía sobrepasar su altura. Entonces Wiraqocha armó su honda con una enorme piedra, la lanzó y destrozó la cima de la montaña. Los destrozos fueron pateados por Wiraqocha a 200 km de distancia, hasta la pampa de Sojaza, a 50 km de Oruro.
Los arqueólogos, antropólogos y etnólogos comparten la opinión de que los aborígenes autóctonos de estas regiones nunca tuvieron escritura ni alfabeto desarrollado. Para guardar en la memoria colectiva los acontecimientos más importantes y legarlos por vía oral a la posteridad, contaban con los quipocamayos –archivistas, cronistas oficiales de tiempos del imperio inca-, quienes desde pequeños se entrenaban para memorizar y tenían la misión de registrar, guardar y descifrar el mensaje anudado en los “quipos”, un sistema codificado de mensajes y de perfectos cálculos matemáticos, que no sólo señalaba la cantidad, sino además identificaba el objeto señalado. Los quipos consistían en una cuerda gruesa horizontal, de la que pendían varias cuerdas multicolores de diferentes tamaños con nudos complicados. Eran utilizados y leídos manualmente por las civilizaciones preincaicas e inca, comenzando el conteo por la derecha superior, yendo hacia la izquierda inferior.
Los quipocamayos debían recitar de memoria los hechos históricos trascendentales del inca, o del funcionario de superior rango en la burocracia estatal que lo solicitase. Generalmente eran preferidos los más viejos, pues en este oficio los años y la experiencia vivida eran muy apreciados.
Todo aquello que sabemos históricamente de los aborígenes andinos es lo que ha sobrevivido por tradición oral y/o ha sido investigado y recogido por los cronistas y escribanos españoles como Cobo, Betanzos, Cieza, Gamboa, Molina, Alvarez, Garcilaso, Vázquez, Pizarro, etcétera. Todos ellos llevaron a cabo de la mejor manera que pudieron una encomiable y minuciosa labor de observación, recopilación y escritura, documentada con testimonios personales y colectivos del modo de vida, las costumbres sociales, las instituciones políticas, la música, la arquitectura, la cerámica, la pintura, la historia, la economía, las tradiciones, sagas y anécdotas de las pocas y diversas civilizaciones sudamericanas. Este legado constituye hoy una sin rival cantera de estudios y conocimiento del nativo americano.

LOS POSIBLES CONSTRUCTORES

“Sólo las figuras cargadas de pasado están ricas de porvenir”, escribió Alfonso Reyes. En el caso de las ruinas de Tiahuanaco esta aseveración se evidencia claramente. Cuando en 1551 Cieza de León preguntó a los entonces indígenas incas residentes allí quiénes y cuándo habían construido los edificios antiguos, ellos le respondieron que mucho antes de la conquista y asentamiento de los incas ya los wiraqochas altos, rubios, barbudos y de piel blanca, quienes vivían junto con los urus en la isla más grande del lago Titicaca, la habían construido. Y que una vez, en épocas muy antiguas, en momentos de una total oscuridad que duró varios días -¿un eclipse total de sol?- fueron masacrados en su mayoría por los indígenas de otra tribu, en una guerra. Sucedió una epidemia y después una inundación. Al salir otra vez el sol, apareció desde el sur, en la entonces llamada provincia incaica de Collasuyo, desde el lago, un hombre orejudo, muy alto, de gran autoridad, dignidad y sabiduría; con una vestidura blanca ceñida por un cinto, su pelo corto con una tonsura, a la manera de un sacerdote, llevando en sus manos algo que miraba al pronunciar ciertas palabras, como si leyera una especie de breviario. Era capaz de alisar cerros y convertir llanuras en montañas; hacía fuertes de roca sólida y por tanto se le reconoció tal poder que le llamaron TicciTicsi Wiraqocha Pachayachachic, que en quechua quiere decir “el creador del mundo”.
Por su parte, el Padre jesuita Bernabé Cobo (1582-1657) dice en su Historia del nuevo mundo (1653) que “varias son las opiniones que yo he oído a hombres de buen juicio, y no faltan entre ellos quienes sientan ser obra esta de antes del diluvio, y que debió ser una gran ciudad edificada por gigantes”…
No olvidemos que el periódico chileno “La Nación”, dio en junio de 1973 la noticia de que se habían encontrado restos arqueológicos de armaduras, utensilios y armas probablemente vikingos en el nordeste de Paraguay. ¿Serían aquellos wiraqochas descendientes de los vikingos escandinavos que, al igual que Eric el Rojo, no sólo llegaron demostradamente a Canadá y EE.UU., sino también alcanzaron las costas y territorios de Sudamérica?

GARCIA BELTRAN Y SUS DOCUMENTOS SECRETOS

Peter Kolosimo en su libro “Tierra Sin Tiempo”, y Robert Charroux en “Historia desconocida de los hombres”, afirman que existe García Beltrán, biólogo español y descendiente directo del inca Garcilaso de la Vega, (3) quien corrobora haber recibido de su ilustre predecesor y tener en su poder documentos secretos, relativos a las tradicionales leyendas indígenas de la tribu de los urus, sobre hombres pájaros, espíritus de las estrellas, hijos caídos del cielo, que llegaron a nuestro planeta en huevos voladores, nos ayudaron enseñándonos su conocimiento y tecnología, y contribuyeron a revelar algunos de los temidos misterios que asustaban al primitivo hombre aborigen, aunque también nos legaron otras incógnitas. Estos documentos, una vez traducidos y comentados por el propio Beltrán, expresan sorpresivamente lo siguiente:

En la era terciaria –de esto hace ya más o menos cinco millones de años-, cuando ningún humano existía aún en nuestro planeta, poblado solamente de animales fantásticos, un “huevo de oro” vino desde el cielo a posarse en la isla del sol del lago Titicaca.
De aquella aeronave descendió una mujer semejante a las mujeres actuales de los pies a los senos, pero tenía la cabeza en forma de cono, grandes orejas, y manos palmeadas de cuatro dedos. Su nombre era Epe, traducido al castellano por “Orejona”, y venía del planeta Venus, en donde la atmósfera es más o menos análoga a la de la Tierra. Sus manos palmeadas indicaban que en su planeta existía el agua en abundancia y desempeñaba un papel primordial en la vida de los venusinos.
Orejona marchaba verticalmente como nosotros, estaba dotada de inteligencia y sin duda tenía la intención de crear una humanidad terrestre, pues tuvo relaciones con un tapir, animal que gruñe y camina en cuatro patas. Engendró varios hijos.
Esa progenitura nacida de un cruzamiento monstruoso venía al mundo con dos mamas, una inteligencia menguada, pero los órganos reproductores se guían siendo los del tapir-cerdo. La raza era definida.
Un día, cumplida su misión, o quizá cansada de la Tierra, y deseosa de retornar a Venus, en donde podía tener un marido a su imagen, Orejona volvió a emprender vuelo en su astronave. Sus hijos, ulteriormente, procrearon, dedicándose sobre todo al destino de su padre tapir, más en la región de Titicaca una tribu que permaneció fiel a la memoria de Orejona desarrolló su inteligencia, conservó sus ritos religiosos y fue el punto de partida de las civilizaciones preincaicas. (4)

