EL MISTERIO DE LA CASA PINTADA
Revista “ERCILLA” (Santiago) 26 marzo 1975 - Pgs. 47 y 49

“MENSAJE” DEL COMANDANTE MAWI Y CRITICO MARIO ORELLANA
“Matemáticamente existe la probabilidad, pero…”
Por Abraham Santibáñez
“Verdaderamente se sufre al no encontrar quien responda a nuestra inquisición y que las únicas fuentes que tenemos para beber la relación de tanta maravilla no sean sino suposiciones.”
(Aficionado Diego Márquez, en ERCILLA 1.399, quejándose de la poca información disponible en torno a sus hallazgos arqueológicos en la “Casa Pintada”, en enero de 1962.)
Por varios días, la semana pasada, los chilenos tuvieron la maravillosa de encontrarse en medio de un avasallador ciclón noticioso: una información proveniente de USA proporcionó el inédito antecedente que hace 2.200 años, “cuando Chile no era Chile”, osados navegantes egipcios habrían desembarcado en la costa frente a San Fernando y después de internarse algunos centenares de kilómetros en tierra firme, dejaron una rotunda huella de su paso. Un texto, traducido por el investigador Barry Fell, del Museo de la Universidad de Harvard, no dejaba lugar a dudas:
-Límite sur de la costa alcanzada por Mawi –decía la traducción-. Esta región es el límite sur de la tierra montañosa que el comandante reclama, mediante proclamación escrita en esta tierra triunfante. Es ese límite sur llegó la flotilla de barcos. El navegante reclama esta tierra para el rey de Egipto, para su reina y para su noble hijo. Comprendiendo un curso de cuatro mil millas escarpado, poderoso, montañoso, levantado en lo alto.
“Agosto, día cinco del año 16 del rey.”
Balde de agua fría
La noticia impactó con rapidez. El lunes, en el almuerzo de Canal 13, alcanzó su consagración periodística, cuando uno de los invitados del matrimonio de Marina y José María Navasal, el profesor Mario Orellana Rodríguez, recibió tres consultas de la teleaudiencia con respecto a la sensacional información. Y allí, su curso cambió violentamente, gatillando una serie de inesperadas consecuencias que incluyen una expedición formal organizada por el departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueológicas de la Universidad de Chile (que dirige el propio Mario Orellana) y una reflexión profunda sobre el estado de situación de la “conciencia científica de Chile”.
En cuanto a la presunta expedición egipcia de los súbditos del faraón Ptolomeo III, todo indica que se trata –sólo- de un exceso de imaginación del norteamericano Fell, quien a estas alturas resultó ser un zoólogo, aparentemente sin mucha base para sus afirmaciones. De todos modos, tras lanzar el contundente balde de agua fría, el profesor Orellana advirtió:
-Como probabilidad matemática no se puede descartar que navegantes que venían de Egipto hayan llegado a las costas chilenas. Pero la información de que disponemos, hasta ahora, no permite llegar a conclusiones tan definitivas.
Más tarde, en un informe que envió a la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica –Conicyt-, el mismo Orellana hizo una breve historia arqueológica de la ya famosa “Casa Pintada” (situada en el camino a las Termas del Flaco, en San Fernando, a 40 kilómetros de la Carretera Panamericana); anotó que su existencia ha sido registrada por diversos documentos desde fines del siglo pasado y recordó que el naturalista Carl Stolp aseguró estar convencido de que “son de origen indio”. La cita es importante, porque los investigadores norteamericanos que llegaron al asombroso punto de traducir las inscripciones se basaron precisamente en los escritos del profesor Stolp.
Afirmación rotunda
Al hacer el recuerdo, Orellana comentó: “La cita anterior libra a Stolp de cualquier crítica”. Y, a renglón seguido, puntualizó:
Queda en claro que las pictografías o pinturas rupestres del abrigo “Casa Pintada” no corresponden a ningún tipo de escritura, ni líbica, ni mucho menos pueden traducirse.
“Si los especialistas norteamericanos… desean postular la presencia de los egipcios (o líbicos, como ellos dicen) en Chile, deben apoyarse en otros tipos de evidencias, las que deben ser primero estudiadas para luego informar al mundo científico”.
Orellana teme que la precipitación del profesor Fell y su “rebote” en Chile puedan causar una mala impresión del estado de la ciencia nacional. Insiste en que la expedición del comandante Mawi no es imposible. Pero se queja de la falta de pruebas. Y después de fustigar lo que cree un exceso de fantasía, se pregunta: “¿O es que hay algo más?”
En este rubro, piensa que la imagen externa de nuestro país, ya asediada por razones políticas, puede agravarse: “El país está siendo puesto en ridículo, dice con pasión.
