AZAR, VIDA E INTELIGENCIA SUPERIOR
¿Estamos solos en el Universo?
Enrique Soto Ramírez [1]
Aunque hoy en día existe la exobiología, catalogada por muchos
como la ciencia cuyo objeto de estudio es el origen y la evolución
de la vida fuera del contexto de la biosfera, lo cierto es que más
allá de las especulaciones y sobre la base de los hechos científicos
que hoy disponemos, no hay evidencia alguna de existencia de vida extraterrestre.
Según lo expresado la exobiología se derrumba como un castillo
de naipes, pues habría que admitir que nos encontramos en presencia
de una ciencia, que hasta hoy, no tiene objeto de estudio.
Todo cuanto sabemos sobre la vida responde a los acontecimientos que han sido
observados y estudiados en el planeta Tierra, lo demás son puras suposiciones
y en el mejor de los casos hipótesis.
El proceso de evolución biológica que ha tenido lugar en nuestro
planeta a lo largo de unos 3 600 millones de años, ha producido más
de 1 000 millones de especies, de las cuales hoy están descritas científicamente
algo menos de 2 millones, lo que deja muy en claro que en la actualidad se
conocen alrededor del 0,1% de todas las especies que han existido en el historial
biológico de la Tierra.
Cuando se hace referencia a la inteligencia superior se supone, de hecho,
que quien la posee tiene una alta capacidad para la adquisición y transmisión
de conocimientos, lo cual sienta las bases para el desarrollo creciente de
una cultura.

Theodosius Dobzhansky (1900 -1975)
No hay duda de que muchos animales muestran una capacidad innegable para el
aprendizaje, e incluso muchos de ellos son capaces de emprender diferentes
estrategias para alcanzar un fin determinado, aunque siempre relacionado con
la supervivencia.
Lo expresado anteriormente se aprecia sobre todo en aquellas especies que
han llegado a alcanzar un importante desarrollo evolutivo, particularmente
en el caso de algunos representantes del grupo de los mamíferos.
Los chimpancés, por ejemplo, son los organismos vivos que hoy se encuentran
evolutivamente más cercanos al hombre, demostrando aprender con facilidad
y mostrando rasgos evidentes de inteligencia, lo que se ha comprobado a lo
largos de múltiples investigaciones. No obstante, tras la muerte de
estos y otros animales reconocidos como inteligentes, no es posible ofrecer
legado alguno a sus descendientes, los que al nacer han de comenzar sus vidas
desde cero, al igual que lo hicieron sus antecesores.
La situación en el caso del hombre es totalmente diferente, pues los
conocimientos y experiencias que van adquiriendo los seres humanos se transmiten
de generación en generación, acumulándose una cultura
cada vez más rica, a partir de la cual ha sido posible obtener los
más extraordinarios adelantos de que hoy dispone la humanidad.
De todo lo referido resalta a la vista una importante conclusión: sólo
una de las más de 1 000 millones de especies que han habitado la Tierra
posee esa inteligencia superior, esa capacidad de generar y desarrollar la
cultura.
Es válido aclarar que el determinismo evolutivo, una concepción
que supone que luego del surgimiento de la vida ésta ha de conducir
inevitablemente a una inteligencia superior como la que poseemos los seres
humanos, es algo que carece de los más mínimos argumentos científicos.
En su lugar, el significado del azar adquiere una especial connotación,
lo que se corresponde con los resultados de un elevado número investigaciones
realizadas en diferentes ramas de las ciencias biológicas.