LA MITOLOGIA URU

Una centenaria anciana llamada Desusa decía que la sede mitológica sagrada de los urus estaba en Tanakunko, eminencia de un centenar de metros emergida a 2 km de la desembocadura del río desaguadero, cerca de Irú-itú, a 30 km al suroeste de Tiahuanaco. Ella le contó al antropólogo y filólogo francés Jehan Albert Vellard 81919-) una fábula mitológica uru que decía que los kotsus eran “ancestros de estos pescadores de la edad de la caña que lograron mantenerse sobre islotes artificiales en las totoras en el corazón del Titicaca. Aparecieron mucho antes que el Sol. Antes que el padre del cielo, Tatita, no hubo creado a los aymarás, los quechuas y los blancos, antes de la última aurora. Nosotros no somos hombres. Nuestra sangre es negra”.(5)
Un análisis holográfico de cualquier aborigen nativo de Tiahuanaco de muestra que tiene dos litros de sangre más que los habituales; más glóbulos rojos (8 millones) en vez de los normales (5 millones) que tenemos nosotros como promedio, y su corazón late más lentamente que el nuestro.
Entre las leyendas urus hay una que dice que ellos estaban orgullosos de su prosapia premolar y de estimarse prehumanos. Se consideraban creados por Tatita, o “el padre”, cuando la luna era de tamaño mayor que en la actualidad, que les había disecado sobre las riberas del lago sagrado. Los urus se creían el tronco del mundo.
Sus ancestros habían sido animales divinos: el cóndor, el puma, el suche, tal como puede observarse en los frisos de la Puerta del Sol, en Tiahuanaco.
Las pictografías de su frontispicio, al ser traducidas, relatan que los urus se consideraban los antiquísimos Hake-Wake, o los “hombres sagrados”, semidioses hijos de la omnipotente piedra principal llamada Apu, “la jefa-oráculo”, de la cual acataban y seguían ciegamente sus vaticinios. Ella les indicaba dónde encontrar las aves lacustres, dónde recolectar sus huevos, o dónde hacer la mejor pesca. Apu les previno de los “juicios” sucesivos, lo que les permitió a algunos urus escapar del castigo divino de la inundación para repoblar más tarde el Titicaca. Hubo una serie de juicios. El primero se produjo “cuando se perdió el sol” y sumió la comarca en la oscuridad más completa. Una guerra que se declaró, seguida de una epidemia, diezmó a la mayor parte de los pescadores urus. El segundo juicio tuvo lugar cuando aún el astro rey no había aparecido. Por haber sido despreciado por los suyos, el Tatita se fue volando, puesto que entonces…¡los urus volaban!
En Cochineros, Huancor, Paracas y Quicapampa la Antigua, en el Perú, aparecen coincidentemente petroglifos de figuras antropomórficas voladoras. El primero en la península de Paracas, en la costa meridional peruana del Océano Pacífico, volando horizontalmente, en su costado izquierdo, correspondiente a la cultura Paracas, con datación del año 550 al 200 d.n.e., aunque es similar a la del petroglifo de Huancor. En el segundo, en Quicapampa la Antigua, también se representa la figura voladora de un ave de rapiña al momento de aterrizar, con una figura al parecer humana llevando botas y una cruz en el pecho.
En Cochineros se aprecia como en una fotografía tomada desde tierra la silueta de un humanoide llamado Tumi, lanzándose al espacio desde la proa o parte delantera de lo que parece ser un avión en pleno vuelo.
Comparativamente, en la Puerta del Sol de Tiahuanaco aparecen esculpidos los urus en las líneas superiores y medias del frontispicio con cabezas antropomórficas, y en las líneas inferiores con cabezas ornitomórficas o grifomórficas. Parecen volar, como lo hacían antaño según su tradición.
Los urus no tenían mayor título de nobleza que el de haber sido escogidos como víctimas propiciatorias del holocausto humano. Reza su leyenda que eran enterrados vivos para aplomar los cuatro ángulos de los cimientos de todos los grandes monumentos en el siglo x (año 1000) a.n.e., cuando surgió el primer horizonte cultural primitivo preincaico de Tiahuanaco, con cinco villas y culturas sucesivas, superpuestas arqueológicamente, hasta el último horizonte cultural en el siglo x d.n.e., de acuerdo con los datos especificados por el Centro de Investigación Arqueológico de Tiahuanaco.
Las pictografías de la Puerta del Sol también relatan que en la era de los tapires gigantes unos seres humanos, muy evolucionados, palmeados y con sangre diferente de la nuestra, venidos de otro planeta, hallaron de provecho el lago (Titicaca) más alto de la Tierra.
En el curso de su viaje interplanetario, los pilotos lanzaron sus excrementos sin aterrizar y dieron al lago la forma de un ser humano acostado de espalda. No olvidaron el ombligo, lugar donde se posaría nuestra primera madre, encargada de inseminar la inteligencia humana. Con sus potentes telescopios, los visitantes siderales buscaron, pues, una altura y un lago favorable a su organismo y a su vida anfibia. (6)
A esta leyenda indígena corresponden las coincidencias de que:

