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¿HASTA CUANDO PADRE ALMEIDA? |
Plano de la ciudad de Quito , arriba a la izquierda Convento de San Diego
Una mueca se desvaneció leve cuando el joven cura Manuel de Almeida divisó la altura de una de las ventanas y la mínima distancia de los muros, que a él en su primer día en el convento- le resultaron tentadores. El joven acababa de egresar del noviciado y atrás le pareció a él- había quedado las cuitas de amor doblegadas por las oraciones y los pasajes bíblicos. Ahora, entraba en la abadía franciscana de San Diego, construida como una suerte de retiro casi a las faldas del Pichincha y de amplias estancias donde el silencio era el dominante, ante el susurro de los rezos. Hijo de Tomás de Almeida y Sebastiana Capilla, el muchacho lo primero que hizo al entrar en su oscura celda fue guardar bajo la estera sus naipes y extrajo de su hábito franciscano una carta perfumada. La abrió y releyó una caligrafía preciosa de evocadoras palabras de a un tiempo que parecía no pertenecerle más. Suspiró y tuvo la sospecha de esta aún enamorado... Pero ese amor que antaño le había empujado a entrar al convento se había transformado en un amor a los deleites mundanos. A él le ocurrió que esa expansión amatoria le prevenía de los peligros de ciertos ojos que casi había olvidado. Pero se enfrentaba a dos realidades: ya no era novicio y ahora se encontraba en una casa de clausura y la puerta tenía unos goznes infranqueables, pero recordó el muro. El tonsurado se paseó muchos días por los jardines del convento hecho para místicos, fundado en 1597 por fray Bartolomé Rubio con el nombre de los Descalzos de San Diego de Alcalá, para que no quedara duda de que el monasterio no era solamente de retiro sino de clausura, donde los cilicios, que lastimaban sus carnes, y penitencias eran habituales.

Antigua fotografía del convento de San Diego, al fondo el Cerro Pichincha
El encapuchado iba cabizbajo, con el ceño duro, y estaba tan ensimismado que los otros religiosos se contuvieron de importunarlo por temor a distraer a un santo en ciernes. Una noche se encontraba en sus meditaciones, en las afueras de su celda. La Luna caía grave sobre el huerto y entre el movimiento de las ramas alcanzó a divisar a un monje que trepaba el paredón. Lo siguió después de procurarse una capa. Detuvo al cura en fuga y comprobó que era fray Tadeo, quien tenía fama de taciturno y que exhalaba un olor a rosas debido a su candidez. El descubierto no tuvo más que aceptar que iría primero a la Cruz de Piedra. Mas, con los días de parranda que siguieron a esa notable noche, el fray Almeida supo que su conjurado acompañante tenía una manceba denominada Percherona, que vivía cerca del Sapo de Agua. Fue en esa casa donde el padre Almeida armado de una guitarra sacó más de un suspiro a las damas de la noche, especialmente según los rumores- a
Catalina:Mujercita tan bonita,
Mujercita ciudadana,
que sales demañanita
al toque de la campana.
Mujercita tan bonita.
¿A dónde vas tan temprano?
Quién fuera el feliz curita
que te ve junto al manzano.
