INTRODUCCIÓN
a) Definiciones: Genéricamente podemos definir el motivo de nuestro trabajo
de investigación como objetos empleados por las culturas nativas que
se asociaron inequívocamente con el poder y los fenómenos mágicos.
Es necesario considerar que no cualquier elemento puede ser asimilado a estos
conceptos por lo que de acuerdo con las diferentes etnias deberíamos
hallar variados elementos. Sin embargo, a lo largo del proceso de recolección
del material bibliográfico he tropezado con una sola materia: la piedra,
exceptuando algunos ejemplares calchaquíes de bronce.
Indudablemente, ello obedece a la durabilidad y abundancia de la posible materia
prima, pero no podemos soslayar el hecho de que el objeto representa mucho más
que esos atributos físicos.
Las culturas líticas más antiguas han utilizados hachas de diversas
morfologías, no obstante ello, los objetos vinculados con el poder y
la magia adquieren características visuales que se apartan de los restos
hallados en Europa y en los estratos asociados con fases neolíticas sudamericanas.
El elemento mágico debe poseer al mismo tiempo que una imagen especial
un origen no ordinario, tales cualidades son las que fortalecen su empleo como
objeto ritual. De tal modo, no existe un taller donde se fabriquen en serie
ni tampoco es posible adquirirlas por intercambio o compra. Es interesante señalar
que el legado de las piedras mágicas adquiere características
similares a la de la entrega de los cetros en los cambios presidenciales o reales
de nuestro tiempo.
El área mapuche es riquísima en referencias a este tipo de objetos.
En realidad toda la Patagonia argentino-chilena es abundante en hallazgos de
líticos mágicos. Los Tehuelches, vecinos de los mapuches ingresados
a nuestro territorio desde el vecino país poseían igualmente tales
elementos rituales, como intentaré demostrar en páginas siguientes.
Los mapuches denominaban TOKI no solamente a los caciques sino también
a las insignias líticas de poder que ostentaban. Lo habitual del lenguaje
y psicología humanos es asociar visual y lingüísticamente
la cualidad u objeto con el ser que lo porta.


Tokis Chilenos
Por otro lado poseían otra definición que atañe a nuestro
estudio referida a la Pillán Curá, es decir aquellas piedras arrojadas
por el gran guerrero celeste Pillán. Pero al referirme a guerrero debo
ser más explícito porque en la concepción mapuche no tendría
el significado de un gran batallador sino referenciaría a un “espíritu
ancestral de la colectividad, de la familia, clan o tribu”. El nombre
de Pillán deriva de Pülli con la terminación verbal an que
significaría (Aquel) que será espíritu.
Podemos apreciar que en la definición ya tomamos elementos de lo mágico
y de lo dinástico configurando dos bastiones de poder.
Otra grafía que es posible hallar es la de Pillán Toki significando
una mayor vinculación de la sacralidad con las formas de las hachas.
No es ya una simple piedra legada por El Espíritu, sino un objeto con
la clara forma del arma mencionada.
Aún en el área mapuche poseemos otro elemento mitológico
que debe asociarse a la aparición de piedras sagradas o mágicas.
Se trata de la existencia de un supuesto mito llamado Anchimallén.
Vocablo que ha suscitado infinidad de discusiones, no solo por su grafía
o mejor expresado por su fonética, sino por las vinculaciones con otros
elementos mágicos en relación con extraños fenómenos
lumínicos e incluso con prácticas brujeriles.
Curiosamente, el Anchimallén es descrito como un duende, o sea en la
forma de un ser de escasa estatura y figura grotesca que emite una radiante
luminosidad como si se tratara de una centella.
De acuerdo con algunos autores esta facultad particular le es conferida por
ser entrenado por los brujos e incluso su capacidad de sorber la sangre de aquellas
personas que se cruzan en su camino agrega un elemento que desde el punto de
vista antropológico es signo de poder: la sangre.
No puedo dejar de resaltar el hecho de que existe otro ser de características
similares denominado Imbuche, Ivunche o Invunche (en otras fuentes Machucho
y Chivato) aunque carece de la luminosidad y, en apariencia, de la posibilidad
de desplazarse por los campos y montañas. Este último ente parecería
estar recluido a las cuevas y antros de los brujos.
De tal forma es probable hallar ambos nombres Anchimallén e Imbuche confusamente
insertados en textos. Dejaré por considerarlo inapropiado para este estudio
el análisis del nombre anchimallén y sus significados contradictorios,
remito como es mi costumbre al lector interesado a las fuentes que cito.
Otro ente mapuche vinculado con las piedras sagradas es el Cherruve o Cherrufe,
personaje que se confunde muchas veces con el Anchimallén con absoluta
razón porque sus aspectos son coincidentes. No así su origen,
pues como ya he expresado el último se relaciona con prácticas
de los brujos.
El Cherrufe propiamente dicho estaría indisolublemente ligado a fenómenos
astronómicos o atmosféricos.
Las piedras sagradas también han sido definidas como Hachas Votivas,
Hachas Insignia, Clavas Insignia o Bastones de Mando.
Tales términos serán considerados sinónimos por el autor
de este trabajo en virtud de que, aún existiendo diferencias morfológicas,
los que reportan esos hallazgos refieren un elemento mágico y de poder.