1- En las paredes de las cavernas asiáticas de Bohistán se han encontrado dibujos e inscripciones acompañados de mapas astronómicos que representan las estrellas y las posiciones astronómicas que ocupaban hace 3000 años. En esos mapas se ven unas líneas que unen al antiguamente conocido Venus con la Tierra.
2- Aunque los incas conocían al Lucero del Alba bajo el nombre quechua de Chasca, lo consideraban mitológicamente el doncel de cabellos largos y rizosos, diligente paje y escolta de Inti –el dios solar supremo-, y le consagraron un suntuoso templo interiormente enchapado con láminas de plata. También es cierto que el único calendario venusiano existente en toda Sudamérica está en Tiahuanaco, esculpido en el frontispicio de la Puerta del Sol. Los científicos Jikov, Kazantsev y Poznansky le atribuyen una antigüedad de 15000 a 17000 años. Todos los demás calendarios sudamericanos eran lunares o solares.
Según H. S. Bellamy, en El calendario de Tiahuanaco. Una disquisición en el sistema de medición cronológica de la más antigua civilización del mundo, el calendario no sólo era un almanaque, sino también un instrumento sofisticado de observación y predicción astronómica.
Comprende diez series de 24 cifras, totalizando 240 que corresponden más o menos al período de rotación retrograda (de este a oeste) de Venus sobre su eje, que es exactamente de 243,01 días, más dos series de 25 cifras que suman 50 días, correspondientes a los años bitextiles, haciendo un ciclo total de 290 días. La duración del día venusiano es equivalente a 9 días terrestres. El Lucero del Alba, distante 42 millones de km de la Tierra, se acerca a nuestro planeta cada 19 meses como ningún otro del sistema solar.
Los astrónomos han comparado ese calendario venusiano, que comienza en el equinoccio del hemisferio sur, con el que actualmente usamos, y afirman que considerando la época, era científica y relativamente más exacto, pues estaba elaborado teniendo en cuenta el movimiento de los astros, mientras que el nuestro tiene períodos de (semanas y meses) imaginarios, para llenar huecos y defectos horarios. Inclusive no sólo marcaba el año solar de 290 días y las 449 lunizaciones del calendario lunar, sino además los eclipses lunares y solares, el nadir y el cenit, los 4 puntos cardinales, los azimut, los solsticios y equinoccios. El movimiento de la luna se podía observar entre los dos pilares occidentales del templo de Kalasasaya.


ORIENTACIONES ARQUITECTONICAS Y GEOGRAFICAS

Hay diferencias arquitectónicas notables entre las construcciones de la costa del Océano Pacífico peruano y la andina del interior. En la costa se utilizaba principalmente arcilla seca y ladrillos de adobe como materia prima. En los Andes peruanos-bolivianos, sobre todo en Tiahuanaco, el material básico es la piedra de andesita, basáltica, tallada ligeramente en formas trapezoidales encajadas, pulidas y enlazadas con abrazaderas metálicas de cobre. Por lo general los edificios importantes –templos, fortalezas, palacios- estaban construidos con piedras, con techos pétreos y planos formados por losas finamente ajustadas. Eran simétricos, divididos en piezas o cuartos rectangulares, comunicados entre sí por grupos de tres o cuatro piezas. El edificio de Pilco-Kayma, en la isla del Titicaca, está construido así.
Las fotografías aéreas tomadas por el CIAT revelaron que el sitio había sido arquitectónicamente concebido, construido y orientado según un riguroso sentido astronómico, siguiendo el norte geográfico. Contaba con un sistema de grandes rutas pavimentadas, de acuerdo con su medio ambiental y meteorológico, que condiciona esta orientación.
Es evidente que los constructores conocían la ciencia y la aplicación en perspectiva, y la relación arquitectónica-astronómica de la antigua mente conocida geometría sagrada. Martí exclamó en 1884 que “los edificios son como las palabras de los pueblos, y sus símbolos. A través de las edades cuentan su espíritu y revelan su historia”. Esta aseveración se corrobora viendo y analizando el caso de las ruinas de Tiahuanaco, que reflejan la cultura y la técnica de una magnífica y antigua civilización. Los monumentos arquitectónicos más importantes de estas ruinas son las pirámides de Pumapunku y de Akapana, el templo de Kalasasaya, las puertas del Sol y de la Luna.
La pirámide de Pumapunku, o Puerta del León Puma, es un terraplén o mogote de 402 m de altura, hecho a mano, fundado sobre dos enormes y bien talladas piedras en forma de losas de sepulturas, que mide alrededor de 100 pasos de esquina a esquina , rematándose en dos grandes losas muy parejas y llanas, con andenes intermedios de 2 m de ancho aproximadamente, que pertenecieron al templo, y una especie de plataforma de 35 m de largo por 8 m de ancho, caída en bloque por fallo de sus cimientos. El frente del edificio mira hacia el este y a otras grandes ruinas. De este mismo lienzo delantero sale la obra con igual altura y paredes de piedra de 7,21 m de ancho y de 18,28 m de largo, formando dos ángulos a los lados. Se nota el suelo enlosado con un pedazo de la suntuosa pieza que debió ser la pared principal de allí. La mayor de todas las losas tiene 9,75 m de largo; 5,18 m de ancho y 1,80 m de grosor del canto. Sólo están en pie sobre una losa mayor una puerta de piedra muy labrada de 9,74 m de alto y la misma medida de largo, que da al oriente, y una ventana mirando al poniente.
Se percibe la simetría intencional de los ejes arquitectónicos que emanantados del Akapana, la mayor de las fortalezas piramidales escalonadas y truncas, con las siguientes dimensiones: 210 m de largo, 150 m de ancho y 15 m de altura. Su cima cubre 27 000 m2.
El monumental templo de Kalasasaya se extiende a lo largo de 135 m de este a oeste. Su altura es de 4,2 m. Tiene 1,2 m de ancho y o, 7m de espesor. Presenta la más pequeña Puerta de la Luna, construida con habilidad, pericia y sobria elegancia, y la Puerta del Sol, formada por el más grande bloque monolito de piedra de andresita volcánica del mundo, con las siguientes dimensiones. 3 m de altura; 6 m de espesor, y un peso de cerca de 12 toneladas. Sobre la entrada está esculpida en bajorrelieve la figura del dios supremo del universo: Wiraqocha. En cada una de sus dos manos, con sólo 4 dedos, sostiene un arco y un carcaj con dos lanzas. A cada lado de la efigie divina hay 24 cuadrados dentro de los cuales aparecen de perfil extraños sirvientes alados, que se inspiran quizás en los antediluvianos “hombres voladores sagrados de los urus presolares”, en los legendarios “hombres-cóndores” o los pakajes, tribus de indios guerreros provenientes del volcán Illimani boliviano, su cuna. Nacidos según la leyenda uru del huevo de un cóndor real, servidor aliado del dios solar, ellos eran preincaicos devoradores de los corazones de sus enemigos vencidos, con una especie de corona en cada cabeza, que mide la mitad de la altura total de la figura del dios Kolla. Aparecen corriendo hacia el este y debajo hay 16 figuras talladas.
Si examinamos desprejuiciadamente la figura del “hombre cóndor”, como señala Eduardo Frank en Los dioses astronautas, podemos notar la presencia de lo que parece ser a simple vista una capa dorsal, en realidad una especie de tobera de motor, quizá uno foto-iónico a reacción. Esculpidos a ambos lados de su entrada hay nichos rectangulares de 30 cm de profundidad, tan exactamente recortados y tan perfecta y matemáticamente colocados, que es imposible hallar una desviación de 0.5 mm en sus ángulos y superficies, en una serie de escalones concéntricos. Algunas de las obras de irrigación construidas entonces, serían hoy en día a duras penas realizables con nuestras modernas perforadoras electro hidráulicas.

