La sexualidad
entre los aborígenes cubanos
Dr.
Ercilio Vento Canosa
Cuando las naves de la Conquista tocaron por primera
vez el suelo de lo que con el tiempo habría de llamarse América, causó no
poco asombro a los cronistas que los nativos de las islas del mar que hoy
se denomina Caribe, quizás por infortunada toponimia, discurrieran en total
desnudez sin distinción de edad o sexo. Así lo afirma Cristóbal Colón en su
relación a los Reyes Católicos, cuando asienta en su diario que los hombres
que tomó por habitantes de las Indias Orientales “... van desnudos como su
madre les parió...”
Para la Europa inquisitorial del siglo XV, armada de
vetustos argumentos dogmáticos que escondían una realidad moral bien distinta
y que reunía bajo igual manto de corrupción al pueblo llano y a las altas
dignidades del gobierno, reyes y figuras representativas del alto clero incluidas, el hecho que los recién
descubiertos indígenas no mostraran el
recato de cubrir aquellas partes que, por término genérico los hispanos etiquetaban
como “vergüenzas” en directa alusión a sus genitales, parecíales un objeto
de censura particular y un argumento para la inminente evangelización ante
el trasunto de cierta comunión diabólica.
Conviene esta breve introducción, quizás ya harto conocida
para los estudiosos, por cuanto en esta diferencia de criterio se apoya lo
que significaba para descubridores y descubiertos el asunto del sexo con todas
sus implicaciones colaterales.
Es preciso destacar que en esta exposición de los cuerpos
desnudos, aceptada como un hecho natural y obviando quizás la parte de descubrimiento
de la belleza humana que en ello se implica, los resortes que impulsan la
sexualidad dentro del grupo aborigen no son los mismos, ni operan en el mismo
sentido que en aquellos que consideraban la desnudez como una expresión pecaminosa.
De hecho, la propia idea del pecado era un concepto desconocido en el mundo
indígena donde el bien y el mal, o la vida y la muerte eran fenómenos naturales
que se escapaban a las escabrosas elucubraciones de la filosofía moralista
clerical de la época que permeaban por demás todos los estratos de la sociedad
en el Viejo Mundo.
La visión de un cuerpo desnudo supone el estímulo de
una conducta donde está implícita la satisfacción carnal, siempre que en esta
imagen estén armónicamente reunidos los elementos que convierten al sujeto
en un dador-receptor de placer sexual. En este actuar, aún cuando el intelecto
interponga el criterio selectivo y la facultad para discriminar, aceptar o
rechazar a conveniencia y acomodo de gustos, es obvio que subyace la condición
instintiva, animal y primigenia como el germen del sustrato biológico al que
pertenece.
Pero sucede que el desnudo no es siempre evocador de
las emociones antedichas. Cuando el ensalzamiento de la figura humana alcanzó
el merecimiento de ser plasmada en la estatuaria o en la pintura hasta alcanzar
la dilecta virtud de la verdadera ejecución artística, el desnudo no fue una
invitación directa al sexo, sino a la contemplación mística, asociando la
imagen a un carácter divino o semidivino donde estaba contenido dentro de
la forma humana la inalcanzable pertenencia a otro mundo, ajeno totalmente
a las debilidades del hombre común. A través de este recurso se estableció
una nítida diferencia entre un desnudo de
corte provocativo e incitador de sexo
y otra, demostrativa de otra dimensión más elevada donde sólo tenía cabida
la valoración estética y la espiritualidad.
Esta breve digresión sirve en cierto modo para explicar
la complejidad interpretativa del mundo aborigen donde la convivencia en total
desnudez no se traduce por una continua y lujuriosa invitación al sexo sorpresivo, al margen de las labores
económicas habituales. No es preciso insistir en que existe una diferente
valoración de lo que para el mundo contemporáneo significa “la moral “.
De lo anterior, empero, no debe deducirse un estado
de indiferencia sobre el tema sexual, sino el apoyo sobre un patrón de referencia
diferente. Los aborígenes entendían el sexo dentro de tres posibles categorías
que, no obstante su aparente independencia, quedaban ligadas unas con las
otras en un intercepto continuo:
Los dos primeros casos se explican por sí mismos. La
libertad expresiva, la ruptura de trabas y esquemas, la ausencia de una censura
apoyada en la moralidad representativa y el enfrentamiento a realidades subsistenciales
crudas, despojaban la relación sexual de artificios. En esencia, no era comprensible
que se prohibiera o limitara un intercambio cuyo fin
no era otro que producir en los sujetos un particular estado de agrado.