Resultaría estéril embarcarse en disquisiciones semánticas
restando espacio para la exposición de hipótesis y elementos poco
conocidos.
b)
Morfología: Como he ido esbozando en las escasas líneas recorridas
hasta el momento, la apariencia de las piedras sagradas es algo variada. En
principio podemos reunir tres morfologías básicas.
-Las menos elaboradas en forma de lito plano, con características aproximadamente
ovaladas, triangular o bitriangular (como las hachas modernas)
-Las cilíndricas comúnmente denominadas Bastones de Mando
-Las antropomorfas o con forma de estatuilla pero con los atributos de una insignia.
La diferencia fundamental entre la primera y las otras dos variedades se sustenta
que en muchos casos poseían un mango de madera para facilitar el acto
de blandirlas. Las restantes, en virtud de su elevado coeficiente entre largo
y ancho o diámetro permiten su empleo por el simple acto de tomarlas
con la mano.


Toki de Bronce Calchaquí - Hachas Patagónicas
Los hallazgos arqueológicos han suministrado abundantes ejemplos de la
primera tipología. Tal como puede verse en múltiples artículos
y fotografías. La segunda variedad ha entregado dos piezas, una de las
cuales es ampliamente conocida (El llamado Bastón de Mando de Terrera)
y otra mucho más pequeña pero con características particulares.
Finalmente, de la tercera categoría solo poseemos relatos o descripciones
no teniéndose registros gráficos de su aspecto probablemente porque
aún permanece en poder de sus legítimos dueños: la dinastía
mapuche de los “Piedra”, Cura en su idioma.
c)
Procedencia geográfica: Indudablemente la gran mayoría de los
hallazgos se han verificado en la región Patagónica y en menor
medida en el área centro del país. La explicación a tal
dispersión se fundamenta en que la utilización de piedras insignia
sea una ancestral tradición incorporada por los mapuches y etnias vecinas.
Por otro lado, está comprobado que las clavas o hachas han migrado al
subcontinente sudamericano desde la Polinesia como lo establece no solo el hallazgo
de piezas de características y empleos idénticos sino la lingüística
en virtud de que Toki tiene el mismo significado en la lengua pascuense e incluso
en los dialectos polinésicos.


Hachas Votivas Patagónica y del Noroeste
LOS CACIQUES:
Cuando
Juan Martín de Rosas en 1834 tomó la decisión de hacer
venir desde Chile a un cacique mapuche acompañado por 800 guerreros para
lograr controlar las tribus pampeanas, la historia argentina exotérica
(y la esotérica, también) dieron un vuelco. Ese momento marcó
el principio de medio siglo de dominio indígena de las pampas, regido
por una dinastía legendaria, que como nunca antes logró poner
en jaque al gobierno de Buenos Aires.
El líder de los mapuches se llamaba Juan Calfucurá, un hombre
de 68 años que ostentaba en su linaje el poder de la Piedra. Efectivamente,
su familia era de la tribu de los Cura, los Piedra en idioma mapuche.
“Los indios araucanos (mapuches) arrebatan a la naturaleza un nombre y
lo aplican a sus familias, modificándolo sucesivamente por medio de la
acumulación de adjetivos. De ésta manera forman sus nombre propios
con uno general de estirpe o linaje y otro que individualiza.”

Portada del libro sobre Calfucurá
Cuenta
la leyenda que Calfucurá tomó su nombre del hecho que cuando se
hallaba a orillas de un río en sus primeros años de vida se vio
sorprendido por la caída de una piedra azul. De allí entonces
su nombre y su poder mágico.
Porque los caciques no solamente ostentaban el poder físico sino también
el sobrenatural. Más allá de la existencia de las Machi, shamanes
de la cultura mapuche, los caciques eran los portadores del toki o insignia
de mando.
“Calfucurá
era como un dios;
cuando hacía Nguillatún
todos tenían que darle lo que él pedía.
En los malones
–cuando se veía urgido–
él pedía una lluvia o un viento
que levantaba las piedras
y los huinca tenían que volverse.
A lo mejor tenía un Pichi-Pillán.
Era una piedra en forma de persona,
ese es el que le daba la fuerza
para ir a la guerra”.
(Relato de José Carril Pircunche, de Cajón, cerca de Temuco)
Estanislao
Zeballos en una obra que trasunta un injustificado odio racial para con los
indígenas cita (1) ciertas apreciaciones sobre la figura de Calfucurá
que afirman:
“Es muy popular, trata a todos con amabilidad, dándoles a unos
el título de hermano, pariente o cuñado, a otros el de tíos,
primos o suegros. Pero la sola idea que tienen los indios de que adivina, es
suficiente para que se apodere de todos o un respeto profundo o un terror espantoso.
Hay indios culpables que esquivan ser vistos por Callvucurá.
Su carácter altivo, supersticioso y zalamero lo hace más temible
aún, tanto que se cree que siempre es afortunado en todo, porque sus
obras son inspiración de Dios. Esto él mismo lo dice. Se tiene
hasta en el concepto de adivino, por cuya razón nadie se permite hablar
mal de su persona”
Indudablemente, las descripciones se ajustan a una persona con ciertas características
atípicas. Reafirmo tal apreciación con el agregado de su vitalidad
de longevidad. Cuando comenzó su reinado en las Pampas tenía casi
70 años y por casi cuatro décadas ejerció el poder. Falleciendo
a la edad de 108 tras sufrir una aplastante derrota en la batalla de San Carlos
al ser traicionado por su otrora aliado Catriel.