Los enormes bloques de piedra, a veces pesando más de veinte toneladas, eran cortados, encarados y encajados tan perfectamente que aún hoy en día, tras el lapso de incontables siglos, es imposible insertar una sonda ajustada entre las piedras. Ningún par de bloques pétreos es igual en forma o tamaño, pero cada uno encaja más exacto en aquellos que lo rodean, Ningún experto mecánico moderno, trabajando con herramientas de acero y sondas de ajuste micrométricas, podría producir resultados en metal más precisos por minuto. Las estructuras, y cada bloque de piedra individual a ser utilizado en ellas, debieron haber sido planificadas y ajustadas de antemano. Hubiera sido imposible haber ajustado los bloques mientras los artesanos procedían con sus labores. Ningún hombre de sano juicio puede creer que una piedra de veinte toneladas fuese picada aquí y allá, dejada caer en su posición, levantada y sacada, probada y cortada y recortada otra vez, hasta que se hubiese encontrado un ajuste perfecto. Aún si podemos imaginar llevar a cabo una labor tan herculeana, hubiese sido imposible en la mayoría de los casos, debido al hecho de que las piedras están entrelazadas y ensambladas juntas. Aunque algunas de las piedras son justamente cuadradas o rectangulares y con seis caras, muchas son de forma irregular, y algunas tienen tanto como treinta y dos ángulos. El único modo en que tales formas complejas pudieron haber sido ajustadas con tal increíble precisión era cortando cada bloque a medida muy finas, o por medio de un modelo o cuña, un proceso que indicaría que esta gente prehistórica poseía el más cabal conocimiento avanzado de ingeniería y altas matemáticas.(7)

La entrada del Puma tiene losas de piedra labrada de más de 100 ton de peso, unidas en bloque entre sí por ranuras con espigas en forma de T, y por abrazaderas de cobre. Tanto el templo de Kalasasaya como el Puma-Puncu siguen arquitectónicamente una diagonal norte-este, sur-oeste, con un ángulo de 45 grados en relación con el norte geográfico. La oblicuidad de la elíptica del conjunto monumental determina el ángulo mencionado de 49 grados con 22” de amplitud, o sea, casi la amplitud de la elíptica solar hasta la actualidad. El cúbito de Tiahuanaco era de 0,4458 mm, ó 17,55 pulg. En y alrededor del patio hay estatuas megalíticas y monolíticas arrodilladas sobre los talones, como en Pokotia, y estatuas erectas de 7 m de altura. Además, tenían todo un sistema o red de vías de comunicación, a lo largo y alrededor del lago Titicaca, tanto de tierra como pavimentadas con piedras, uniendo la villa de Tiahuanaco a centros principales, mucho antes del dominio incaico. Junto a la estación ferroviaria se encuentran, a 5 m del terraplén, varios monolitos o estelas (14 en total) verticales como si fueran lápidas cuidadosamente talladas, rectangulares, con ranuras acanaladas de 3,81 cm, o del grosor de un dedo, perfectamente rectas y ensambladas de un modo tan preciso como si cada piedra hubiera sido fresada, viéndose que las estrías corren paralelas a la superficie en los bloques esculpidos de las piedras. También en los monolitos de las antiguas ruinas se aprecian esas mismas acanaladuras, que los recorren de arriba hacia abajo y evidentemente servían para permitir un acoplamiento adecuado con otras piezas.
En el templo de Klasasaya hay seis canales de desagüe. Cada uno se une a la base de la pared mediante una poceta, con el propósito de evitar que el chorro de agua que cae de las alturas de la muralla se salpicara o se derramara por medio de gárgolas al costado de la cerca de piedras de columnas cuadradas, erectas y tan bien ajustadas a modo de rafas, a cada trecho. Erich Von Daniken agrega:

(..) Hay más aún: por diversas partes del muro sobresalen, en ángulo recto, fragmentos de una especie de conductos tallados en la piedra.
Estas cañerías fueron encontradas en el suelo. (…) ¿Servían acaso para recoger agua de lluvia? No existe ninguna canalización transversal.
Con una pala logré desenterrar algunas mitades de estos fragmentos tubulares; tanto en las piezas rectas como en las aguadas, faltaba siempre la parte inferior. (…) En una pieza de 1,14 m de largo encontré juntas dos de esas mitades… ¡ambas sin la parte baja! Si el ingeniero preincaico pensó que la “tubería” no era lo bastante capaz para contener toda el agua necesaria, ¿por qué no agrandó sencillamente el conducto único en vez de duplicarlo? ¿Por qué diablos mandó a cincelar una segunda mitad igual a la primera, a sólo 2 cm de distancia?...
Dejando aparte la falta de mitades inferiores, que ya de por sí pone en entredicho la teoría de los canalizadores (pues todas las canalizaciones tienen tuberías únicas o dos mitades que conforman un solo conductor de agua), me bastaría a mí este hallazgo de doble tubo para rechazar rotundamente las explicaciones corrientes.(8)

El primer cronista europeo de las ruinas de Tiahuanaco, Pedro de Cieza de León (1518-1560), las visitó en 1535 y dice que más allá de los edificios

(…) hay dos ídolos pétreos de forma y figura humanas, sus rasgos muy hábilmente tallados, de modo que parecen haber sido hechos por la mano de algún gran maestro.”
(…) Pero lo que noté más especialmente cuando caminé entre esas ruinas anotando lo que veía, fue que esas grandes entradas, algunas de nueve metros de ancho, más de cuatro de largo y quince centímetros de espesor, todo esto, la entrada con sus jambas y demás detalles, era la única piedra. La obra es de enorme grandeza y magnificencia, cuando se la considera bien. No consigo entender con qué instrumentos o herramientas pudo haber sido realizada, porque es mucho antes de que esas grandes piedras pudieran ser perfeccionadas y dejadas tal como la vemos, las herramientas fueran mucho mejores que las que ahora usan los indios. (10)

Por su parte el estadounidense George E. Squier, que visitó Tiahuanaco en 1878, expresaba:

Nunca he visto piedras en ninguna otra parte del mundo cortadas con tal matemática precisión y con tan admirable capacidad como en el Perú, ni en Perú han hallado ninguna que pudiera compararse con aquellas que están dispersas sobre las planicies de Tiahuanaco.(11)

ALPHEUS HYATT VERRIL AGREGA:

Como sus predecesores, el pueblo inca siguió con el uso de las piedras en el altiplano y del adobe en las tierras bajas; pero su obra de cantería era pobre, menos elaborada y miserable en comparación con la de los pre incas. En ningún otro lugar existen tales sorprendentes e inexplicables ejemplos de albañilería como en las ruinas pre incas alrededor de Cuzco, (por ejemplo en Tiahuanaco) cerca del lago Titicaca, y en otros lugares en las regiones del Perú y Bolivia.
Eras antes de que el primer inca viera la luz del día, estos países, (hoy Ecuador, Perú y Bolivia) los cuales los incas gobernaron después, habían sido poblados por razas altamente cultivadas y civilizadas, cuyos trabajos excedieron mucho aquellos de la civilización inca.
Además, es absolutamente una forma única de albañilería. Ni siquiera remotamente se parece a la cantería de cualquier otra raza conocida. Esto por si mismo prueba en demasía que la gente quien erigió estas paredes y edificios ciclópeos eran de una raza desconocida. Tal tipo distintivo de construcción no se inventa ni se desarrolla de una sola vez.
(…) Ningún cemento ni mortero fueron usados en este tipo de construcción, y ninguno se necesitaba. (12)

Según Verril, “los grandes trabajos de los antiguos no fueron realizados con útiles de tallar piedra, sino con una pasta radiactiva que roía como el granito: una especie de grabado a escala de las grandes pirámides.
Verril pretendía haber visto en manos de los últimos hechiceros (incas) esta pasta radiactiva, legada por civilizaciones más antiguas.(13)
En su novela El puente de luz, describe una ciudad preincaica a la que se llega por medio de un puente de luz de materia ionizada, que a voluntad aparece y desaparece, posibilitando franquear un peligroso e inaccesible desfiladero. Hasta sus últimos días, él afirmaba convincentemente que la novela era más que la recolección de una leyenda. También en su libro Viejas civilizaciones del nuevo mundo, Verril dice:
Quizás los objetos más intrigantes entre estas ruinas son dos discos inmensos de piedra que descubrí en mi última visita a Tiahuanaco. Uno de ellos está completamente enterrado entre las masas de piedras caídas y sólo su canto es visible, mientras que el otro estaba escondido bajo pequeños fragmentos y está ahora completamente expuesto.
Es alrededor de siete pies en diámetro, alrededor de dieciséis pulgadas de grosor y tiene un orificio cuadrado en su centro. Está hecho de la misma piedra que las propias ruinas y sus superficies muestran la misma marca de herramientas y los mismos caracteres de manufactura.
(…). El hecho de que las ruedas de piedra estaban enterradas bajo las ruinas indicaría que ellas estaban hace mucho tiempo antes de que las piedras se cayeran y se rompieran en pedazos, por esto, mucho antes de la llegada de los españoles. (14)

¿No es extraño que supuesta, y excepcionalmente, el único pueblo aborigen en América que conocía, dominaba y contaba con la rueda fuese el pueblo que habitaba Tiahuanaco? ¿No es absurdo e ilógico suponer que ellos tuvieran y usaran rutas pavimentadas, sólo para peatones, que caminaban a pie y que no usaran carruajes de pasajeros o de carga con ruedas?
Continúa Verril:“¡Cómo cualquier ser humano pudo haber cortado esta dura piedra andesita hasta tales ángulos perfectos, con tales filos verdaderamente afilados, y a menudo hasta una profundidad de seis metros!”(15)
En los petroglifos de las localidades peruanas de Cochineros, Huancor y Pitas, hay claras evidencias arqueológicas petroglíficas de excelentes e indudables representaciones grabadas sobre la existencia y uso probable de la piedra por los indígenas de esas comarcas.
Existe una esfinge en Tiahuanaco, llamada “El hombre Puma solar”, adornada con cabezas de cóndores blandiendo dos cetros de la claridad oficia, símbolo mágico-religioso por excelencia. El sacerdote jesuita Padre Cobo, que visitó durante la colonia las ruinas, se sorprendió de que la imagen monolítica tenía las siguientes dimensiones: 18 m de largo x 4 m de diámetro. Intrigado, interrogó a los vecinos de las ruinas y obtuvo una sorprendente respuesta de los indígenas más ancianos, que él anotó: “Nuestros ancestros nos dijeron que estas piedras fueron transportadas en los aires, al sonido de una trompeta, la cual tocaba un hombre” (16)
En el Perú, los arqueólogos, geólogos y espeleólogos peruanos y ex granjeros han encontrado varios petroglifos en diversas localidades, provincias y departamentos por todo el territorio, datados de hace al menos 1 500 a 2 000 años de antigüedad, de grabados superficiales, tallados en rocas de varios tipos, que tienen apariencias zoomórficas (aves, águilas, serpientes, lagartos, llamas, perros, saurios, arañas, ganado, etcétera); geométricas polifórmicas, poliangulares (círculos, cuadrados, rectángulos, cruces, círculos con rayos); antropomórficas (humanoides de pie, sentados, con extremidades abiertas y extendidas, volando o en tierra, con y sin cascos resplandecientes.
Entre los diversos lugares en que se han hallado petroglifos están la localidad de Cochineros, en el margen occidental derecha del valle del río Mala, a 700 m sobre el nivel del mar, y en la base del gran cerro Champara, en Huarochirí, provincia de Cañete. Se trata de tallas superficiales en rocas de granito y diorita, que tienen apariencias antropomórficas, viéndose que todas ellas tienen en sus bocas unas especies de trompetas en forma de pipas con larguísimos cabos, llamadas en quechua “antaras”, habitualmente existentes como parte del folclore costumbrista musical no sólo peruano, sino también andino. Los humanos representados soplaban o podían soplar por ellas quizás un fuerte sonido y por las leyes físicas se sabe que un instrumento largo suena más fuerte que uno corto. Por ejemplo, el trombón suena más fuerte y gravemente que una trompeta. Si en el Perú hay evidencia arqueológica de la existencia de estos instrumentos musicales, ¿por qué no suponer que los hubiera y los usaran también en el territorio de Tiahuanaco, en Bolivia? ¿Tal vez utilizando tales Instrumentos es que también los indígenas tiahuanaquenses, como los incas peruanos, movían y hacían levitar, transportar en y por el aire tales piedras? El padre Jean Leurechon, en su libro Récréation Mathématiques (París, 1626), y el escritor Lenormand, en Magia caldea, afirman que los antiguos sacerdotes caldeos, egipcios, árabes y bizantinos, conocieron y aplicaron las fuerzas levitadotas antigravitacionales sonoras y del magnetismo en Egipto, Medina y Bizancio, para provocar tempestades de arena y/o levantar piedras para construir templos y tumbas.
El ingeniero electrometalúrgico británico Walter Shepherd Owen declara que “las vibraciones sonoras son fuerzas (…), la creación cósmica está sostenida por vibraciones que podrían igualmente suspenderla (17).
El ingeniero físico estadounidense Henry Oliott Hooper consiguió en 1957 hacer flotar en el aire un anillo de ferrita dentro de un campo electromagnético a más de quince mil revoluciones por minuto. El aligeramiento comprobado era del orden del 1%.
Jaiques Weiss refiere en su libro La sinarquía que en el invierno de 1947-1948 un ingeniero de su país le confirmó que la empresa General Electric había logrado hacer levitar experimentalmente un cubo de piedra de unos 6 cm a 1 m de altura, durante un mes.
Actualmente en Francia el ingeniero Edgar Nazar está experimentando con la antrigravitación, haciendo girar un campo electrostático por dentro de un campo electromagnético.
Sabemos de la poderosa capacidad energética potencial del sonido.
Es conocido que Caruso, el gran divo operístico y tenor italiano, era capaz de, con un timbre sostenido de su portentosa voz, romper a distancia una copa de cristal de Baccarat.
En el Instituto Pasteur, de Paris, el profesor Prudhomme hace experimentos físicos de levitación, elevando pelotas de corcho con débiles potencias ultrasonoras.
Existe un antecedente de levitación en México precolombino. Una traducción realizada a principios del siglo XVI, del testamento de un anciano cronista – el Códice maya de Chaco Lac– que emigró a la capital del imperio Tolteca, expresa: “Entonces les enseñamos de la manera de mover piedras muy grandes concentrando la fuerza del cerebro de cuatro hombres y tocándolas al unísono por puntos previamente marcados que se orientaban al Norte, y al Sur, y al Este, y al Oeste. Y parecían entonces (las piedras) no pesar nada”. (18)
Separado por casi 1.60 km de distancia de otras ruinas está el Tunca-Puncu, o “lugar de las diez puertas”, el mayor y más impresionante de los restos pétreos. Era conocido como el palacio de los incas, pero este nombre no es históricamente correcto, pues los antecede secularmente. Quizá fue una Corte Real, una especie de foro público, un tribunal de justicia o incluso pudo haber sido un templo. En la actualidad está completamente en ruina y es imposible determinar su forma original. Sus características más sobresalientes e impresionantes son sus ciclópeas losas pétreas, sus innumerables, magníficamente esculpidas cornisas, sus columnas, sus peldaños de piedra y sus gigantescos bloques megalíticos, el mayor de los cuales mide 10,97 m de largo, 2,13 m de ancho, y pesa 175 a 200 ton. Se encuentran comúnmente por doquier losas de piedra que pesan hasta 50 ton.

