PUEBLO MINERO ABANDONADO APARECE Y DESAPARECE

CERCA DE COPIAPÓ
Revista Revelación (Santiago), Año 4º Nº 36, pgs. 32-34.

Por Osvaldo Muray

Los hechos misteriosos los tenemos a montones en los 750 mil kilómetros de territorio continental; sólo es cuestión de buscarlos, y cuando menos se piensa, brotan de la tierra intempestivamente, para llenarnos de asombro e incredulidad.
Tal vez la más impactante sea la existencia de un pueblo fantasma que sólo se deja ver por determinadas personas. Pareciera ser que no todos los visitantes son bienvenidos en el poblado y aunque se llegue exactamente al lugar donde se encuentra, mucha gente se devuelve frustrada porque en el citado lugar no existe nada. Sin embargo, el pueblo llamado San Bartolo figura en los mapas aunque sólo sean ruinas puesto que –ligado al fantástico mineral de plata de Chañarcillo- se convirtió en un pueblo muerto cuando el mineral se agotó.

San Bartolo está enclavado en el corazón de la provincia de Atacama, cercano a Copiapó y en el antiguo camino que iba desde Chañarcillo a la costa. A finales del siglo XIX ya estaba muriendo porque la plata había dejado de fluir del fantástico cerro descubierto por la india Flora Normilla. Por ello, tanto Chañarcillo como San Bartolo quedaron ligados en esta singular historia.