Que extraño poder tenía esa piedra para permitir que un hombre
llegara a esa edad en una época de continuos padecimientos e interminables
guerras. No olvidemos que su padre, también septuagenario, Huente Curá
acompañó al general José de San Martín en etapas
del cruce de la Cordillera de los Andes y en la batalla de Chacabuco que significó
la liberación de Chile.
Álvaro Yunque describe así a Juan Calfucurá (piedra azul):
"Valiente, audaz, hombre de guerra, no de trabajo, como todo primitivo,
infiel a los pactos -como el cristiano, por otra parte- receloso y astuto".
Como muchos grandes líderes de la historia, se dejaba ver poco. Además,
hacía creer que tenía poderes de adivino. En Choele Choel el cacique
vivió con sus 32 mujeres. De estatura más bien baja, de cuerpo
fornido, cabeza grande y ojos penetrantes, se lo recuerda como una personalidad
imponente.
Carlos Martínez Sarasola afirma:
“Estos jefes eran hombres especiales. Poseedores del don de la palabra;
con atributos de sacralidad; considerados en muchos casos con poderes especiales
que los hacían excepcionales. Muchos eran adivinos. Solían tener
visiones y sueños cuyos significados luego interpretaban en beneficio
de sus comunidades. Con sus piedras sagradas, como esa de color azul que el
mismo Calfucurá encontró siendo aún un adolescente y que
lo acompañó desde entonces señalándole su camino
de liderazgo y aún su propio nombre (Calfu: azul; curá: piedra).
Los grandes caciques eran algo más que jefes de la guerra. Representaban
una cosmovisión y un mundo espiritual, que a su vez permitió el
sostenimiento de la identidad y la autonomía indígena por un tiempo
muy prolongado”.
“Lo que no pudo morir fue su espíritu, encarnado en los actuales
descendientes, y también en la necesidad creciente de cada vez más
personas de recuperar valores como el respeto a la naturaleza y a todos los
seres vivos; el sentido comunitario de la existencia; lo imprescindible de la
conexión con lo sagrado. Esa conexión que muchos de los grandes
lonkos corporizaban en sus piedras, esas mismas que hoy en día algunos
paisanos piensan que llegan desde arriba, fabricadas por los mapuches del cielo
en las noches de tormenta”.
“...el toqui curá baja en la tormenta.
Eso hay arriba, porque arriba también
tenemos mucho mapuche arriba...
que ellos fabrican, hacen sus cosas”
(Amaranto Aigo, ex lonko, comunidad Ruca Choroi, febrero 2001)
Más
allá de la utilización de estas piedras sagradas parece probable
que existieran otros métodos para adquirir el poder. Veamos el siguiente
párrafo citado por Rodolfo Lenz en sus Estudios Araucanos de 1896:
“Cerca de Curamalal en la Argentina hay, según dicen los indios,
una cueva que está bajo la protección de seres sobrenaturales;
parece que allá se puede alcanzar el don de ser invulnerable”.
Geográficamente podemos situar estas elevaciones en las inmediaciones
de la actual ciudad de Pigüé. Las Grutas más conocidas son:
Gruta de Cura-Malal (135 m de altura), Gruta de los Espíritus (entrada
de 12 m2 y penetración hasta 80m), Gruta del Esqueleto (12m de profundidad,
deviene el nombre del hallazgo de un esqueleto humano en 1883), Cueva del Diablo
(curiosa abertura en la roca, dio albergue a la tribu del Cacique Pici-Huinca,
en ella se encontraron pinturas rupestres representando figuras humanas, la
luna y el sol).
“La
piedra esa que tiene Callfucurá, dicen que cuando la manda a alguna parte
a hacer alguna cosa, dicen que camina la piedra. Camina así no más,
arrastrándose. Y mi hermana dice que acá en Picún Leufú,
dice que había encontrado una piedra como esa. Cuando estaba jugando…
que se yo. Entonces la piedra venía del lado de ella, cuando se disparó,
cuando mi madre fue a ver esa piedra, ya había desaparecido. No la vio
más. Esa le habría dado suerte. Pero a mi nada, nunca. Mi hermana
no la vio más tampoco. Pero esa piedra tiene que agarrarla. Tiene que
saber mucho, hay que saber mucho como manejarla, señora. Si usted no
sabe como manejarla, esa piedra puede terminar con su familia...Lo come... y
hace de piedra no más, pero no es piedra ésa.
La forma tiene... que formaba como lagartija, dicen. Si, como lagartija, pero
no tiene cola. Dicen que la cabeza tiene forma de lagartija, pero no tiene...no
tiene, a cabecita, dicen...así como lagartija. Pero tiene ojos…parece
que con los ojos no ve nada, pero forma de ojos no más tiene, pero no
tiene ojos, dicen. Eso, el dueño, es Callfucurá. La piedra se
llama curá. Callfucurá, Namuncurá... Color verde. (Aluminé,
Neuquén 11 de Febrero de 1973)
¿Qué es el Cherrufe? Ese de diablo... ese diablo, los que hacían gualicho, esos lo tienen. Viene de Chile. En Chile hay mucho de ése, dicen que lo traen de Chile. Son piedras que corren como gente. No es la piedra del rayo, esa es buena piedra, piedra limpita. No tiene ninguna forma...se llama Tokicura y se baja del cielo, en la tormenta. (Ruca Choroi, 8 de Enero de 1974)
Algunas
referencias indican que la posesión de la piedra puede acarrear enfermedades
al mismísimo poseedor.”Dicen que la piedra lo come”.