INTRIGANTES RESTOS HUMANOS. COINCIDENCIAS ARQUEOLOGICAS Y BOTANICAS

En Tiahuanaco también los arqueólogos y antropólogos bolivianos y peruanos encontraron restos humanos con una antigüedad anterior a la llegada de los hispanos en el siglo XVI - ¿europeos o de dónde?-, con trepanaciones craneales, de mayor estatura que la de los indígenas autóctonos, enterrados yacentes boca arriba y a lo largo, cubiertos con un sudario; a diferencia de los aborígenes de Perú y Bolivia, que sepultaban a sus muertos momificándolos sentados o acuclillados en posición fetal vertical, arropados en paños y dentro de tinajas de barro.
La mitología indígena dice que Wiraqocha viajó hacia el norte y partió junto con los congéneres sobrevivientes suyos, vía marítima, desde las costas que dan al Océano Pacífico ecuatoriano y peruano, hacia donde se pone el sol (el Oeste). El etnólogo y explorador noruego Thor Heyerdhal cree que, también según la tradición genealógico - mitológico pascuense, un indígena peruano llamado Hotu-Matua y 300 hombres blancos, de brazos largos, pechos fuertes, grandes, rubios, altos y orejones, que desconocían el uso del fuego- ¿descendientes de Epa, “la orejona”, o quizás uno de los vikingos escandinavos que llegaron a Sudamérica?-, contribuyeron a crear la civilización de Tiahuanaco, se marcharon en balsas y al parecer llegaron en el año 475 d.n.e. a la entonces ignota chilena Isla de Pascua, de sólo 182 km2, habitada a lo sumo por 1000 aborígenes de origen polinésico que la llamaban Rapa-Nui, traducido en castellano como “ombligo del mundo”. Así se conocía homónimamente un lugar cerca de Tiahuanaco.

Heyerdhal encontró en la Isla de Pascua la misma especie de plantas de juncos que se utilizaban en los alrededores del lago Titicaca para construir las famosas balsas o embarcaciones de e islas de totora, construidas también por los pascuenses. Situada a 3000 km de las costas de Chile, y descubierta el domingo de Pascuas del año 1722 por el almirante holandés Jacobo Roggeveen, allí fueron construidas 593 ciclópeas estatuas orejonas, de uso honroso fúnebre, diferentes tamaños, volúmenes y pesos: entre 3 y 10 m de altura, 7,6 m de circunferencia y 20 ton de peso, semejantes a las halladas en Tiahuanaco, orientadas la mayoría hacia el Este, mirando al cielo o al horizonte marítimo. Eran llamadas “momias” por los indígenas pascuenses.
Esta tesis es demostrada por el hecho de que a diferencia de los demás indígenas de la Polinesia, que carecen de escritura, los pascuenses sí tienen y usan jeroglíficos de 24 caracteres parecidos a los preincaicos existentes en Cuzco, Perú, inscritos en tablillas de madera dura por los pascuenses, llamadas Rongo-rongo.
El sentido de las corrientes marinas les permitió a Heyerdhal y otros cinco expedicionarios navegar 2000 millas náuticas durante 102 días y llegar a la Isla de Pascua, a bordo de la balsa Kon-Tiki en 1947, desde las costas peruanas que bañan las aguas del Océano Pacífico.
Por otro lado, la alfarería de Tiahuanaco producía principalmente vasijas y vasos. Este tipo de cerámica tiene rasgos muy distintivos, a saber:

Es más de uso ceremonial que culinario;

Es zoo y antropomórfica, o glifomórfica y/o geométrica, combinadas;

Es policromada, utilizando distintivamente los colores enmarcados en líneas blancas inscritas o excavadas en bajorrelieve: rojo, blanco, negro y amarillo;

Tiene generalmente asas a ambos lados; es de base plana y abultada en la parte inferior;

Tiene simetría ocular en sus rostros.