La animada concurrencia estaba integrada por una nutrida delegación de dominicos, agustinos y los representantes franciscanos que tenían un acto más: fray Tadeo era un interprete del arpa y con los fragores del licor sus melodías tenían la virtud de llevar a todos los religiosos y las muchachas a una apoteosis que parecía derramarse por el zaguán hasta inundar las callejuelas oscuras de Quito, la ciudad de las campanas. Un amanecer fatal, los parranderos tardaron más de la cuenta en regresar al convento de San Diego y cuando franquearon la tapia fueron sorprendidos por el padre guardián quien puso el grito en el cielo y hasta allí acabó la fama de santo de fray Tadeo y fray Almeida fue conducido de las orejas a su celda. Después de entregarles sus respectivos látigos, los tonsurados permanecieron en sus celdas por ocho días mientras el resto de la congregación escuchaba los azotes de los curas penitentes. Las tapias del jardín fueron levantadas al mismo tiempo que el padre Almeida colocaba masas de pan para despistar las huellas que dejaron los latigazos en las patas de su maltrecha cama. El franciscano no se avenía a la soledad, pero aún cuando recordaba los ojos de su Catita como él la llamaba-, perdidos entre los talanes de la urbe. Una tarde, mientras se entonaban las loas en la capilla el cura jaranero tuvo una inspiración: divisó el enorme Cristo y dedujo que por su cuerpo de madera podía alcanzar el alféizar de la ventana y de allí escabullirse, desde el Coro, hasta llegar a la Capilla hasta respirar la humedad de la calle. Fray Tadeo terminó sus días de juerguista cuando le dijo que una cosa era el premio de las noches junto a la Percherona pero otra muy distinta condenarse a los infiernos por profanar la figura de Nuestro Señor Jesucristo subiéndose por sus costados y que por nada del mundo aceptaría semejante pretensión, aunque en honor a viejas noches de parranda- le prometió no abrir la boca eso sí augurándole un castigo que se cerniría sobre el cura Almeida por irse de jolgorio por el busto del Crucificado. Fray Almeida lo tentó advirtiéndole sobre ese Dios benigno y piadoso que perdona a las pobres criaturas en sus deslices y flaquezas y que no hay oración que no pueda ablandar a Cristo, aunque tenga que servir de escalera. Fray Tadeo se quedó pensando en el sacrilegio del cura en el mismo instante en que el padre Almeida trepaba por el Cristo doliente para alcanzar el goce de bailar, jugar las cartas, cantar, zapatear y reír junto con los otros curas y ciertos ojos de una muchacha.El Cristo le prestaba su hombro cada noche, aunque el fraile procuraba no mirarle a los ojos hasta llegar a sus citas clandestinas, en medio de abundante licor. Una madrugada, el monje llegó tan borracho que se descolgó por los brazos del Cristo y estuvo a punto de caer. ¡Cristo ayúdame!, le dijo balbuceando mientras su cuerpo se abrazaba a la imagen, llena de llagas y de ojos de vidrio, que no le impedían reflejar su ternura. Cerca al hombro del Crucificado escuchó una voz trémula: -¿Quosque tandem pater Almeida?
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Interior del convento franciscano de San
Diego |
El Cristo usado por Almeida como escalera |
Quedó suspendido el cura en los brazos de madera
y yeso, y supuso que se trataba de una broma de algún hermano que al
descubrirle lo retaba en latín. Hubo silencio. Miró los ojos de
la imagen y los labios de la figura se movieron: -¿Quosque tandem pater
Almeida?
Esas palabras en latín parecían repetirse en un eco que salía
del Coro y que avanzaba sigiloso hasta contener toda la bóveda y después
concentrarse en el embriagado cuerpo del cura Almeida, que logró bajarse
del Crucificado para contestarle en el mismo idioma que servía no sólo
para las misas. -Usque ad rediveam Domine...
Manuel de Almeida amaneció en su resaca y recordó el suceso pero
dedujo que no era otra cosa que el producto de su borrachera. Una y otra vez
volvió a descolgarse de la cruz y escuchar las quejas del Cristo y su
misma respuesta se sucedió en varias noches, porque el cura parecía
pertenecer más al mundo de los goces que de las constantes penitencias
que sus hermanos enclaustrados. El Cristo tampoco desfalleció en su intento
y lo retó en castellano:
-¿Hasta cuándo padre Almeida?
-Hasta la vuelta Señor, fue la contestación del fray que muy contento
se dirigió a una noche más de aventuras deliciosas. Mas, cerca
de la Plaza de San Francisco encontró un cortejo fúnebre y curas
encapuchados que se dirigían lentamente, con cirios en sus manos. El
séquito avanzaba por la noche quiteña en medio de lamentos espectrales
y el ataúd parecía deslizarse de las manos de los franciscanos,
que no mostraban su rostro. El padre Almeida se acercó a un sacerdote
y le inquirió sobre el nombre del muerto. Es el padre Almeida, le replicó.