Incluso se afirma que el cacique Namuncurá le había entregado
esa piedra a Juan Domingo Perón. La guardaban en una caja de piedra o
de hierro.
Resumiendo, es posible concluir que existen varios elementos concurrentes en las historias de las piedras mágicas. En líneas generales parecen estar apreciablemente vinculadas a los aspectos negativos o malignos. Por lo tanto aquellos que las poseen ostentan el poder pero al mismo tiempo generan un temor supersticioso que los transforman en intocables. Le temen y a la vez los respetan. Tal el caso de Calfucurá.
El Bastón de Mando Patagónico:
“No
fue poco mi asombro cuando en aquella inolvidable mañana del 16 de febrero
de 1937, el señor Indalecio Álvarez, en su estancia “25
de Marzo” puso en mis manos dos fragmentos complementarios de una piedra
cilíndrica con ornamentación incisa, que una hijita suya había
hallado tres o cuatro días antes no lejos de un manto salino de regular
extensión, dentro del campo de su propiedad”. (2)
La descripción de la pieza indica que se trataba de un trozo de arenisca
rosada, de grano fino. Su largo es de 32 cms, ancho máximo 41 y 38 mm
y su espesor oscila entre 37 y 31 mm.
Lo más curioso de esta pieza es el labrado que ostenta su estructura
semejando el cuerpo de un ofidio. Es evidente que el artista ha buscado lograr
esa forma incluyendo la boca y la cola del reptil. Como motivos decorativos,
ha dividido el largo cuerpo en seis secciones delimitadas por líneas
dobles, algunas ornadas con grecas, de las cuales se hallan algunas representaciones
en forma longitudinal al cuerpo.
En la zona caudal del ofidio se aprecian cuatro líneas en zigzag y así
mismo la cabeza cuyas fauces abiertas presentan un tallado profundo y fino,
se observan dos paralelas también quebradas. (3)

Mapa de la zona del hallazgo
Cedo
la palabra a Deodat:
“Hay unos detalles morfológicos acerca de los cuales no se me antojan
inconvenientes pocas palabras más. He dicho que las bandas cuarta y quinta
tienen sus campos vírgenes. Esta aparente deficiencia ornamental puede
explicarse a satisfacción alegando ser innecesario allí cualquier
adorno o signo faunístico, porque durante el acto ritual o en su habitual
manejo pasarían inadvertidos, puesto que ese espacio debió reservarse
a la empuñadura. Lo mismo puede suceder con la región ventral
intacta. De aquí que el artífice (shaman) que diera cima a la
obra no se preocupase de tales pormenores; no los justificaba su futuro destino.
Ese vacío escultórico asume ante el curioso observador la validez
de un testimonio del que no es posible prescindir, a pesar de las muy humanas
dudas que puedan acosarle”.
El autor se interroga acerca de la circunstancial o deliberada aparición
de la curiosa pieza en una salina. No puedo menos que resaltar el hecho de que
Calfucurá, un poseedor de otra piedra mágica también se
hallaba asentado en una zona de importantes salinas. La capital de su imperio
de las pampas se llamaba Salinas Grandes. De todas maneras, más allá
de lo importante desde el punto de vista comercial de las salinas no alcanzo
a vislumbrar algún fin mágico o ritualístico relacionado
con la sal. Deodat estima que probablemente el bastón patagónico
se enterró en el yacimiento de sal con el fin de brindarle protección
para que continuara su producción.

Arriba y a la izquierda imágenes del Bastón de Mando Patagónico
Derecha Bastones de Mando de La Rioja
Parece
algo lógico en líneas generales pero no resiste el menor análisis
al comprender que los bastones de mando debían blandirse y exhibirse
como elemento de poder y jamás enterrarse salvo para resguardarlo como
el caso del hallado en el Uritorco.
El poder de las piedras sagradas se revela al utilizarse en las manos de los
poderosos líderes o caciques.
Carecemos, tal como acertadamente advierte el autor del artículo sobre
el bastón herpetiforme, de referencias a ofidios en las zonas patagónicas.
Principalmente por el hecho de la casi inexistencia de esa especie de reptiles
en el extremo sur. En la zona de los Valles Calchaquíes es muy común
la iconografía vinculada con las serpientes, tal como es posible observar
en las vasijas y pinturas rupestres. Incluso he descubierto dos Bastón
de Mando riojanos de características casi idénticas al patagónico.
En la foto se aprecian las similitudes.
Es remarcable el hecho de que las líneas en zigzag y grecas son los símbolos
más comunes con que se representan los ofidios en esa región del
noroeste argentino. Por añadidura, el rayo se representa de igual modo
en virtud que los movimientos de las serpientes son tan veloces y certeros como
el fenómeno meteorológico aludido.
El Bastón de Mando del Uritorco:
En
1930, cierto día Orfelio Ulises se siente como atraído a trabajar
en las cercanías del cerro Uritorco. A poco de remover tierra y cascotes,
pone al descubierto un mortero o conana de granito, con su mano de piedra, al
lado. Entusiasmado, por ese hallazgo de tanto valor continua excavando cuando
la pala tropieza con un objeto que el maestro cree es de metal por el sonido
que produce.