EL SECRETO DE FLORA
Para hablar de San Bartolo es necesario remontarse a la historia del fabuloso mineral de Chañarcillo, todo un cerro de plata que durante más de veinte años tonificó las arcas públicas y dio lugar a la creación de grandes fortunas que hoy, se han convertido en imperios familiares.
Alrededor de 1830, cuando Chile recién daba sus primeros pasos como nación independiente, la provincia de Atacama era explorada por centenares de pequeños mineros –pirquineros- que explotaban modestos minerales de cobre, oro y plata todo lo cual iba a tonificar las arcas públicas, a muy mal traer, con el pago de los impuestos. Junto a los mineros, había nacido una pujante industria procesadora de metales. Ingenios, que se encargaban de purificar los minerales arrancados a la tierra, parte de los cuales eran exportados y parte adquiridos por la Casa de Moneda. Eran los buenos tiempos en que Chile acumulaba monedas de oro –doblones- que circulaban libremente.
Tanto Los Pirquenes como los Ingenios dieron nacimiento a pequeños poblados donde los mineros obtenían alimentos, diversiones, ropa limpia y víveres para llevar a sus lugares de trabajo. Uno de estos poblados era San Bartolo, ubicado al pie de los cerros Bayos y Totoralillo que le brindaban refugio desde el oriente. San Bartolo estaba a menos de veinte kilómetros de las numerosas caletas de pescadores existentes al sur de la Bahía de Copiapó. También era buena su ubicación porque estaba enclavado a unos ocho kilómetros del río Copiapó que discurría rumbo al mar en su lado norte. La cercanía del agua y la vegetación de los cerros, le daban al poblado favorables condiciones de clima y temperatura, además de leña, verduras y pescados y mariscos de las cercanías caletas.
Pero el progreso no caminaba muy rápidamente por si bien Los Pirquenes eran abundantes, los rudimentarios sistemas de explotación existentes en Chile del primer tercio del siglo XIX, impedían una explotación más racional de los minerales.
Al sur oriente de San Bartolo, a unos 50 kilómetros en línea recta, existía otro poblado en la base de un cerro conocido como Chañarcillo. El nombre proviene de un arbusto leñoso otrora muy abundante cuando el norte de Chile aún no estaba tan erosionado como hoy y era frecuente especialmente en los cerros y sus alrededores que se explotara su leña para cocina y calefacción de los pirquineros.
En el poblado de Chañarcillo existía una posada de propiedad de una india atacameña, llamada Flora Normilla, ampliamente conocida por los mineros por la buena atención que les brindaba pese a sus modestos medios. En la posada de la india Flora se encontraban todo tipo de aventureros de esos que buscaban en un filón sorpresivo, la esquiva fortuna. Flora tenía dos hijos varones, nacidos de una relación sin libreta, llamados Juan y José Godoy. Y entre sus clientes, el dueño de un Ingenio cercano al cerro Chañarcillo, llamado Miguel Gallo.
Este industrial trabó gran amistad con Flora y según Encina:
“Como éste le hubiera dado abundantes muestras de generosidad, quiso la india premiarlo confiándole el derrotero de un inmenso depósito de plata”. Ya en el terreno de lo histórico (agrega Encina), Juan Godoy, su hermano José Godoy, ambos hijos de la Normilla, asociados con don Miguel Gallo, solicitaron en el Juzgado de Copiapó, el 19 de mayo de 1832, la concesión de merced de una mina de plata que habían descubierto en Chañarcillo. El acontecimiento tuvo una trascendencia que sus autores no habían imaginado. “Todo el cerro –dice Sayazo- parecía un promontorio de metal: mientras más se le recorría, mientras más se rebuscaban sus matorrales, mientras más se trepaban sus riscos y se subía y se bajaba por sus inflexiones, más plata aparecía”.
Para que se tenga una idea de la importancia que tuvo para el erario nacional ese cerro de plata, basta señalar que en el primer año de explotación, se exportaron 525 mil pesos en oro de diversos otros minerales; se exportó un millón 148 mil pesos en cobre y Chañarcillo sólo exportó un millón 484 mil pesos. Esta enorme riqueza permitió en 1834 realizar una reforma monetaria que uniformó la moneda nacional, acuñándose varios tipos de moneda de oro; un doblón, medio doblón, un cuarto de doblón y un escudo con valores de 16, 8, 4 y 2 pesos respectivamente.
Este fluir de riqueza convirtió a Chañarcillo en un importante centro de trabajo como lo fueran los minerales de oro en California. Por supuesto, todos los alrededores adquirieron inusitada prosperidad. No fue ajeno a este progreso el poblado de San Bartolo puesto que era lugar de paso obligado para quienes viajaban a la costa. De hecho, San Bartolo tenía vida propia por ser el centro al que confluían los pirquineros que laboraban en las minas de sus alrededores. Cuando Chañarcillo se convierte en El Dorado chileno, la corriente de viajeros que pernoctaban allí de paso a la costa, creció a límites superlativos. Era el progreso que lo cambia todo con el tintinear de los doblones.
Pero en este mundo todo termina. Y un mal día se agotó la plata de Chañarcillo. Eso ocurrió en 1858. La riqueza había durado 26 años. El agotamiento del mineral causó una crisis que se vio agravada por el término de la fiebre del oro en Australia y California. Estos dos centros mineros, eran grandes consumidores de trigo y harina chilenos pero al agotarse los mantos del mineral, los terrenos se volcaron a la agricultura. Por último, la abundancia de oro había elevado el precio de la plata y como gran parte de las monedas chilenas eran de plata, comenzaron a ser exportadas como mineral creando una crisis de circulante.
Junto con la muerte de Chañarcillo comenzó a languidecer San Bartolo. Se terminó la corriente hacia y desde la costa y el cuando el siglo XX llegaba a su fin, el pueblo quedó sin habitantes. El salitre, la nueva riqueza de Chile, en manos del inglés John North, había reemplazado la Plata de Juan Godoy y el nuevo polo de atracción era Antofagasta y las diversas oficinas salitreras que jalonaron en corto tiempo la pampa nortina.
San Bartolo hoy figura en escasas cartas y en la que REVELACIÓN ha tenido a la vista dice: SAN BARTOLO (Ruinas).