Es curioso que en la costa sur del Océano Pacífico ecuatoriano los arqueólogos encontraron en 1958 una muestra de cerámica zoomórfica con cara felina y simetría de los ojos, erecta, policromada en los típicos colores rojo, negro y amarillo; uniformemente estilizadas, con base plana de estilo ceremonial tiahuanense, no oriunda ni común en esa comarca ecuatoriana. Datada según el carbono 14, se le atribuye una antigüedad de alrededor de 3000 años, mil años más antigua que cualquier cerámica ecuatoriana o peruana conocida.
Llaman la atención asimismo los intentos por localizar bajo las aguas otras huellas esclarecedoras de esas antigüedades.
El periódico El Comercio, de Lima, informó el 21 de noviembre de 1968 que la expedición arqueológica francesa dirigida por el famoso buzo y oceanógrafo galo Jacques Yves Costeau (1910-1997) fue a la península de Capablanca, en el lago Titicaca, en Bolivia, no sólo para hacer investigaciones arqueológicas y biológicas submarinas, sino para cumplir una misión secreta: la de encontrar quizás indicios y restos de navíos extraplanetarios, cargados tal vez de un fabuloso mensaje sideral, en el fondo lacustre.
Fréderic Dumás, arqueólogo submarino, tripulante del mini submarino francés Zodiaco, que investigó los restos de las ruinas arqueológicas y arquitectónicas en el fondo del lago Titicaca, quedó maravillado de la talla en ángulos múltiples y desiguales, encajados con tal precisión que ni siquiera una navaja de afeitar podría introducirse en sus junturas. En una isla Dumás descubrió un enorme bloque de piedra esculpida en forma de una serpiente cobra, una naja, con lunares reconocibles. Los ofidiólogos afirman, sin embargo, que la cobra no es oriunda ni conocida en América del Sur, sino que proviene de África y Asia.
Debemos aclarar que metalúrgica y técnicamente, Tiahuanaco estaba en plena Edad del Cobre. Ya se sabía fundir y utilizar el estaño y el oro en el año 500 d.n.e. Sólo en épocas muy posteriores a su fundación, en tiempos ya incaicos, en el tercer decenio del siglo XVI-cuando los indígenas incas estaban en plena Edad de Bronce, sucesora de la del Cobre -, se conoce por primera vez en el imperio inca la producción, uso y soldadura del estaño, del oro, de la plata, del cobre, y de las aleaciones de bronce, plomo y estaño. Ignoraban entonces la confección y uso metalúrgico tanto del hierro como, por supuesto, del acero.
El antropólogo estadounidense John Alden Mason refiere en su libro “Antigua civilización del Perú” (1957) que se han encontrado en la puna peruana ornamentos artesanales preincaicos de platino fundido. Sabemos que el platino se funde a una temperatura de 1730 grados Celsius sobre cero, y que para trabajarlo se necesitaría un procedimiento muy parecido a la tecnología metalúrgica del siglo XX.

LA HIPOTESIS DE PALEOCONTACTOS CON EXTRATERRESTRES

Según el inca Garcilaso de la Vega, los sacerdotes o chamanes collas llevaban un medallón cóncavo, de oro, grande como una media naranja, muy patinado, semejante a los huevos resplandecientes que, de acuerdo con sus testimonios, los indígenas veían volar.
En el Perú existen – y los arqueólogos, geólogos y espeleólogos peruanos y extranjeros han encontrado varios petroglifos en diversas localidades, provincias y departamentos por todo el territorio peruano – tallas en rocas de variados tipos, datadas de hace al menos 1500 a 2000 años de antigüedad, que tienen apariencias zoomórficas (aves, águilas, serpientes, lagartos, llamas, perros, saurios, arañas, ganado, etcétera). Presentan geometría polimorfa (círculos, cuadrados, rectángulos, cruces, círculos con rayos); antropomórfica (humanoides de pie, sentados, con extremidades abiertas y extendidas, volando o en tierra, con y sin cascos resplandecientes, similares al dibujo rupestre descubierto en la zona alpina de Val Canónica, provincia nororiental italiana de Brescia, entre Milán y Verona).

HAN SIDO HALLADOS PETROGLIFOS EN DIVERSOS LUGARES:

- La localidad de Cochineros, en el margen occidental derecha del valle del río Mala, a 700 m sobre el nivel del mar, en la base del gran Cerro Champara;

- la Quebrada de Toro Muerto, de 55 km de extensión, situada a 600 m de altitud en el valle del río Majes;

- Huancor, en la margen derecha del río San Juan, a unos 4500 m de altitud y a 200 km al sur de Lima;

- Quilcopampa la Antigua, en la margen occidental o derecha del río Sihuas;
la provincia de Cailloma, a 750 km al sur de Lima;