Afanoso, limpia de materiales la zanja que estaba abriendo, se arrodilla para
estar más cómodo y al introducir las manos, toca algo terso y
pulido que le produce una conmoción extraña como si hubiera recibido
una incomprensible descarga de fuerzas en su cuerpo.
Derecha: Bastón de Mando-Izquierda: Orfelio Ulises
Nota
que una sensación de angustia lo posee, pasa sus dedos bajo esa superficie
alargada que se encuentra semioculta entre la arena y guijarros y al levantarla
siente que sus sienes le golpean y un sudor frío, corre por su cuerpo.
Es tanta la emoción que lo embarga que al correr la Piedra Sagrada hacia
arriba pierde el conocimiento y cae al suelo, ignorando el tiempo que así
estuvo.
Orfelio Ulises no tiene dudas ,tal como le indicaron sus maestros, él
en la inmensidad de las sierra de Viarava, donde habitaron los indios barbados
de América, los Comechingones ha encontrado el tesoro codiciado desde
Parsifal, hasta Roger Bacon, desde Voltán hasta Calfucurá o los
buscadores de otros países. (4)
La
particular visión de Terrera involucra a los caciques indígenas
en la búsqueda del Bastón de Mando y sugiere una explicación
a la “existencia” de otras piedras mágicas:
“Los grupos indígenas de la Argentina, conocieron también
la vieja leyenda del Bastón de Mando y su posible ubicación dentro
del triángulo de fuerzas que existía en los territorios ocupados
desde milenios por Comechingones y Sanavirones, en la actual provincia de Córdoba.
El cacique Calfucurá conoció en Chile, en su juventud, la existencia
de esa piedra sagrada que según sus mentores se encontraba en el área
de las sierras de Azul y la Ventana. En virtud de tales datos el cacique se
estableció en Salinas Grandes, cerca de la ciudad pampeana de Macachín
con el firme propósito de encontrar el Bastón de Mando que le
otorgaría su anhelado poder de consolidar la unidad indígena americana
y ser al mismo tiempo poseedor de su sabiduría muchas veces milenaria.
Lamentablemente para él no pudo ser hallado pues fue rastreado en cerros
donde no se encontraba y en las márgenes del propio Arroyo del Azul o
Caful-leuvu.
Al serle esquiva la suerte con respecto al hallazgo de la milenaria pieza difundió
entre su pueblo la noticia del hallazgo de la Piedra Azul, con la cual el obtendría
el poder unificador.
El cacique araucano Feliciano Purrán que vivía sobre la Cordillera
de los Andes cerca del río Neuquén, según las leyendas
de su tiempo también conocía los pormenores de la existencia del
Bastón pero no se sabe con exactitud en que lugares de nuestro país
pudo haberlo buscado.
También el cacique general Valentín Sayhueque, el Rey de las Manzanas,
ulmen de los tehuelches conocía la Piedra Mágica y Sagrada y sus
machis y brujos le habían anticipado su participación como jefe
de la Confederación Indígena Sudamericana, proyecto que estuvo
en su mente pero que jamás pudo cristalizarse. (5)
ALGUNAS CONSIDERACIONES Y ESPECULACIONES:
Es
evidente que la existencia de algún tipo de talismán pétreo
impulsaba a muchos caciques a hurgar montañas y cuevas, tratando de hacerse
con su poder y magia.
En el inconsciente colectivo de las etnias sudamericanas yacía la imagen
de poder plasmada en un bastón o hacha de piedra. Por ello son tan abundantes
las imitaciones que se han hallado en las regiones patagónicas, fundamentalmente.
Estudiosos como Juan Bautista Ambrosetti y Félix Outes se han ocupado
extensamente del análisis de las hachas votivas o ceremoniales halladas
en el sur del país. Sin embargo, resultan curiosos dos hallazgos realizados
en la zona central de la provincia de La Pampa, epicentro de las actividades
de los caciques Callfucurá y Namuncurá.
Bastones de Mando en Perú a la derecha y Tinogasta (Catamarca)
La
presencia de esas hachas en un sitio tan alejado de los habituales yacimientos
de esas manufacturas líticas, nos anima a pensar que la extensión
de la creencia en el poder mágico de esos instrumentos abarcaba una superficie
mucho más amplia que lo que se sospechaba.
Como elemento sobresaliente debemos señalar que la zona sudoeste de Buenos
Aires y el Este de La Pampa coinciden con los sitios donde Callfucurá
rastreaba la presencia del bastón de mando original.
Retomamos aquí el camino que esbozara Lenz y que reproduje un poco más
arriba.
La escueta nota vinculada con la sierra de Cura Malal se complementa echando
mano a la fuente original. Afortunadamente, mi amiga y colaboradora en Santiago
de Chile, Liliana Núñez, me hizo llegar una copia del original
del trabajo de Lenz:
Canto de Nahuelcheu
Hermano,
mi querido hermano,
Vamos a Curamalal,
Vamos a sacar remedio de la puerta
Entonces, entonces valientes seremos
Hermano mío, querido,
Si sacamos el remedio de la puerta,
Entonces seremos valientes,
Hermano mío, querido. (6)
Analicemos
los breves párrafos de este canto guerrero. Es evidente que la sierra
mencionada atesoraba alguna forma de poder. Quizás en forma de ritual
o bien por medio de algún objeto de piedra o talismán. Es cuando
menos llamativo el hecho de que una pequeña elevación, tan lejana
geográficamente fuera motivo de mención vinculándola a
un mágico influjo.
