Revista Revelación (Santiago, Chile) Nº 8 agosto 1996, pgs. 12-13 y 36.
Por Osvaldo Muray
Los enanitos verdes, que han sido en gran parte –aunque
sin culpa de ellos- causantes de ridiculizar el más fantástico
enigma de todos los tiempos en la actual humanidad, debutaron en Chile en noviembre
de 1964 y, curiosamente, en los numerosos encuentros posteriores de seres humanos
y extraterrestres ocurridos en nuestro país, nunca más se volvió
a hablar de ellos. Sin embargo, estos seres que si se han visto muchas veces
en otras partes del mundo, protagonizaron un capítulo increíble,
en medio de las altas cumbres andinas, frente a Santiago.
La historia, tras un exhaustivo reporteo, se publicó en un tabloide capitalino
y enseguida dio la vuelta al mundo, puesto que las agencias de noticias estimaron
importante, en momentos que el mundo comenzaba a sumergirse en la fantasía
arrobadora que dejan tras su paso, las fabulosas naves y sus tripulantes.
El lugar donde comienza esta historia, que tuvo dos capítulos, fue el
Centro de Radiación Cósmica de la Universidad de Chile, ubicado
a 4.343 metros de altura y a diez kilómetros de la frontera con Argentina.
La estación científica tenía por misión estudiar
la radiación que viene del espacio exterior, especialmente los neutrinos,
una partícula fantasma emitida por la desintegración nuclear.
Dicha partícula es la pesadilla de los hombres de ciencia ya que, careciendo
de masa y carga, es capaz de atravesar un planeta de plomo (caso de existir)
como si no existiera nada en su camino.
Centro Radiación Cósmica de la Universidad de Chile- Profesor
Gabriel Alvial
El Centro, entonces a cargo del profesor Gabriel Alvial, era un conjunto de instrumentos de medición de funcionamiento automático, a cargo de un par de operarios que se encargaban de mantener operables el instrumental. Cada cierto tiempo debían reemplazar las cintas de papel donde se inscribían las diversas reacciones que iban provocando las partículas, y trasladarlas a Santiago para que fueran interpretadas por los científicos a cargo de programa de investigación respectivo.
UN EXTRAÑO CALOR
Cierta noche de noviembre de 1964, los dos operarios
a cargo de Centro, despertaron a eso de las tres de la madrugada, presos de
un inexplicable calor. En el exterior, la temperatura era de a lo menos diez
grados bajo cero y en el interior unos agradables 20 grados. Sin embargo, esa
madrugada el calor interno era insoportable. Ambos operadores se levantaron
a investigar la causa del fenómeno y luego advirtieron que la nieve que
circundaba las instalaciones se encontraba teñida de un suave
color rosado, tirando al rojizo. Abrieron la puerta y les llegó
una oleada de calor. La primera impresión que se les vino a la mente,
fue que el depósito de los estanques de gas licuado, se estaba incendiando.
Sin embargo, un examen más atento les hizo concluir que la rojiza luminosidad
provenía de una hondonada cercana. La verdad es que resultaba increíble
pensar en el incendio de pastizales o algo semejante, porque alrededor del edificio
que albergaba la estación todo era nieve.
Contemplaron largo rato el inusual fenómeno y a medida que avanzaba la
claridad diurna, la coloración iba perdiendo intensidad, por lo cual
optaron por entrarse y cerrar todos los accesos.
Cuando la mañana ya era plena sacaron los gráficos de los instrumentos,
donde advirtieron que las mediciones estaban alteradas. Cambiaron las cintas
de registro, empacaron las ya impresas y en una citroneta emprendieron el viaje
a Santiago, rumbo al laboratorio del Centro, ubicado en una tranquila calle
ñuñoina.
UNA PANNE INEXPLICABLE
No habían transitado mucho trecho cuando, en
una pequeña pendiente del camino, bajo un sol brillante y una temperatura
gélida, sucedieron dos curiosos fenómenos. La radio que llevaban
sintonizada en una estación santiaguina quedó muda y, al mismo
tiempo, se detuvo el motor de la citroneta. Quien manejaba el vehículo
se bajó a examinar el desperfecto, que a todas luces parecía corresponder
a una falla en el sistema eléctrico.
En ese instante escucharon los golpes. Aquí el asombro llegó al
máximo. Estaban en una zona montañosa y cubierta de nieve y a
mucha distancia de cualquier poblado. Y, sin embargo, alguien martillaba sobre
una plancha metálica. Entonces, como los golpes llegaban de un lugar
muy cercano comenzaron a recorrer el camino en ambos sentidos. Uno de ellos
hizo de pronto el increíble descubrimiento.
En el fondo de una hondonada, al borde mismo de la huella caminera, divisó
una especie de disco metálico de gran diámetro que se encontraba
abierto en su parte superior. Y, en el centro del aparato, varios seres de escasa
altura y todos vestidos, al parecer, con unos trajes de color verdoso que les
cubrían todo e cuerpo. Los hombrecitos estaban afanados en una aparente
reparación del disco y uno de ellos golpeaba en algún lugar del
artefacto.
Mudo de asombro y miedo, el operador le hizo frenéticas señas
a su compañero que exploraba en otro lugar y éste acudió
corriendo. El asombro y la sorpresa no fueron menor que las de su compañero
y en ese momento, los afanados enanitos verdes se percataron que eran observados.
De inmediato, como surgiendo de todos lados a la vez, una cúpula fue
cerrando el disco y enseguida, comenzó a girar con un leve zumbido.
