Antropofagia
en aborígenes de Cuba
Dr.
Ercilio Vento Canosa
Cátedra
de Paleopatología.
Facultad
de Ciencias Médicas de Matanzas
"Juan
Guiteras Gener”
Introducción
La
simple hipótesis de la antropofagia entre los aborígenes cubanos resulta lo
suficientemente exótica como para que cualquier investigador tome con reservas
las evidencias que la sustentan. Por una parte, está la habitual preconcepción
del indígena insular fuera del vínculo con esta práctica, que a luz de los
conceptos contemporáneos es indudablemente bárbara, La imagen tradicional ha presentado a los
primeros habitantes de Cuba como unos sujetos entregados a las actividades subsistenciales, ajenos a cualquier forma de violencia
entre su propia comunidad o con grupos vecinos; por la otra, se tropieza con la
evidente dificultad de encajar este proceder dentro de las actividades
económicas del grupo; en otras palabras, ha resultado difícil conciliar la
antropofagia con la forma de vida de los sujetos en esta etapa. (1)
No
obstante, en la medida en que se ha ido poniendo en relieve la dimensión supraestructural del imaginario indígena, al menos para las
fases de desarrollo bajo formas económicas de producción (ceramistas y
agricultores), se ha hecho evidente que la concepción mítica del mundo permitió
en estas personas la concretización de prácticas del tipo de la antropofagia,
del mismo modo en que el pensamiento mágico de otras comunidades en la
prehistoria así lo posibilitó. (2)
Contrario
a cuanto pudiera suponer el profano, la antropofagia no es una forma de
supervivencia de grupos deficientemente nutridos o de bajo ingreso alimentario.
En sitios donde ha sido evidente la carestía de alimento durante una cierta
etapa, no se ha puesto de manifiesto, de modo que la asociación hambruna-antropofagia
no procede, al menos en la prehistoria cubana. Por otra parte su presentación
inusual obliga a un análisis complejo y prudente, toda vez que su aparición
tiene lugar de modo puntual para un sitio, un grupo y un momento del tiempo,
situación que las más veces no puede ser estudiada con la profundidad necesaria
en una disciplina que precisa del esclarecimiento de detalles para hacer
definitivas sus conclusiones.
Por
extraño que pueda parecer, la omisión de la antropofagia en la prehistoria
cubana no se hace por falta de las evidencias necesarias, sino por la
equivocada interpretación de tales testimonios. La aparición de restos humanos
con claras evidencias de antropofagia ha sido ignorada por el lamentable
desconocimiento de los patrones de identificación o confundida con tipos de formas
funerarias, siempre bajo el precondicionamiento
hipotético anteriormente expresado, de que no sea conceptualmente posible
encontrar este tipo de manifestación entre indígenas de Cuba.
Una
revisión breve sobre los orígenes y motivos de la antropofagia lleva de la mano
hacia los fundamentos de la magia simpatética. (3, 4)
El antropófago no se alimenta de otro individuo humano en el concepto de la
nutrición orgánica, para satisfacer una premisa de supervivencia. De hecho, no
escoge devorar sus semejantes sin establecer distinción entre estos y los
restantes animales. El acto antropofágico cae dentro
de la concepción ritual de un grupo que considera la apropiación de las
cualidades del sujeto por la vía de la ingestión directa de este, o en su
defecto, de algunas de sus partes. El procedimiento _bárbaro sin discusión_,
bajo el prisma de la civilización, no admite con facilidad que se le disminuya
en categoría o que se suavice su impacto para el gran público, que se penetra
del contrasentido de comer una persona a otra reduciéndola a la condición
sencilla de un alimento. Sin embargo, es con todo el argumento lógico, un
alimento, pero su categoría se alcanza en el ámbito del espíritu y no de la
materia.