Fotocopia del libro de Lenz y grabados en Cura Malal
Es
claro que las cuevas con abundancia de pinturas rupestres del sistema de Sierra
de la Ventana a la que pertenece la de Cura Malal debieron tener una activa
participación en rituales iniciáticos de enorme importancia para
distribuir el poder y la magia entre los caciques que dominaban la Pampa.
José María Fernández Diéguez, en un documentado
capítulo del libro Argentina Ruta de OVNIs afirma:
“Pero quizás el descubrimiento más conmocionante sea el
de una reproducción de unos dibujos pictográficos inscriptos en
las paredes de la Gruta de los Espíritus, en la Sierra de Cura Malal,
provincia de Buenos Aires. Los dibujos fueron copiados y publicados por el doctor
Eduardo l. Holmberg y reproducidos en un libro, agotado, cuya primera edición
es de 1910,”Los Aborígenes de la República Argentina”,
escrito por Félix Outes y Carlos Bruch, por ese entonces funcionarios
del Museo de La Plata y profesores de la universidad platense. El autor de esta
nota al hojear la interesante publicación observó asombrado que
ante sus ojos tenía un verdadero hallazgo. En efecto, mientras uno de
los dibujos representa una figura humana, los tres restantes son imágenes
de astronautas (sic) o cuando menos seres con escafandras. El conjunto de dibujos,
tal vez obra de Puelches (etnia pampeana) primitivos, es reproducido en este
libro. Los lectores podrán juzgar esta muestra, encontrada casi casualmente”.
(7)
La
existencia de estas curiosas pinturas rupestres afirma la hipótesis de
Lenz y otros autores de que en esas cuevas sucedían algunos fenómenos
poco comunes.
Es evidente que el cacique Calfucurá estaba muy interiorizado de esos
rituales en virtud de que su dinastía se ligaba a la Piedra, y las piedras
mágicas se vinculaban con el poder y la “invulnerabilidad”.
Sería por ello que tanto Manuel Namuncurá como Juan Calfucurá
lograron una longevidad y resistencia física tan llamativas, ¿en
una época en que la vida era muy dura? ¿Que extraño influjo
provocaba la famosa piedra azul que portaba?
Quizás solo sus descendientes, hoy afincados en una reserva en las cercanías
de Junín de los Andes, en Neuquén puedan tener la respuesta en
esa pieza lítica mágica.
La Materialización del Cherrufe Araucano:
Con
ese título comienza un excelente trabajo firmado por el tantas veces
nombrado Félix Outes y publicado en los Anales de la Sociedad Científica
Argentina. Comienza de la siguiente manera:
“Por abril de 1915 el vecino de Carmen de Patagones, don Dardo Romero,
adquirió en Chimpay una pequeña placa grabada que, en una bolsita
de cuero de Rhea (ñandú), llevaba consigo un araucano chileno.
El objeto pasó luego a manos de mi amigo Carlos I. Salas quien ha tenido
la fineza de ofrecérmelo.
Se trata como lo he dicho de una pequeña placa formada por un fragmento
trapezoidal de arcilla endurecida, de color rojo oscuro y cuyas superficies
conservan la pátina grasienta, tan característica de ciertos objetos
indígenas. Tiene 69 milímetros de altura, 43 de base y 14 de espesor
máximo ofreciendo sus cuatro ángulos redondeados.
Algo
más de la mitad de una de las superficies principales se halla ocupada
por una cara humana que destaca un ligero champlevé.
Los otros detalles de esta representación antropomórfica se han
ejecutado mediante profundas incisiones que esbozan las cejas, los ojos, la
nariz y la boca con sus dientes. Además rodean la frente dos líneas
que representan, sin duda, la huincha propia de los habitantes indígenas
de buena parte de la extremidad austral de Sudamérica.
En la otra superficie, que es perfectamente plana, se ven dos elementos bien
diferenciados. Hacia la base, una línea quebrada que termina en cada
uno de los ángulos, en la mitad superior una figura estrellada provista
de ojos, nariz, boca y una cauda bífida. Las incisiones que forman estas
figuras son profundas y llegan a tener un milímetro de anchura”.
Un poco más adelante Outes se refiere al cherrufe en los siguientes términos:
“Los Araucanos contemporáneos, como los de los siglos XVII y XVIII
llaman Cherruve a un genio ígneo, origen de los cometas i más
comúnmente de los grandes bólidos y creen los indígenas
que cuando este último meteoro desenvuelve su trayectoria en dirección
de los caseríos, trae consigo el anuncio de epidemias, muertes o ruina”.
Tomás Guevara sostiene que las tribus del centro y del Oeste conciben
al Cherruve como un ser de cabeza humana y cuerpo de ofidio.
Hago un paréntesis para retrotraer al lector a la descripción
del Bastón de Mando Patagónico con su forma inconfundible de ofidio.
También Outes recoge una interesante referencia:
“Se cuenta que el Cherrufe desciende durante la noche hasta detenerse
sobre una gran piedra, en la cual deja como rastro de su paso, la impresión
de dos patas de “macho “ (cabrío) que los individuos del
lugar llevan al pueblo próximo”.
La piedra “Cherrufe”
El
cherrufe de Namuncurá era una piedra que volaba encendida, saliendo sin
dificultad alguna de las habitaciones cerradas. Namuncurá lo enviaba
donde mejor le placía y lo utilizaba también para dar muerte a
jefes enemigos.