Y, al mismo tiempo, recalca que en los centros universitarios chilenos –el suyo, en la “U”, y en Concepción- se está “trabajando al más alto nivel”. Lo probó fehacientemente en este caso.
Entre sus antecedentes –que no incluyó en su comunicación a Conicyt, pero que ERCILLA conoció en forma exclusiva- hay que consignar que comparó las inscripciones de la “Casa Pintada”, reproducidas en la obra de Stolp, y un alfabeto líbico (o libio). La afortunada circunstancia de que la esposa de Orellana es justamente especialista en esta materia, debe incluirse, por cierto, en el porcentaje de buena suerte que acompañe inevitablemente a todo estudioso. Pero el resto se logró, más que nada, por una exhaustiva investigación de antecedentes.
Claves de Stolp
Estos empiezan –antes de la incursión de Stolp- cuando el científico Ignacio Domeyko hizo la primera observación del lugar. Su descripción, sin embargo, se publicó en 1903, algún tiempo después de la de Stolp, aparecida en 1889 en las “Actas de la Sociedad Científica Alemana de Santiago”.
MÁRQUEZ ENTRE EL LÍBICO (arriba) y los petroglifos (abajo)

El lugar, de grandes proporciones -80 metros de largo, 25 de alto y diez de profundidad-, está formado por enormes bloques de piedra que forman un abrigo conocido desde mucho antes por los arrieros, quienes también lo bautizaron como “Casa Pintada” por razones obvias: la presencia en las paredes de numerosos dibujos –“pictografías”_ de varios colores.
Los dibujos fueron reproducidos por primera vez por Stolp. A juicio de Hans Niemayer y Julio Montané (en 1966) fueron entonces “idealizados”, lo que –casi noventa años más tarde- podría ser la clave de la confusión del doctor Barry Fell.
El simple recurso de agruparlos en líneas horizontales, precisa Mario Orellana, generó quizás la impresión –falsa- de que se trataba de una escritura. Anota, en su apoyo, la descripción de Virgilio Schiapacasse, un visitante del lugar en 1959 y 1961: “hay pictografías compuestas de líneas paralelas, quebradas o angulares en zigzag: superposición de líneas en V, círculos con puntos concéntricos, reticulado recto y el dibujo de un sol”.
Dibujos que, por lo demás, son más frecuentes de lo que pudieran creer los chilenos poco habituados a salir de sus actuales concentraciones urbanas. Según el profesor Orellana, “estas pinturas –de varios colores: rojo, blanco, negro y amarillo- son abundantes a lo largo de Chile”. Cerca de Santiago, por ejemplo, las hay en Chacabuco y en los alrededores de Los Andes. “Cronológicamente pertenecen a diferentes edades del período cultural precolombino de Chile”.
La posibilidad de que un aficionado las confunda con escrituras no es rara.
Pero, dice Orellana, “hoy en día este error es inaceptable”.
Humildad conveniente
Por lo demás, a juicio de los científicos de la “U”, hay otro punto débil en la teoría de Fell: “Ningún lingüista ha postulado la presencia de una lengua malayo-polinésica en el
Norte de Africa”, dijo a ERCILLA el profesor Gilberto Sánchez.
Y hay más argumentos en esta cinematográfica historia.
En ERCILLA, en 1962, Diego Márquez (quien se describía como un antiguo empleado de FF.CC. y “geólogo y arqueólogo aficionado” con residencia en San Fernando) contó que en una de sus excursiones anuales –aprovechando las vacaciones- había estado en la “Casa Pintada”. Proporcionó a los lectores de la revista una notable descripción del lugar y contó sus conversaciones con arrieros y vecinos, quienes le hicieron un breve relato histórico. En 1902, dijo, ya algunos investigadores con aspecto extranjero habían saqueado el sitio y cuatro años más tarde, en 1906, se perdió otro poco, debido a un terremoto.
Sus propios estudios le hicieron pensar a Márquez en la posibilidad de una influencia egipcia: “Entre los signos grabados en las rocas de la cueva hay algunos que figuran en la escritura jeroglífica egipcia y en las encontradas en el Sinaí”.
Pero después de reflexionar algo más, él mismo terminaba lamentándose de la falta de información con que había tropezado: nadie “responde a nuestra inquisición”, señaló, asegurando que sólo tenía “suposiciones a veces más o menos fundadas”.
Esta humildad del explorador chileno –aparte de sus hobbies arqueológicos, Diego Márquez se presentó a ERCILLA como aviador civil con más de mil horas de vuelo- no la tuvo, claro, el profesor Fell en Harvard. Y generó una cadena de confusiones que los investigadores de la “U” creen haber aclarado. De todos modos, para disipar toda duda, Mario Orellana se apresta para realizar una excursión por cuenta de su Departamento al lugar. Será, posiblemente, en Semana Santa.