Cuando
un antropófago devora partes de un enemigo no se nutre de su carne, sino de lo
que ella encierra en cuanto esta es parte de un todo con una característica
determinada. Una parte del todo deviene símbolo del total y lo semejante (magia
homeopática) produce lo semejante. En tal caso, el antropófago “consume” el
valor o la agresividad de su enemigo, lo cual subjetivamente le da ventaja para
enfrentarlo en combate. (4) Semejante supuesto no debería causar el menor
asombro, toda vez que la teofagia es una práctica
litúrgica normal en religiones como la cristiana contemporánea. En este
sentido, el mecanismo de estructuración es semejante. El teófago
no considera bárbaro ingerir la encarnación del cuerpo divino representado por
un disco de pan o beber vino en sustitución de la divina sangre. De hecho, el
acto supone una elevación, un paso que precisa de exculpación, previa confesión
de faltas (pecados) normadas por un código ético invariable, que bajo la
intervención sacerdotal (parte shamanica) son
eliminados o absueltos. En tal estado de gracia el sujeto procede a deglutir la
entidad divina según así lo estima e interioriza en convicción. Podría en este
punto objetarse cual es la diferencia categórica entre ingerir a una divinidad
o a un hombre común, exceptuadas las diferencias evidentes.
El
teófago es un antropófago esencial aunque le repulse
la relación directa con la sangre y la carne reales, refugiándose en el
simbolismo del acto y la naturaleza inocente de las cosas ingeridas (pan y
vino), pero la necesidad de “ingerir” es inobviable y
compulsiva. El acto no se completa sin este requisito y el sujeto sentiría,
según entiende su credo, que Dios no “entró” ciertamente en él hasta
completarlo. Una prueba de la trascendencia de este acto se demuestra cuando
para apartarlo del seno de la iglesia y el disfrute de reposo ultraterreno se
le excomulga, es decir, se le priva del sacramento que este ritual contiene. No
obstante, existe una diferencia esencial, ignorada por los más que practican el
acto de la comulgación. Para profundizar en ello hay
que remitirse al sentido exacto de las palabras de la eucaristía porque carne y
sangre (basar ve dam/ דם י בטך) en hebreo designaban la integridad corporal de un sujeto vivo, a
diferencia de un cadáver; además, el pan es para los judíos una metáfora que
designa la Torah, es decir, la Ley. En esta comunión
de consumo del pan lo que se incorpora es la Ley y no literalmente un cuerpo
físico. (5)
Cuanto
se ha dicho no pretende sino exponer algunos aspectos esenciales de la
antropofagia como posibilidad, incluso en grupos a los cuales se les supone
primitivismo suficiente como para no poder estructurar una idea aparentemente
tan compleja. Conviene considerar que la complejidad de una idea no está
necesariamente condicionada al desarrollo económico y social, toda vez que
durante el Paleolítico europeo el hombre fue capaz de crear las más bellas
pinturas rupestres, siempre dentro de un marco de asociación tangente de lo
real con lo imaginario. Pero de igual modo, los creadores de las pinturas de Lascaux y Chauvert practicaron la
antropofagia así como en su momento también los neandertales lo hicieron. Del
mito a la práctica no hubo sino un paso fácilmente franqueado cuando las
condiciones de las relaciones humanas así lo propiciaron. En el sitio
arqueológico de Krapina, en Croacia, lugar de
asentamiento de neandertales, una buena parte de los 800 restos óseos descubiertos
tenían marcas de cortes y estaban rotos y quemados, detalles estos que resultan
de fundamental consideración por los expertos para valorar la existencia de la
antropofagia. Los neandertales fueron
los primeros individuos en dar sepultura a sus muertos y entre ellos se han
constatado actividades de cuidado a los sujetos enfermos, sin embargo no hacían
repulsión al consumo de carne humana, perpetuando así la tradición antigua del
canibalismo inaugurado por Homo erectus, mucho más primitivo, que habitaba en Tautavel, Francia 300 000 años antes que ellos. (5)
Atenidos
a este criterio, no es imprescindible considerar que se precisa primitivismo
para la práctica de la antropofagia. En uno de los primeros episodios de la
Teogonía, de Hésiodo, verdadero escenario de la
creación del mundo según los griegos, el dios Cronos, que con la complicidad de
su madre Gaia había emasculado a su padre Urano una
vez devenido él mismo reproductor, temeroso de sufrir la misma suerte comienza
a devorar a sus propios hijos inmediatamente que llegan al mundo. Al nacer el
sexo hijo, su esposa, Rea envolvió una piedra en ropajes y la dio al
antropófago padre para que la devorara, cosa que hizo sin adivinar el
subterfugio y permitir con ello que se salvara Zeus, ulterior padre de todos
los restantes dioses del Olimpo En el caso anterior, si bien se trata de
mitología pura, ello no estorba para considerar la cultura griega como raíz de
la civilización occidental. (6)
En
el ejemplo anterior está implícita, no obstante su ilustrada procedencia, la
relación con otro acto igualmente condenado como delito esencial, el
parricidio, que se une al incesto para constituirse en la triada de
prohibiciones fundamentales para la especie humana. En este punto, es posible
establecer categorías para la antropofagia (7):
1-
La alimentaria
pura cuando se está en una evidente penuria subsistencial.