La segunda versión dice:
Un indígena acostumbraba bañarse en una laguna acompañado
de sus mujeres. Cierta vez mientras descansaba bajo su enramada, una de aquellas
vino a anunciarle que había observado algo raro en la laguna. Fueron
todos para allá y solo vieron dentro del agua una oveja de color pardo.
El indígena quiso apoderarse de ella, más al tiempo de tomarla
en la mano,”se volvió una piedra en forma de un hombre”.
“Se mantenía con plata de chafalonía. El mapuche despedazaba
estribos, espuelas y frenos de plata y los colocaba debajo; esta plata se iba
mermando poco a poco. Esta piedra anunciaba cuando había alguna guerra.
Salía a volar de noche en forma de un cometa; éstos se llaman
cherruve en mapuche.
Cuando llegaba a alguna parte, metía un ruido estruendoso y cuando llegaba
a la casa, la misma cosa.
Cuando su amo iba a la guerra, anunciaba bueno o mal viaje. Amanecía
en la mañana con la boca teñida en sangre. Este mapuche fue un
hombre muy rico por su piedra”. (8)
Otras Piedras con forma de “Personas”
Orígenes ESOTÉRICOS de las Piedras Sagradas:
Todas
las referencias reunidas a lo largo de este trabajo indican claramente que partiendo
desde Chile e ingresando posteriormente a nuestro país, la utilización
de piedras de mando y poder se extendió ampliamente por todo el Cono
Sur. Sabemos que también existía un recuerdo o una tradición
ancestral que sostenía que debía hallarse una piedra,”la
Real” u original que sería la portadora de la suma del poder, del
conocimiento y de la eternidad.
Es claro que los iniciados de las culturas indígenas habían desarrollado
rituales y procedimientos para entregar a piedras con ciertas características
especiales una dosis de toda esa magia que ostentaba la más poderosa.
Por ello es posible hallar relatos de cherrufes o piedras antropomórficas
con propiedades sobrenaturales. Caminar solas, volar, predecir el futuro, despedir
luces, matar y dominar la furia de los elementos.
Todas esas cualidades pueden ser entresacadas de las crónicas y relatos
que he recopilado en este trabajo.
La explicación debe hallarse en las propias capacidades psíquicas
de los poseedores de tales talismanes pétreos. Las piedras pueden ser
mágicas pero el despliegue de sus cualidades depende del operador.
Y con tal concepto regresamos al estudio del Bastón de Mando del Uritorco,
quizás la piedra Original (sin dudas así concebida por Terrera),
la piedra negro-azulada. Su poder llegaría a ser ilimitado en manos de
un ejecutante adecuado, sin embargo en la diestra de un representante de las
fuerzas oscuras generaría un caos de enormes proporciones. Afortunadamente,
aquellos que blandieron piedras mágicas en el pasado, no fueron capaces
de hacerse con la más sabia. No es momento de juzgar si estaban capacitados
para poseerlas. Con cierta premura contestaría que no. Han sido responsables
de continuas guerras, traiciones, contrabandos y matanzas. Si bien se pueden
justificar en el sentido relativo de que estaban defendiendo su territorio injustamente
expropiado; debo ser honesto al afirmar que jamás demostraron una valía
moral e intelectual como para transformarse en los poseedores de la suma del
poder.
Por fortuna, los caminos que conducen a la búsqueda de la Verdad no pueden
ser pisados por la planta de cualquier individuo aún cuando sus motivaciones
luzcan como justas. Efectivamente, la posesión de la Verdad Mágica
implica un proceso harto complejo e imposible de ser transferido o comprado.
Este concepto se puede descubrir cristalinamente descrito en muchas de las obras
que versan sobre el poder mágico y la suprema sabiduría.
Todos somos buscadores de una verdad que bien puede estar lejos de la Verdad.
La única posibilidad para lograr acercarse a ella es seguir un camino
recto, sacrificado e individual.
La búsqueda de las piedras sagradas y mágicas sigue un derrotero
paralelo a la del Santo Grial. No en vano Parsifal logra una simbiosis de ambas
tradiciones en el poema escrito por Wolfram von Esschembach en la Edad Media.
Allí es posible recorrer el sendero del legendario héroe de las
sagas arturianas embarcándose rumbo al hemisferio sur, en busca de una
comarca serrana donde depositaría el sagrado Cáliz y el poderoso
Bastón de Mando. Guillermo Terrera no duda en identificar tales regiones
con las sierras de Viarava y Chavara en la provincia de Córdoba. Otros
han situado el punto en las sierras de la provincia de Buenos Aires, más
precisamente en el sistema de Ventania, al que como he mencionado pertenecen
las de Cura Malal.
En definitiva, es posible entrever en el relato del poeta medieval que algún
evento vincula las sagas nórdicas con el subcontinente sudamericano.
Wotan a la derecha y Parzival en Uritorco
Por
otro lado se han descubierto vestigios arqueológicos en la zona costera
y central de la provincia de Río Negro que indicarían la posibilidad
de que europeos del siglo XIII podrían haber desembarcado en el norte
de la Patagonia o sur de Buenos Aires, precisamente en el entorno de Carmen
de Patagones. De allí, que la cercanía de las sierras de Ventana
expliquen la inserción de las leyendas o tradiciones de piedras sagradas
en nuestro país.
Quizás, hayan sido tan solo una escala en su viaje hacia el Noroeste
en busca de otras tierras mejores o más adecuadas a su reposo definitivo.