George Gaylord Simpson en Patagonia ca 1933 (1902 – 1984)
Al hablarse del azar en los complejos procesos evolutivos, muchas
personas alejadas de la ciencia dudan y se preguntan cómo es posible
que los seres humanos sean el resultado de algo tan superfluo como el azar.
Pongamos a continuación algunos ejemplos que pueden dar una idea clara
en este sentido.
La era Mesozoica fue la etapa de la historia geológica de nuestro planeta
en la que reinaron los reptiles, muy en particular los dinosaurios, mientras
que en la actual era Cenozoica el reinado corresponde a los mamíferos
y entre ellos particularmente al hombre. Una teoría ampliamente aceptada
explica la extinción masiva que se produjo hace unos 65 millones de
años, lo cual dio al traste con la vida de los dinosaurios. Este hecho,
según se explica, tuvo su causa en el impacto sobre la superficie del
planeta de un meteorito de casi 11 kilómetros de diámetro, produciéndose
una catástrofe de grandes dimensiones. Así se puso fin al reinado
de los reptiles, posibilitándose que los mamíferos, que ya existían,
tuvieran todas las condiciones para su ulterior desarrollo evolutivo.
Dos preguntas pueden derivar de todo lo expresado: 1) ¿hubieran podido
llegar a reinar los mamíferos si ese acontecimiento casual no hubiera
tenido lugar? y 2) ¿existiría hoy el hombre en el caso de que
los reptiles hubieran continuado con su amplio dominio del planeta? La respuesta
a estas dos interrogantes resulta ser clara y a la vez sencilla: ¡muy
probablemente no!
Otro análisis puede resultar de mucho interés para la comprensión
del papel que desempeña el azar en los complejos procesos de la evolución
biológica. Es sabido que la gran obra llevada a cabo por los hombres
ha dependido, y depende, del gran desarrollo alcanzado por el sistema nervioso
de esta especie, denominada científicamente Homo sapiens. Ello implica,
a su vez, el gran desarrollo del cerebro humano y de los distintos sistemas
y estructuras que con él se relacionan, como es el caso de una de las
herramientas más perfectas elaboradas en el transcurso de la evolución:
las manos.
La relación morfo-fisiológica que se establece entre las manos,
el sistema nervioso y el cerebro como parte de éste, ha sido también
cuestión del azar. Los conocimientos más aceptados de las ciencias
biológicas definen el rol que desempeñaron los peces pulmonados
de aletas lobuladas en el curso de la evolución de los vertebrados
terrestres. Los crosopterigios, cuyo máximo esplendor se alcanzó
en el período Carbonífero de la era Paleozoica, fueron considerados
por mucho tiempo los peces que jugaron ese importante papel. No obstante,
estudios recientemente realizados sobre el ADN de una especie de crosopterigio
viviente, el celacanto Latimeria chalumnae, mostró una apreciable diferencia
con relación al ADN de los anfibios contemporáneos.
En la actualidad se considera que son los peces dipnoos, también pulmonados
y con aletas lobuladas, los verdaderos antecesores de los vertebrados terrestres,
pues se ha encontrado una mayor similitud en la secuencia de bases del ADN
de estos peces, con el de los anfibios vivientes.

Ernst Mayr (1904 - 2005)
Si el curso de la evolución hubiera tomado un camino deferente
al de ancestros con pares de aletas lobuladas, la situación hoy sería
probablemente muy diferente y quizás las manos que poseemos -al igual
que nuestros pies- nunca hubieran aparecido, haciéndose imposible la
elaboración de herramientas de trabajo y con ellas la construcción
de las más disímiles obras que caracterizan el desarrollo científico-técnico
y cultural de la humanidad, un acontecimiento único de la especie humana.
Algunos de los más connotados biólogos evolucionistas del siglo
XX, entre los que se cuentan Theodosius Dobzhansky, George G. Simpson y Ernst
Mayr, han expresado importantes criterios que se relacionan con las ideas
esenciales que se pretenden ofrecer en el presente artículo. Estos
criterios son: 1) aún en el caso de que el ambiente en algún
lugar fuera muy parecido, aunque desde luego no idéntico al nuestro,
la repetición de la historia evolutiva terrestre tendría una
probabilidad cercana a cero[2]; 2) jamás especie alguna ha evolucionado,
o podrá llegar a hacerlo por segunda vez. Los dinosaurios desaparecieron
para siempre [3] y 3) la individualidad propia de los seres biológicos
y las múltiples soluciones que ellos pueden dar para enfrentar los
problemas ambientales, hacen de la evolución orgánica algo irrepetible
[4].
Si meditamos profundamente en todo lo que se ha expresado, queda claro que
la inteligencia superior es un caso nada común entre los seres vivos,
pues sólo el hombre ha llegado a alcanzarla, aún cuando han
pasado por el planeta más de 1 000 millones de especies. Ante tales
perspectivas la ciencia de hoy sólo permite llegar a una conclusión
y es la siguiente: si bien la existencia de vida extraterrestre resulta un
acontecimiento muy difícil, aunque no imposible, la existencia de vida
extraterrestre con inteligencia superior es aún muchísimo más
difícil, a tal punto que suponer que estamos solos en el universo no
parece ser un pensamiento tan desacertado.
[1] Enrique Soto Ramírez. Doctor en Ciencias y Profesor Titular de Ecología y Evolución de la Universidad Pedagógica de Matanzas, Cuba.
[2] Dobzhansky, T. Genetic Diversity and Human Equality. Basic books, New York, 1973.
[3] Simpson, G. This Wiew of Life. Harcourt, New York, 1964.
[4] Mayr, E. Evolution. En Scientific American No.
239, septiembre de 1978, págs. 39-47.