2-
La guerrera, cuando se espera
adquirir las virtudes del adversario.
3-
La sagrada, que pretende imitar a
los dioses o evocar sus ancestros.
4-
La médica, cuando espera proteger
con ello a los vivos.
5-
La vengativa, cuyo objeto es
humillar y rendir al enemigo al estado de alimento.
6-
La judicial, que busca el
restablecimiento del orden social.
7-
La erótica, que sirve de estimulo
voluptuoso a los placeres del amor.
Conviene
además saber que el término “caníbal” procede del siglo XVI y fue creado por
los conquistadores españoles del Nuevo Mundo a partir de la palabra caríbal, que en la lengua de los
indígenas del Caribe significa audaz,
valiente, y no precisamente comedor de carne. Como es evidente, los propósitos
de este trabajo no consisten en discutir cada una de las clasificaciones, sino
adecuar su caso al hallazgo concreto entre los indígenas de Cuba.
Presentación
de los casos.
El
hallazgo habitual ha estado caracterizado por la triada: marcas de cortes,
fracturas por contusión directa y huellas de fuego. Las marcas de corte pueden ser muy sutiles,
al punto de ser únicamente reconocidas con auxilio del microscopio. Dado que la pretensión del ejecutante es
desembarazar de carne la parte ósea, no suelen quedar marcas demasiado visibles
en el hueso, y caso de haberlas, estas se distinguen con más claridad en los
huesos largos, tanto en las epífisis como en la diáfisis, con variable
profundidad, pero generalmente con trazos paralelos o cruzados. Los
instrumentos utilizados, si bien no eran de metal, sino de piedra o concha,
poseían el suficiente borde cortante y la dureza, como para dejar una clara
huella de su acción sobre el hueso. Las fracturas muestran con claridad el
punto de impacto del cuerpo fracturante, esto es, un
área donde se distingue el aplastamiento de la porción cortical del hueso, por
lo común en coincidencia con algunas de las líneas de corte ya descritas.
En
lo que respecta a las fracturas hay que destacar su diferencia notable con las
de tipo traumático. La línea de fractura suele establecerse perpendicularmente
al eje de la diáfisis y están ausentes del hueso los signos que advierten de un
posible evento traumático antemortem, tales como los
trayectos helicoidales o las terminaciones en extremos agudos. Es de presumir
que el antropófago fractura el hueso colocándolo sobre una superficie dura, de
modo que el impacto se complete en la acción reactiva. Este procedimiento pone
al descubierto la médula, que es sorbida. Un hueso fresco puede ser lo
suficientemente tenaz como para oponer considerable resistencia a la fractura
por percusión excepto que esta se realice con la energía suficiente. En huesos
animales de gran talla puede ser necesario el empleo de un gran peso a modo de
auxiliar de golpe propiamente dicho, pero en todos los casos el punto de golpeo
puede ser identificado, salvo que a lo largo del tiempo el deterioro del tejido
óseo haya remodelado la superficie de fractura. Por lo común, un elemento identificador
suele ser la coincidencia de un área de fractura con una zona de combustión.
Según
la técnica utilizada para producir fuego, el aborigen no tenía modo de provocar
focos de combustión intensos, al menos no por encima de los 600 grados Centígrados.