Por otro lado es posible hallar otro origen de las historias vinculadas con
las Hachas Insignia, proveniente del Pacífico Sur.
Efectivamente, José Imbelloni en su magnífica obra La Segunda
Esfinge Indiana (9) traza sin solución de continuidad un camino isoglosemático
(10) para la palabra Toki.
Como es sabido, el origen del pueblo mapuche y sus etnias asociadas se sitúa
en el Oeste, precisamente en alguna tierra del Pacífico Sur. Tierra denominada
Mapu en sus crónicas legendarias. Muchos autores han sugerido la existencia
de un continente en la zona central de Oceanía. Continente o gigantesca
isla bautizada como MU por James Churchward, principal defensor de su realidad
histórica. El mencionado autor fue capaz de reunir conocimientos teosóficos
(pertenecía activamente a la sociedad Teosófica fundada por Helena
Petrovna Blavatsky y James Olcott) con hallazgos arqueológicos, filológicos
y geológicos. Fruto de su labor fue una serie de libros cuya lectura
más allá de lo apasionante no deja de aportar una apreciable erudición.
Pues bien, tomando en cuenta la indudable filiación lingüística
entre el término TOKI en la ruta descubierta por Imbelloni y la probable
existencia de tal continente no resulta muy difícil intuir que probablemente
la tradición acerca de la existencia de una piedra con enorme poder provenga
de ese preciso sitio.
En el caso opuesto, en otras palabras, considerando la inexistencia de tal continente
de Mu es evidente que habría que trazar el origen de los Bastones de
Mando en territorio asiático, probablemente en las antípodas de
nuestro país tal como sostiene Terrera.


Estatuillas con rasgos orientales halladas en La Rioja
Una
u otras posibilidades determinan que la tradición no sería originaria
de los pueblos americanos y que su raigambre en la cultura ha debido producirse
por las increíbles demostraciones de poder que podían producir
esos talismanes líticos. Pues, seguramente a lo largo de los milenios
han debido gestarse abundante copias de la Piedra Original, réplicas
que si bien no producían toda la gama de fenómenos atribuidos
a ella, debieron generar en los indígenas una apreciable impresión
de sus potenciales efectos.
Hoy en día la dinastía de los Cura, Piedra conserva una piedra
antropomórfica, una materialización del cherrufe araucano.
Sin dudas son depositarios de una tradición que ya iniciado el siglo
XXI sigue conservando su vigencia. No han mostrado esa reliquia a los hombres
blancos y considerando los antecedentes históricos, nadie puede reprocharles
ese proceder.
EL Bastón de Mando del Uritorco debería permanecer en manos del
hijo del Dr. Terrera. En medio de los rumores sobre su venta al exterior del
país, al menos en lo que a mi respecta he perdido el rastro de la preciada
pieza, no es posible determinar cual es su situación actual.
Esperemos que no haya caído en manos oscuras que utilicen su varias veces
milenario poder en beneficio de las fuerzas negativas.
Mientras tanto, cientos o quizás miles de personas buscan afanosamente
su propia piedra mágica. Puede hallarse en cualquier sitio del planeta
pero el origen del camino de todo buscador debe situarse en él mismo.
La jornada será ardua y solitaria, de otro modo el éxito será
muy dudoso.
Este trabajo refleja tan solo una mínima parte del material que hemos
podido reunir acerca de las hachas, piedras sagradas y bastones de mando de
los antiguos pueblos sudamericanos. Realmente no hubiera podido realizarse sin
la valiosa labor de rastreo realizada en las bibliotecas chilenas por parte
de mi amiga y colaboradora Liliana Núñez y sin la orientación
de los bibliotecarios del Museo Etnográfico de Buenos Aires . A todos
ellos quiero expresar mi sincero agradecimiento.
Asimismo insto a aquello lectores interesados en profundizar en este apasionante
tema a ponerse en contacto con el autor para acceder a toda la documentación
disponible editada por AFLA en fomarto digital en dos volumenes.
Fabio
Picasso
24 enero 2004.
Referencias:
1. He tomado los datos que consigno desde 1833 hasta 1861 de un curiosísimo manuscrito de 150 fojas de oficio que en 1879 encontré en el Desierto, entre los médanos, cercanos a la posición que ocupa hoy la ciudad de General Acha. Formaba parte del Archivo del Cacicazgo de Salinas Grandes. E. Zeballos
2. Palabras de Leoncio Deodat.
3. Deodat, Leoncio: Un Bastón Mágico Herpetiforme Descubierto en Patagonia Austral, Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología, III, 1942, pgs. 99-118.
4. Terrera, Guillermo Alfredo: Antropología Metafísica y El Bastón de Mando, Uritorco (Buenos Aires), 1984, pg.101-104.
5. Ibidem, pg. 92-94.
6. Lenz, Rodolfo: Estudios Araucanos, Santiago de Chile, 1896, pg.405.
7. Fernández Dieguez, José María: Argentina, Ruta de OVNIs, Ediciones Balcón, Buenos Aires, 1978, pg.117-118.
8. Guevara, Tomás: Psicolojía del Pueblo Araucano, Santiago de Chile (Cervantes), 1908, pg. 343-344.
9. Imbelloni, José: La Segunda Esfinge Indiana, Buenos Aires (Hachette), 1956, pg.390-394.
10. Ruta geográfica surcada por un vocablo con igual significado en cada uno de los puntos.