Las únicas prohibiciones que se comenzaron a introducir fueron aquellas que
se derivaron de los cambios en la institución familiar, cuando fue evidente
que la pareja no podría alcanzar
el pleno propósito reproductivo si pertenecía al mismo
grupo, en dependencia de la relación de parentela o consanguínea. Lo que para
nosotros hoy es obvio significó una de las mayores conquistas para el mejoramiento
de la propia especie humana.
Existe un momento en el cual es evidente el mantenimiento
de una relación incestuosa, que se deduce por la aparición de malformaciones
congénitas provocadas por el apareamiento intrafamiliar. En una población
donde de uno u otro modo todos venían resultando a la larga, partes de una
extensa familia, se impuso con el tiempo la necesidad de buscar la pareja
en grupos tribales ajenos al propio. Este es el primer cambio socio-biológico
importante dentro del núcleo familiar aborigen y no está dentro del marco
especulativo considerar que la imperativa prohibición o tabú sólo podría estar
condicionada y garantizada por la intervención de un fenómeno extramaterial
y donde la violación de la regla implicaba
una variante de castigo espiritual que, a diferencia del arquetipo bíblico,
no excluía a los individuos de un determinado lugar paradisíaco, sino podía
reducirlos al silencio perpetuo, al estigma de su raza, a la transformación
en otros seres, o simplemente a la inmovilidad.
El incesto, largamente argumentado como práctica inmoral
cuando se enjuicia su legitimización en una comunidad primitiva, subsiste
en aquello que se suele llamar “mundo civilizado” o “civilización occidental”,
de modo que no es extraño considerar que la relación sexual aborigen abordara
el asunto desde el ángulo mágico, es decir, como parte de un ayuntamiento
divino que escapa a cualquier intento de justificación dentro de la moral
contemporánea.
Pero en atención a la prueba documental, el presente
análisis sólo puede contraerse a las poblaciones precolombinas que se corresponden
con la fase del neolítico temprano al tardío, esto es, del siglo VIII a.C.
al XIII d.C.; aquellas que por su evolución cultural hacia la cerámica y la
agricultura superaron estadios sociales más primitivos. En el grupo arahuaco
el avance hacia formas de producción más complejas, entre ellas el uso de
la tierra como área inmediata de influencia económica, dio lugar a la paulatina
aparición de jerarquías y clases, lamentablemente muy distorsionadas por erradas
interpretaciones ulteriores.
A tal efecto, conviene aclarar, por ejemplo, que la
voz indígena manicato significa,
según el cronista Oviedo, “individuo
esforzado, de grande ánimo”, refiriendo que en el acto nupcial, el pretendiente
cedía, según su clase, el derecho de cópula previa a todos los parientes o
sujetos que por afinidad o condición tuvieren la obligación de cohabitar con
la pretendida. Se trataría, en efecto, de un rito ciertamente bárbaro, toda
vez que la mujer estaría sometida a un traumatismo sexual prolongado, independientemente
de la razón mística o moral que la sustentase, de ahí el concepto de “grande
ánimo”, porque no otro sería preciso mantener para dar por cumplido el matrimonio.
Sin embargo, Las Casas desmiente totalmente este acto. Es extraño, en verdad,
que se hiciera dejación del derecho de posesión, anticipándolo a los demás.
La expresión de esta palabra se acompaña de la acción de levantar el brazo
en alto con el puño cerrado para demostrar que la persona que ejecuta el acto,
tiene las cualidades que le asigna la palabra. Pérez Beato impugna el vocablo
como intrusivo por su esencia misma y lo considera un juicio erróneo por tener
una clara maternidad latina: manicatus,
del bajo latín “manus”, la mano y”captus”, tomar.