El hueso es extraordinariamente resistente a la combustión y arde en virtud de
la grasa que contiene y los restantes componentes de la matriz orgánica. Hasta
un 30 % del peso de un hueso fresco es tejido graso que deviene en objeto de
consumo. Al producirse calor, esta grasa, de color amarillento, fluye con
facilidad, en tanto que los restantes componentes orgánicos entran en
combustión, siempre entorpecida por la estructura mineral. Para reducir un
hueso a cenizas totalmente, es preciso introducir un calor superior a los 1600
grados Centígrados, una temperatura de fusión de cualquier metal. Por lo
general, la total desintegración del hueso al quemarse se alcanza cuando el
régimen térmico mantenido es superior a los 2000 grados, toda vez que el hueso
fresco tiene la consistencia del hormigón armado.
La
observación de los residuarios aborígenes ha
demostrado que estos no lograban temperaturas superiores a los 250-300 grados
en la cocción de alimentos. El hueso sometido a este nivel de calor se vuelve
color marrón oscuro a negro, con algunos aislados puntos más claros que se
acercan al gris. Los extremos epifisarios, donde la
corteza ósea es mucho más delgada y el contenido graso más abundante, toma un
color negro intenso, a veces con cierta pátina brillante. Otro tanto ocurre en
huesos planos y en vértebras. En todos los casos, salvo en las epífisis, la
expansión del contenido hirviente provoca microfracturas
que deshacen el hueso si se le presiona en estos puntos. Sin embargo es notable
que la acción del calor endurezca las partes medias de los huesos largos, lo
cual facilita que el aspecto original se mantenga incólume aún cuando haya
transcurrido mucho tiempo.
Los
huesos involucrados en este proceso suelen ser los largos, las costillas y las
vértebras, más raramente, los huesos planos y los de las partes más distales de las extremidades. Se comprende que el
antropófago busca la porción medular del hueso allí donde le es mucho más
accesible y su pretensión no es utilizar todo el esqueleto, sino sus partes más
apropiadas. Como es evidente, lo que el sujeto busca no es necesariamente la
carne, sino el interior del hueso propiamente dicho, detalle que explica
suficientemente el cuidado en limpiarlo y disponerlo para su cocción.
En
el estudio realizado se pudo comprobar que en los restos no existían elementos
patológicos visibles, lo que permitiría suponer que los individuos eran
personas razonablemente sanas, detalle que resulta de importancia si hay que
excluir de la practica antropofágica a sujetos que
por su estado deficitario de salud resultaran poco útiles a la comunidad. Por
otra parte, las edades promedio se sitúan por debajo de los 20 años, bastante
más cercanas al intervalo 15-20, allí donde fue posible establecer con claridad
el rango etáreo. El volumen total de piezas
recuperadas no excede de 20 decímetros cúbicos, por lo que en un conjunto de
más de 130 esqueletos exhumados, la muestra es pequeña y demostrativa de que no
se utilizaron todas las partes esqueléticas, ni muchas personas, ni demasiado tiempo.
Discusión
La
primera gran dificultad que enfrenta un investigador cuando tiene ante sí
restos esqueléticos que indiquen la posibilidad de la práctica antropofágica, es la exclusión inequívoca de otros
fenómenos, sobre todo si, como es el caso, se trata del primer reporte para el
país. En tal sentido, es comprensible la natural resistencia que muestran los
arqueólogos cuando deben modificar sus criterios sobre una comunidad aborigen.
En Cuba se ha aceptado tradicionalmente que los indígenas, lamentablemente muy
distorsionados en la comprensión plena de su mundo, no podían ser antropófagos,
dejando esta práctica a los Caribes.
Es
oportuno señalar que las piezas estudiadas proceden de un momento de la
prehistoria anterior a la llegada a Cuba de los ceramistas y agricultores
conocidos luego como Tainos y Subtaínos, con economía
productiva. Los antropófagos del área antillana eran, clásicamente, los
Caribes, harto conocidos por los conquistadores en las fechas del encuentro de
los dos mundos, pero catorce siglos antes la presencia de estos grupos pudo ser
muy diversa de la que encontraron los primeros navegantes europeos que se
adentraron en América a finales del siglo XV y durante todo el XVI. La datación
de los restos que muestran evidencias de antropofagia en el área de Canimar arroja momentos cercanos al siglo I a.n.e. hasta el siglo I al II d.n.e.,
es decir un intervalo de 300 años, un lapso que es preciso manejar con la
suficiente amplitud de criterio y que coincide con un particular momento de expansión
demográfica en el área.