Mapa (Ruinas) de la Hacienda San Bartolo


¿DÓNDE ESTÁ EL PUEBLO?
En el reciente verano, el arquitecto Pedro Mansilla aprovechó sus vacaciones para recorrer los numerosos caminos de Atacama pero, fundamentalmente, practicar el buceo autónomo. El arquitecto Mancilla es un destacado cultor de los deportes submarinos y en su juventud practicó el atletismo llegando a ser seleccionado internacional en la época del oro del deporte clásico chileno antes de ser tentado por las profundidades del mar.
En su visita a una de las caletas cercanas al puerto viejo de Copiapó, Pedro Mancilla se encontró con algo extraordinario. Él lo contó a REVELACIÓN:
-“Conversando con los pescadores salió a relucir algo muy mitológico, una ciudad perdida. Ellos me contaron que se trata de un pueblo que está metido en el desierto, se llama San Bartolo y data del siglo pasado. Y aunque figura en los planos, san Bartolo se le aparece sólo a las personas que este pueblo fantasma elige.
Es algo muy misterioso. San Bartolo poseía una ubicación muy favorable en su tiempo, puesto que quedaba a unos 15 kilómetros del Puerto Viejo de Copiapó y por San Bartolo pasaban los embarques de plata (y de otros minerales) de Chañarcillo. El pueblo gozó de un enorme auge. Pero el Puerto Viejo era muy peligroso y se cerró a raíz de la enorme cantidad de naufragios que allí ocurrían. Luego, el agotamiento de Chañarcillo y el cierre del puerto, le quitaron el oxígeno a San Bartolo y éste comenzó a morir”.
Refiriéndose a las características del pueblo fantasma, el arquitecto Mansilla dice que “está enclavado entre dos cerros y a su alrededor existen centenares de socavones mineros abandonados, todo lo cual le presta un aspecto alucinante al lugar. Por dicha razón, por tratarse de un pueblo abandonado y que fue importante en su época, se le hace figurar en los mapas aunque con la advertencia que se trata de “ruinas” y eso lo hace un buen motivo turístico. Pero muchos turistas que han viajado a San Bartolo, se han encontrado con que tal pueblo no existe. Sin embargo, algunos lugareños han ido a constatar el fantástico detalle y lo han encontrado. Por ello, reiteran a los turistas su ubicación. Pero San Bartolo tiene sus mañas y cuando los visitantes no son de su agrado, sencillamente no se muestra. Hasta el paisaje resulta diferente”.
Pedro Mansilla prepara una expedición con algunos amigos, de la cual –obviamente formará parte de esa expedición este periodista. Cabe recordar que en muchos lugares del planeta existen pueblos fantasmas y nada más a mano que el fabuloso El dorado que los conquistadores españoles buscaron mapa en mano y que nunca encontraron.
El arquitecto explorador, dice que San Bartolo se encuentra en la falda de unas elevaciones llamadas Cerros Bayos. Cerca del pueblo, hay una mina llamada Totoralillo y otra llamada La Cruz, datos más que suficientes para encontrar a San Bartolo… si es que usted no le cae mal al caprichoso pueblo.
Desde la Panamericana sale un camino secundario que lleva a San Bartolo. Recomienda eso sí, llevar un vehiculo con tracción en las cuatro ruedas porque el camino actual al pueblo fantasma está cubierto de arena. Los cerros Bayos son visibles desde la Panamericana. En este viaje reciente dice el arquitecto Mansilla, pasó cerca de los cerros pero como le quedaba poco combustible decidió regresar en las próximas semanas ya bien preparado, por si tiene la suerte de encontrar alli mismo al esquivo San Bartolo.
El asunto – parece ser que el pueblo no rechaza a determinados visitantes sino que desaparece por temporadas y luego reaparece. En las caletas vecinas al Puerto Viejo, todo el mundo sabe de Don Bartolo y de su caprichoso comportamiento. Todo un señor Enigma para quienes gustan de escapar de este mundo prosaico y tan lleno de materialismo.

LOS OTROS MISTERIOS
Existe en la provincia de Atacama una gran planicie de unos 40 kilómetros de largo por 25 a 30 de ancho. Se le llama la “Hacienda Castilla” y fue propiedad del primer Sumar que llegó a Chile. Con un tesón hoy desconocido –dice Mansilla- hizo florecer el desierto habiendo cavado decenas de pozos de 50 metros de profundidad para sacar agua y regar la reseca tierra atacameña. Hoy, la Hacienda, propiedad de otros industriales mineros, sigue siendo un vergel donde se producen tomates, lechugas, árboles frutales y todo un paraíso vegetal. Pero también hay otros asuntos nada terrestres.
En la Hacienda Castilla (más grande que Santiago) es frecuente la aparición de Ovnis. Ya es tradicional que Copiapó y sus extensos alrededores (75 mil kilómetros cuadrados y 250 mil habitantes) es tierra de enigmas extraterrestres, como lo es su vecina Coquimbo y La Serena. Para quienes habitan en la Hacienda, el ver manifestaciones Ovnis es cosa común y corriente. Los Ovnis dejan sus huellas en la tierra y queman los pastos, de lo cual existen numerosas fotografías. Y aunque no crea en brujos, de haberlos… los hay.