El disco se comenzó a elevar lentamente mientras se bamboleaba y pasó
al lado de los dos hombres que no sabían en qué pensar sobre el
insólito hecho que estaban presenciando. Cuando la nave estuvo a unos
doscientos metros de altura, adoptó una posición oblicua y en
fracciones de segundo se elevó y desapareció.
Repuestos de la terrible impresión, ambos operadores regresaron a la
citroneta que ahora sí respondió a los requerimientos y la radio
volvió a funcionar normalmente.
Al llegar a la sede santiaguina del Centro de Radiación Cósmica,
relataron con lujo de detalles todos los acontecimientos vividos desde la madrugada
hasta el encuentro con el Ovni. De inmediato, el profesor Alvial examinó
las cintas de papel encontrando que en las últimas horas se había
registrado algún tipo de actividad anormal, tal vez un aumento del magnetismo
terrestre, que alteró los registros de radiación.
Los operadores precisaron que los tripulantes del disco, medían aproximadamente
noventa centímetros de estatura y que la nave misma tenía un diámetro
de unos treinta metros. Agregaron que cuando la cúpula comenzó
a girar el disco tornó un tono resplandeciente y al elevarse sólo
se escuchaba el zumbido de la cúpula giratoria cortando el aire.
Si bien el profesor Alvial se mostró muy cauto al entrevistarlo, respaldó
plenamente la versión de los dos operadores, a quienes calificó
de personas serias y nada dadas a la ciencia ficción.
Sobre el mismo tema entrevisté poco después, al director entonces
del observatorio de Cerro Calán, de la Universidad de Chile, astrónomo
Claudio Anguita. Por esos días, se encontraba en Calán el astrónomo
ruso Mitrafan Zverev, quien comisionado por la Academia de Ciencias de la ex
Unión Soviética, realizaba una investigación en los cielos
del hemisferio sur.
Tanto el profesor Anguita como Mitrafan Zverev contaron que a ellos no les extrañaba
en absoluto la existencia de seres de otros mundos, porque estaban convencidos
que la vida no era un fenómeno único en el universo y dada la
cantidad inconmensurable de estrellas existentes en el cosmos, debería
presumirse una cantidad enorme de planetas, en muchos de los cuales debería
haber brotado la vida como en la Tierra. Por esos años, dijo el profesor
Zverev, la URSS estaba embarcada en un programa de investigación sobre
la probable existencia de vida extraterrestre, puesto que entre los hombres
de ciencia rusos existía el convencimiento que no éramos los únicos
habitantes del universo.
Poco tiempo después, gente allegada a las actividades astronómicas
realizaron una investigación entre los lugareños y se llevaron
la sorpresa al conversar con un anciano analfabeto, que había vivido
toda su vida entre cerros, criando cabras. Consultado si había visto
cosas extrañas, manifestó que nunca y que las únicas visitas
que recibía muy a lo lejos, eran los “paquitos verdes”. Al
pedírsele que definiera mejor el término, señaló
que eran unos hombrecitos pequeños, vestidos de verde, y que sólo
miraban por los alrededores y que nunca habían cruzado palabra con él,
ignorando cómo llegaban y cómo se iban del escabroso y desolado
lugar.
APUNTES SOBRE LA NIEVE ROJA
La aparición de nieves coloreadas ha sido reportada desde tiempos inmemoriales por reputados científicos y viajeros.Por ejemplo el Capitán John Ross halló nieve de color rojo en la zona del círculo Polar Ártico el 17 de Agosto de 1818. A consecuencia de ese descubrimiento el Dr.Wollaston remitió un trabajo de investigación fisico-química de la materia colorante al eximio navegante quien incluyó el extraño suceso en su obra publicada al año siguiente.
Asimismo,Monsieur de Candolle presentó una memoria a la Academie des Sciences de París en 1819,poco después de la publicación de John Ross, refiriéndose a la sustancia que teñía la nieve como de origen vegetal aunque conservando una naturaleza grasa.
Varias revistas científicas del siglo XIX referenciaron nevadas coloreadas ,Charles Fort, el más conocido recopilador de tales eventos reunió numerosos reportes en sus obras , principalmente El Libro de los Condenados.
Lo curioso del suceso investigado por Muray es la presencia de una fuente desconocida de calor y posteriormente el hallazgo de la nieve coloreada. Arriesgando una hipótesis , podría afirmarse que el inusitado aumento de temperatura proporcionó el ambiente adecuado para el desarrollo en forma masiva e inmediata de alguna forma de vida como líquenes o algas rojas cuyo incalculable número contribuyó a teñir la nieve de ese color.
Reproducción fotográfica de Annales de Chimie et de Physique (1819)
Como nota curiosa agreguemos que el hijo de John Ross, James Clark, reportó el hallazgo de extrañas huellas de cascos en las nieves de la Isla Kerguelen ,Círculo Polar Antártico ,similares a las conocidas "Huellas del Diablo" aparecidas en 1855 en Devonshire,Inglaterra. Semejaban pequeñas herraduras de caballos en fila marcadas claramente en la nieve .
REFERENCIAS
Annales de Chimie et de Physique, Vol 12 (1819), PG., 72-89, París: Sur les Neiges Rouges.
Ross, John. A voyage of discovery, made under the orders of the Admiralty, in His Majesty's ships Isabella and Alexander, for the purpose of exploring Baffin's Bay, and inquiring into the probability of a north-west passage. London: J. Murray, 1819.
James Clark Ross: A voyage of discovery and research in the southern and Antarctic regions during the years 1839–43 (2 v., London, 1847).
Fort ,Charles Hoy : The Complete Books of Charles Fort , Dover, New York, 1974.
Fort , Charles : El Libro de los Condenados, Dronte,
Buenos Aires ,1974.
Fabio Picasso Julio 20 , 2005