Los
elementos que ayudan a considerar seriamente la antropofagia están dados por la
ya citada imposibilidad de reducir a cenizas un cuerpo humano fresco. La
cantidad agua que se libera del sujeto en la simple descomposición es mucho más
de lo que puede suponerse. En este punto hay que recordar que un 75 % de la
masa corporal es agua, por lo que, salvo que se logren temperaturas muy
elevadas que la evaporen al instante, la fracción líquida opone una inobjetable
resistencia a la combustión total del cuerpo. El calor añadido debe superar con
sobrado exceso la resistencia orgánica a la desintegración térmica. Para el
aborigen el objetivo de la cremación, aceptado por muchos con facilidad, no
debió ser un objetivo funerario a la usanza de los países que la practicaron en
la antigüedad. Hay que señalar que detrás de la cremación, está la parte
simbólica del acto, con la suficiente complejidad en el plano supraestructural, que no es fácil acomodar a los aborígenes
de la etapa de economía de apropiación. Por otra parte, la aparición de la
antropofagia en el mundo no resulta de un conocimiento trasmitido de un grupo
humano a otro, sino que tiene lugar espontáneamente, sin que existan
necesariamente antecedentes históricos previos. (7)
Los
restos identificados son múltiples, pero están fragmentados y ocupan un área
determinada dentro del sitio, lo que debe entenderse como un momento de su
estancia en el lugar. Estos restos pertenecen a un conjunto no pequeño de
personas distintas en edades y sexo dentro del intervalo indicado anteriormente.
No hay esqueletos completos quemados y es muy difícil establecer dentro del
abigarrado conjunto la pertenencia de los
restos a determinados individuos. Lo único posible es establecer su
indudable naturaleza humana, y, ocasionalmente llegar a estimar edad o
determinar sexo. Una consideración lógica sería que las partes necesarias
fueron retiradas de los cuerpos, pero es preciso considerar que el
desmembramiento de un cuerpo fresco supone cierto conocimiento de la anatomía y
el empleo de instrumentos de corte resistentes para vencer la tenacidad de los
ligamentos en las articulaciones.
Para
que este análisis sea concordante con la visión prehistórica de las comunidades
aborígenes cubanas, es preciso considerar la procedencia de los restos a la luz
de las clasificaciones de la antropofagia, de lo que resulta totalmente
especulativo suponer que se trata de un acto guerrero, vindicativo,
alimentario, erótico, médico o judicial, por lo que sólo resta espacio para
suponer la variante sagrada, aceptada también con reservas, toda vez que, no se
presupone una compleja imaginación del mundo mítico en estos individuos cuyo universo
está circunscrito a la supervivencia, pero en un entorno que les permite vivir
sin la penuria de una hambruna, por lo cual es totalmente especulativo y falto
de apoyo el criterio de personas que se comen las unas a las otras para
alimentarse.
El
hecho que un sujeto desee incorporar a sí las propiedades de otro individuo no
atraviesa necesariamente por la guerra (sometimiento del guerrero y humillación
posterior), ni la venganza (cobrar deudas de sangre) sino por una mezcla de lo
que prudencialmente se puede denominar antropofagia social y que Monestier considera como acto jurídico para el
afianzamiento del orden social. La perpetuación del sujeto, luego de
muerto, puede venir dada por el acto de
ingerirlo físicamente, del mismo modo que contemporáneamente se conservan sus
fotografías, se veneran sus cenizas o se levantan monumentos a su memoria. El
antropófago deviene repulsivo en su acto y atroz en esencia bajo la luz de la
moral social moderna, lo cual no es evidentemente el patrón que siguió, ni por
el que se guió en su interpretación compleja del mundo. En esto hay que
diferenciar netamente la antropofagia moderna con la prehistórica. Un sujeto
comía partes de otro para tenerlo dentro sí, para que no se perdiera la esencia
del vivo en la manifiesta imagen horripilante de la putrefacción. En esto, por
difícil que resulte aceptarlo, hay ganancia interpretativa del fenómeno. Por
otra parte, los sacrificios humanos, tan largamente discutidos dentro de la
prehistoria cubana, han encontrado ya el acomodo suficiente como para que no
resulte especulativa su consideración. (8)
El
investigador puede plantearse el dilema si existe coincidencia entre
sacrificios humanos y antropofagia. Si bien es posible demostrar la segunda, el
primero resulta absolutamente especulativo, toda vez que no hay elementos que
permitan afirmarlo. Si hubo sacrificio previo, la técnica utilizada para ello
sólo puede ser supuesta. El examen de conjuntos esqueléticos donde se argumenta
el sacrifico humano en infantes no encuentra los signos de violencia como
secuelas óseas que permitan identificar un proceder específico. Los restos de
infantes, examinados por el autor, no permitieron identificar un agente
determinado. (8) En Canimar no se hallaron niños con
huellas de sacrificio o marcas sugerentes de antropofagia.