LEYENDAS Y CIUDADES DESAPARECIDAS

Por la persistencia con que se encuentra e tema de la ciudad desaparecida, la ciudad encantada, la ciudad invisible, la ciudad sumergida, la ciudad muerta, pasaría a ser patrimonio universal de la leyenda folklórica.
Entre las leyendas más antiguas que se conocen a este respecto, está la de Sodoma y Gomorra, de la cual habla el Génesis; la Atlántida y tantas otras de los pueblos de Oriente.
Y continúan con las ciudades sumergidas de la costa de Holanda, Inglaterra y Francia.
A través de las innumeras leyendas de estas ciudades, los motivos de su desaparición serían la cólera divina, castigos a la maldad de los habitantes, a los vicios de sus moradores, al lujo, a la molicie, corrupción y abandono de la religión.
En América hay, también, según la leyenda, más de una Sodoma y Gomorra; más de una Vineta, como en Suecia; una Kitej, como en la Rusia Central; una Pompeya y Herculano, como en Italia, y una Antilla o Anlia como en Portugal.
Chile y Argentina cuentan con la Ciudad de los Césares, que tiene casi un origen histórico. Se trata de una población de españoles situada hacia el Estrecho de Magallanes, a orillas de un gran lago, y que se cree fue establecida en el año 1540, un año después de la fundación de Santiago del Nuevo Extremo lo que vendría a ser la primera población de Chile, aunque hasta ahora siga permaneciendo en el misterio, sin que jamás haya podido ser descubierta.
A la leyenda de esta ciudad encantada, se suman las de la Ciudad de La Serena, conocida por la de Juan Soldado, Pelluhue, la ciudad sepultada bajo la arena; Tolopampa, también ciudad encantada; Huatacondo, pueblo perdido en las agrestes soledades del Norte. Y la Ciudad del Quimal, una ciudad sagrada en los tiempos del Incanato. (1)


1. LA CIUDAD DE LOS CÉSARES
Existía en el sur de Chile, en un lugar de la Cordillera de los Andes que nadie puede precisar, una ciudad encantada, fantástica, de extraordinaria magnificencia. Estaría construida a orillas de un misterioso lago rodeado de murallas y fosos, entre dos cerros, un de diamante y otro de oro. Posee suntuosos templos, innumerables avenidas, palacios de gobierno, fortificaciones, torres y puentes levadizos. Las cúpulas de sus torres y los techos de sus casas, lo mismo que el pavimento de la ciudad, son de oro y plata macizos. Una gran cruz de oro corona la torre de la iglesia. La campana que ésta posee es de tales dimensiones, que debajo de ella podrían instalarse cómodamente dos mesas de zapatería con todos sus útiles y herramientas. Si esa campana llegara a tocarse, su tañido se oiría en todo el mundo. Existe también allí un mapuchal (tabacal de la tierra) que no se agota jamás.
Sus habitantes son de alta estatura, blanco y barbados; visten capa y sombrero con pluma, de anchas alas, y usan armas de bruñida plata.
Los habitantes que la pueblan son los mismos que la edificaron hace ya muchos siglos, pues en la Ciudad de los Césares nadie nace ni muere. Nada puede igualar a la felicidad de sus habitantes. Los que allí llegan pierden la memoria de lo que fueron, mientras permanecen en ella, y si un día la dejan, se olvidan de lo que han visto.
No es dado a ningún viajero descubrirla, “aún cuando la ande pisando”. Una niebla espesa se interpone siempre entre ella y el viajero y la corriente de los ríos que la bañan, alejan las embarcaciones que se aproximan demasiado.
Para asegurar mejor el secreto de la ciudad, no se construyen lanchas ni buques, ni ninguna clase de embarcación.
Algunas gentes aseguran que el día Viernes Santo se puede ver, desde lejos, cómo brillan las cúpulas de sus torres y los techos de sus casas, de oro y plata macizos.
Según la leyenda, sólo al fin del mundo se hará visible la fantástica ciudad, por lo cual nadie debe tratar de romper su secreto.