Quebrada de Palea, en la margen derecha del valle del río Capilla, en la provincia y departamento de Tacna;
Quebrada de Toro Muerto, la más notable de las localidades de arte rupestre peruano. Aquí fueron halladas evidencias arqueológicas de varios petroglifos tallados profundamente en rocas volcánicas, cineríticas, lixiviadas con pequeñas micas, y representando figuras extrañas con escafandras; así como figuras geométricas polimorfas, tres de las cuales bien pueden representar naves aéreas; una hexagonal, otra central, con una base triangular y superestructura esférica, con 5 antenas, un cable con un recipiente y una especie de antena de radar en su parte inferior derecha. Una tercera nave cilíndrica, con una especie de ventanal, tipo ojo de buey, redondo en su centro, parecida al primer satélite sputnik soviético, lanzado en octubre de 1957, sobrevuela un río, un establo y un hato de ganado.
También aparece una figura humanoide con escafandra resplandeciente que despide rayos, como saliendo de una nave espacial aterrizada detrás. Otro humanoide vestido de cosmonauta lleva en el tope de su escafandra una antena.
Llama la atención una figura con la cabeza de robot, con sendos ojos y boca rectangulares, dos especies de cuernos a cada lado de su rostro y una antena encima de su testa. Hay también dos ejemplares de posibles entidades biológicas extraterrestres con pies y manos de tres dedos cada uno, y con una cabeza como si llevaran un casco o escafandra con 3 ó 4 antenas y una manguera cada uno.
En Huancor se han hallado evidencias arqueológicas de petroglifos, parte de los cuales fueron tallados en rocas microdioritas, con surcos de poca profundidad; otros con la técnica superficial y algunos pocos con surcos profundos. Tienen formas antropomórficas: en uno de ellos se distingue un humanoide con escafandra, con una tubería dorsal posterior que va desde la escafandra al suelo. La figura se representa con la mano derecha tocando o manejando una especie de mando con una antena cuyo tope es elíptico, del cual salen varias manchas o señales al aire. Detrás, y en el plano superior, hay otra figura de pie, también con escafandra, con una manguera que sale de la parte abdominal de su traje, cruza sobre su cabeza y baja por atrás hacia el suelo. El humanoide la agarra con la mano izquierda. Igualmente, se ven dos siluetas que tienen aspecto de robots, con dos antenas sobre cada una de sus escafandras o cabezas.
Entre los más interesantes descubrimientos antropoarqueológicos y culturales están parte de las estrofas grabadas del himno sagrado inca al dios creador Wiraqocha, conservador del mundo, cuyo suntuoso centro, templo de culto e importante oráculo religioso-político, quedaba en el valle de Turín, no lejos de Lima, y fue demolido por los soldados de Pizarro en 1533. Este himno, que excepcionalmente algún anciano inca aún recuerda y canta, como era cantado en la antigüedad también por las cien vírgenes vestales del templo de Pachacamac y del Convento del Sol – en las cumbres de Machu-Pichu -, expresa
: “¡Ah Wiraqocha, (…) de todo lo existente el poder! (…) Sagrado Señor, de toda luz naciente el hacedor. ¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿En el mundo de arriba o en el mundo de abajo, o a un lado del mundo está tu poderoso trono? ¿No podría verte? (…)”.
La existencia de las más variadas leyendas orales indígenas repetidas tradicionalmente, como todos los hallazgos y evidencias arqueológicas, geológicas y etnoculturales que hemos expuesto, preocupó a algunos arqueólogos y motivaron comentarios inquietantes.
Simona Waisbard manifiesta: “Yo no rechazo un instante la hipótesis de que otros planetas estén habitados. Admito perfectamente que los extraterrestres hayan podido venir a poblar los Andes”. (19)
El escritor francés Jacques Bergier sostiene asimismo: “Nosotros no negamos la posibilidad de visitas de los habitantes del espacio exterior, de civilizaciones cósmicas desaparecidas sin casi dejar rastro, de etapas del conocimiento y de la técnica comparables a la etapa presente, de vestigios de ciencias englobadas en diversas formas” (…) 20
También Walter Scout Elliot habla de naves aéreas utilizadas por “la raza cuyos descendientes dejaron en la tierra las pirámides de México y Egipto, las piedras de Tiahuanaco y las ruinas de Baalbek”.
Sabido es que los indígenas autóctonos sudamericanos generalmente dicen la verdad. La cultura indígena no fue ni es proclive a ser mitómana o mentirosa. Guardaban y cumplen aún su palabra aunque les cueste la vida. Esta virtud devino en una de las trágicas causas y dramáticos resultados de su conquista, pues ingenuamente confiaban de igual manera en el cumplimiento de la palabra del conquistador europeo. El cronista hispano Manco Sierra escribió el 15 de septiembre de 1589 su revelador testimonio de que al momento de la conquista los españoles jamás encontraron a un ladrón, a un mentiroso ni a un holgazán en todo el imperio inca. No olvidemos que Pizarro le prometió al último inca, Atahualpa (1499-1533) su liberación si pagaba un millonario rescate con oro y plata, hasta la altura de su mano levantada. Atahualpa pagó, pero fue ejecutado en 1533 por Pizarro, en Cajamarca.
Podemos confiar en los sinceros testimonios orales de las leyendas e informes de los sorprendidos indígenas, sobre avistamientos de Objetos Volantes No Identificados (OVNIs) sobrevolando, aterrizando o despegando en Los andes peruano-bolivianos, que parecen ser ciertos, sobre todo cuando están corroborados con los hallazgos arqueológico-geológicos.
Las evidencias nos animan a hacer nuestro lo expresado por Emil Ludwing en El hijo del hombre: “El misterio es lo único que provoca verdaderamente la admiración”.

NOTAS Y REFERENCIAS

* (d.n.e.) Quiere decir "después de nuestra era".

(1) El UO2, es un mineral que aparece en forma de cristales negros solubles en agua, ácido nítrico y ácido sulfúrico. Su peso específico es de 10.9. Tiene un punto de fusión de 2176 grados C. Se obtiene mediante tratamiento de extracción por éter, del nitrato de uranillo. Se usa como catalizador, posible materia prima de uranio para el fluoruro utilizado en la separación de isótopos. También tiene uso en cerámica y en la química de pigmentos y fotografía.

(2) El zirconio (Zr) es un mineral cuyo número atómico es 40.
Pertenece al grupo IV de la tabla periódica. Se presenta en forma de escamas cristalinas, duras, brillantes y grisáceas, en polvo amorfo gris. Su peso específico es 6.4. Tiene un punto de fusión de 1700 grados C. Soluble en ácidos calientes e insoluble en agua o en ácidos fríos. Se obtiene mediante reducción en la fase de vapor del tetrayoduro de Zr. Se envasa en botellas de vidrio. Es utilizado como sustancia retardadora del ennegrecimiento de las bombillas de alto vacío, y desoxidante en piezas de fundición de metal; en electricidad – en luz de arco voltaico de gran intensidad –y en cerámica.

(3) Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), célebre historiador, sacerdote y escritor peruano, nacido en el Cuzco. Autor de “Los comentarios Reales del Perú”.

(4) Robert Charroux: “Historia Desconocida de los Hombres”,
Traducción Jorge Onfray. 3era ed., pp 49-50. Editorial Zig-Zag. Santiago de Chile. 1982.

(5) Simone Waisbard: Tiahuanaco. Dix mille ans d Enigmas Incas.
1ra ed., p 227 Ed. Robert Laffont S.A., Paris, 1971.

(6) Robert Charroux, ob., p.49.

(7) Alpheus Hyatt Verril: “Old Civilizations of the New World”, p. 300. The Bobbs –Merril Co. Publ. (1929).

(8) Erich Von Daniken: El Mensaje de los Dioses. 1ra ed, p.109
Ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1976.

(9) Rupert Furneaux: “Los Grandes Enigmas del Universo. Lo Inexplicable, 2da ed., p. 217, Ed Javier Vergara, Buenos Aires, 1990.

(10) Ibidem.

(11) Ibidem.

(12) Alpheus Hyatt Verril: “Old Civilizations of the New World”, pg. 300

(13) Ibidem., p. 801.

(14) Ibidem., p.272.

(15) Ibidem.

(16) Ibidem., pp.300-330.

(17) Jacques Bergier/Louis Pauwels: “El Retorno de los Brujos”. 3ra ed., p.245, Plaza and Janés, Barcelona, 1995.

(18) Giordano Rodríguez: “De Tulán… la lejana”, 1ra ed., pp 29-30. Ed. Gente Nueva, La Habana. 1978.

(19) Simone Waisbard: “Tiahuanaco. Dix Mille ans d’ Enigmas Incas”. pp. 304-305.

(20) Jacques Bergier/Louis Pauwels: El Retorno de los Brujos, pg. 244.

Nota: El anterior trabajo se publicó en la Revista SIGNOS, pp. 81-102., no. 45, año 2000. Villa Clara, Cuba.