La
colocación directa en el fuego de las partes seleccionadas atraviesa por la
exposición de la médula ósea en los huesos largos, lo cual se logra
contundiendo fuertemente sobre el área de la diáfisis hasta lograr la ruptura.
El calor hace fluir la médula fundida, objeto de consumo por el antropófago. En
otros huesos como las costillas, es necesaria igualmente la percusión. El foco
de calor producido asegura suficientemente que este propósito se cumpla, si
bien el hueso no resulta sustancialmente dañado, al punto de quedar destruido e
inútil para una ulterior identificación, antes bien, las marcas dejadas en la
superficie se hace visibles, tanto las de corte como las de contusión. Como es
evidente, al considerar la validez de estos indicadores se han tomado en cuenta
los factores tafonómicos habituales.
Como
quiera que este trabajo aborde la presentación de la antropofagia desde el
terreno de la paleopatología, no procede profundizar en los aspectos que darían
suficiente tema de comentario al arqueólogo. Baste decir que el hallazgo en el
área de enterramientos complejos permite afirmar la existencia de formas supraestructurales que se escapan de la simpleza, de modo
que la inclusión de la antropofagia ritual no es un acto forzado, sino lo
complementario del análisis total para la comunidad aborigen. Para el investigador
esta es una tarea ardua, pues los indicios devienen piezas de un rompecabezas
que es preciso colocar en su lugar con lentitud, esperanza de acierto y sobrada
paciencia.
Conclusiones.
La
presencia de la antropofagia entre los aborígenes de Canimar,
entre los siglos I antes de nuestra era y el II de nuestra era, viene
demostrada por la presencia de restos óseos donde esta presente la clásica
triada identificativa de corte, fractura por
percusión y quemadura a temperatura menor de 300 grados Centígrados.
El
reporte de tal caso resulta inusual por su excepción relativa, toda vez que en
el país deben existir otras localidades con restos que sean demostrativos de la
práctica antropofágica en la etapa media de la fase
de economía de apropiación sin que en ellos se haya hecho la pertinente
correlación.
La
práctica antropofágica hallada debe corresponder a
una forma ritual cuyo comentario excede el propósito de este trabajo, vinculada
tentativamente con la ejecución de sacrificios humanos, sin que sea posible
demostrar la vinculación directa entre ambos casos. En todo caso esta forma de
actuar quedó reducida a un momento del tiempo. Cualquier intento por suponer el
origen o procedencia de la antropofagia entre sujetos que no la practicaban
usualmente es totalmente peregrino.
La
posibilidad de que la antropofagia pueda surgir y desaparecer en grupos humanos
que no poseen historia previa de este proceder y no la reciben por la vía de la
transculturación o el préstamo ha sido demostrada suficientemente en el mundo,
de igual modo que otras formas de desarrollo económico fueron descubiertos en
su momento por conjuntos poblacionales muy aislados entre sí.
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De la Rosa, Gabino, A. Rives. Infanticidio y Costumbres Funerarias en los
Aborígenes de Cuba. Multigraf, La Habana, 1994,
58 pp.
Índice de fotos:
021- Fragmento de fémur de sub adulto fragmentado por percusión transversal y quemado en el extremo.

062- Conjunto de fragmentos óseos fragmentados por percusión directa y quemados.

063- Fragmentos de huesos largos quemados y fragmentados.

Fragmentos de huesos largos fracturados por
percusión, parcialmente quemados, para la extracción de la médula.