Es significativo que muchas de las divinidades importantes
del panteón neolítico cubano presentan nítidamente representados sus genitales,
principalmente aquellos de sexo masculino. Las figuras que han sido rescatadas
para la posteridad con su significado, indican que la representación genital
era un atributo divino en relación con la fuerza generatriz, renovadora y
permanentemente cambiante del Universo. Así pues, Itibacaubaba, la madre paridora
de los cuatro gemelos cósmicos (paridos de una sola vez los cuatro) presenta
en la simplicidad de su forma, una vulva prominente indicativa no de una invitación
al sexo, sino del desgarramiento colosal de su entraña cosmogónica. En la
contraparte, Baibrama muestra un falo erecto que se integra, también semioticamente,
a la yuca en su condición de tubérculo naciente de la tierra y del poder germinal
de esta como fuente de vida. Este y otros cemíes similares muestran el rostro
descarnado y el abdomen sin ombligo que les emparienta
con la muerte, es decir, con otro mundo o nivel de relación diferente al común
de los mortales. Sexo y muerte, sexo y vida son elementos continuo-discontinuos
en un todo que no interpreta el morir como un estado definitivo, sino la adquisición
de una condición particular que no impide el regreso al mundo de los vivos
para que al amparo de la noche puedan ayuntarse sexualmente con estos.
La ausencia de un registro amplio no ha permitido diferenciar
adecuadamente cuanto de mágico puede haber en el trasfondo de la práctica
sexual aborigen. Un estudio, por ejemplo, de la llamada cerámica erótica mochica
muestra un manejo libérrimo del tema sexual, al punto de ser considerada por
algunos puristas de los dogmas morales como una expresión artística demasiado
profana, lujuriosa y expresiva de un total desenfreno en las relaciones sexuales.
Pero su correcta interpretación antropológica descansa en que se trata de
la exaltación plástica de una práctica sobre la cual no tenían necesidad de
tener vergüenza o disimulo. Las normas de la moral mochica, no son, en su
esencia comparables a las actuales, aunque muy poco podría discutir en contrario
la civilización moderna, en cuyo seno el argumento sexual alcanza un peso
considerable sin importarle mayormente su intensidad o sus límites y donde,
sin ninguna duda, alcanza el calificativo de repugnante. Cuanto antecede sirve
como elemento de referencia, salvando como es natural, el nivel de desarrollo
cultural entre ambos grupos y puede hacer más comprensible aquello que el
tiempo y la total desaparición del indígena antillano trajeron consigo.
El mito de Deminán Caracaracol encarna en mucho la
integración de la divinidad y el sexo. Después de un diluvio colosal donde
la humanidad ha perecido, este individuo (uno de los cuatro gemelos del parto
mágico de Itibacaubaba) encuentra a un anciano que labra un conuco en un sitio
que obviamente no es “tierra”. Al demandarle parte del casabe que cocina,
este abuelo cósmico le esputa su secreción nasal mezclada con el tabaco aspirado
en el rito de la cohoba, lo que se llama un “guanguayo”, la cual hace impacto en su espalda.
Con el curso de los días, se forma un tumor en esta parte que sus otros tres
hermanos abren con un cuchillo de piedra. De la tumoración sale una tortuga
con la que tienen sexo y con la que procrean nuevamente los humanos desaparecidos
durante el cataclismo.
Como puede entenderse, tras el mito no se esconde una
simpleza ingenua que confunde absurdamente a una mujer con una tortuga. Esta,
la tortuga, sostiene un vínculo entre el agua y la tierra, quizás más con
la primera, y el agua es sin dudas el elemento primario, común a muchos mitos
de la América prehispánica. A diferencia del Génesis bíblico, donde el adamáh (polvo o tierra roja) establece el
principio del surgimiento del hombre, en el Génesis americano está mucho más
presente el agua _sobre todo en las
islas_ en su concepto de expansión o extensión generatriz identificada con
el mar. No extraña pues que Yucahu-bagua-ma-orocoti encarne al espíritu supremo
en su condición de entidad divina que no tiene padre, pero sí madre (origen),
señor de la yuca (virilidad, fecundación, semilla-semen) y del mar (vida)
El esputo, como bien puede deducirse, es remedo de semen para la mágica fecundación.
Quizás la primera conclusión que se obtiene del sopesamiento
cuidadoso de estos mitos incompletos, la narración de los cronistas y el examen
de los iconos o cemíes, es el abocamiento a una realidad que aparta de lo
simple. Para el aborigen tras el sexo subyace el rito; no el complejo y sofisticado
artificio que la imposición de una fe extraña le obligó a aceptar como doctrina
destruyendo su mundo, sino otra versión más profunda de un hecho maravilloso:
la fusión de dos seres, el compartimiento de una emoción
y la acción material que se completa cuando físicamente el uno se adentra
en el otro para encontrar al cabo una explosión de los sentidos, que no significaba
otra cosa que la participación con aquello que les tocaba de divino y la puerta
por donde podían cruzar hacia los sueños.
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