2. JUAN SOLDADO
El estudioso Julio Vicuña Cifuentes transmite la leyenda que el pueblo narra sobe la desaparición de la primitiva ciudad de La Serena que es, según él, “la tradición más antigua” que se conoce en Chile. He aquí la versión: La primitiva ciudad de La Serena era mucho más hermosa que la actual. Vivía en ella un joven bien parecido, pero pobre, a quien llamaban Juan Soldado, nombre que, en recuerdo suyo, se puso después al cerro cerca del cual aquella ciudad estaba edificada. Juan Soldado se enamoró de la hija única de un cacique riquísimo, que habitaba a tres leguas de la ciudad. Como el cacique era ambicioso, se opuso a que se casara con un pobre. Los enamorados resolvieron huir, para casarse en la iglesia de La Serena, pues la joven era cristiana. Así lo hicieron y en el momento en que el sacerdote bendecía el matrimonio, gente del pueblo llegó a la iglesia con grande alboroto, diciendo que el cacique, a la cabeza de sus mocetones, se aproximaba a la ciudad, jurando destruirla, después de matar a los enamorados. Nadie sabe lo que pasó, pero es lo cierto que en el momento en que el cacique, con sus guerreros, pisó los suburbios, la ciudad se desvaneció. Recorrieron el campo donde estaba situada, pero no la encontraron aunque la andaban pisando. En ciertas noches, singularmente los sábados, los que pasan cerca del sitio en que estuvo edificada oyen música y canciones, y el Viernes Santo la ciudad se hace visible a los que contemplan desde lejos, pero se borra poco a poco ante los ojos de los que pretenden llegar a ella.
Otra versión es la que dice que existió en la Colonia un soldado español llamado Juan. Cierto día mató en la calle a dos vizcaínos ricos que se habían burlado de él al verlo pobremente vestido. Sólo quedó en el suelo su espada acusadora. El hombre desapareció. Meses más tarde, en lo alto de un cerro lejano se encendía todas las noches una luz. Al año se extinguió. Cuando los curiosos visitaron este punto hallaron allí al soldado Juan, muerto y amortajado en un hábito monacal. En esa soledad el asesino había expiado su doble crimen. Se denominó ese punto el cerro de Juan Soldado. Y de allí el nombre actual.

3. PELLUHUE
Se sabe que en Pelluhue (lugar de choros, almejas) vivía Curi-Caven (“Espino negro” significa este nombre en mapudungun) un indio pescador, casado con una india que era muy linda y hacendosa (“Flor de Espino”); pero al poco tiempo, la india madre enfermó y murió. El infeliz Curi-Caven casi perdió la razón ante tamaña desventura. Aparte de que idolatraba a su esposa, la pequeñuela quedaba huérfana y desamparada, pues él tenía que salir, noche a noche, a pescar, para procurarse el sustento. Estaba a punto de desesperarse, cuando se le apareció Lafquen-Ghulmen (“Jefe del Mar”), especie de genio marino, quien le prometió cuidar la criatura hasta que cumpliera los veinte años. “Tú anda a pescar tranquilo. A tu hija no le sucederá nada. Veinte años te la cuidaré” Y, apenas cumpla esa edad, vendré a pedírtela en matrimonio”. Por zafarse del atolladero, Curi-Caven aceptó la proposición del genio y la indiecita comenzó a criarse sin ningún inconveniente y el indio a progresar en las faenas de la pesca.
Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, la indiecita creció esplendorosa como su madre y un indio joven y corpulento, Necul-Ñarqui (“Gato Veloz”), se prendó de ella y quiso casarse. Pero el pescador le negó rotundamente el consentimiento, sin revelarles el grave compromiso que contrajera con Lafquen-Ghulmen; en el fondo de su alma, ansiaba que aquél hubiera olvidado el pacto y que, de este modo, después de cumplir los veinte años, Rayen-Caven tomara por marido al mancebo que pretendía desposarla.
Sin embargo, una semana antes de expirar el plazo, reapareció Lafquen-Ghulmen. “Vengo a recordarte que dentro de seis días tu hija cumplirá veinte años y que me la llevaré para que se case conmigo”: le dijo a Curi-Caven. El pobre pescador creyó morir de pena; llamó a la indiecita y a su novio y les explicó las causas que había tenido para negarles el consentimiento. “He empeñado mi palabra y deberé ser fiel al trato hecho”, terminó, derramando copiosas lágrimas. Necul-Ñarqui juró que defendería a su novia hasta el fin aún a costa de su propia vida.
Al sexto día, el indio salió a pescar y Raven-Caven y el novio permanecieron encerrados en la choza, esperando la aparición de Lafquen-Ghulmen. Entonces, principió a desencadenarse un ventarrón tremendo y una sábana de arena a cubrir la aldea. Arreciaba el vendaval y la arena seguía arremolinándose encima de las enclenques chozas. Por espacio de interminables horas, rugió la violencia de la borrasca y, en cuanto el indio se vio libre de las olas furibundas y pudo recalar en la playa, se apresuró a dirigirse a la vivienda de la madre de Necul-Ñarqui, la única que escapó de ser sepultada por el alud, debido que estaba construida en un montículo. Desde allí, sus ojos contemplaron horrorizados el manto de arena que servía de sudario a la que antes fuera la aldea de Pelluhue y de sepulcro a Raven-Caven y a Necul-Ñarqui, la pareja de enamorados víctimas de la ira del “Jefe del Mar”, el soberbio Lafquen-Ghulmen.
Así desapareció el anterior Pelluhue y con éstos las últimas familias aborígenes que quedaban en aquellos contornos.