No puede ser verdad, se dijo, y esperó que pasara otro encapuchado quien
le contestó que era el padre Almeida quien se encontraba en el ataúd.
Desconfiado aún preguntó a otro: ¿quién ha muerto?,
hermano. Y la respuesta fue contundente: el padre Almeida del convento de San
Diego.No quiso saber más y se acercó al féretro descubierto
y levantó la capucha para comprobar con pavor que su rostro demacrado
era el que tenía entre sus manos. Regresó a mirar sólo
para confirmar que el cortejo fúnebre era conducido por esqueletos, con
hábitos de franciscanos, que se movían con sus cirios, dejando
a su paso un olor a Muerte y cipreses gastados. Despavorido llegó el
padre Almeida hasta el Cristo de madera y le pidió perdón por
todas sus faltas y corrió a encerrarse en su celda para comprobar, entre
rezos, que otra vez volvía la mañana. El día llegó
y el cura arrepentido entró a un proceso de ayuno y penitencia que le
duró largos años, más allá de su designación
de Visitador General. Vivió, ahora sí, una vida entregada a la
contemplación y rezos, a esa misma imagen que alguna vez lo transportó
a los esplendores de la noche y de la parranda, cuando se deslizaba por el Crucificado
convertido en escalera.
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Entrada del Convento de San Diego |
Plaza de San Francisco , Quito |
Versión de Juan Carlos Morales Mejía
Juan Carlos Morales Mejía tiene una maestría
de Estudios Latinoamericanos, mención Cultura, por la Universidad Andina
Simón Bolívar, sede Quito; licenciatura en Comunicación
Social, por la Universidad Central de Quito; fotógrafo por el Centro
de la Imagen de la Alianza Francesa de Quito. Fue becario de la UNESCO y la
embajada de Argentina, representando a su país, para una estadía
en Buenos Aires -donde visitó la biblioteca vacía de Borges- y
trabajó durante diez años en los diarios ecuatorianos Hoy y El
Comercio. En la actualidad dirige Pegasus, una editorial alternativa de Cultura.
Entre sus libros publicados están: El Fabulario del Dragón, cuentos
breves de literatura fantástica; Circus, del mismo estilo pero con animales
que hablan; Graffiti: en clave azul (una investigación de los graffiti
de América Latina: www.ecuadorgraffiti.homestead.com); Leyendas de Ibarra;
Trilogía histórica y crónicas de Riobamba (Riobamba: del
Luterano al terremoto, Riobamba: la Villa Peregrina y Riobamba; antiguos oficios);
Historia de Pelotudos (antología de literatura y fútbol); Los
dioses mágicos del Amazonas (mitos de las culturas indígenas);
los poemarios Arquero de Luna y La Campana en el Espejo.
Otros datos en:
Manuel Espinosa Apolo,Duendes, aparecidos, moradas encantadas y otras maravillas 'Diccionario mitológico Popular de la comunidad mestiza ecuatoriana'
Manuel Espinosa Apolo (Loja, 1964) ha realizado estudios de Sociología y Ciencias Políticas en la U. Central del Ecuador, Ciencias de la Educación en la especialidad Historia y Geografía en la U. Técnica Particular de Loja y de Estudios de la Cultura con mención en Historia Andina de la U. Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador. Ha colaborado como docente en la Escuela “Dolores Cacuango” y en las universidades Andina, de las Nacionalidades Indígenas y de las Américas. Fue editor de la colección "Memoria" del Taller de Estudios Andinos y actualmente dirige la colección “Memoria de Quito” de la editorial Tramasocial. En la actualidad colabora con el Municipio de Quito coordinando proyectos de recuperación de la memoria cultural e histórica en barrios tradicionales de la ciudad y parroquias del cantón Quito. Es autor de los libros: "Los mestizos ecuatorianos y la señas de identidad cultural", "Diccionario mitológico de la comunidad mestiza ecuatoriana" y compilador de otros más.
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