4. TOLOPAMPA
Se trata de una pampa “lisa como una mesa”, en donde, en maravillosas circunstancias, se ve una población ubicada al borde de una laguna o de un río. Tolopampa es una ciudad encantada que emerge en la noche con todas las luces y después desaparece. Aparecen las casas, los ladridos de perros, cantos de gallos, toques de campanas, sus negocios, sus habitantes y todo el bullicio de un pueblo.
Según los mineros del norte, se trata de un pueblo que un aluvión cubrió de barro y que son los difuntos que penan en compañía de sus perros y gallos.
Para otros, esta ciudad encantada se llama Tololo Pampa y estaría ubicada precisamente al Norte de la ciudad de Freirina (provincia de Atacama) y tomaría este nombre porque en esta ciudad vive la princesa de Tololo Pampa, que según los mineros es morena, de cabellera negra y de grandes ojos.
Tololo Pampa tiene un cuidador conocido por el nombre de Pata Larga, porque deja en la arena la huella de sus enormes pies, también le llaman el Gigante Minero, porque penetra la montaña y busca los tesoros para ofrecérselos a la princesa.
Para socavar las minas se hace ayudar por un toro que tiene una estrella en la frente y cuernos de fuego, con los que derrumba las piedras.
Con este compañero realiza en forma invisible su labor y después sale del fondo de la mina con su carga de valiosos metales y los desparrama a la salida con gran bullicio.
El que ve trabajar al Minero Gigante, le acompañará la suerte en los trances de su vida.

5. HUATACONDO
Huatacondo pertenece a la provincia de Tarapacá y está ubicado en una quebrada, a 230 kilómetros de Iquique.
Huatacondo o Guatacondo, según la tradición, es un pueblo perdido de conquistadores españoles, que permanecieron al margen de relaciones exteriores durante muchos años, hasta que un aluvión abrió una quebrada al mar, y con ello el acceso de sus moradores hacia un nuevo mundo.
Por Huatacondo pasaron los expedicionarios españoles de don Diego de Almagro, en 1535. Y desde entonces se ha poblado y despoblado, como lo indican las ruinas de pueblos y los restos de cultivos agrícolas. Y por última vez, hasta hoy, por los españoles desertores y sus descendientes.
Huatacondo se llama el valle, la quebrada, el pueblo, el río y el cerro.
La población de Huatacondo no pasa de unos 137 habitantes indo-españoles. Tres o cuatro calles forman el pueblo de tipo colonial, a la cual no le falta su iglesia y sus campanas fabricadas con grandes dosis de oro en 1670.
Una pobladora anciana que fue entrevistada dijo: “Aquí todos somos un parentesco. Nuestros apellidos se repiten formando un estrecho vínculo. Aquí nacimos todos y son muy pocos los que conocen pueblos. Sólo Dios nos ve y nos asiste”.

6. LA CIUDAD DE QUIMAL
En el desierto de Atacama, cerca del Cerro de Quimal (N. O. del Salar de Atacama) se habría levantado una de las ciudades sagradas en tiempos del Rey Inca.
Hoy, la ciudad del Quimal aparece sólo ciertos días del año. Se la observa desde diferentes lugares y en determinadas ocasiones.
En la cumbre del cerro Quimal destacan grandes construcciones. Se ven torres, casas con las ventanas iluminadas.
Y cuentan que esta ciudadela está rodeada de árboles.
La visión se desvanece y aparece.
Los observadores que la han visto por más tiempo, dicen que hay que situarse en la base de un volcán cercano.


NOTAS COMPLEMENTARIAS

La Ciudad de los Césares tiene estrecha relación con el mito español de La Ciudad de Jauja y en América con Las Siete Ciudades de Cibola, siete ciudades fabulosas que habían estado situadas en lo que después se llamó Nuevo México: la Gran Ciudad del Dorado, situada sobre las márgenes de un lago, la laguna Guatavitá, llena de palacios y de templos, y dueña de montañas de oro; el país del Rey Blanco o Sierra de La Plata, país soñado o entresoñado por su riqueza de oro y plata. Se ubica en el Perú de los incas y en las minas de Charcas: El Pueblo de Mbororé, leyenda brasileña que presenta a un pueblo con casas sin puertas ni ventanas, cuyas casas con entradas subterráneas guardaban inmensos tesoros.

1. Esta ciudad intranquilizó el sueño de los conquistadores españoles que llegaban al Río de la Plata, venían del Perú o estaban en Chile. El nombre de Ciudad de los Césares le vendría por el Capitán Francisco César, a quién Sebastián Caboto comisionó hacia el sur del territorio argentino para que reconociese nuevas tierras, allá por el año 1572.
Entre las expediciones militares que han buscado la Ciudad a través de la pampa, se encuentran las llevadas a cabo desde el suelo argentino por Hernando Arias de Saavedra, que sale de Buenos Aires en 1604, y Jerónimo Luis de Cabrera, que lo hace desde Córdoba en 1662.
Desde Chile la han buscado el capitán Diego Flores León que llegó hasta el lago Nahuel-Huapi y los evangelizadores Luis de Valdivia, Diego Rosales, Nicolás Mascardi y Francisco Menéndez. Los grandes cronistas de esta Ciudad Encantada de la Patagonia son el padre Diego de Torres, el padre José Gardiel, el padre José Guevara y el padre Pedro Lozano.

2. Entre las versiones comparativas señalar el Pueblo del Pantano, en la Argentina (La Rioja), del cual se dice que fue un pueblo muy rico. Es creencia que desapareció maldecido por un sacerdote. En el Ecuador se encuentra la leyenda de Riobamba la Vieja que la Virgen hizo destruir por un terremoto para castigar a una egoísta señora de la ciudad.

3. La versión que se presenta fue entregada por el autor de esta obra al escritor Jacobo Danke, el que la colocó en su obra “Hatusime” novela para los adolescentes a base de materiales autóctonos.
El padre Honorio Aguilera Ch. publicó una crónica de viaje, titulada: “La Historia de Lafquen-Ghulmen” (Jefe o Dios del Mar) que pidió a un indio la mano de su hija, y ante la imposibilidad de obtener lo deseado, desencadenó, hace años, una tormenta de arena sobre el pueblo de Pelluhue y arrasó con sus casas y habitantes.

4. Entre las leyendas de los mineros alemanes figuran los genios Níkel y Kobolt, que hienden las entrañas de la tierra y acumulan las rocas unas sobre otras, dando lugar a dislocaciones y solevantamientos y dejando en los fósiles las huellas y trazos de su paso fantástico y misterioso.
En la Argentina se habla de la Laguna de Bebedero, provincia de San Luis, donde existe una ciudad sumergida. Se han visto sus calles, sus casas, sus huertos, las torres de sus iglesias, se han oído los cantos de los gallos, los ladridos de los perros, los relinchos de los caballos y las voces humanas.

5. En Huatacondo la sequía ha tejido la leyenda del pueblo abandonado, luego desaparecerá, como los pueblos mineros o salitreros del Norte de Chile, de los cuales se habla como pueblos muertos.

(1) Plath, Oreste. Folklore Chileno (Editorial Grijalbo, Santiago, 1994) pgs. 94-102


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Liliana Núñez O.